Aromas de América · Capítulo real 13 de 24

CAPÍTULO XXIV

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 2 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPÍTULO XXIV

Iglesia y convento de Santo Domingo. — La celda donde vivió | el autor de la Cristada. — Restos existentes del Templo del Sol. — Su antigua traza. — Descripción que hace el

imca Garcilazo de la Vega del templo del Sol y de los otros

aposentos de la Luna, estrellas, arco iris, etc. — Teogonta

de los incas. — Sacerdotes. — Privilegios concedidos por

los incas. — Las Haiellas y las Ñustas, vírgenes adorado- ! ras del Sol y de la Luna; su número, estado, ocupaciones. ' — Castigos para las infractoras. — Concepto de que goÑ bazan. — Las escogidas del imca. — Otras nobles que hall cían voto de virginidad, sin tener clausura. — Viudas.

Uno de los primeros edificios construidos por los españoles en el Perú, fué la ielesia y convento de Santo Domingo, levantado sobre los antiguos muros del Curi-Cancha o templo del Sol, comenzado, según se dice, por Manco Capac y coneluido por Inca-Yupaneui.

De arquitectura colonial, la iglesia de tres amplias naves no tiene cosa que llame mayormente la atención, si no es su puerta principal (y lateral) de piedra labrada, con cuatro columnas dóricas demasiado distanciadas entre sí y la torre o campanario de buen estilo churrigueresco, de columnas tor- | neadas aunque desproporcionado con la base y afeado en la parte superior, construída con mal gusto, después del terremoto que arruinó la antigua.

El claustro principal de dos pisos con sus respectivas | arquerías (hay otro cuerpo de edificio que servía de noviciado, hoy abandonado y desierto), amplio y macizo, construido en

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piedra, con escaleras de altos peldaños y sólidas pilastras también de piedra de sillería, da la sensación de un enorme caserón en ruinas. Tuve la satisfacción, durante mi estada en el Cuzco, eracias a la gentil invitación de los RR. Padres Deminicos que quisieron hospedarme en su casa, de ocupar la celda donde vivió y escribió el célebre padre Diego Hojeda su poema “La Cristiada””, tan celebrado en la literatura española. Sobre la puerta háse colocado una placa con la sieulente ins-

eripción :

DAA Di e Host: A. R. P. M. Didacus Hoje- Vista de la fachada de la Iglesia : o > E a Se domine da-Olim hauus conventus Prior. Y Convento de Santo Domingo

Poematis ““La Cristiada”” auctor imaigmis-in hac cella vixi!-

Santo Domingo — El clausiro

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natus 1571, professus 1591, obút 1615-1n 7.” centenario a confirmatione Ordimis Praedicatorum 1216-1916.

Contigua a la misma celda hay un saloncito de cuyas murallas penden cinco muy buenas telas, las únicas de mérito que hay en la casa, e lelesia: una Sagrada Familia, un Nacimiento, una Anunciación, una Adoración de los Reyes y una virgen con el niño y San Juan, todas de hermoso y pronunciado

misticismo.

¿Y el célebre templo del Sol? ¿Qué ha quedado de él? ¿Dónde se encuentra? Ved ahí las primeras preguntas que hace todo viajero al llegar al Cuzco.

E lesia de Santo Domingo. El altar mayor del templo ocupa

stuvo, como ya antes dijimos, donde hoy está construída

el sitio donde antes resplandecía la gran plancha de oro, con su ídolo, principal, el Sol. Toda la muralla exterior del ábside del templo, perfectamente visible en todos sus detalles, hasta una altura de eimceo o seis metros, es la misma del antiguo templo, construidos con las ya conocidas piedras incaieas o preimealeas, admi rablemente talladas y superpuestas las unas a las otras, y en tal manera juntas sin mezcla de nineuna clase, que es un verdadero

prodigio. Sobre ella se ha levan-

tado el resto de la muralla poste-

rior de la iglesia. En las sacris-

Murallas del Teniplo del Sol Zi y mE (Abside hoy de Sto. Domingo) tias y dependencias anexas y parte

de los claustros, se ven también trozos de muros incaicos, sobre todo una gran sala de metros 10 por 6 aproximadamente, provistas en sus paredes de nichos al estilo esipcio, más anchos

en la parte inferior que en la superior, que servirían para colocar ídolos o planchas de metal, altos metro y medio, más o

aba

menos, y

uno no entiende ñáda y se pierde en

EÓÓÁocdoo————_

Sala de los turistas o antigua sala de los sacerdotes del Templo

este laberinto de trozos de murallas incaieas que tan luego aparecen como desaparecen, viéndose sólo los muros modernos de la construcción colonial, cual si fueran aquéllos, piezas sueltas, o rotos eslabones de una cadena, esparcidos al azar. Sufre a la verdad el curioso visitante una eran contrariedad de ansias insatisfechas, una verdadera decepción y tortura más mortificante y cruel, cuanto más picada queda la curiosidad por aquellos restos maeníficos de construeción que observa. Y, de no perjudicar notablemente, socavando o demoliendo, el templo y convento, por si aun quedase intacta la antigua traza de cimientos, nadie es capaz de rehacer hoy en día, la vetusta planta y dar una idea clara de lo que antes fuera este monumento. Los mismos antiguos cronistas no cuidaron de dejarnos diseñada la planta de este histórico edificio, así como

PLANO DEL GRAN TEMPLO DEL SOL LLAMADO POR LO3 INCAS INTI-HUASI.—VISTO INTERIORMENTE

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1) Plancha de oro laminado que pesaba 4 quintales y representa al sol, donde actualmente es el altar mayor de Santo Domingo. — 2) Huerta principal del templo pbor donde penetraba el sol naciente de oriente a reflejar la plancha del sol, produciendo brillos mortificantes a la vista. — 3) Huerta accesoria del mismo templo que hoy es la principal, por donde os sacerdotes recibían de los fieles sus ofrendas en la plazoleta de Inticancha. —.4) Plazoleta de Inti-cancha. — 5) Capilla de: la Luna. — 6) Capilla del Rayo. — 7) Capilla del Arco-iris. — 8) Capilla de los dioses de la tempestad. — 9) Capilla del Trimurti-incaico. — 10) Capilla de a estrella Venus y las demás de la Vía-láctea, siendo la primera de un tamaño extraordinario. — 11) Capilla de los Apus o genios invisibles. — 12) Conducto subterráneo que « :endía de la Capilla de la Luna a las cinco fuentes del sacrificio, que recibían por cañería de oro desde la pla matriz la chicha de las libaciones en las fiestas o Raimis. — 13) Las fuentes del sacrificio. — 14) El jardín de oro o Ceori-Cancha o Chogqueinquil. — 15) Habitaciones del clero o Quimichus que cuidaban la perpetuidad del culto. — 16) Fachada del templo del Sol. — 17) Ventanas o claraboyas del templo. -— 10) Espacio que ocupaban las momias de los Emperadores y su familia.

Original de José Lucas Caparó Muñiz. Restauración hecha por Augusto Pezo. — Cuzco, noviembre 10 de 1911, — Firmado: Augusto Pezo, ingeniero.

Es copia fiel y exacta del original. — Cuzco, 17 de octubre de 1918.

IVICAES TO

Y. E, Caparó Muñiz. Agustín Rivero R.

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nos legaron su descripción suscinta, muy clara tal vez para ellos, pero casi ininteligiblé para nosotros.

En el museo particular del señor Caparó Muñiz se ven dos pequeñas piedras, encontradas en excavaciones hechas, con la traza, al parecer, de este templo y de la fortaleza de SacsaiHuamán. Posee además dos planos, cuyas copias conseguí, con la reconstrucción de ambos monumentos hecha por el ingeniero Pezo, sobre el grabado de esos modelos de piedra, según entiendo. Pero si he de decir lo que siento, después de un detenido estudio realizado en el sitio del antiguo templo del Sol, no me satisface en manera alguna. Tanto más que no está de acuerdo con la descripción que nos ha dejado «el inca Garcilazo de la Vega en sus “Comentarios Reales””, autoridad para mí en la materia, por haber conocido el sitio y edificio que describe. A su historia, pues, me atengo y casi con sus mismas palabras procuraré dar una idea de conjunto, sobre el monumento y riquezas que poseía.

El Curi-Cancha o templo del Sol, era una gran pieza dle cantería llana, muy alta, de techumbre de madera cubierta con paja, pues, sabido es que los incas no conocieron la bóveda. “Todas las cuatro paredes del templo, -dice Garcilazo de la Vega (dando a entender que la forma no era elíptica, como hoy se cree que fuera, por la forma oval del muro que forma el ábside del templo) estaban cubiertos de arriba abajo de planchas de tablones de oro. En el testero que llamamos altar mayor, teníán puesta la fisura del Sol, hecha de una plancha de oro, al doble más erueso que las otras... Era tan grande que cubría todo el testero del templo de pared a pared””. Fué esta la que, ya antes dijimos, le cupo en suerte a Mancio Sierra de Leguizano.

¿“A un lado y otro de la imagen del Sol, estaban los cuerpos de los reyes muertos puestos por su antigúedad, como hijos del Sol, embalsamados que (no se sabe cómo) parecían estar vivos: estaban asentados en sus sillas de oro, puestas sobre los tablones de oro en que solían sentarse”?. (1)

(1) Estos cuerpos embalsamados fueron sacados por los indios al acercarse los españoles, ignorándose el lugar donde fueron escondidos. Garcilazo el Inca cuenta que vió alguno de éstos.

La puerta daba al oriente, de suerte que los primeros rayos del Sol, iban a reflejarse en la gran plancha de oro que representaba el ídolo. Las puertas estaban asimismo forradas con planchas de oro en forma de portadas ““y por el exterior del templo, por lo alto de las paredes corría una azanefa de oro de un tablón de más de una vara de ancho. Pasado el templo había un claustro que llevaba igual azanefa?” y alrededor del cual había cinco aposentos grandes, cubiertos en forma de pirámide.

El primero forrado en plata, era dedicado a la Luna, como a esposa y hermana del Sol.

El Segundo dedicado a Venus y a las siete cabrillas. Honraban a Venus como a paje del Sol y las siete cabrillas como a criadas de la Luna. Este aposento estaba tapizado de plata y todo el techo sembrado de estrellas erandes y chicas del mismo metal.

El tercer aposento, todo guarnecido de oro, era dedicado al trueno, relámpago y rayo y a los tres llamaban Illapa y los respetaban como a criados del Sol.

El cuarto consagrado al arco iris, que respetaban porque procedía del Sol, estaba asimismo guarnecido de oro. Su imágen, como la del Sol, veíase en el testero o pared del fondo y los incas la tomaron como divisa y blasón de su rango.

El quinto estaba reservado al Sumo Sacerdote y demás ministros sagrados, como sala tal vez de audiencia.

En las paredes de estos aposentos que miraban al claustro, había cuatro tabernáculos, forrados con tablones de oro, no sólo las paredes y lo alto más también el suelo. Por las esquinas de las molduras había muchos engastes de piedras finas, esmeraldas y turquesas. En estos tabernáculos sentábase el inca cuando hacían fiestas al Sol.

Cuenta Garcilazo que él aleanzó a conocer tres de aquellos aposentos con sus paredes y techumbres, pero desprovistos ya del oro y de la plata.

En el templo o casa del Sol, no podía entrar indio aleuno

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que no fuese inca, por gran señor que fuese, mucho menos mujeres, siquiera fuesen hijas o mujeres del mismo rey.

Los sacerdotes asistían al servicio del templo por semanas y ese espacio de tiempo se abstenían de las mujeres y no salían de él ni de día, ni de noche.

Los sacrificios generales, en la fiesta principal, se hacían en la plaza mayor de la ciudad y los otros en una gran plaza que había delante del templo, donde realizábanse también las danzas y bailes en honor del Sol; y aun aquí mismo no podían estar sino descalzos.

Dentro del local del templo había cinco fuentes de oro y tinajones de oro y plata, donde se lavaban los sacrificios, siendo también de oro los caños que las surtían. Había al lado del templo un jardín con adornos de oro y plata, como lo tenían las casas de los reyes, en el que todo (árboles, flores, fisuras de hombres y de mujer, pájaros, etcétera) era de aquellos metales. Corresponde a este jardín ciertamente la hortaliza que hoy tiene el convento.

Y así a semejanza de este templo del Cuzco, eran los demás de las provincias, llenos también de oro y plata, según la riqueza de la comarca.

La teogonía ineaica puede, en síntesis, reducirse a lo si suiente: Los incas adoraban al Sol por el bien que hacía a todos, a la Luna veneraban y honraban porque la creían su mujer y hermana (1) y a las estrellas por damas y criadas de su casa y corte. Pero para ellos el único Supremo Dios y Señor era Pachacamac, a quien adoraban como a tal, si bien no le ofrecían sacrificio porque, al decir de ellos, no le conocían, era el

(1) A la muerte del fundador de la dinastía el Inca Manco Capac, su primogénito com:o dice Garciiazo el Inca Sinchi Roca, casó con Mama Cello, o Mama Cora, según otros, su hermana mayor por imitar el ejemplo de sus padres y abuelos, el sol y la luna. Hicieron este casamiento para conservar la sangre limpia, y porque al hijo heredero le perteneciese el reina tanto por parte de padre, como de madre. Los demás hermanos legítimos también casaron unos con otros por conservar y aumentar la sucesión de los Incas. Decían que el casar los hermanos con las hermanas lo había ordenado el Sol y que el Inca Manco Capac había mandado porque no tenían sus hijos con quien casar si había de conservarse la sangre limpia, pero que después nov pudiese nadie casar con la hermana, sino

sólo el Inca heredero.

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Dios invisible. Así y todo levantáronle el famoso y riquísimo templo que hubo en el valle de Pachacamac. No tuvieron los incas sacrificios humanos al revés de los aztecas en México. Creían en la inmortalidad del alma y en la resurrección universal, aunque aceptaban mil otros errores y supersticiones.

Los sacerdotes de la casa del Sol en el Cuzco, todos eran incas de sanere real; pero los demás adictos al servicio del templo eran incas de los de privilegio. Tenían también Sumo Sacerdote, el cual había de ser tío o hermano del rey y por lo menos de los legítimos en sanere. En las demás provincias eran sacerdotes los naturales de la comarca; empero había de ser inca el sacerdote principal.

Dijimos que los otros adictos al servicio del templo, podían ser de los incas de privilegio. Entre los otros privilegios que Manco Capac concedió a sus súbditos (como ser, poder llevar el llantu (1) de un solo color, mientras el inca lo llevaba de varios), antes de morir reunió a sus principales vasallos y les otoreó otra gran merced, que tanto ellos como sus descendientes pudieran llevar el título de incas, pero que no quería que sus mujeres e hijas llevaran el título de Coyas y de Pallas, como las de sangre real, por no ser las mujeres capaces de las armas para servir en la guerra.

*“De estos incas, añade Garcilazo, hechos por privilegio, son los que ahora hay en el Perú, que se llaman incas y sus mujeres se llaman Pallas y Coyas, por gozar del barato que a ellos y a otras naciones... les han hecho los españoles”?; pues, sabido es que la tiranía de Atahualpa destruyó a los incas de sangre real y los pocos que escaparon por su pobreza y necesidad, ya casi no eran conocidos.

Guardaba relación muy estrecha con el culto del Sol, a más de la institución sacerdotal, la de las Vírgenes o Escogidas

(1) El llantu, distinto de la borla imperial, distintivo exclusivo del Mey y del príncipe heredero, era una trenza, como de un dedo de grueso, que rodeaba dando cuatro o cinco vueltas la cabeza y quedaba a manera de guirnalda.

del Sol, Haicllas, o las Ñustas, adoradoras también de la Luna y justo es decir aleunas palabras acerca de estas vestales, superiores en virtud, según la historia, a las vestales de Roma y que gozaron de tanto crédito en la monarquía incásica. Eran de ordinario más de 1.500 vírgenes escogidas, de ocho años, para seguridad de que lo eran, de sangre real, hijas de los incas, como de sus deudos los limpios y legítimos y vivían en una eran casa, lejos del templo, como mujeres del Sol. Actualmente este gran recinto con restos notables de murallas incalcas, de una cuadra cuadrada, más o menos, está convertido en el convento de las Religiosas de. Santa Catalina. Y así, por una muy

significativa

coincidenela, las vírgenes del Restos del Palacio de las Vírgenes del Sol

Sol, han sido

reemplazadas en su casa por las vírgenes del Señor, como lo han sido también los sacerdotes del Sol, por los ministros saerados del Dios vivo.

Las vírgenes ancianas se llamaban Mamaconas, como quien dice que podían gobernar y hacer oficio de madres. De éstas unas eran abadesas, diremos así, otras maestras de nor vicia's, otras porteras.

Vivían en perpetua clausura hasta morir, con guarda de perpetua virginidad. No tenían locutorio ni torno, ni hablaban nunca con hombre o mujer. Sólo la Coya (la reina) y sus hijas podían entrar y hablar con ellas; no así el inca que, si bien como rey hubiera podido, para dar ejemplo, jamás lo hizo. Y esto es muy digno de notarse y que rectifica el falso

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concepto vertido por muchos escritores que han confundido la institución de las vírgenes escogidas del Sol, con las vírgenes escogidas del inca y de las que ya luego también hablaremos.

La puerta principal de la casa no se abría sino para la reina y sus hijas y para recibir a las nuevas vírgenes que entraban ya para no salir.

Tenían éstas para servicio de la casa 500 mozas, las cuales también habían de ser doncellas, hijas de los incas de privilegio, las que a su turno tenían sus respectivas Mamaconas de la misma casta.

Había también veinte porteros, o mejor, mandaderos para llevar y traer lo que hubiese menester, pero so pena de la vida, no podían éstos pasar de la puerta de servicio, ni nadie los podía mandar, bajo la misma pena.

La principal ocupación que tenían las vírgenes era tejer e hilar y hacer todo lo que el inca y la coya su mujer leeítima traían sobre sus personas de vestido y de tocado (1) y labrar toda la ropa finísima que ofrecían al Sol en sacrificio.

Hacían también el pan, llamado Zancu, para los sacrificios que ofrecían al sol en las fiestas mayores que llamaban Raymi y Cittua, como asimismo la bebida para el inca y sus parientes, en esos días.

Toda la vajilla de la casa, inclusos cántaros y tinajas, era de oro y plata. Tenían asimismo un jardín, como el que había en el templo del Sol, cuyos adornos de plantas, yerbas, flores, aves, etcétera, eran también de oro y plata.

Terrible era en cambio la pena que había para las eculpables. La que delinquía contra su virginidad, debía ser enterrada

(1) Llevaba el Inca. fuera de la ropa interior, la chuspa, especie de holsa de una cuarta en cuadro, terciada al hombro, y sujeta por una trenza de finísima labor, que le servía para traer la coca, que en ese entonces sólo la comía el Inca y sus parientes: la Llacolla, o sea, una riquísima manta o poncho; el llantu y la borla imperial colorada. De las insignias, dice Garcilazo, que el Inca Manco Capac traía en la cabeza, reservó sola una para sí y para los reyes sus descendientes, la cual era una borla colorada a manera de rupacejo, que se tendía por la frente de una sien a otra. ll principe heredero la traía amarilla y menor que la del padre”...

“Hacían también (las vírgenes del Sol) unas borlas pegueñas de dos colores, amarillo y colorado, llamadas Paycha, asidas a una trenza delgada, no para el Inca, sino para los de su sangre real; y traíanlas sobre la cabeza, cayendo las borlas sobre la sien derecha.

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viva y al cómplice mandaba la ley ahorear, y matar también a su mujer, hijos, parientes, vecinos y ganados y hasta arrasar su pueblo y sembrarlo de sal.

Nota empero Garcilazo que esta ley nunca se ejecutó, porque jamás se halló quien delinquiese contra ella.

Tan grande era el concepto que los incas y su pueblo tenían de la vireinidad y tan elevado el que les merecían estas vestales del Sol, que eran de todos profundamente respetadas y veneradas, al grado que aun después de su extinción, tenían por sagrada la casa que aquellas habitaron. Recuérdese lo ya dicho en el capítulo XXIIT que cuando pusieron cerco los indios al Cuzco en 1535, a todo pegaron fuego con sus flechas encendidas, menos al templo del Sol, palacio de los reyes y casa de estas vírgenes, local que intacto lo alcanzó a conocer el inca Garcilazo de la Vega. (1)

A semejanza de la casa de Escogidas, del Cuzco, había en las provincias principales muchas otras casas de escogidas, en las que entraban doncellas de toda suerte, así de sangre real, como bastarda y por eran favor también, hijas de los euracas, señores de vasallos, e hijas de la gente común, las que eran escogidas por muy hermosas, porque eran para mujeres o concubinas del inca y no del Sol. Se manejaban estas y vivían como las vírgenes del Sol.

Las que una vez salían para concubinas del rey, ya no podían volver a la casa. Las que no alcanzaban a ser concubinas, se quedaban en la casa hasta muy viejas.

Entonces tenían libertad o para quedarse o para lrse a sus tierras, donde les daban casa y heredad y las servían con eran veneración. Esto mismo hacíase con las concubinas ya jubiladas. Para la que delinquiese había idéntica ley que para

(1) Hijo fué éste del conquistador Garcilazo de la Vega y de una princesa incaica de sangre real, con quien se casó por la Iglesia a la hora de la muerte. Su casa se ve todavía en el Cuzco en la calle Coca 46, y pertenece a don Antonio Muñiz Castro. En ella nació el Inca Garcilazo.

O ES

las vírgenes del Sol, pero tampoco llegó nunca el caso de aplicarla.

Las que se dedicaban para el rey presente, muerto éste, se llamaban madres del sucesor y hacían con más propiedad el oficio de Mamaconas de las que entraban destinadas al nuevo inca. La vajilla y demás vasos de estas casas eran también de oro y plata.

Tanto o más curioso que todo esto, era otro estado de virginidad de carácter privado que existía. Garcilazo lo cuenta con las siguientes palabras: “Demás de las vírgenes que entraban en los monasterios de

recogimiento a profesar perpetua vireinidad, había muchas mujeres de la sangre real que en sus casas vivían en recogi-

miento y honestidad, con voto

Callejón de Loreto, (Muros incaicos)

de virginidad, aunque mo de clausura, porque no dejaban de salir a visitar a las parientas más cercanas en sus enfermedades y partos... Estas eran tenidas en grandísima veneración por su castidad y limpieza y por excelencia y deidad las llamaban Oello, que era como nombre consagrado en su idolatría, Su castidad no era fingida, sino muy verdadera, so pena que por embaidora y falsaria en su vana religión la quemaran viva, o la echaran en el lago de los leones si pareciera lo contrario. Yo alcancé a conocer una destas en su última vejez, que no se había casado, llamábanla Oello””.

Finalmente las viudas guardaban gran clausura por todo el primer año de su viudez, y muy pocas, de las que no tenían hijos, se volvían ¡a casar,