Aromas de América · Capítulo real 11 de 24

CAPÍTULO XX

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.

CAPÍTULO XX

El lago Titicaca. — Su poesía. — Puno. — Una sentencia de muerte modelo. — De Puno a Juliaca. — Escenas animadas. — Santa Rosa, La Raya, Sicuam y Urcos. — Cuadros vivos. — El río Vilcanota y el pueblo de San Jerónimimo. — Pinceladas. — Evocaciones del pasado. —- Nepul-

ero de una raza.

El eran lago Titicaca que quiere decir sierra de plomo, situado a una altura, seeún unos, de 3.810 metros sobre el nivel del mar y al decir de otros a más de 4.000, es sin duda aleuna, entre todos los del mundo, el que se encuentra a mayor altura. Paz de Soldán en su Geografía del Perú le da una superficie de 1.464 millas cuadradas, 270 de perímetro y 150 de extensión de noroeste a sureste.

Está divididio en dos partes unidas por el estrecho de Tiquina, siendo la mayor cuatro veces más erande que la otra. Tiene numerosas islas y bahías, sus aguas son dulces y escasas en peces, sus costas tristes, poco fértiles y frías como que están a la altura de la puna brava de Perú y Bolivia. Sin embargo el elima de sus islas, con tener éstas la misma altura, poco más o menos, es relativamente templado y benigno, estando en consonancia con él su vegetación y productos. El nivel de las aguas aumenta o decrece, según las estaciones y tienen éstas en aleunos puntos una gran profundidad.

El cielo es de un azul claro y nítido y la diafanidad de la atmósfera extraordinaria. Las mañanas y las tardes son tranquilas, las noches claras y admirablemente soñadoras

cuando la luna riela sobre el terso cristal azul oscuro de sus aguas y tiñe de plata las negras colinas de la costa y las eigantescas cimas de los andes orientales.

A diferencia de los otros lagos del mundo que ríen y cantan en el color verdáceo de sus riberas, en la exuberante vegetación de sus montañas, en sus románticas caletas y escondidos rincones, éste esparce al viento sus tristes y llorosos yaravíes y leva luto hasta en su vestimenta de nieve, cuánto más en sus costas cenicientas y opacas y en el traje negro de sus hijos.

El Titicaca, alguien ha diecho, no tiene en el mundo nada parecido. Los lagos de Suiza, de Escocia, del Sur de Chile, eteétera, tienen naturalezas análogas. El de la altiplanicie es solo.

Embarcación indígena del lago Titicaca

La poesía de los otros es alegre, la de éste melancólica, profundamente melancólica: aquellos canéan un idilio en cada | valle, en cada isla, en cada ola, éste preludia un himno lúgubre, silencioso, en cada una de sus rocas, sobre cada uno de sus recuerdos. Agreste, salvaje, no sonríe a la naturaleza: parece darle una cita doliente para gemir y meditar con ella en A medio del misterio de su erandeza pasada y su esclavitud Ú presente.

0 Pero está situado justamente en medio de la inmensa hoya que forma la altiplanicie de los Andes, en el corazón de lo que

| fué el imperio peruauo de Tahuantisuyu. Curiosa coincidencia...

¡Razón para haber sido en los remotos sielos la cuna de los incas!

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Mientras revolvía en mi mente un mundo de tristes reflexiones sobre las razas aborígenes que poblaron estas costas, El Inca (1), como señor absoluto en sus dominios, avanzaba hacia Puno por medio de un laberinto de islotes que emergiendo del fondo de este lago misterioso, prestaban al sosegado paisaje matutino los encantos fantásticos de colosales peñascos que hubieran sido arrojados al azar sobre aquellas aguas tranquiias y diáfanas. El hálito de una mañana serena y pura sahumaba el ambiente de sutiles azulinos vapores. Los negros promontorios y escuetos farallones, iban poco a poco desearrando aquellas virginales gasas de finura infinita y burilando en el lago sus caprichosas siluetas.

La ciudad de Puno, allá lejos, tendida a la falda de helados montes de color gris amarillento, aparecía por fin, tiritando de frío, como una esclava abandonada en las piedras, triste con la tristeza honda del proscripto. El recuerdo del fin trágico de José Gabriel Tupac Amaru, parece flotar todavía sobre esta melancólica y apunada ciudad.

En la famosa insurrección de los indios en 1780, promovida por aquél, fué sitiada y, aunque heroicamente defendida por el célebre Orellana, hubo de ser evacuada el 26 de mayo de 1781.

He aquí, como espécimen, parte de la implacable sentencia impuesta a Tupac Amaru, el caudillo de aquella revuelta y que fué ejecutada en la plaza del Cuzco, a presencia del feroz visitador Areche que la dictó:

“Debo condenar y condeno a José Gabriel Tupac Amaru a que sea sacado a la plaza principal y pública de esta ciudad, arrastrado hasta el lugar del suplicio, donde presencie la ejecución de las sentencias que se dieren a su mujer Micaela Bastidas, sus dos hijos Hipólito y Fernando Tupac Amaru, a su euñado Antonio Bastidas y a algunos de los otros principales

(1) El Inca y el Goya son los dos mejores vaporcitos que surcan el Titicaca, de 500 toneladas, capacidad 300 pasajeros y alumbrados a luz eléctrica.

capitanes y auxiliadores de su inícua y perversa intención y proyecto; los cuales han de morir en el propio día: y concluídas estas sentencias, se cortará por el verdugo la lengua y después amarrado o atado por cada uno de sus brazos y pies, con cuerdas fuertes y de modo que cada una de éstas se puedan atar o prender con facilidad a otras que prendan de las cinchas de cuatro caballos, para que puestos de este modo y de suerte que cada uno de éstos tire de su lado, mirando a las cuatro esquinas o puntas de la plaza, marchen, partan o arranquen a una voz los caballos, de forma que quede dividido su cuerpo en otras tantas partes””.

¡Sólo los tiempos explican tan inhumana, cruel y salvaje sentencia!

Los buenos oficios del Exemo. señor ministro del Perú en

La Paz, doctor Wenceslao Valera, que había oportunamente

telegrafiado a esta ciudad, me ahorraron las molestias de la

aduana. Y, del vapor al tren. No tuve, lo confieso, ni euriosi-

dad ni ánimo de visitar esta ciudad, sede episcopal y asiento ambién de prefectura.

El tren para lograr salir de la hoya del Titicaca y comen-

ARRE Zar a ascen-

¡ a» der las mese-

¡ | tas del norte,

ha menester ir

bordeando du-

rante casi me-

dia hora, las costas del lago; tiempo por otra part+ que se va en un

Puno — Canoas de totora soplo, PUES YE

uno azás en-

tretenido en la contemplación del paisaje lacustre, la abundancia de patos y demás aves acuáticas que pueblan las riberas,

las curiosas y originalísimas canoas, hechas de totora hábilmente tejidas y sobre todo, en los soberbios y poéticos panoramas de las islas que remedan, a la distancia, palacios, castillos y ciudades perdidas en las brumas de los sielos.

Después hasta Juliaca, desolación de desolación. En esta ciudad se bifurca la línea, siguiendo un convoy a Arequipa y otro al Cuzco. No cabía vacilación. La famosa metrópoli de la monarquía incásica, la histórica primera sede episcopal del continente, la ciudad príncipe que viera asombrada a esos nuevos hanracochas, de nacionalidad hispana, manejando el 'ayo y haciendo prodigios de valor, de audacia, de heroísmo, no descansar hasta ver engastada en la corona de España la gema más valiosa de los ilustres hijos del Sol, me atraía con fuerza irresistible. Y harta razón había para ello, porque quien no haya llegado hasta el Cuzco y aspirado en toda su intensidad los recuerdos históricos que se desprenden de los restos de aquellos grandiosos monumentos, puede estar seguro, no conoce aún la América precolombiana.

Desde Juliaca se comienza ya a observar las escenas que presentan las indias, de faldas cortas, mantos sombríos, sombreros aplanados, de anchas y tiesas alas, ofrendando al viajero sus baratijas, comestibles y mercancías. En las siguientes Estaciones de Laro y Pucara sobre todo, vénse erupos de indígenas, de extravagante indumentaria, que puestos en hilera, de pie o sentados, haciendo mostrador de la tierra, ofrecen a los que quieren mercar sus tejidos y mantas, sus objetos de alfarería labrados, vidriados y pintarrajeados, consistentes en vasos, botellas, caballos con jinetes de armadura completa de la época de Carlos V, toros fantásticos y mil otras chucherías de este jaez. Mientras otras, con su enorme y pesada carga al hombro, que ya ni sienten por el hábito, desembarazadas, con los brazos libres, se abren paso accionando, charlando, o hilando su rueca que de ordimario no se les cae de las manos.

Como el tren no lleva coche comedor, se almuerza en la estación Santa Rosa, que de rosa no tiene más que el nombre, en un hotelcito que bien podría ser un fondín, donde la apu-

2 dE

rada clientela a duras penas y manejando hábilmente la consabida nomenclatura de los potajes, del uno al tres, obtiene que le sirvan el plato que le falta. Sobrado revuelto debe ser aquello y ocasionado a más de un timo, cuando el dueño de la casa ha menester cuadrarse en el umbral de la única puerta del recinto y allí sin que se le escape uno, arreglar las cuentas con cada uno de los clientes. En cambio, ya al aire libre, les queda a éstos el derecho de resarcirse del menguado almuerzo, con la contemplación amplia y sosegada de los hermosos picos nevados de Curunanda y Pariña que se yerguen casi al frente.

El tren que iba ya ascendiendo, de horas atrás, terrenos incultos y áridos, con lomadas más o menos altas y paralelas de uno y otro lado de la vía, continúa su pausada marcha hasta remontarse a la altura máxima de la línea de 4.313.70 metros sobre el nivel del mar en la estación La Raya, límite de los departamentos del Cuzco y de Puno y cima de la vertiente que divide el sistema del Amazonas del lago Titicaca, para continuar luego el descenso hasta la ciudad del Guzco, pero recorriendo ya desde la estación Aguas Calientes un valle pintoresco, lleno de pueblitos, fertilizado por el río Vilcanota y encajonado entre montañas de 600 a 700 metros de altura que le sirven de marco colosal.

Entre las varias poblaciones que íbamos dejando aurás, sólo recordaré dos: Sicuani y Urcos.

Sicuani es el pueblo más importante de la vía Juliaca: Cuzco y donde, al regreso de esta ciudad, se almuerza en un hoteleito vecino a la estación por el estilo del ya descrito de Santa Rosa. La indumentaria indígena, aquí como en casi todas las otras estaciones es siempre original, pero el viajero anota un dato curioso en el traje de los indios. Conservan todavía éstos el vestido casi a la usanza española del tiempo del virreynato, calzón corto y casaca a estilo Luis XIV. Que por lo que a las indias se refiere, gastan indumentaria tan rara y extravagante que ya el ojo se habitúa a este carnaval sempiterno y... concluye, por encontrarles razón... ni más ni menos que a nuestras jóvenes que visten según el último figurín de

París. Me magino que esas pobres indias de pollera corta y esponjada, cinturón multicolor, chamarras de terciopelo brillante, camisa, bata, almilla o qué sé yo, de colores fuertes y chillones y sombrero neero tan plano y chato como una bandeja, con vistosas eintillas o flecos pendientes en toda su circunferencia, han de presumir al igual de nuestras jóvenes de la haut con sus finos sombreritos, falda corta y estrecha y zapatitos Luis XV y paso menudito de gorrión saltarín. ¡Y estaría todavía por verse quiénes llevan más razón!...

Urcos recuerda el vecino lazo de Pocamanchi, a seis leguas al sur del Cuzco, donde, según la tradición, al anuncio del avance de los españoles, echaron los indios eran parte del tesoro del Cuzco y arrojaron también aquella célebre cadena de oro mandada hacer por Huaina Capac, de la que se cuenta que cada anillo pesaba cien libras, y que rodeada la eran plaza del Cuzco, dentro de la cual se encerraban para bailar y hacer sus danzas en honor del Sol.

Esta plaza, no era la Plaza Mayor de la ciudad que abarcaba, según dicen en el Cuzco, el área actual de las tres plazas contiguas llamadas la Matriz, Recocijo y San Francisco, por ser demasiado grande, y porque al decir del inca Garcilazo en ésta sólo se hacían los sacrificios generales en la fiesta de más importancia, realizándose los bailes y danzas, que los ejecutaban descalzos, en otra que había delante del templo del Sal. (1)

Aunque hay también quiénes sostienen, con menos probabilidad que la joya gigantesca fué echada por los indices en al lago Titicaca.

A muestro juicio hay aquí una confusión. Sabido es que en este lago fueron echados los tesoros del templo del Sol que en la isla del mismo nombre había en el Titicaca, al saberse que se acercaban los españoles. La distancia desde el Cuzco al Titicaca es demasiado grande para creer que hubiese sido trasportada la célebre cadena hasta aquí, pudiendo haber sido arrojada en el vecino lago de Pocamanchi.

(1) Garcilazo de la Vega. Comentarios Reales Libro TIT c. XXTIT.

Nunca olvidaré por cierto un cuadro típicamente regional presenciado en la estación de Urcos. Eran las tres de la tarde. La atmósfera pesada y asfixiante de un día de verano, eneraba el espíritu y amodorraba los miembros ya laxos y molidos, del largo, monótono viaje. Llegar el tren y comenzar a moverse

y hormiguear, como un enjambre, la turba anónima de indias vendedoras dle chicha, pan, tortas, fruta, humeante puchero, fritos y otras menudencias y municiones de boca, fué todo uno. La indiada y el cholaje que viajaban en coches de segunda clase y que al parecer, venía hambreada y sedienta, se derramó como agua por el andén y esplanada de la estación, codeándose y estrujándose sin piedad, por elegir la olla más suculenta o el botijo de chicha más fuerte y fermentada. Las vendedoras de pan, vaciaban sus canastas de tortas en las manos o ponchos mugrientos de sus clientes, al igual de las frutistas, mientras las de los fuegos encendidos, en cuclillas y rodeadas de dos o fres mayestáticas ollas, repletas de caldo o de trozos de carne rebozada, sucias de manos, cara y vestidos como un trapo de cocina, trasudando mares por el sofocón, el calor, carga y mundo de ropas que llevan, remangadas, empuñaban +l eucharón y llenaban unos tras otros los platos que, arrebatados por la ávida clientela, volvían limpios en el acto para seguir prestando tan humanitarios servicios. Cogían lueeo con la inmunda mano, los duros trozos de carne y repartíanlos con naturalidad pasmosa, sin la menor extrañeza ni gesto alguno de protesta por parte de los ya habituados comensales. Y, lleno el estómago, a aplacar la sed. Y los cántaros y botijos escanciaban la chicha en fenomenales vasos de un litro que, a su turno, desaparecían, seguidos de un fuerte resoplido, sieno evidente de refocilamiento y de hartura y de una pulera limpiada de boca con la arrugada manga del saco o camisa. Por lo demás era de ver a esos indios lampiños, retacones y emponchados de recia musculatura, pelo lacio y desereñado, color terroso, mirada mansa pero esquiva y con fachas desparejas y trabajadas a puñetazo limpio y sobre todo el ajuar multicolor y extravagante de algunas indias, con su muchacho mamón a la espalda,

metido en ese envoltorio sui generis, de jergón tejido a pala y que llaman képis, sacando sólo la cabeza como un polluelo y haciendo muy quedamente trasudar por lo bajo al que pudiendo ser impermeable, no lo era, mientras la que lo echara al mundo y a cuestas lo llevaba, sin importársele un ardite, ni acordarse de aquel su apéndice, hilaba tranquilamente charlando con la comadre, o escanciaba la chicha, o movía sus brazos a guisa de lanzaderas, para vender su ají, percibir la paga, lar el vuelto y no dejarse trampear.

Cuadros como este se ven en casi todas las estaciones, pero en ninguna como en Urcos, fué de un tan y 1vo, intenso y orieinal colorido.

Al desviarse a la derecha, cinco leguas aproximadamente, antes de llegar al Cuzco, el ya caudaloso río Vilcanota, el tren, que antes siguiera su turtuoso curso por profundas quebradas, cubiertas de vegetación, de cultivos, andenes en declive, pueblitos, recodos y picachos a veces encantadores, en forma y apariencia de rústicos postales, continúa de frente por un cada vez más pintoresco valle que, al llegar a San Jerónimo, se ensancha en una espléndida y hermosísima llanura, toda cultivada, de seis millas de largo, distancia que separa a este antiguo y simpático pueblito de la ciudad del Cuzco.

Llevo grabada en mi alma para no borrarse nunca la noche aquella en que por primera vez, sentado en mi asiento y apoyado a la ventanilla del coche, comencé a aspirar las primeras auras del Cuzco.

Antes de llegar a San Jerónimo, tras una ligera llovizna, avanzaban en desorden por el fondo azul oscuro del cielo, bandadas dispersas de desgarradas nubes, mostrando en sus bordes opalinos el tibio y postrer beso de un sol en agonía que alcanzaba aún a dorar con reflejos moribundos, las crestas más salientes de los montes y verter sobre el sahumado valle una fosforescencia de tonalidades funerarias. La amortiguada luz crepuscular sufría ya desmayos de muerte en los fríos brazos de la noche y comenzaban a encenderse los astros en el cielo, Un solemne religioso silencio, sólo interrumpido por los ja:

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deantes resoplidos del acerado monstruo, parecía envolver, aquel valle, aquellos montes, aquella naturaleza muerta. En esa hora de la rumia. intelectual en que el alma sobrecosida ante el triste espectáculo del cielo y de la tierra, se replieza en lo más íntimo del sér, descorrióse ante mis-ojos el panorama inmenso del pasado, esparciendo ondas húmedas y frías, que me taladraron los huesos. Recuerdos de la historia, tradiciones y leyendas, ruinas venerandas de los sielos impregnadas de lágrimas y de penas, elorias, grandezas y heroísmos, templos de oro, maeníficos palacios, fortalezas gigantescas y cicópleas, guerreros, caudillos y curacas, sacerdotes y fustas y virgenes escogidas del Sol, príncipes y monarcas poderosos, todo en lin un mundo de cosas idas, parecióme ver surgir, en la oscuridad de la noche, de aquellas negras montañas, cruzar como un meteoro por mi mente y hundirse en una tumba y los manes de los incas, cetro en mano, en actitud amenazante, hoscos, taclturnos y bravíos, montar la guardie del gran sepulero de su

raza: el Cuzco.