Aromas de América · Capítulo real 10 de 24

CAPÍTULO XIX

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.

CAPÍTULO XIX

El Palacio del Inca y el Convento de las Vírgenes del Sol en la isla del mismo nombre. — El Iñakuyo o Casa de los VÑustas en la isla de la Luna. — Una pared preincaica. — Nacer... sufrir... morir... Carabuco y sus leyendas. — Juli y sus antiguos templos. — La obra civilizadora de los jeswitas.

Entre los restos de edifieios antiguos que guarda la isla del Sol, como ser, la casa de Mama Oello de metros 18.30 por 8.30, la fortaleza 0 pucara, baño y jardín del inca, templo (6) del Sol (39 por 8.70), están el Palacio del Inca que, seeún tradiciones isleñas, fué

Palacio del primer inca en la isla del Sol, denominado Pilko-Kauina. construído por las

propias manos del primer inca, y el Chinkana, o Laberinto,

(1) Este famoso templo, del cual sólo quedán algunas ruinas, podía competir en magnificercia con el del Cuzco. según dice Garcilazo de la Vega.

fl Padre Blás Valera dice que los indios le certificaron “que era tanto lo que había sobrado de oro y plata, que pudieron hacer de ello otro templo desle los fundamentos hasta la cumbre sin mezcla de otro material, y que luego que los indios supiecon la entrada de los españoles en aquella tierra, y que iban tomando para sí cuanta riqueza hallaban, la echaron toda aquella a aquel gran lago”.

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o casa de las Vírgenes del Sol, de los cuales diremos breves palabras.

Este edificio, dice Posnanski, tiene un estilo completamente diverso al de los monumentos levantados por las razas anteriores y parece, como aleunas de las construcciones incaicas, un castillo feudal de la edad media en Europa, pero con reducidas dimensiones, incipiente e infantil arte, y provisto de tres pisos, construcción fácilmente adaptable y apropiada, por hallarse en la falda de una colina.

Vése en él lo que no se encuentra en nineún edificio de períodos anteriores al incaico: cuartos abovedados por el siguiente sistema: están las piedras brutas superpuestas, sobresaliendo las superiores a las inferiores en constante progresión, hasta cerrar la bóveda, de tal manera que no pierden a pesar de su posición violenta en apariencia, el centro de eravedad. La cúspide de la bóveda está cerrada con una loza plana que sirve de base al piso superior. Las piedras sin labrar están sostenidas con barro mezclado con cal y estuco verdaderos y todo el edificio, como lo demuestran pequeños restos, se encontraba revocado y pintado de la misma manera usada hoy en las ciudades de Bolivia y del Perú. Sus puertas de anchas bases, parecidas a las egipcias, son de un estilo combinado entre el de Tihuanacu y los edificios del Cuzco.

El Chinkana o convento de las Vírgenes del Sol está edificado sobre ruinas del tiempo de la piedra tallada. La entrada puesta en un plano inclinado conduce a una sala con cuatro puertas; de ahí se va a las dos alas laterales ocupadas por los aposentos, los que dejan hacia el lago un claro de metros 25 por 15 más o menos, en forma de plataforma bien construída con calzada de piedra sobre el rápido declive de la colina. Una sola ala del edificio cuenta quince piezas de las vulgares llamadas dobles, llenas de puertas y pasadizos y que forman un verdadero laberinto, siendo más o menos igual la otra parte. Llama la atención un nicho de uno de los cuartos que tiene inerustrada una piedra con grabado en forma de escritura. Es un espécimen de la antigua pictografía indígena, de que se

han encontrado restos en estas islas y que al principio del siglo XVII, fué aprovechada por los misioneros para enseñar a los indios la doctrina cristiana.

El edificio más amplio que se encuentra en las islas, es el Thakuyu, o Casa de las Ñustas, vírgenes dedicadas al culto de la Luna, que está en la isla de Coaty (de la Luna). Sábese por un inventario de visita que tomó el padre agustino fray Baltazar Salas en 1618 que además del Iñakuyo, existieron también otros edificios, tales como el sepulero de las Ñustas, la calle de los Incas, el templo de la Luna y la tumba de Mama Oello, de la que según el mismo inventario se extrajo un cajón de metal, metido en otro de piedra que contenía un brazo momificado.

El Iñakuyo debió ser un edificio soberbio y su situación es de lo más pintoresco. Se sube a él desde la playa hasta una plataforma de 23 metros de altura donde está construído, “por una gradería dilatada de doce grandes y altos escalones que A van formando sucesivamente diversos terraplenes, que probaAl blemente en aquel tiempo fueron jardines, aleunas hasta de Ú 12 metros de ancho por 70 u 80 de largo””. Cuando se llega al último donde hay un amplísimo patio o plataforma de metros 55.60 por 24, donde según la tradición las ñustas baíilaban sus danzas sagradas en honor de la Luna, se encuentra al frente el cuerpo principal del edificio y a los lados dos alas como en el Chinkana de la isla del Sol. Las paredes tienen varias portadas de un estilo parecido al de Tihuanacu. Una de ellas la describe así el señor Posnanski :

Es una portada de 3 metros 70 centímetros de ancho y cuatro metros de altura, que tiene como umbral una fieura formada por ángulos entrantes y salientes que disminuyen en el rectángulo principal y penetrando sucesivamente al fondo, en forma de peldaños terminan en una puerta pequeña de un metro de altura y un metro ochenta centímetros de ancho. Estas puertas están construídas con piedra bruta y revo-= cadas con una mezcla de barro y paja de una consistencia tal que han podido resistir a la destructora obra del tiempo, pues

e es ea

existen todavía hoy restos de ese revoque que tenía además pintura de diversos colores.

Llama la atención también una muralla preincaica de piedras polígonas y labradas que sostiene uno de los terraplenes y que evidentemente es resto de otras razas de cultura superior que habitaron esta isla. Otra análoga se encuentra en la isla del Sol.

Refiere una antigua tradición

que esta isla de la Luna, era sólo ha-

SE ; Muro de la época de la piedra polígona en la isla bitada por muje- de Koaty (Isla de la luna)

res, tradición que parecería confirmada por el hecho de que entre todos los idolillos allí encontrados, no hay uno solo del sexo masculino. Sea de esto lo que fuere, lo cierto es que tanto esta isla como la del Sol, están envueltas en un vago encantador misterio, en un ambiente de tradiciones y de leyendas, de fuentes, de jardines y de flores, de palacios y de templos, de reyes, sacerdotes y vestales, que la imaginación no podrá penetrar nunca. Caravanas de seres humanos que hicieron su

peregrinación en la vida, descansan ya sus fatigas en el silencio de sus tumbas. El cierzo helado aventó sin piedad el polvo de sus huesos. Almas inmortales, sedientas también ellas de felicidad, como nosotros arribaron a estos sitios com su pesado fardo de anhelos, de inquietudes y de cuitas; llegaron y se fueron para no volver, mezclando a los ecos de sus músicas, de sus danzas, de sus risas y decires, las lágrimas amargas del vivir, los hastíos del placer, los ayes agudos del dolor, lote. . irrenunciable de todos los humanos. Los años y los siglos unos tras otros, desflocando la nieve de sus días extendieron, sobre sus anhelos, pasiones, glorias, rencores e infantiles vanidades,

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el manto funerario; la eternidad se desplomó sobre ellos y hoy. apenas si un recuerdo vago de su existencia flota por estas breñas, por estas pajas, por estas ruinas que huella el curioso viajero... Mientras tanto el mismo sol, la misma luna, los mismos astros y estrellas tachonando la bóveda del cielo, la misma tierra, las mismas plantas, flores y frutos, idénticos paisajes, la misma tranquilidad del lago, 1euales murmurios

de sus olas arrullando las mismas costas, hoy tristes, solitarias

y yermas... mas cuán diferentes los tiempos, la civilización, los hombres, las creencias... Nacer... sufrir... morir... qué

horrible pesadilla, qué desesperación tan cruel, si no sonriera

el más allá...

Muy dignos de ser visitados son los pueblitos de Pomata, Juli y Carabuco, sobre la costa del lao. Para esto se tropieza siempre con la dificultad del vaporcito que sólo una vez, cada quince días, sale desde Puno en viaje de circunvalación del Titicaca, tocando en los puntos principales.

Carabuco es célebre por sus tradiciones. Recuérdese lo que ya referimos sobre la cruz de aquel santo discípulo de un apóstol que evangelizara estas comarcas predicando la virtud y la adoración de un solo Dios.

A este varón extraordinario, blanco, alto y barbudo, venido de regiones desconocidas, los indios de Carabuco que eran feroces y corrompidos, después de martirizarle en diversas maneras, pusiéronle en una balsa, atado de pies y manos y entregáronle a los vientos del lago, a una muerte segura. La tradición añade que vióse una mujer hermosísima, de resplandecientes vestidos y coronada de estrellas, subir a la balsa y conducirla a la playa opuesta, dejando en pos de sí, como una estela luminosa que aplanaba las totoras de la costa.

Se conserva en este pueblito la parte de la cruz que este santo discípulo llevaba en sus peregrinaciones y cerca del mis-

mo se muestra una fuente, junto a la cual diz que tenía su choza. (1)

Juli, hoy aldea miserable de un poco más de 500 habitantes, todos indios, es célebre por sus ielesias que son las mejores que hay en el Alto Perú, al decir de don Carlos Walke Martínez. Todavía, dice este escritor, permanecen de pie en medio de esos humildes ranchos, cuatro hermosas iglesias. La de Santa Cruz es la mejor: elegante arquitectura, construcción sólida, ricos dorados, puertas de lujosas maderas, cuadros magníficos de inmensas proporciones, que representan, los de un costado la historia de San Tenacio y los del opuesto la de San Francisco Javier, y sobre todo un púlpito de tan primorosos tallados, que parece imposible exigir nada más perfecto. Agréguese a esto, frontales de plata en los altares, columnas forradas en el mismo metal y variadas obras de arte y de exquisito gusto y se tendrá una idea de la iglesia que describo. Si no igual, muy poco inferior es la de San Pedro, llena también de hermosos cuadros, de trabajos artísticos de gran valor y con un tabernáculo de notable mérito...

Los jesuitas fueron los pobladores de Juli hasta el año de su expulsión, 1767. El pueblo contaba entonces 5.000 habitantes, había llegado a un grado de prosperidad bastante avanzado ¡qué distinto hoy día!

Y es dieno de observar que lo mismo, con pequeñas excepciones, ha pasado en todos los pueblos de los Padres de la Compañía de Jesús, en el territorio del Alto Perú y del interior de América. En el día las antiguas reducciones de los ríos del Oriente de Bolivia están abandonadas en su mayor parte, los indios han vuelto a su vida salvaje y apenas quedan los escombros de las antiguas ielesias. El sabio viajero D'Orbieni, que las ha visitado, rinde un homenaje de respeto a aquellos ilustres conquistadores de paz y de virtud y reconoce el inmenso mal que hizo a la América la impremeditada orden de Carlos

(1) Es general de todas las regiones americanas la tradición de que el apóstol Sanio Tomás o Santo Tomé evangelizó la América. La trae el P. Lozano respecto de los charrúas, el P. Ruiz de Montoya respecto de los indios del Paraguay. el P. Calancha de los del Alto Perú, y es comunísima en el Brasil y demás naciones del Cont:nente.

=— 1808

III. El tiempo, los resultados, las consecuencias de los hechos, suelen ser el más irrecusable areumento en favor de las buenas causas: ellos son los que han justificado a los perseguidores del conde de Arana.

Cada una de sus casas era un asilo de ciencia, así como cada reducción una escuela de industria para los indios. Juli es testigo de este aserto: cuando la imprenta era escasa, un objeto de lujo en los pueblos de Europa, en este pobre pueblecillo del interior de América, los jesuitas tenían una y magnífica. Yo he vistio en la biblioteca de un amigo de La Paz dos impresiones del año 1612, hechas en Juli. La una es un vocabulario de la lengua aymará por el padre Ludovico Retornio, de más de 900 páginas y la otra una vida de Nuestro Señor Jesucristo del mismo autor, en dos lenguas, español y aymará, de 580 páginas. (1)

(1)

Bibliografía boliviana por D. J. R. Gutiérrez.