Aromas de América · Capítulo real 7 de 24
CAPÍTULO XIV
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 2 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPÍTULO XIV
A Cochabamba en tren. — Interés histórico y social de esta cúudad. — Su posición, su clima y su cielo. — En qué deba reponerse su valor y características. — Carácter de sus habitantes. — La revolución de la independencia y su fisonomía moral-religiosa. — Su repercusión en Cochabamba. — Reliquias artísticas escasas. — Los restos de monseñor Cárdenas. — Museo municipal en ciernes. —
Vacíos a llenar.
Dos años van traseurridos desde que el silbato de la locomotora había inundado de notas triunfantes el magnífico valle de Cochabamba. Esto vino a ahorrarnos tres días de incómodo viaje, hasta la reina del Tunari. El convoy arrastraba ese día un coche reservado donde viajaba el ministro de Bolivia ante el Brasil doctor Carrasco, distineuido escritor y político en baja que tuvo actuación descollante en otros tiempos, acompañado de su esposa. Debido a una gentil invitación, por parte de aquél, y al trato culto, amable y cariñoso de ambos, nos resultaron entretenidas y cortas las horas largas de este viaje.
El interés histórico y social de Cochabamba, débelo ante todo a su antigiiedad y al carácter de sus habitantes. Fundada el 1.2 de enero de 1574 con el nombre de Oropesa, lo cambió por el actual que lleva, cuando Carlos TIT (1786), le concedió el dictado de *“muy leal y valerosa””, por los servicios prestados contra la rebelión del cacique Tupac-Catari. La causa de la independencia debe, no sólo a sus hijos, sino también a las arrojadas cochabambinas, esfuerzos inauditos de valor que la historia ha recogido como ejemplo perdurable y timbre de honor para el sexo débil. La acción brillante que desplegaron
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éstas y el heroísmo y fortaleza con aque combatieron, dejó admirado al mismo jefe realista Goyeneche. Debido a la habilidad y perspicacia de una dama cochabambina doña Lucía de Ascui pudo salvar la vida su primer gobernador, doctor Francisco del Rivero elegido en cabildo pleno el 19 de septiembre de 1810, cuando el Pbro. don Juan Bautista Orquendo hizo oir aquella su fogosa oración patriótica en la catedral de Cochabamba.
En lo espiritual esta ciudad dependía del obispado de Santa Cruz hasta mediados del siglo XIX. Su primer obispo fué monseñor Yañez de Montenegro, consagrado el 20 de marzo de 1848.
La posición que ocupa en una amplia y fértil llanura, a 5 metros de altura, cerca del bellísimo Tunari, cubierto de eternas nieves, el clima agradabilísimo, con una temperatura media de 19 grados, la fertilidad de su suelo, la abundancia de flores y de frutos que le ha valido el dictado de ciudad jardín—en relación sin duda a las otras, porque nada hay absoluto en este mundo—los huertos, cármenes y quintas de sus suburbios, bellos en su mismo natural desaliño, un cielo elaro, sereno y diáfano, sus habitantes optimistas, soñadores y ponderativos de sus casos y de sus cosas, que también esto resulta un precio, todo en fin contribuye a hacer de Cochabamba una ciudad blanda, agradable y simpática.
Verdad es que no encontraréis en ella ni grandes notables edificios, ni artísticas mansiones y donosos palacetes, ni amplitud y limpieza de ruas, aunque hay relativo aseo, ni soberbios monumentos del pasado que llamen la atención del viajero, mi avenidas, paseos, jardines y parques bien tenidos y a la moderna, ni movimiento social extraordinario, por más que alguna pluma boliviana, seguramente cochabambina, haya eserito que, “cuando Cochabamba aparece de paseo en las plazas o en la alameda, el efecto es casi el mismo que producen los boulevares de París o Londres, pero se nota un ambiente de paz y de estabilidad ignorada en aquellos torbellinos humanos”?. Atrevidilla es la comparación para una ciudad de
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20.000 habitantes y obliga al lector a quedarse con el pero, hurtando el cuerpo al casi.
Por lo demás su interés e importancia, su valer y característica ha de reponerse, no en ese detalle ni en su plaza principal de simétricas, llamativas valerías coloniales, ni en su catedral y templos, aunque aquélla ostenta su pesada fachada de piedra y alguno de éstos hienda el cielo con su imantada aguja, ni en sus calles, edificación, ete., sino en su atrayente conjunto, de herizonte y de paisajes, de huertos y de flores, de alegría y de luz, econ todo el encanto y el perfume de la secular tradición hispana, de la cual, como dijo Ricardo de León hablando de otra cosa, “habrá de vivir aunque no lo quiera, porque la tradición, como la sangre, nutre, callada y generosamente, a los hombres, aun a aquellos que la ienoran o la olvidan””, o quisieran trocarla por las turbias corrientes de sospechosas, modernas orientaciones.
Acerca del carácter de los cochabambinos, Arguedas en su Pueblo enfermo, da las siguientes apreciaciones: Lo primero que se observa en el pueblo cochabambino desde el primer momento en que se le estudia, es un desborde imaginativo, amplio, fecundo en ilusiones, o mejor, en visiones de carácter sentimental. No sé si por la diafanidad de su elelo, por la lujuriante exuberancia de su campiña, por su aire saturado de perfumes silvestres o por su alimentación —en Cochabamba, como principal elemento nutritivo entra el maíz,—nacen las ideas generosas descabelladas, grandes y caballerescas. Lo que dice Le Bon de las muchedumbres en general se puede aplicar a la cochabambina en particular; es la más femenina de las muchedumbres bolivianas.
Lo que preferentemente entusiasma su acometividad sentimental, es el concepto de patria, pero no en su concepto práctico, sino ideológico. Como su suelo es pródigo y se desconoce el intercambio comercial, es perezosa. Las clases adineradas manifiestan su pereza en su incesante deseo de ligurar. La vida politiquera es activa y los colegios y universidad rebosan juventud ansiosa de colaborar en la mejora del país,
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poniendo sus magníficas dotes intelectuales al servicio de un empleo administrativo cualquiera o a la busea afanosa de una candidatura concejil. Cochabamba es uno de los pueblos que más ama el reposo. Por eso allí, independientemente de cierta predisposición emanante de la naturaleza ambiente, ha alcanzado gran desarrollo la música, hasta el extremo de que son raros los que no sepan manejar uno o dos instrumentos; y aman la música de giros suaves, lacrimosos y la poesía lírica, la elegíaca, se puede decir, porque los cochabambinos, más que todo, son sentimentales. Tienen la virtud de ser econó-
como lOs
micos y guardosos, llezando a veces hasta privarse paceños, pero por causa distinta—de lo necesario para no incurrir en lo superfluo. Sus ideas respecto de la moral y del deber son rígidas. La primera virtud allá es ser creyente imeondicional y fiel eaumplidor de las prácticas religiosas. (1)
Dada su población, tiene Cochabamba el mérito (al dice la gloria) de poseer menor número de analfabetos. Su universidad es la más concurrida y es casi general una especie de semieultura. Algo simpático y característico de esa región es un sentimiento de solidaridad vivo y profundo. Se exalta lo que es producto genuino del medio, aun no valiendo gran cosa... Así el cochabambino no concibe otro cielo mejor, otro clima más bondadoso, otros aires más puros, que el cielo, el clima y los aires de Cochabamba.
Resumen : Cochabamba es un pueblo esencialmente mediterráneo; procede de la raza quechua, raza soñadora, tímida, profundamente moral, poco o nada emprendedora y son mnchas de sus costumbres, ya cristalizadas, que aparecen en la formación de este pueblo pródigo en expansiones generosas.
Los cochabambinos, pues, serían los cordobeses argentinos, en lo que atañe a su regionalismo exagerado, siquiera sean otros los blasones y motivos en que lo fundan.
El trastorno y la anarquía que sucedieron al grito de la independencia acaso en niguna otra parte fueron tan violentos
(1) En esto como en varias otras cosas, va operándose un cambio notable, según informes recogidos.
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y fatales como en las regiones del Alto Perú. Robos, sacrileglos, violencias y profanaciones, fueron la secuela obligada del cinismo y de la crueldad de que hicieron gala aleunos caudilios convertidos en dictadores y en especial el elemento porteño que dejó huellas ineratísimas de su paso.
La causa de la independencia americana, servida por quienes no respetaban ni la propiedad, ni el sentimiento relioioso, de aquellos pueblos profundamente cristianos, hacíase, por tan abusivos procederes, naturalmente odiosa, circunstancia que, como es claro, era explotada hábilmente por los realistas, quienes, a la postre, tampoco se mostraron modelos de justicia y de equidad, en tiempos en que el militarismo dominante, todos los medios reputaban lícitos, todas las atrocidades creía necesarias. Fué una desdicha para Sud América ha dicho un escritor el haber tenido hábiles eenerales y nineún organizador, muchos Napoleones y ningún Wáshington. Después de
cincuenta años de independencia en varias repúblicas y en la misma nación boliviana, no ha podido extinguirse el espíritu revolucionario. Huelga decir que en la común catástrofe fueron envueltas todas las corporaciones religiosas de esta república, pero de una manera injusta y cruel. La revolución suprimió las Ordenes religiosas, se apropió de sus bienes, despojó los templos de sus alhajas y tesoros y ultrajó y persiguió a sus individuos, salvándose uno u otro convento, en especial de franciscanos, pero desvinculados de la jurisdicción de sus respectivos superiores generales, a la que volvieron solo a fines de la última mitad del sielo XIX. (1)
En Cochabamba, de las muchas casas relisiosas que existían, sólo permanecen las de San Francisco, Santa Teresa (2) y Santa Clara. El templo de San Agustín se ha convertido en el teatro Acha y el convento en Municipalidad, el templo y convento de la Merced, en mercado público, el convento de Santo Domingo, en escuela, ete., vale decir aquí lo mismo que
(1) Angélico Martorelli. El Colegio Franciscano de Potosí y sus Misiones.
(2) En el templo, se conservan cinco cuadros dle mérito, atribuidos a Murillo según unos, y a Goya, al decir de otros.
en Potosí y en Sucre, la ¡elesia y las casas religiosas han sido, al parecer, la cabeza de turco de aquellos valientes desamortizadores.
Y es de creer que las alhajas y obras de arte antiguas que tendría hayan corrido la misma suerte, pues, muy poco o casi nada conservan hoy día.
La catedral discretamente restaurada últimamente y aumentada en las dos naves laterales de que antes carecía, sólo muestra un crucifijo en tela regular y un San Jeró: mimo de mucho mérito, pero obsequio de un canónigo que aun vive y dos cuadros modernos, un San Francisco, de Beltrán, no despreciable y un San Sebastián, bastante bueno, del pintor cochabambino Gatcía Mesa.
En San Francisco, aunque pecan de pesados y recareados, son recomendables
el establo y púlpito y de aloún mérito también la colec-
Catedral y Plaza de Cochabamba
ción de telas representando a
los profetas, que adornan este templo. Lo mejor empero que hay acaso en Cochabamba, en materia de arte, es una colección de 12 cuadros sobre cobre que guarda esa venerable comunidad, admirables por su dibujo, composición y colorido. Representa cada uno un artículo del credo, con el apóstol correspondiente al que dicho artículo se atribuye. (1)
(1) En casas particulares, se conservan muy buenas obras de arte, según, se me ha asegurado. Yo sólo tuve oportunidad de admirar en el Oratorio privado de la familia Blanco (hijos del poeta D. Benjamín Blanco) un Via-Crucis sobre cristal, antiguo, y un hermosísimo y artístico Cristo, de marfil, alto entre 50 a 60 centímetros, traído de Roma, obra de un mérito extraordinario, la más grande y la mejor en su género que: he conocido en América.
En el presbiterio de esta ielesia descansan los restos, en una urna de cedro, del célebre fray Bernardino Cárdenas, nacido en La Paz, obispo que fué del Paraguay y de Santa Cruz de la Sierra (1579-1668; esta última fecha no es del todo cierta). No ha muchos años fueron exhumados de Arani, sita a doce leguas de Cochabamba y residencia accidental de los obispos de Santa Cruz, de quienes dependía aquella ciudad y donde probablemente murió monseñor Cárdenas. Son harto conocidos los sonados conflictos que tuvo en el Paraguay con los padres de la Compañía de Jesús, referentes a las misiones jesuíticas. La historia, según afirmaba el R. P. comisario fray Wolfango Privaser con quien tuve el*honor de hablar extensamente, no ha dicho aún la última palabra en esta materia. Espera el ilustrado padre, poder, dentro de poco tiempo, edi. tar un libro, con valiosos e inéditos documentos que posee, sobre el tan discutido personaje histórico que arrojará mucha luz y vindicará al mismo tiempo la memoria de monseñor Cárdenas.
Ya que en toda Bolivia no existe—fuera de una u otra colección particular y estas mismas deficientes—un museo proplamente dicho, es digna de aplauso, la municipalidad de Cochabamba que, de un año a esta parte, ha iniciado un pequeño museo municipal, donde, bajo la inteligente dirección del señor Macedonio Urquidi, ha comenzado a coleccionar minerales, insectos, objetos anti-
Cochabamba—La Portada del Prado suos indígenas ye coloniales, pinturas, etcétera y que vendrá a llenar un eran vacío, en el orden cultural, en aquel pueblo
adelantado y progresista.
Muy triste fué para mi corazón de obispo, el no encontrar allí un solo colegio católico de segunda enseñanza de varones, que moldeara esa gallarda juventud cochabambina antes de ingresar a las aulas universitarias (1). Esto, y, con más razón el seminario, hoy en ciernes y por euya formación se desvela el nuevo dienísimo obispo, últimamente recibido, monseñor Francisco Pierini, debiera ser el ideal más caro de toda esa eristiana sociedad. El seminario es el eje y aquel una de las ruedas del carro sobre el que marcha el progreso moral, social y religioso de los pueblos y sin el cual todo otro progreso es vano, toda cultura es hueca. Felizmente la otra rueda, el elemento femenino recibe esmerada educación en el colegio de niñas que dirigen las hermanas Hijas de Santa Ana (2).
Entre los educacionistas seglares—y vale la pena de ser notado—eoza de muy buen predicamento en aquella sociedad la señorita Adela Zamudio (Soledad), más conocida ciertamente por sus escritos y poesías en el mundo literario que en el pedagógico, pero a quien más deberá a la postre su ciudad natal por la formación de la niñez que por sus poesías y letras.
(1) Los RR. Padres Franciscanos aquí. como en Potosí, sostienen. contiguo al Convento, un Colegio de instrucción primaria que goza de muy buen predicamento.
(2) La Liga de Damas Católicas aquí como en casi todas las ciudades principales de Bolivia donde está instalada, y las Congregaciones y Asociaciones piadosas trabajan con celo muy laudable en el elemento femenino.
CAPÍTULO XV Hacia La Paz. — Cambio de panorama. — Primeras avanzadas. — Descripción panorámica de la ciudad. — Contrastes y nostalgias. — Ideas descabelladas. — Fundación de La Paz. — Datos sugerentes. — Acción educacional crisbiana. — La nueva catedral en construcción. — Rastros y religuias de arte colonial. — Arqueología prehistórica.
El tren de Oruro a La Paz recorre en toda su extensión los páramos desiertos del «itiplano. Así llega a Viacha (1)— desde donde arranca la línea hasta Arica—y así continúa sin ofrecer aliciente alguno a los sentidos. La ciudad de La Paz está ya a tres cuartos de hora. Se la señala con el dedo, en plano ascendente hacia la montaña, frente al Illimani y por más que se esfuerce la mirada. ni un indicio, ni un lejano rastro edilicio acusa su proximidad. Sólo se ve la pampa reseca, estéril y triste, con su horizonte cortado allá en el fondo por las caprichosas, gigantescas crestas nevadas del Il llimani que, al desatar su álvea cabellera de anciano secular, bañada en los fulgores del sol, avienta en todas direcciones sus saetas rutilantes y suspende y embarga la mirada del curioso viajero. De improviso el panorama cambia. Nadie sueña en lo que le espera. He recorrido toda Europa y parte del Oriente y Jamás he encontrado nada igual a este soberbio salto de paisaje, a esta explosión de notas, a este contraste brusco de panorama, sin transiciones de ningún género, de lo monótono, seco y terriblemente cansador a lo variado, imponente, erandioso y
(1) Está instalada aquí una de las más poderosas estaciones radio-
gráficas de América.
gigantesco. La sorpresa es rápida, intensa, única. El tren en un momento se asoma de presto al borde de un colosal aníteatro, de formaciones geológicas raras, atrevidas, audaces, viriadísimas. Diríase que por ensalmo ha sido uno trasportado a una región de hadas incásicas que, huyendo de las furias que azotan sin piedad al altiplano, fuero a fabricar sús mansiones al abrigo de los fríos y de los vientos y allí a punta de diamante, hicieron sus nidos y bafrieron y rizaron con sus alas los múltiples picachos y declives de aquel fantástico y grandioso anfiteatro.
El radio de esta hoya, en forma de embudo, es inmenso. Difícil cosa es apreciar la diferencia que separa los bordes y aquel lejano fondo, salpicado de diminutas casuchas y arbolados y que a guisa de verdáceas blanquecinas notas tiradas al descuido, rompen la monotonía desesperante de las rocas. A esa hora, por la bóveda azulada del cielo, movíanse apenas caprichosas, fantásticas bandadas de nubes, de eirrus transparentes, espumas condensadas del aire, que paseaban majestuosamente por aquel abismo sus sombras bienhechoras, refrescando y hermoseando las hondonadas y riscos y quiebras salvajes, surcados de relucientes ondulados hilos de plata que cantando y parpadeando descendían hasta el fondo.
El tren mientras tanto sin lograr aún avistar la ciudad, continúa su pausada marcha, rodeando en descenso por los desfiladeros de la izquierda el grandioso anfiteatro que, ya se oculta, ya vuelve a resurgir con cambiantes nuevos, con soberanos contrastes de luz y de sombras que envuelven los castillos feudales, los almenados torreones, los pétreos terrones estriados, los apiñados bosques de estalactitas, los rodaderos sin fin que pueblan aquel conjunto diabólicamente pintoresco y salvaje, donde han trabajo de consuno los siglos, las lluvias, los vientos y las nieves. Y así, trasponiendo túneles y puentes, precipicios y abismos, recibiendo a cada zigzag de la vía, a cada revuelta del camino una nueva impresión, una sensación desconocida, una poderosa descarga eléctrica que rejuvenece los nervios, levanta el espíritu, aviva la imaginación y sus-
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pende la mirada, se avista de pronto la ciudad y se llega en un continuo arrobamiento a la estación ferroviaria.
Para formarse una idea aproximada de la posición topoeráfica que ocupa esta ciudad, hay que imaginarse el comienzo de una quebrada en hemiciclo, profunda y de flancos pendientes y coleados en forma de una enorme pera, con su tronco late0, sinuoso, acanalado que se
extiende hacia el Sureste. Ti-
rada la ciudad sobre sus flancos,
se apiña sobre el cauce del Cho: quellaco del que son tributarios otros arroyos que descienden de las faldas oriental y oceidental de la montaña, formada Íntegramente por terrenos de aluvión. Al norte se descubre el Calvario, al sur el Montículo, al poniente el Cementerio recortado en la falda, en dirección al Titicaca, y La Paz — Vista parcial al naciente el Illimani.
Difícilmente se encontrará
otra ciudad desde el punto de vista de su posición topográfica, más raramente pintoresca y graciosa. El toque de ésta consiste precisamente en ser al revés de las otras, que en esto se distineuen. En vez de mostrarse como una a extendiendo sus alas o como un pesebre dominando sobre la cima de una montaña, gallardea sus encantos en sentido inverso, ni más ni menos que si un feroz puñetazo de cicople la hubiera hundido en el abismo. De cualquier punto prócer que se la mire, ya sea del LEE al pie del calvario, ya desde el montículo, o bien desde la carretera de Yungas se la contempla riente y juguetona como cholita casquivana que se empeñase en trepar
por los flancos de las montañas, mostrar aquí y allí su almidonado vestido dominguero, sus cintas, sus festones, sus moños y sus flores, hermoseada con la gama interminable de sus
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casitas y chaleís, y perfumar el ambiente con el hálito de sus diminutas quintas, huertos y jardines. Vista desde el montículo, balcón natural y pequeño paseo artificial, ya ceñido por la cinta acerada del tranvía eléctrico, se admira un panorama encantador. Abajo, casi a los pies, el alegre y vistoso paseo del Prado, con su barriada aristócrata y moderna, habitual residencia de diplomáticos extranjeros y la frondosa Avenida Arce que va siguiendo el eurso del río, o sea, el tronco de la pera, de caprichosas sinuosidades hasta llegar a Sopocachi, Obrajes y Calacoto. Al Sur, a sólo tres leguas de distancia el gigantesco Illimani, de 7.509 metros de altura que deslumbra con su albura vireinal. Bajando un tanto la mirada y moviéndola a la izquierda, hacia los lavaderos de oro de Chuquiaguillo, el donoso Miraflores (Poto-Poto), valle pintoresco y fértil ya cubierto de casas y de quintas, verdadero estrado de la ciudad, que lleva trazas de ser el barrio del porvenir de la simpática Chuquiazo (La Paz). Al Oeste, ribazos colgantes, salpicados de casitas blancas de tejado ocre, de festones verdinegros de eucaliptus; y la compacta colmena urbana, zumbando en la hondonada principal, alzando la cabeza hacia el norte y extendiendo los brazos y abriendo los dedos en actitud de clavar las uñas en la pendiente ríspida para guardar equilibrio y no resbalar hacia el fondo y allá arriba, cireundada en giro, por los bordes limpios y escuetos de la árida montaña. por las crestas adustas del coloso y que a guisa de mudas atalayas, parecen montar la guardia y velar por su princecita Coya, envuelta en grises, rosáceas, azulinas tonalidades que irradian los caprichosos cerros del lejano horizonte.
La salida de La Paz, en ferrovía a tracción eléctrica, por línea distinta de la entrada, es el complemento indispensable del panorama que presenta esta ciudad, al erado que, puede decirse, aun no se la conoce en toda su esplendorosa visión y peregrinos encantos, sin hacer este recorrido de casi media hora hasta la estación El Alto, que la roba al fin a la estática mirada del viajero. Es aquello un subir y subir describiendo interminables caracoles, un continuo abrir y cerrar de abanico,
un jugar empeñoso al escondite, un verla y perderla y volverla a enfocar en toda su radiosa hermosura, picando sin fin la curiosidad del viajero, e interesándole cada vez más con sus estudia: dos, al parecer, ocultamientos y coqueteos. Y después que ha mostrado a regañadientes y como a sorbos intermitentes los detalles de sus múltiples, variados atavíos de luces y de sombras, de arpoledas, jardines y casas, de quiebras, hondomadas y ranchos, se descubre en todo su esplendor y en célica visión de conjunto que enajena y. arrebata, parece decirle al viajero: '“Vete, enhorabuena y prueba a olvidarme si puedes””. Sin embargo toda esta belleza, es para contemplarla un momento, de paso y con ojos de poeta, no para vista de asiento. Aquel pueblo hundido en el abismo, ceñido por cerros áridos, de tonalidades. amarillas, cenicientas y erises de vegetación raquítica y nula, sin panoramas, ni horizontes abiertos, alegres y extensos, estrechado y oprimido por inmensas moles de granito, entristece muy pronto el espíritu, lo ahoga y afixia y vienen ansias incontenibles de marcharse en busca de aire, de horizonte, de luz, de vegetación y de pampas.
El extranjero siente necesariamente allí el peso de la nostalgia que lo aplasta, tanto como el soroche, por la rarefasción del aire, agravada por el rápido declive de las calles y la monotonía de una vida casi tirada a raya, tolerable y grata tal vez para los naturales, pero incómoda y desesperante para. quien se ha desposado, al nacer, con otros aires, otro ambiente, otro sol, valles y horizontes distintos.
Las calles en la parte más antigua y densa de la ciudad, son tan pendientes y colgadas que el recién lleeado apenas si puede ascenderlas, haciendo pausas y tomando alientos por instantes; los mismos autos—extramjeros al fin—echan fuera las entrañas para lograr repechar aleunas de eilas. Sólo las. recuas de borricos y de llamas que abundan por todas partes, los recios y nerviosos aimarás, los cholos y las cholas de cuádruple pollera y sombrero alto de paja... y también los blancos y resistentes paceños, las transitan como si tal cosa.
No sin razón y prescindiendo de otros alicientes de be-
lleza, higiene y moderno .confort, los representantes diplomáticos extranjeros residen todos en la parte más baja de la ciudad, en el simpático barrio del Paseo del Prado. Por lo demás y no creo pecar de temerario, paréceme que éstos han de soportar un si es no es resienados aquel obligado encierro, en la esperanza fundada de hacerse acreedores, ante sus respectivos gobiernos, de un traslado, con ascenso, en buena lid merecido y conquistado.
No sé si debido a la topografía del terruño, a su variada riqueza mineral que llena de satisfacción y de orgullo a los parcos, graves, aislados y reconcentrados paceños, o bien a su psicología singular, efecto desproporcionado de la mucha sangre aymará con escasa castellana que llevan, o mejor quizás a la exaltación morbosa del patriotismo—siempre fueron córajudos y valientes—concentrado en un amor “intransigente de su propia ciudad que suele ser ocasionado a pedantescas exageraciones, lo cierto es que allí como en otras partes, reina también lo que podría llamarse la pasión de las grandezas y las ideas raras, bombásticas y descabelladas. Prueba de esto podría ser, entre otras cosas lo siguiente: ““Un escritor paceño, en muchas y bien nutridas páginas, trata de demostrar que el paraíso terrenal fué fundado en un pueblecillo de las proximidades. Un periódico presentó como la cosa más seria del mundo un proyecto de exposición rural para 1909, en La Paz. El proyecto fué tomado en consideración y ampliamente discutido y manoseado. Es verdad que la imponente cordillera que le sirve de pedestal, la sublimidad dantesca de sus panoramas y el aislamiento forzado en que viven, se presta a tal confusión de ideas y produce estas manifestaciones morbosas del patriotismo, más excusables que la de otros americanos que tienen
mayor roce en el sielo?”,
Mendoza echó los cimientos de La Paz por orden de Gasca el 20 de octubre de 1548. Sita a 3.675 metros de altura sobre
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el nivel del mar, cuenta hoy con una población de 80.000 habitantes y tiene a gloria no sólo el ser en el día la capital efectiva de la nación, sede del poder ejecutivo y legislativo— del judicial es Suere--y residencia de los representantes diplomáticos extranjeros, sino también el haber sido la primera que lanzó en América el reto franco y decidido a la corona de España, con la proclamación revolucionaria del 16 de julio de 1809 y que dió por resultado el ajusticiamiento por parte de Goyeneche de 86 personas, contándose entre ellas los llamados “nueve protomártires de la independencia”? con su Jefe Murillo.
Fácilmente se comprende la importancia de una capital de nación, slquiera no esté a la altura de otras más adelantadas del continente, para que sea necesario pasar revista a sus diversas 11m stituciones, tanto de orden
La Paz — Parque Murillo educacional,
como científi-
co, social y cultural. Pláceme más bien consignar uno u otro dato ligero sobre puntos que se suelen de ordinario preferir.
La Paz, no obstante las corrientes liberales del día, implantadas y fomentadas desde las alturas por los gobiernos pasados, en lo que se distinguió acaso más que ningún otro el doctor Ismael Montes que, entre otras cosas derogó el fuero eclesiástico en 1906, ha conservado y conserva, como las otras ciudades bolivianas, su carácter, fisonomía y espíritu decididamente conservador y católico. No se advierte ese tinte mareadamente combativo y sectario en individuos y sociedades de
otras partes, aunque no compartan las ideas y convicciones de la inmensa mayoría. Débese esto tanto como al cemento netamente cristiano de los hogares paceños, a la prudencia de la autoridad eclesiástica y moderación también de sus mandatarios civiles que bien comprenden, por otra parte, cuán injusto y antipatriótico fuera el herir y desafiar la opinión pública del país, con novedades exóticas y plagios más o menos vulgares de normas y de obras de otras naciones reñidas con las convicciones y el espíritu de aquel pueblo.
Distínguese en esta moderación y comprensión exacta del medio ambiente el actual presidente doctor José Gutiérrez Guerra, caballero cultísimo y de vasta preparación intelectual que tuvo la deferencia, para mí honrosísima, de enviar a su edecán a la estación a presentarme sus saludos a mi llegada a La Paz y que no se desdeñó, durante mi estada en ésa, de honrar con su asistencia en compañía del vice presidente 2.2 y de aleunos de sus ministros, la humilde mesa de los padres franciscanos, en el día del Patriarca de Asís.
Conocida es allí la actuación descollante que tuvo el jesuita padre Cerro que dictaba, durante el gobierno liberal del general Pando, la cátedra de matemáticas en la escuela militar, clase a la que asistía con frecuencia el mismo Presidente y que tuvo que abandonarla en la presidencia del doctor Montes que lo dejó cesante.
Hoy mismo los padres jesuítas—fueron allí en 1886—que regentan el bien montado colegio de San Calixto, con más de 400 alumnos, buenos gabinetes, observatorio, instalaciones de sismografía y radiotelegrafía, dan clases de religión en la Escuela de Cadetes, colegios del estado, menos el Normal, Liceo de señoritas, etc., sin que llame la atención, ni despierte protestas de nadie, antes bien sea por todos bien visto el hecho que la Escuela de Cadetes asista en corporación al templo, a los ejercicios espirituales que se le da para el cumplimiento del precepto pascual. No pudiéndose multiplicar los padres para dar clases de religión en las escuelas nocturnas, una vez por semana, asisten todas a la iglesia, donde reciben la ense-
O di
ñanza correspondiente. ¡Valientes y bellísimos ejemplos, muy dignos de ser imitados entre nosotros y en todas partes!
Como en el colegio que tienen en Sucre, también aquí los jóvenes que cursan sus estudios en el colegio de San Calixto, son examinados por dos padres y un profesor del estado y reciben el título de bachiller.
Todo esto y el saber que tanto el rector del seminario— al que consagra todos sus desvelos el diocesano y los Padres de la misión que lo rigen—como todos los directores de coleeios de enseñanza secundaria, ya particulares, ya oficiales, son miembros natos del consejo universitario y forman parte de las mesas examinadoras en los mencionados colegios, da la sensación de una situación si no próspera, relativamente tolerable y hasta favorable en que se encuentran, por este concepto, los católicos de La Paz.
Huelea decir que gozan de merecido prestigio no sólo los antiguos y beneméritos padres franciscanos, sino también y de una manera especial los institutos religiosos de uno y otro sexo que, como los salesianos, las Hermanas del Buen Pastor, del Sagrado Corazón y las Anas, se dedican a la formación cristiana de la juventud, en sus concurridos y bien tenidos colegios.
Las construcciones modernas, los templos y edificios públicos si no son aleo muy extraordinario, no llaman la atención del viajero que recorre estas regiones y que harto ya de monumentos análogos, busca más bien reliquias del pasado. Queden, pues, gallardeando sus aristas góticas y hermosos altares del mismo estilo, las dos iglesias modernas del colevio de San Calixto y de los padres franciscanos de la Recoleta, obras ambas de un hermano ¡jesuita y bastante buenas. Merece empero mención especial la nueva catedral en construcción, de cinco naves, toda de piedra labrada y que con haberse comenzado en 1882, sólo alcanza a la altura de los capiteles de las
columnas y necesitará todavía un millón de bolivianos para su terminación. Será a la verdad un soberbio monumento que honrará no sólo a Bolivia, sino también a la América.
Los rastros le arte colonial, como siempre, hay que ir a “buscarlos en los templos y acaso en aleunas fachadas de piedra labrada de casas pertenecientes a la
antigua nobleza hispana. Y aunque en aquéllos no
abundan, ni
Casa de Don Santos Machicado
en éstas SsO0-
bran, ahí está como muestra de las últimas, la admirable portada interna de la casa perteneciente al escritor don Santos Machicado, noble actualmente de la familia pontificia, cuya exquisita y filieranada factura supera a cuantas he visto en este mi largo e interesante viaje.
Tal vez la mejor iglesia de La Paz—no pude visitar La Merced, por estar clausurada desde algún tiempo atrás que pretendió incautársela el gobierno—toda de piedra, con regios retablos y púlpito tallados, aunque huérfana de otras obras antiguas de arte, es la de San Francisco, pero un tanto recarzada por las modernas repisas y santos que exornan las columnas.
Retablos no despreciables los tiene también la iglesia de Santa Teresa, a más de un sagrario con su templete para exposición del Santísimo, todo de plata y que tendrá hasta su coronamiento alrededor de cuatro metros de altura.
La catedral (antigua iglesia de Santo Domingo) más que por su arquitectura distínguese por varios objetos de arte
que conserva. Son notabilísimas, por ejemplo, unas sacras de
plata, con admirables relieves cincelados y artísticas pinturas. | La central ostenta en medio un crucifijo bajo docel; de uno y otro lado, en la parte superior el Arca de la Alianza y el Maná en el desierto, San Pedro y San Pablo, y en la parte inferior los cuatro evangelistas todos delicadamente miniados Las otras dos tienen santos y escenas bíblicas erabadas con delicadeza y precisión extraordinarias. Son indiseutibiemente de gran valor artístico. Los otros enseres de plata como ser: eustodias, hachones, sagrarios, canastos y cestillas en que se llevan flores para arrojarlas en la procesión del Santísimo, lo mismo que algunas cajas con inerustaciones de nácar y aleún armario exterior e interiormente tallado y rizado en madera, buenos son y de mérito, pero las sacras se llevan siempre la palma. En la sacristía guárdase también una estatua en madera dorada de Nuestra Señora de La Paz, que si no tiene mayor valor artístico, lo tiene ciertamente histórico por ser regalo del emperador Carlos V.
Entre las pinturas antiguas del templo, llaman la atención alrededor de veinte cuadritos pequeños, en tela, de autor desconocido, encuadrados y.easi embutidos en las pilastras del mismo, lo que no ha sido un óbice para que aleunos hayan desaparecido. Esto y avisos o indicios fundados que se tuvieror: ll de que había interesados sospechosos, obligó al Diocesano y | venerable Cabildo Eclesiástico, a retirar del templo y poner al en lugar seguro, un mes antes de mi llegada, cuatro valiosos ll cuadros sobre cobre, atribuídos a Rubens, lo que motivó un ligero revuelo de la prensa local, que creyó ver en esta acerW tada medida, un premeditado subterfugio, para luego enajenarlos, cosa en que nadie había pensado. | El primero representa a Jesús apresado en el Huerto
de los Olivos, el segundo a la Sagrada Familia y coro de ánge les danzando delante del Niño, el tercero a la Virgen con el Niño con angelitos por delante y dos damas y un caballero por detrás, el cuarto a Moisés y la serpiente en el desierto, con grupos de personas mordidas por las serpientes. Los he exa-
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minado detenidamente y puedo asegurar que los tres últimos, no así el primero, son del estilo de Rubens y bastante buenos, pero me inclino a creer que son copias y no originales del oran maestro.
Vénse allí mismo una buena tela de Jesús crucificado y un Calvario de marfil, de regn- A lar tamaño, si no muy artístico, asaz recomendable, en atención siquiera a la materia dura de que está hecho.
Por lo que respecta a los restos de arqueología prehistórica, conviene visitar el pequeño museo de La Paz, y el que tiene en formación el más autorizado especialista y conocido escritor don Arturo Posnasky, que tuvo la gentileza de enseñármelo y las célebres ruinas de Tiahuanaco, a cuatro le-
lago Titicaca, sobre la línea Familia de Cholitas. La Paz (Bolivia)
que de La Paz, conduce a Guaqui. Pero esto merece -un capí-
euas al Sur de las orillas del
tulo aparte.