Aromas de América · Capítulo real 6 de 24

CAPÍTULO XIII

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.

Es curioso y llamativo el traje de las cholas. Visten pollera—rara vez y sólo cuando ya se van aristocratizando por su posición económico-social, vestido —traje corto a media pierna, ancho y lleno de pliegues. Una especie de encarrujado o entablillado que llaman atroque les cubre la cintura hasta la cadera y el busto un saco o bata de seda, merino, o saraza con encajes. Calzan zapatillas o zapatos, con o sin medias y muchas veces hasta ricas y vistosas botas de altísimo taco, sobre la que se destaca el original justán que les da carácter, o sea, la randa de la enagua que cae; cinco o diez centímetros, más baja del ruedo de la pollera. Llevan también, su bolsa peculiar de caito (de lana) donde guardan su dinero, exteriormente cuajada de monedas; prenda que hoy tiende a desaparecer. El pelo lo llevan generalmente arreglado en dos trenzas (símpas) que caen sobre la espalda y mantilla de lana, o de seda en las fiestas. En Potosí, Cochabamba, Oruro y La Paz van de sombrero de paja, en Sucre no.

Usan también chales prendidos con mucha coquetería y al parecer un cargamento de refajos almidonados y bordados en lo que cifran su vanidad femínea, aficionadísimas como son a los adornos de vestir.

Entre los cholos háblase generalmente el quechua o el aymará, aunque también el castellano pero no con perfección.

CAPÍTULO XIII

Oruro. — Psicología de sus habitantes. — Empresas mineras.

— Visita a la mina de Itos. — Carencia de obras de arte.

— Intereses religiosos. — La Virgen del Socavón y el

Asilo de Ancianos. —Conversando con el señor Zambrana.

— Una fiestita simpática.

Oruro, con 28.000 habitantes, es, al estilo de Potosí, un pueblo laborioso, rudo y altivo, pero más práctico y liberal, más cosmopolita y tolerante, acostumbrado como está al roce del elemento extranjero, allí, más que en ninguna otra parte abundante. Llamada por esto la Ciudad Gringo y favorecida por la línea ferroviaria que surca el altiplano, dedícase con tesón al laboreo de las mismas, al comercio e intercambio de productos, sin preocuparse mayormente de ese espíritu de regionalismo estrecho e intransigente que caracteriza a los otros pueblos.

Despreocupado y bastante escéptico en cuestiones ideológicas, no se precia de letrado, a pesar de su facultad de leyes y su incipiente facultad de ingeniería, a base de la escuela de Minas que funciona desde hace doce años y que tuve también la satisfacción de conocer, sino únicamente de su industria, del comercio y del tanto por ciento como los yankis. Es uno de los centros mineros más importantes, en comunicación constante con el puerto de Antofagasta y con el resto de la república; ha progresado no pocos en estos últimos años en la parte edilicia, presentando calles bien empedradas y macadanizadas, edificios como el Correo, el Banco Patiño y otros que impresionan favorablemente al viajero.

Fué esta ciudad, en otros tiempos casi rival de Potosí, llegando a contar hasta 80.000 habitantes, pero al decaer la industria minera decreció también su población. Hoy vuelve aquella a afianzarse y se afirma gradualmente con las numerosas Empresas que esparcidas en el Departamento del mismo nombre (1) explotan con ventajas el estaño, la plata, el wolfram, el oro, el cobre y el antimonio.

Deseando conocer aleuna, visité la mina de estaño de Itos, de la Compañía Minera de Oruro. Atendido oentilmente por el administrador, el joven holandés Jorge Wissen, recorrí las diversas dependencias externas, donde trabajan hombres y mujeres; éstas, como es presumible, en tareas relativamente livianas y acomodadas a su sexo.

Provistos de la obligada lamparilla, penetramos luego al Socavón que se interna a varios centenares de metros—un verdadero túnel—en la entraña misma de la montaña, hasta llegar a la Sala, donde no podía faltar el tradicional altarcito y cruz, regularmente adornados, imprescindible devoción de los pobres mineros.

Allí también estaba el pozo de 305 metros de profundidad —al que hube de descender, pero desistí cediendo a las atinadas observaciones del administrador—por el que bajan y suben los noques de cuero, a tracción eléctrica repletos de mineral para entregarlo a los carritos De-cauvil que los trasportaban a afuera. Excusado es decir que al pozo convergen las diversas galerías subterráneas que van persiguiendo las vetas y filones del codiciado metal, y en donde centenares y miles de anónimos mineros van también dejando, a trueque de aquel, girones de su propia existencia. Sumisos y obedientes decíame entre otras cosas, mi amable Cicerone, son excelentes trabajadores, pero deseraciadamente y sin duda, en desquite de su tan ruda y penosa labor, cuando salen de aquellos antros de infierno, liban demasiado a Baco. ¡Y qué otra cosa

(1) Entre otras, la de Patiño, Mina de San José, El Socavón, Compañía Minera de Oruro, *Morococala. En el transcurso de un solo año el Notariado de Minas de Oruro, registró alrededor de doscientas concesiones de pertenencias mineras.

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han de hacer estos pobrecitos, huérfanos de todo otro honesto esparcimiento!

Si quisieran, mucho podrían hacer por ellos los mismos empresarios, sin perjuicio que se dejara sentir, como es elaro, la acción previsora de los gobiernos, para con leyes adecuadas, protegerlos y prevenir los conflictos y las reivindicaciones airadas del gremio que no tardarán en plantearse.

Bolivia, lo hemos dicho ya, no es todavía terreno viable y propicio para el arte; de consiguiente, mucho menos podrá serlo Oruro, de clima inclemente (las artes tienen también su clima), de suelo estéril, de metalúrgica entraña, de monotonía fría, entumecedora y desesperante, azotado de continuo por las rachas heladas del altiplano, sin paisajes, ni variantes, ni armonías que hieran suavemente la imaginación y despierten el espíritu.

Alí sólo se habla de socavones y de galerías—muy otras de las de Apeles—de concesiones de pertenencias y ley de metales, de compras y ventas y transacciones, etc. Las huellas mismas del pasado, en otras partes tan interesantes y reglas, aquí son tan pocas y pobres que no vale la pena de tenérselas en cuenta. Así la iglesia de San Francisco (antigua Merced), el Palacio de la Prefectura de corriente arquitectura colonial que fué antes Convento de Agustinos (?), la Matriz, antigua ielesia de los jesuitas, a pesar de su retablo, areo tallado del presbiterio, bastante bueno, bóveda de cedro y no despreciable torre moderna.

Los intereses espirituales están atendidos por el escaso clero seeular—Vicario Foráneo y dos o más sacerdotes—y los padres franciscanos (1). La única obra de carácter económico social que según entiendo, existe allí, es la Sociedad de Obreros de San José, con cien socios poco más o menos, análoga a las que hay también en Potosí y en Sucre. Las hermanas

Hijas de Santa Ana regentan un colegio con doscientas niñas

aproximadamente, en local estrecho, viejo, incómodo e inade-

aquí como en Cochabamba, se desvivieron estos Padres

(1) Tant 2ta la estada. A ellos mi reconocimiento profundo.

por hacerme

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cuado y el Hospital Municipal donde se atienden alrededor de doscientos enfermos en edificio deficiente aun, pero amplio y que tiende a mejorar y al que prestan sus servicios desinteresados diez profesionales de la ciudad.

En las afueras en una humilde capilla venérase la Virgen llamada del Socavón, antigua imagen tamaño natural pintada sobre una pared de adobes, de hermosas facciones y manos. El resto del cuerpo está cubierto con vestidos muy bien arreelados y adheridos al mismo con eran prolijidad. Llámase la Vireen del Socavón, porque pasa por debajo de la capilla, del mismo nombre, el Socavón de una de las minas de aquellos alrededores. Es muy venerada, máxime del elemento obrero que de lareas distancias va a cumplir sus promesas y demandas.

Entre todas las obras de caridad y de beneficencia que hasta ahora he visitado, llévase la palma el Asilo de Ancianos, dirieido por las Hermamitas de los Ancianos Desamparados, fundación española de Valencia, y que honra tanto a la benemérita institución, como a la ciudad de Oruro. Es aquello un jardín sui generis, de plantas agostadas y resecas pero que parecen reverdecer al soplo suave y fecundante de la caridad. Es un espécimen hermoso de lo que puede hacer esta virtud divina y el celo y abnegación de esos ángeles terrenos llamadas Hermanitas de los pobres, cuya característica parece ser una santa y reposada alegría, jamás enturbiada ni interrumpida por nineún suceso o contrariedad de la vida.

Como me llamara fuertemente la atención este continuo clarear de aurora sobre los despojos áridos de la vida, las interrogué si habían hecho voto especial de estar siempre alegres y risueñas.

—Fieúrese, monseñor, replicó de pronto la superiora, sonriendo angelicalmente, como todas las demás, qué sería de estos pobres ancianitos y viejecitas, ya en el ocaso de la vida, sin ilusiones, ni atractivos, ni encantos de ningún género, si no se lo ilumináramos con nuestras caras siempre alegres y contentas como unas pascuas. La caridad nos obliga a ello.

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Por lo demás en nuestro instituto no encontrará una hermana: triste. La gracia de la vocación y el saber que servimos a Jesús, oculto en la persona de estos nuestros ancianitos queridos, nos tiene siempre alegres.

¡ Bendito sea Dios! lo que puede la caridad de Jesucristo que hace florecer la alegría en el ministerio más ingrato, y que, en lo humano no brinda el más mínimo atractivo y sí todas las repulsiones.

La limpieza, el aseo, el orden más esmerado reina por

todas partes en esta casa. Admira el ver esos erupos de viejecitos, refractarios como suelen ser por su edad, incultura y sus achaques, a toda disciplina, como se mueven al cabo de poco tiempo, y se les lleva y trae y se les hace entonar cantos como» si fueran unos niños; y los antes torpes y groseros sin la menor noción de higiene, de respeto, acaso ni de moral, que llegan hasta el insulto soez, hasta pegar y estropear, en casos dados, a sus ángeles bienhechores, muy pronto se tornan ctros, obedientes, ordenados y discretamente limpios. NM Excepción hecha de una pequeña subvención municipal, Ú el asilo se sostiene de la limosna pública, que, día a día, re- | cogen las Hermanitas por las calles, mercado y plazas. Nadie 0 les escatima el óbolo, y con él sostienen a un centenar de anpú cianos y hasta han levantado una hermosa capilla y varias otras dependencias de la casa.

Más de una vez tuve oportunidad de departir con distineuidísimas personas sobre el tan zarandeado tópico del ferrocarril a La Quiaca, que, hasta hoy, con reportar evidentes Ú ventajas de orden económico y cultural, no se termina en la parte boliviana. Puedo asegurar que en Bolivia la opinión es 1 favorablemente unánime a este respecto máxime en los del sur.

Hablando en Oruro con el talentoso ex diputado Zambrana, que intervino de lleno en este asunto, del cual fué entusiasta partidario, me daba, con su verbo cálido, los siguientes informes: El trazado boliviano hasta La Quiaca debió quedar terminado dos años después del argentino. Cuando la Argentina finalizó su línea hasta la frontera, ofreció por medio

de su Ministro de obras públicas y valiéndose de la mediación de nuestro compatriota Aramayo, millonario, industrial de minas, a nuestro gobierno cederle todo el material necesario en condiciones financieras favorabilísimas, con la única condición que la línea debía terminarse en dos años de plazo. El señor Aramayo conferenció con los diputados y todos estaban acordes en que la operación era evidentemente ventajosa para los intereses de la nación y, puedo asegurarle, me añadía, que por unanimidad y sobre tablas iba a ser aprobado el proyecto de referencia. En esto y en víspera ya de convertirse en ley, llegan cablesramas de Huropa de parte de un distineuido diplomático boliviano, y sus amigos se desbandan ante aquella antipatriótica consigna y el proyecto fracasó irremediablemente. Poco tiempo después vino el conocido empréstito efectuado en Francia y el proyecto para entregar la obra a una empresa francesa en condiciones financieras mil veces más onerosas. Los legisladores sellaron por fin, a pesar de todo, el convenio con la Casa Vessin, únicamente por que no quedara sin realizarse una obra que era de imprescindible necesidad, y que, de lo contrario, no se realizaría.

La Casa Vessin que debió entregar terminada la línea hasta Tupiza a fines de septiembre de 1918, mo cumplió su compromiso, sin que pueda alegarse la situación creada por la guerra, por cuanto el convenio fué firmado durante la misma y todas las dificultades fueron previstas.

Toda la responsabilidad, pues, cae sobre el precipitado diplomático, a quien, de fácil, todos sindican como principal interesado en la deseraciada y draconiana operación financiera.

Invitado por las Damas Vicentinas asistí y bendije un saloncito de operaciones anexo a la sala de maternidad del hospital, acto al que asistieron los elementos más ponderables de aquella sociedad y con los que tuve oportunidad de departir amablemente en el lunch que acto seguido fué ofrecido a la numerosa concurrencia.

Sólo a título de recuerdo y nada más de aquella sencilla

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pero simpática fiestita, trascribiré aquí las breves frases, que no diseurso, que pronuncié en esta ocasión. Hélas aquí:

Acabo de impartir la bendición con que la ielesia, en su sacro ritualismo, acostumbra consagrar los edificios, locales o salones como éste. Tiene nuestra madre cariñosa bendiciones, no sólo para los templos y locales dedicados al culto de la divinidad, sino también para los que de una manera indirecta tienen relación a ella y sirven ya para vivienda y descanso d» sus hijos, ya para curación y alivio de los mismos, como miembros doloridos de Jesucristo.

Este hospital con sus amplios pabellones, sala de operaciones y demás dependencias que honra a esta culta y adelantada ciudad, incorpora desde hoy un saloncito más de operaciones indispensables para la esmerada atención de las enfermas que aquí se atienden. El nunca bien ponderado celo de la mujer católica, que sabe de dolores y de abnegaciones, de caridades y de misericordias, acaba de añadir otro eslabhón a la ya larga cadena de beneficios que derrama entre los pobres y menesterosos de esta ciudad. La Sociedad de Damas Vicentinas que son en los pueblos eflorescencia de la caridad eristiana, inspirándose en el espíritu de su santo protector ha venido a tiempo a llenar una necesidad harto sentida en esta casa.

¡ Bien por ellas y por todos vosotros !

Cúmpleme exteriorizar en estos momentos la impresión favorable recibida entre vosotros. Los pueblos son lo que son sus instituciones y el valor de sus urbes se aprecia más que por sus adelantos edilicios, por las obras de beneficencia que en su seno albergan. Ayer no más visitaba vuestro Asilo, perla de gran valor injertada en la corona de esta ciudad y que honra grandemente a vuestros sentimientos cristianos y humanitarios y hoy, lleno de satisfacción, asisto a la inauguración de este salón, complemento indispensable de esta casa en pro de los que sufren. Continuad adelante sin vacilaciones

y sin miedos, con las manos llenas de limosnas, el corazón

henchido de caridades y los labios de dulzuras y bendiciones

Los pueblos, las naciones y el mundo mismo, se sostiene, no por el poder de sus ejércitos, ni por la grandeza de sus tesoros, ni por la competencia y habilidad de sus políticos, estadistas, literatos y hombres de ciencia, sino por la fuerza incontrastable y fecunda de la caridad de Jesucristo. Si ésta llegara a extinguirse, el frío elacial del utilitarismo invadiría las sociedades y los pueblos, y el mundo desquiciado y desorbitado, sin calor y sin vida, infecundo y sin luz, rodaría hasta hundirse en el abismo,

Bendigamos, señores, al padre de la humanidad, Jesucristo señor nuestro, que ha feecundizado el mundo con el hálito de su amor, y a la ielesia católica que inspirada en su ejemplo ha sembrado el universo de estos oasis de frescura, de estos saludables verjeles en alivio de los que sufren, rindiendo a la vez el más amplio y justiciero aplauso a las caritativas damas que han realizado esta obra.