Aromas de América · Capítulo real 5 de 24

CAPÍTULO XII

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.

CAPÍTULO XII

El imdio aymará y el quechua. — Caracteres de raza. — Estado humillante y abandono en que se tiene a la raza indigena. El pongueaje. — Lo que debieran hacer el gobierno y

las autoridades públicas. — Las fiestas de los indios. — Sus habilidades. — Vestimenta, costumbres y preocupaciones. — La mujer india y su traje. — El cholo, su carácter y modo de ser. — Traje de las cholas.

S1 he de decir lo que siento, una de las cosas que más hondamente han afectado mi corazón en mi lareo viaje a través de Bolivia y Perú, es el estado de miseria y de abandono en que se encuentra la pobre raza indígena, hoy despreciada, oprimida y explotada por los mismos que debieran levantarla y redimirla. Los sufrimientos y la odiosa servidumbre que pesa sobre la raza vencida, es, con pequeñas variantes, la misma tanto en Bolivia como en el Perú.

El elemento indígena en Bolivia está formado por los indios aymarás, y quechuas. Aquéllos existen hoy día en las regiones del norte del altiplano, desde Oruro hasta el lago Titicaca, éstos en las regiones de Sur y en el Perú hasta el mencionado lago, siendo, a diferencia de aquéllos de carácter más manso, sumiso, obediente y ordenado.

Los aymarás de un erado inferior de civilización a los indios del Cuzco que los dominaron, forman una de las razas aborígenas de la meseta boliviana, cuyos antecesores, seeún la opinión autorizada de Brandelier, fueron los chullpas.

Fundado el imperio de Tahuantinsuyo, Maita-Capac los redujo y sometió a su poder, si bien jamás llegó a extinguirse

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en los Collas hasta el presente, el espíritu belicoso, altanero y bravo que les distinguía, como celosos que eran de su libertad y reacios a toda servidumbre. De ahí sus continuas sublevar

ciones y la lucha tenaz—que, puede decirse, aun perdura—en contra de sus dominadores los quechuas que, venidos del Cuzco, se extendieron después por el Sur de la América.

Hablando en general, el indio del altiplano, especialmente el aymará, sin duda debido en eran parte a la aridez y desolación de la llanura, a las inclemencias del clima y del suelo, a los riores, sufrimientos y explotaciones de que es víctima de parte de la raza blanca, no menos que a la inferioridad de su preparación para adaptarse al medio harto complejo de la moderna civilización, es triste, rencoroso, esquivo, huraño, desconfiado y, por atavismo de raza, rapiñesco y feroz, llegado el caso. Jamás la alegría ilumina sus pupilas, a no ser que esté bajo la acción de la chicha o del alcohol, la única pasión que lo exalta, o el trato brutal que recibe, haya colmado la medida en lo humano, porque entonces pierde su pasividad de animal de carga, olvida su inferioridad y se subleva iracundo, roba, mata, asesina y desfoga sus pasiones, su alma repleta de odios, con una saña y ferocidad sin igual. Vencido, se repliega nuevamente dentro de sí mismo, triste, reservado, hosco, impasible y mudo sin revelar al exterior—mucho menos al blanco --los odios concentrados, el mundo oscuro y tétrico que se agita en el fondo de su alma “hecho de tristezas, de suplicios, de amareuras eternamente renovadas””. En 1900 hubo en La Paz diez eriminales blancos por 68 cholos y 408 indios. Resignada víctima de toda suerte de fatalidades, ha dicho Arguedas, lo es desde que nace, pues muchas veces, como las bestias, nace en el campo, porque el sér que lo lleva en sus entrañas labora la tierra dura, expuesto al frío que abre erietas en los labios y agarrota los dedos. Allí, en la' alta meseta, a 3.7100 y tantos metros sobre el nivel del mar, no siempre el sol calienta, por mucho que luzca en todo su esplendor. El viento sopla incansable y viene trayendo todo el horrendo frío que duerme en las cumbres perpetuamente nevadas de los Andes; y es a ese

frío, a ese viento, a ese sol radioso, en invierno, pero frío, que las madres indias exponen a sus hijos recién nacidos, colgándoselos de sus senos con una tira de lienzo que se pasan por las espaldas. Cuando apenas el niño puede sostenerse sobre sus piernas, comienza a utilizársele, porque el indio trabaja desde los dos años hasta que revienta. Y desde que sale el sol hasta que se pone, solos en medio de la pampa triste, se pasan contemplando la naturaleza agreste del país, en quietud momiesca. Más tarde sus ocupaciones se doblan. Ya son pastores de ovejas y van provistos de sus quenas y de sus sicuri (zampoñas) para aprender a modular los melancólicos aires de la tierra y a ponerse en contacto íntimo con la naturaleza, que después ya para ellos no tiene nineún encanto. Comienzan a ser hombres, a saber que la vida es triste y a sentir germinar dentro de sí el odio contra los blancos, ese odio inextinguible y consciente porque nace de la crueldad que éstos usan con los suyos.

Parco y frugal el indio cuando no tiene que comer, puede pasar días enteros con algunos puñados de coca y maíz tostado. Para dormir le basta el suelo duro. Siempre anda descalzo; sólo usa ojotas cuando el terreno es muy pedregoso. Calor, frío, todo le es igual: su cuerpo casi no es sensible a las variaciones atmosféricas. Andariego empecinado, la distancia no le acobarda. Todo lo que personalmente no le atañe lo mira con la pasividad sumisa del bruto, y vive sin entusiasmos, sin anhelos, en quietismo netamente animal.

La mujer observa la misma vida y, en ocasiones, sus faenas son más duras. En sus odios es tan exaltada como el varón. En los combates lucha a su lado, incitándole con el ejemplo, dándole valor para resistir. Fuerte, aguerrida, sus músculos tienen la solidez del bronce batido. Hacendosa, diligente, emprende viajes continuos y va en pos de sus caravanas haciendo 40 y 50 qnilómetros diarios, sin fatiga ni alarde.

La principal ocupación del indio es la agricultura y la ganadería. Labora la tierra dura; penosamente y tras esfuerzos inauditos, sólo cosecha algo de patatas, un poco de quinua y otro de cebada y o0cas. Es supersticioso y erédulo: lo que sus

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yatiris (adivinos) predicen ha de suceder fatal e irremediablemente.

Tanto se ha abusado del derecho de la fuerza, que los indios han acabado por someterse, pasiva, humildemente, cual las bestias agobiadas a fuerza de hambre y palos. El indio no presta, es verdad, ningún socorro a un desconocido. Y es que su experiencia le ha enseñado que la desconfianza hacia los otros, de los que jamás ha recibido un favor o una gracia, debe ser su primer deber.

Creen los patrones, y especialmente los patrones cholos, que por el simple hecho de adquirir un terreno, les pertenece, en propiedad, todo lo que vive y alienta en él. Y como los indios son parte componente del terreno, se los apropian sin escrúpulos.

Hemos leído varias veces en los periódicos este o semejante aviso: Se alguila un pongo con taquia. Llámase pongo al colono de una hacienda que va a servir por una semana a la casa del patrón en la ciudad y taquia el estiércol de ovejas y llamas que se recoje, se hace secar al sol y luego se emplea como combustible. El servicio del pongueaje es gratuito y

también el aprovisionamiento y traslado de la taquia. Cuando un patrón tiene dos o más poneos, se queda con uno y arrienda los restantes, cual si se tratase de un caballo o de un

perro. Pero el indio no sólo

puede ser alquilado, sino que

Un Pongo

tiene la obligación de trasportar las cosechas por cuenta y a riesgo suyo, desde la finca a la morada urbana del patrón, recorriendo distancias enormes,

aL a

sin recibir retribución aleuna ni aun para sufragar sus gastos de alimentación, ni la de sus bestias de carga.

El dueño de una hacienda puede arrojar impunemente cuando le place, al colono que trabaja en su terreno. Hay indios que, excepcionalmente poseen en propiedad el terreno que labran, y son los comunarios; pero van desapareciendo poco a poco, absorbidos por los ricos propietarios o personajes de más o menos influencia, quienes, con malos ardides, se

adueñan de las propiedades de los indígenas, mediante precios

realmente irrisorios, siendo aprovechado además el comunario por los que ejercen autoridad, o tienen aleuna influencia, como bestia humana de todos.

El abuso del alcohol, el exceso de trabajo, la mala y de%- ciente alimentación, la absoluta falta de higiene, van minando el vigor prodigioso de la raza. Hoy la mayor parte de las pestes y enfermedades infecciosas, hacen estrawos entce las clases indígenas y mestizas porque son las menos limpras. El aitiplano se despuebla, la población indígena decrece en proporciones geométricas.

Un dato sugestivo. La compañía minera Huaenzhaca «le Bolivia tenía en 1906 casi en propiedad diez mil indios quechuas trabajando en su mina Huanchaca a los 4.200 metros sobre el nivel del mar. Pues bien, según declaración de su presidente señor Sénéchal de la Grange, a un periódico de Buenos Aires, que fué traserito en el Comercio de Bolivia— 20 de febrero 1906—de los cuatrocientos nacimientos anuales, mueren alrededor de trescientos sesenta antes de los tres meses. ¡Cifra verdaderamente aterradora! (1).

Han transcurrido ya más de tres siglos desde la conquista y el indio con muy corta diferencia conserva las mismas ideas, tradiciones y costumbres antiguas de los Incas. En vez de progresar, ha retrocedido en cultura. Los pobres indígenas, sin otro punto de contacto con los blancos que pagar el tributo y servirles en todo y por todo, ahí han quedado aban-

(1) Arguedas, Pueblo Enfermo, cap. IL

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donados a sí mismos y a su propia suerte, mirados con indiferencia y con desprecio por la raza conquistadora que sólo parece fijarse en la utilidad que les presta.

Bolivia y el Perú después de tres siglos de conquista y de uno de independencia, ofrece al viajero el espectáculo inorato, de dos razas que se rechazan mutuamente, sin esperanzas de fusión, no sólo, sino sin que se vea la acción eficiente de la civilizada sobre la desheredada, explotada y embrutecida raza indígena. Y este embrutecimeinto no debe atribuirse a carencia de aptitud, a incapacidad de los indios para la civilización, porque está en contra, tanto la experiencia como la historia. Es que las autoridades han descuidado la nobilísima misión que les incumbe. La reglamentación del trabajo, una legislación obrera adecuada, la liberación del indio de los caciques y tiranuelos, llámense propietarios, hacendados o mineros, una evangelización más esmerada, una protección netamente acentuada de parte de los poderes públicos, para estos pobres infelices a quienes se les debe dar la instrucción que necesitan, las escuelas primarias que son una necesidad imprescindible, un acuerdo en fin sincero, patriótico y eristiano, pero leal y eficiente entre ambas autoridades civiles y eclesiásticas, todas estas cosas se imponen con la evidencia del axioma. Una vez establecidas las escuelas en todos los centros de población, el castellano debería ser la lengua oficial y oblivatoria, ya que harto sabido es que el idioma es el vínculo de unión y de sociabilidad. Si no se entienden los unos con los otros no hay medio de acercamiento, de fusión, de amor. Mucho hacen en beneficio de la nación y de la iglesia los sacerdotes y misioneros, pero mucho más harían por la prosperidad y el engrandecimiento nacional, si tuvieran la protección necesaria de parte del gobierno para que los seminarios y los centros de misiones estuviesen bien montados y pudiesen proveer del número de apóstoles indispensable siquiera a las necesidades existentes.

Vemos que una inteligencia cordial y sincera entre el

episcopado y el gobierno remediaría muchos males, entre otros,

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los excesos a que se entrega el elemento indígena, en desquite sin duda de las penalidades y privaciones de todo el año, durante las fiestas patronales de los pueblos, que ofenden por igual a la religión y a la cultura ciudadana.

Las fiestas de los aymarás y quechuas son muy semejantes; casi todas tienen un origen religioso y todas invariablemente terminan en grandes orgías y borracheras; en diferentes localidades hay fiestas peculiares como las llamadas del El-Kenko y las de las alcacitas, o ferias, en las que se venden muñequitos extremadamente pequeños y muy perfectos. Se distinguen en esto los indios de Sucre y de Potosí. Entre las miniaturas de esta última ciudad deben contarse los diminutos juegos de té, de plata, que son un encanto. Todos son hábiles tejedores y alfareros. Con tintas vegetales tiñen ellos mismos el algodón o la lana que hilan de llama, alpaca, vicuña, etcétera y fabrican sábanas, bayetas, toallas, hamacas, frazadas, sombreros, ponchos, jergones, aleunos de primorosa labor.

El vestido del indio es muy sencillo. Aunque diferente según las regiones, por lo general se compone de un calzón de bayeta blanca hasta la pantorrilla, una camisa de lana, poncho, sombrero y ojotas. Lo cambia sólo cuando ya el anterior no admite remiendos y se cae a pedazos. En lugar del sombrero, los indios de Sucre llevan montera de cuero, que adornan, en las fiestas con lentejuelas y monedas de plata y además gastan trensa como las mujeres que les cae sobre la espalda y la chuspa donde guardan la coca o sus reales. Rara vez se lavan la cara, duermen a la intemperie—salvo lluvia o enfermedad—sobre cueros y se cubren con su inseparable poncho.

El indio quechua de carácter humilde, pusilánime y desconfiado, es como el aymará sufrido hasta lo indecible. Acompañan a ple a sus patrones recorriendo hasta 18 leguas por día, sin fatiga mayor y hasta 15 kilómetros por hora cuando hacen de postillones y sólo recibían antes diez centavos de

retribución por legua, si bien ahora están mejor remunerados.

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Para los viajes y para hacer cualquier esfuerzo se ciñen fuertemente la cintura con una faja que llaman chumpi.

Para descansar se sientan en sus corbas y mastican su coca, si el patrón no les da qué comer. Desconfiados y recelosos, hablan poquísimo, nunca contradicen a los blancos y cuesta un triunfo sacarles algo de sus costumbres, preocupaciones o supersticiones. Entre ellos sin embargo son parleros y locuaces, al grado de pasarse las noches charlando, a veces y levantarse tan frescos al trabajo, como si hubieran dormido. Comen a las 4 a. m.,a las 12 y a las 6 p. m. Creen a pie juntillas que los antiguos moradores los chullpas, se alzan por la noche de sus tumbas y vuelan buscando como aplacar su sed en las fuentes y en los ríos. Con ardides y engaños se los hace confesar, aunque raras veces, el sienificado del ponchillo (especie de escapulario) o almilla, cuando no poncho y pantalón, de color negro, que llevan sobretodo los indios de Coro-Coro y de Villa-Villa y de aleunas localidades del Perú, como yo mismo les he visto; es el luto que aun cargan por la muerte del Padre Grande, o sea del Inca.

Amaestran admirablemente a sus perros. Entreveradas las majadas, con sola una señal que les hacen, al punto las dividen. También a sus bueyes educan muy bien, pero a estos les hablan siempre en castellano, porque: dicen que son guampu, vale decir, extranjeros. Su alimento principal es la lagua, manjar hecho de harina de trigo o de maíz, el mote, el maíz tostado, la coca y la carne... cuando se les muere un animal. La bebida predilecta y casi única es la chicha, (1) no tan cocida como la de los cholos, más agria y de color blanco, a diferencia de la de éstos de color amarillo, y también el alcohol.

Sólo en las parroquias y anexos viven reunidas las familias indígenas, las demás vénse diseminadas por los campos,

(1) La hacen de harina de maíz muqueado (masticado) que secada al sol, la hacen hervir hasta que queda en estado de arrope. Hste mezclado con agua hervida y fermentado por diez o quince días, en tinas bien cerradas, constituyen la chicha. Las chicherías se conocen por una banderita roja que izan. En Sucre toda la calle que lleva a San Sebastián y que pasa por el Mercado, o Casa de Abasto, como se le llama, sucio e inmundo, como la calle, está sembrada de trapos rojos.

en chozas miserables de piedra y barro, con techumbre de paja, lóbregas y desaseadas.

En sus fiestas—tres o cuatro al año, entre los que se cuenta el carnaval y las fiestas religiosas—jJamás se rozan con los blancos. Sus cantos son tristes y lúeubres.

Sus bailes más comunes, la zambacueca, el bailecito; los bailes de parejas, han comenzado también a quererlos introdueir. Los acompañan con sus instrumentos predilectos, el charango (euitarrilla pequeña) el cicuris, imdtrumento de caña, la quena—flauta de caña, sin lengiieta—la caja o tambor, el clarín, especie de corneta y a veces también el harpa, terminando todo por cierto, con una solemne borrachera.

La mujer india es sufrida y trabajadora, desaliñada y sucia. Viste una túnica o pollera de lana de color chillón con mangas estrechas y recortadas, otra pieza más burda llamada ayesu que sujeta al hombre, cubre la túnica y cae hasta mitad de pierna, un cinturón de lana, ancho 10 o 15 centímetros, con curiosas labores, una montera o sombrero de lana para cubrir la cabeza y ojotas, o plantillas de cuero para los pies. Otra prenda inseparable de la india es el képis, que consiste en una como mochila o gran envoltorio, terciado al hombro y formado por un poncho o jergón, lliella, donde acomodan su hijo, comestibles o artículos que compran o que venden. Un gran pincho de plata, en forma de cuchara generalmente, sujeta la lliella, a la altura del pecho.

El cholo o mestizo ha nacido de la fusión entre el blanco y el indio y participa de las cualidades características del uno y del otro. Es inteligente y listo, pero tornadizo y voluble; con facilidad se apasiona y exalta hasta el sacrificio por este 0 aquel caudillo político, por este o aquel partido, sin parar mientes ni en sus principios ni en sus programas. Si triunfa bien, si fracasa bástale el haber añadido aleún lustre a su personalidad mediocre. Ya se levantará otro ídolo, aunque sea de tendencias opuestas, que halague su vanidad y cure, con falaces promesas sus pasadas decepciones.

Si tiene aleo y adquiere cierta cultura, tórnase preten-

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cioso y soberbio, amante del brillo y del fausto, con facilidad quiebra lanzas por cosas de poca monta, por nimiedades de predominio social «6 político, Es valiente y altivo, pero bajo la dirección de otro, pues, le falta iniciativa y rehuye el esfuerzo, el trabajo continuado y tesonero. Amante de su religión y de sus tradiciones, es respetuoso de la autoridad, conservador y creyente, siendo hoy por hoy, la raza mestiza la que más coopera, al sostenimiento del culto y de sus ministros pero en general, celoso e inclinado a la mentira.