Aromas de América · Capítulo real 18 de 24

CAPÍTULO XXX

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 3 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

Las ciudades del norte de Chile, añadía Oliveres, salpicadas por el mar, son largas y angostas como enormes reptiles y se deslizan todas ellas mordiendo la cordillera de la costa, la que en aleunas poblaciones como Coquimbo está tan cerca del agua que sólo pudieron hacerse dos calles paralelas de norte a sur, por una de las cuales corre, imposibilitado de hacerlo por: otra parte el ferrocarril Longitudinal. Es la agobiadora falta de llanura, la imborrable obsesión de las montañas, cuyas enormes barreras rodean el país con su perpetua amenaza de asfixla, lo que más injustamente ha perjudicado a los chilenos. Tanto entre el Pacífico y la cordillera de la costa, lengua rocosa azotada de contínuo por los temporales, como entre aquella y la inmensa mole de los Andes donde existe el verdadero país, el valle central, las ciudades y los pueblos alargan sus: siluetas de mucho frente y poco fondo entre rojizos telones montañosos que reducen a nada el horizonte. Pero si es verdad innegable que las montañas, aislando al país, han retrasado en muchos casos la adaptación del progreso, no lo es menos que el mismo cinturón de piedra lo ha beneficiado enormemente. Dígalo si no su raza araucana limpia de mezclas extrañas y perjudiciales; dígalo su patriotismo, conservado a través del tiempo con una excelsitud digna de la edad heroica: díganlo sus ciudades hermosas y tranquilas, con innumerables edificios que guardan en todo su valor las bellezas de la arquitectura colonial díganlo en Santiago los nombres de sus calles, de las Monjitas, de los Huérfanos, del Estado, de las Agustinas, del

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Puente, de los Teatinos, de la Bandera, de la Compañía, del Ejército, de la Catedral y otras más que recuerdan a cada momento la formación de la patria; y dísalo, sobre todo, su cacácter nacional, tan eminentemente definido entre los países

sudamericanos,

CAPÍTULO XXX

Primera impresión. — Valparaíso desde el barco. — Su destrucción y resurrección. — Su aspecto y su clima. — Viña de Mar. — Observaciones sobre Chile. — Santiago. — El cerro de Santa Lucía y el de San Cristóbal. — La Alameda. — Barrios suburbanos. — El parque Cousiño. — La Quinta Normal. — El palacio de Bellas Artes. — El Salvador, la Recoleta y la Catedral. — Una prenda tradicional. — Rasgos más salientes del carácter chileno. — El partido radical y la iglesia. — La instrucción pública.

Después de un tan lareo y accidentado viaje, llegar a Valparaíso, parecióme como arribar ya a mi propia casa. A falta de intercambio de ideas y de sentimientos comunes que vincularan a las dos naciones hermanas, hoy intensificados por las paralelas de acero que las unen, no faltarían por cierto los sentimientos de hospitalidad y de proverbial gentileza que tanto había oído ponderar, como distintivo y característica del noble pueblo chileno. Al menos tal fué la impresión que tuve y la idea que cruzó mi mente al comenzar a avistar la donosa ciudad y principal puerto del Pacífico.

A medida que el barco avanzaba, Valparaíso íbase engalanando y creciendo en interés, belleza y grandiosidad, hasta ofrecer a los ojos del viajero que por vez primera la contempla, un panorama encantador de luminosos, soberbios relieves. Una hermosa bahía donde flamean triunfantes las insienias patrias del mundo, grandes e imponentes edificios modernos apiñados en la estrecha faja de tierra que separa el mar de las colinas, el caserío que sube por las pendientes y se encarama y trepa

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cada día con mayor atrevimiento y empuje, la luz que baña esta concha en forma de media luma perlada y esplendorosa, las calles que de la montaña bajan perpendicularmente hasta la costa, formando los rayos pálidos de una aureola, los veinte y tantos ascensores, pletóricos de vidas humanas que, a guisa de arañas se deslizan por las empinadas cuestas, poniendo en comunicación rápida y fácil las viviendas superiores con las del llano, tal es en pocas palabras el donoso panorama, la pintoresea situación topográfica de Valparaíso, remedo en pequeño de la misma nación chilena.

Pero ¿lo creeríais? Ni en este puerto, ni otro aleuno del Pacífico hay comodidades para el desembarco. No hay muelles donde los vapores puedan atracar y que permitan al viajero saltar del barco a tierra, evitándole así las molestias de la obligada lancha. Aquí empero se está en eso y no tardará largo tiempo en ser una realidad el puerto a la moderna, cuyos trabajos ya bastante adelantados se iniciaron en 1911.

No hay para qué mentar los dos terremotos que arruinaron esta ciudad por los años de 1730 y 1822. Baste recordar, por estar aún fresca su me-

moria, el terrii A Á bilísimo oe uE Nos “dl rrido en di- , ON RX. ciembre de 1. 1906 que la ; pu n A 2 o , a trocó en un

montón de hu-

o o E

meantes rulnas iluminadas sólo por la

Bolsa de corredores luz cárdena y siniestra de pavorosos incendios. Caleúlase en 10.000 las víetimas que hubo, pues, fué muy difícil precisar el número exacto. El gobierno hizo enterrar a siete mil cadáveres, ¿pero cuántos otros no quedarían sepultados:en las ruinas, o devo-

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rados por el fuego? Y ¡cosa admirable! Hoy ni rastros quedan de aquella horrible catástrofe. Valparaíso, como el ave fénix, ha resurgido de las cenizas, más gaya y gentil, más fecunda, viril y remozada que antes. Las estrechas callejuelas de otrora, han desaparecido en su casi totalidad. se ha elevado el nivel de muchas ruas, se han abierto nuevas y más amplias avenidas y por todas partes se ven hermosos edificios modernos de cemento armado que, si no pueden competir con los mejores de otras ciudades más adelantadas, salvo algunas oficinas públicas, la intendencia, por ejemplo y no pocas mansiones de familias adineradas, son un índice del buen gusto y del espíritu tenaz, emprendedor y progresista de sus habitantes. Prueba de ello son también las plazas, jardines y monumentos que la embellecen, llevándose la palma entre los primeros la Plaza Victoria y el Parque Municipal o de Playa Ancha y entre los últimos el erigido a la marina nacional. Lo compone una mole de mármol blanco con las siguientes estatuas en bronce: en el centro el héroe de la Esmeralda, Arturo Prat, con la bandera nacional en la izquierda y empuñando con la otra su eloriosa espada; en las cuatro esquinas Riquelme, Serrano, Aldea y un marino simbolizando a los compañeros de sacrificio. Tiene también cuatro hermosos bajos relieves y debajo, una eripta, donde se guardan los restos de Prat, Condell, Serrano y Aldea.

El sitio más indicado para apreciar el panorama que ofrece Valparaíso, es sin duda alguna la Playa Ancha que como jardín colgante gallardea en la extremidad del cuerno lzquierdo de la media luna que forma la ciudad. Allí está emplazada la escuela naval, orgullo de la nación vecina, uno de los edificios más imponentes que posee aquélla, ceñida por frondosa calle que, en un punto dado, se convierte en un espléndido y original balcón sobre el océano. Desde aquí se goza de un cuadro que llena el alma de sensaciones variadas e intensas sobre todo cuando el sol poniente besa por última vez esas rientes colinas, coloreándolas de un rubor virginal, o cuando, ya envueltas en los violados tules del crepúsculo vespertino, comien-

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zan a encenderse los focos eléctricos y a irradiar haces vibra- | dores de luz sobre aquel pesebre gisantesco. | La topografía de esta ciudad lleva instintivamente la imaeinación a la hija del Vesubio, a la bellísima Nápoles. Valparaíso, el primero de la República y el más impor: tante de la América del Sur, en el Pacífico, es un puerto, eminentemente comercial y de importación, pues, el salitre-que es el gran producto de exportación de Chile, sale por el Norte. ll Su población asciende a 200.000 habitantes y su clima es deI licioso. Su temperatura media en invierno es de 13.3, en primavera 14.1, en verano 17.9 y en otoño 16.2, | Estas temperaturas que son las mismas más o menos de Viña de Mar, a seis kilómetros de distancia de Valparaíso, pero ya casi tocándose por sus extremos y en continua comunicación de trenes y tranvías eléctricos, hablan ya por sí solas de lo que será este pintoresco, sombreado y aristocrático balneario. 'f Realmente su situación y bellezas naturales no dejan que Á desear, la edificación hermosa y artística, los atractivos de sus IN avenidas, parques, jardines, plazas y campos de deporte, extraMN ordinarios, distineuiéndose entre todos su umbrosa avenida de cireunvalación, obligado paseo de carruajes y automóviles. Se explica así la fama que se ha conquistado de ser el balneario más elegante y concurrido de la república, donde se da cita lo más selecto de la aristocracia santiaguina no obstante lo reducido y estrecho de su playa. Mi No puede rivalizar en su edificación, playa, rambla y 1 malecón con Mar del Plata, pero es un coqueto y hermosísimo balneario que satisface plenamente el gusto más refinado y lo il supera en sus naturales atractivos de montañas y de flora exu- | berante que, a la postre y supuesto el buen temple de su clima, que lo tiene, constituye el encanto mayor de un sitio veraniego.

ll El trayecto que recorre el expreso en casi cuatro horas desde Valparaíso a Santiago, es de lo más variado y pintores-

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co que se pueda imaginar, sobre todo en las primeras horas, impresionando muy favorablemente la costumbre de no admitir en las estaciones vendedoras de frutas, masas, dulces, etcétera, que no vayan uniformemente trajeadas con limpios delantales y soleras.

Chile es una estrecha faja de tierra que se extiende entre las cumbres de la cordillera de los Andes y las orillas del océano Pacífico, en un ancho variable de 100 a 420 kilómetros, con una loneitud de 4.300 kilómetros, lo que da una superficie de 800.000 kilómetros cuadrados, una cuarta parte del territorio argentino, con una población de 4.000.000 de habitantes, de los cuales 101.118 son indígenas y sólo 134.452 (14 por ciento) extranjeros.

El aspecto general del país es montañoso, notándose además de la gran cordillera andina, otra occidental de mucha menor altura que bordea el litoral o la costa, de un extremo a otro del territorio, si bien en la región del sur aparece interrumpida por las aguas y formando numerosos archipiélagos. Entre una y otra corre el hermosísimo y fértil valle loneitudinal o central, formado casi exclusivamente por terrenos de aluvión o materiales de arrastre. Todo hace creer, como observan los geólogos, que este valle era el lecho de un vasto lago, formado por las aguas que producía el derretimiento de las nieves y que luego se abrieron paso a través de la cordillera de la costa, formando los valles transversales.

Nada hay tan hermoso, pintoresco y feraz como este soberbio valle del centro, sobre todo desde el sur de Valparaíso hasta parte de Chiloé, surcado transversalmente por innumerables ríos de curso corto y rápida corriente, aleunos de ellos, como el Maule, el Bueno y el Valdivia, navegables en ciertas extensiones.

En sus tierras laborables, ricas y jugosas se producen

admirablemente la vid, muchos cereales, legumbres y toda clase de plantas y de frutas suaves, exquisitas y aromáticas. El clima de Chile es esencialmente marítimo. La diferencia entre

el mes más frío y el más cálido probablemente no pasa de 10

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grados en ninguna parte del litoral. 1

sa presión atmosférica en la región del centro

, SIN variaciones considerables es, puede decirse, normal. El verano de consiguiente en casi todas las ciudades de la región central y en cualquiera de los muchos balnearios que desde Viña de Mar se escalonan hasta el sur de la República, es realmente delicioso e ideal, distinguiéndose, como es claro, Valdivia, Puerto Veras, Puerto Mont, Ancud, etcétera. En Talca y en Santiago (en de enero) se deja sentir un poco el calor, acaso por su posición topográfica y su alejamiento de la costa, la relativa frescura

aleunos días del mes

pues, sabido es que del clima de Chile depende principalmente de la corriente polar que desde el Cabo de Hornos asciende hasta las inmediaciones del golto de Guayaquil refrescando notablemente sus costas.

Rebasando ya el medio millón de habitantes, Santiago, la “antigua villa fundada por don Pedro Valdivia el 12 de febrero de 1541, en la hermosa colina o cerro de Huelén (Santa Lucía), descansa en fértil valle, a 561 metros sobre el nivel del mar, entre las de del oeste y la cordillera de los Andes que dista sólo 16 kilómetros de la ciudad.

Después E recorrerla en todas direcciones para recibir la impresión de conjunto y quedarme con la nota protagonista que, en su parte edilicia, diera carácter a esta eran urbe, centro de intensa vida política, intelectual y social chilena, me ha sucedido, lo que me imagino sucederá a todo forastero que por primera vez la visita, encariñarme con el cerro de Santa imucía que desde el primer momento sugestiona el espíritu como un canto de gloria y queda hasta el fin. en la retina y en el alma, vibrando como un ensueño azul de primavera.

Ni el Parque Cousiño, ni la Quinta Normal. ni la Avenida de las Delicias, con tener tantos atractivos y bellezas, pueden rivalizar con este morro característico convertido en do nosísimo florón que se eleva airoso en el centro mismo de

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Santiago para ser su protagonista y exponente precipuo de hermosura. Fué el embrión de la república. Alli se alzó el primer templo eristiano, su primera fortaleza, defendida por ciento cincuenta conquistador e s al mando del valeroso capitán extremeño y primer gobernador de Chile don Pedro de

Valdivia. La vi-

da nacional chilena reconocerá

siempre en él,

Entrada al Cerro Santa Lucía

el germen fecundo de su desarrollo y posterior grandeza. Hoy, convertido en un espléndido y caprichosísimo jardín-parque de cien metros de altura, con sus rocas abruptas y lujuriante vegetación, verdadera mansión de hadas, es el sitio preferido de reuniones sociales. Al centro una amplia calle en espiral da acceso a los carruajes y a ambos lados los caminos para peatones, que muy luego se multiplican y centuplican en sendas, escalinatas, recodos, curvas y atajos, bordeados de toda clase de plantas y de flores, de frescas y umbrías grutas, de parleras fontanas y poéticos laguitos, de estatuas, asientos, terrazas y plazoletas, de quioscos y rústicos pabellones, de árboles frondosos y glgantescos. Cuando se ha dominado la cumbre surge ante la atónita mirada un panorama sencillamente soberbio. Al Este y Nordeste. cortadas en el azul límpido del cielo gallardean las atormentadas erestas andinas fuleentes de eviterna nieve, constrastando eon el manto azulino de tules que eubren sus flancos y flotan como fantásticos zahumerios. Entre el coloso de los Andes y las “serranías del oeste extendiéndose en todas direcciones un amplísimo valle de verdácea, mullida alfombra que, con sus frondosos árboles y soberbias alamedas, viene a estre-

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char y ceñir con cinturón de esmeralda la metrópoli santiaguina que bulle y se agita a los pies y entreabre su corazón y muestra las arterias de sus ruas y lanza al aire sus torres y sus cúpulas y pone notas alegres de primaverales retoños en la aglomeración compacta de sus casas y coquetea sus umbrosas avenidas, sus jardines y sus parques velados por el hálito brumoso de sus gieantescos pulmones.

Sobre el borde noroeste de la periferia urbana, se alza el San Cristóbal, otro cerro tres veces más elevado que el Santa Lucía y para cuya urbanización, ya iniciada, a estilo de este último, el gobierno ha votado un millón de pesos. Cuando yo lo visité, en ascensión automovilística de un cuarto de hora, a fines de noviembre de 1919, llevábanse vastados en plantaciones, desmontes y construcción, ya en vías de terminarse, de una amplia y sinuosa avenida para carruajes, ciento treinta mil pesos, en cuatro meses de trabajo.

Con admirable espíritu de previsión y a fin de que, lo que ha de ser ciertamente con el tiempo una magnífica novedad mundial, no llegue nunca a ser profanado en su sitio culminante por alguna de tantas empresas que a título de diversión, son mengua y estigma de la moralidad pública, en las erandes urbes modernas, el partido conservador obtuvo en las cámaras, tras animadísima polémica, que se expropiara la cima en una extensión de 50 metros a la redonda y se escriturara a favor de la autoridad eclesiástica.

Hoy la nota más bella y simpática y que da la sensación del espíritu eristiano de la sociedad santiaguina, la constituye una colosal estatua, traída de París, de hierro fundido y pintada de blanco, de la Virgen Inmaculada que, con su pedestal se eleva a 25 metros de altura y que como una visión de cielo domina la cúspide misma del morro eigantesco.

Todas las noches y hasta de los sitios más lejanos se divisa este divino pararrayos, este faro celestial iluminado a luz eléetrica, sin que hasta la fecha haya faltado, durante tanto tiempo, quien sufragara los gastos que el alumbrado demanda. NE lo que es más consolador y sugestivo, el 8 de diciembre se rea-

liza a pie una verdadera romería de millares de fieles, de todas clases sociales y que va en aumento, año tras años, en proporción geométrica, sin que falten muchos quienes se acerquen a la mesa eucarística en la misa que se acostumbra celebrar en una microscópica capillita embutida en el pedestal mismo de la estatua.

La edificación de Santiago en la que predomina el estilo colonial, es generalmente baja, debido a los temblores que con frecuencia la sacuden, lo que hizo decir a un caballero con quien departía: sería este un país en todo sentido ideal si no

Plaza de Armas con vista al Cerro Santa Lucía

se moviera tanto el tablado. El radio de la ciudad es muy extenso, pero su movimiento no es grande, salvo el barrio de la Plaza de Armas, monopolizado por el comercio elegante y la Alameda o Avenida de las Delicias en días y horas determinadas.

Esta se extiende en línea recta desde el Mapocho hasta la Plaza Colón en una loneitud de cinco kilómetros por cien me

tros de ancho. A ambos lados ruedan los carruajes dejando al

centro un amplio paseo para peatones. provisto de bancos, línea tranviaria, quioscos y adornado de monumentos más o menos artísticos como de múltiples hileras de frondosas acacias, olmos y encinas. Avenida y paseo de solaz y de recreo tan importante, arteria oportunísima que presta inapreciables servicios a la higiene urbana, bien podía estar mejor conservada y atendida. Adolece empero de deficiencias edilicias de detalle que le restan parte del encanto y belleza estética que debiera tener.

Pero en fin en este radio céntrico todo habla de opulencia y de proereso; no así los barrios suburbanos que contrastan con este perímetro de Santiago y que no parecen pertenecer a la misma población. En aquéllos el caserío es miserable, las calles estrechas y abandonadas, faltando en muchas de ellas hasta las aceras.

A este propósito el ya citado Oliveres, después de elogiar la pavimentación y limpieza de Antofagasta, añade:

““Es aquí donde el cronista piensa, no sin cierto pesar, en

Alameda de las Delicias

Santiago, que pudiendo ser en realidad una capital moderna, presenta contrariamente un vasto campo de acción a la inicia-

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tiva municipal. Santiago es uno de los erandes centros depoblación donde, si hubiera autoridades edilicias celosas de responder a la importancia del cargo que invisten, existirían todas las facilidades materiales que debieran serle propias y todos los atractivos que su atrayente situación geográfica no basta por sí sola a resolver. No es el casco central de la metrópoli lo que obliga al viajero a torcer el eesto de diseusto, pues allí se disfruta de todos los adelantos; es al salir de aquel ra-- dio y al atravesar la Alameda de las Delicias en dirección al barrio de San Miguel cuando se palpa, aun sin querer, el más» soberbio abandono en todas partes. La capital chilena sufre perennemente la ausencia de alcaldes, de regidores, de buena: inversión de los impuestos municipales, de higiene general; y como un cuerpo corroído por el cáncer, ve aumentar cada vez; más la zona peligrosa, formada por muchas calles donde el barro es infaltable, por las aguas servidas que se estancan, por el amontonamiento peligroso de habitantes y otras perniciosas cireunstancias que en aleunos sitios presentan carácteres casi lúgubres con el mal estado de la edificación, vieja, ruinosa, descascarada, que contribuye a que el extranjero se forme una pésima opinión de todo» el país.

Y lo quemás le duele a los santiagui-

nos es comprobar la

lenorancia

m a h ometana que su muni-

palidad, tan-- Palacio de los Tribunales tas veces ho--

norable, pretende tener por todo ello y la despreciativa indi-- ferencia que denota ante la campaña de la prensa, sin que: llamen su atención los sueltos diarios de ““El Mercurio”. de-

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“*La Nación””, de ““El Diario Ilustrado””, en los que se pide higiene, limpieza a toda costa y en cualquier forma. | Todas las capitales tienen cierto radio donde el desaseo, más o menos pronunciado, ha sentado sus reales endémicamente, pero para encontrarlo hay que atravesar infinidad de calles, llesar a los suburbios y apartarse por completo del centro. Así en Nueva York, en París, en Barcelona, en Londres, en Buenos Aires, tan famosas por la clásica limpieza de «sus calles; pero en Santiago basta salir de la citada alameda y en aquella dirección para encontrarse a las dos cuadras con lo que hemos apuntado, es suficiente seguir en plena capital el curso del tren eléctrico a San Bernardo, que atraviesa una de las zonas más pobladas, para tener la rotunda prueba de «estas afirmaciones. ¿Es concebible que tal abandono se pudiera A comprobar a dos cuadras de la Avenida de Mayo, de las ramblas, de los boulevares, de la Quinta Avenida o del Hyde Park?

Ya se sabe que la Alameda de las Delicias es la vía más importante de Santiago y que, como la calle Rivadavia, divide la «capital de norte a sur, cambiándose al llegar a ella los nombres de las calles. Debe aeregarse a esto, como una prueba más de la acefalía municipal, que en los boulevares de la Quinta Avenida santiaguina, la oreanización del tráfico, es hecha en tal forma, | que en el riñón central, en las calles más concurridas, circulan | los vehículos en ambas direcciones, de suerte que el peatón ne- «cesita en todo momento el más estricto cuidado para cruzar las aceras; la falta de taxímetros en los coches y automóviles, semillero de discusiones con aurigas y choferes; las condiciones | detestables de la clásica “victoria?” de alquiler, al extremo que | las hay que no reciben un cubo de agua en muchos años y la absoluta falta, en pleno invierno, de automóviles públicos cerrados de los que no se consigue ver uno solo. ll Son, pues, fundadas, como puede comprenderse, las quejas -vcenerales que en Santiago se levantan continuamente contra

sus alcaldes y sus regidores, cuyos motivos hemos mencionado

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aquí no como un deseo de hacer resaltar defectos, sino por una necesidad de nuestra misión informativa””.

A esto sólo habría que observar que el corresponsal acaso acentúa demasiado las tintas y recarga extraordinariamente los colores, olvidado tal vez del ne quid nimis horaciano que, si siempre se ha de tener presente, mucho menos ha de olvidarse aquí.

El Parque Cousiño de 51 cuadras de extensión regalado al Municipio por el potentado del mismo nombre y sito al extremo sur de la ciudad, es realmente hermoso y el mejor que tiene Santiago. A más de los jardines, lagos, grutas y frondosísimas arboledas, propias de un lugar de esta naturaleza, posee un enorme campo de Marte, donde se celebran fiestas, revistas militares y cultivan toda clase de deportes.

Además del hermoso Parque Florestal, donde se admira el grandioso y artístico Palacio de Bellas Artes, lugar preferido todos los años para la batalla o corso de flores, existe también la interesante y bien tenida Quinta Normal o Jardín Botánico que mide unas doscientas hectáreas, donde se pueden visitar asimismo el Jardín Zoológico, la Escuela de Agricultura y el Museo Nacional, rico en muestras de historia natural y de objetos indígenas. No hay para qué detenerse en estos y otros centros de recreo, el Club Hípico por ejemplo, muy frecuentado también por los habitantes de Santiago, pues, no tienen características especiales que los distingan y enaltezcan

sobre los análogos que uno conoce en otras partes. Dísase otro tanto de las estatuas monumentales y edificios públicos similares que se encuentran esparcidos en los diversos barrios de la ciudad.

Una excepción sin embargo hay que hacer para el Palacio de Bellas Artes. Copio y hago mías las sieuientes palabras del señor Pearson: “Visitamos después el Museo de Bellas Artes, eran palacio que precisaríamos leual en Buenos Aires. Pero aquí nos contentamos con hablar: allá hacen. Casi no pasa día sin que oigamos decir que el desarrollo del gusto artístico en nuestra capital es enorme: a título de eso, hánse

llenado nuestras plazas de estatuas en que la nota impúdica, | más que la artística, es la que predomina. En Chile no se oye ' pregonar tal desarrollo, ni se ven las plazas, como acá, consaeradas al end1i0s amiento de la lujuria. Mas la estimación del arte ha llegado al punto de que se 1nviertan millones en un edificio par:

a guardar y ex-

Palacio de Bellas Artes hibir los primores del pincel y del buril. ¿Qué habrá en lo expuesto de todo? Es posible. Mas estará en su lugar, no ostentando para los que necesitan y no necesitan verlo. Habrá un velo preser- 7ador??.

Huelga decir los agradables momentos que se pasan en la contemplación deleitosa de las obras escultóricas y pictóricas de este museo y donde el arte chileno tiene sus representantes conspicuos en los escultores Nicanor Plaza, el celebrado autor Mi de Caupolicán y de Quimera, Virginio Arias, Rebeca Matte, $. l González, etcétera y en los pintores Mandiola, Antonio Smith. Manuel Antonio Caro, Pedro Lira, Rafael Correa, Juan Eduardo Flarris, S. Arcos, R. Subercaseaux, Valenzuela, Fabres y Ml tantos otros.

Por asociación de ideas, recuerdo un detalle interesanto> del Seminario de Santiago, una no despreciable colección Je lienzos antiguos que posee, hoy interinamente amontonadios en una sala, pero que están reclamando un lloeal apropiado para que se les pueda debidamente apreciar. Mientras tanto se tieno 0 ya la base de un museo de pinturas: Y, al lado de su valiosa

Ú Biblioteca de más de 30.000 volúmenes, o sea de la ciencia, bien está también el arte para los ministros del Santuario.

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Entre las muchas iglesias que cuenta Santiago, tres llaman preferentemente la atención por su riqueza o arquitectu- “a: la Recoleta de Santo Domingo, la Catedral y el Salvador. Esta, aun no concluída en su fachada, es un bellísimo ejemplar de estilo gótico, discretamente decorada en sus tres amplias y espaciosas naves y que satisface plenamente el espíritu, aunque no faltan detallistas, harto eserupulosos, que haean también sus reparos al respecto.

La Recoleta de Santo Dumineo es, sin duda aleuna, la más rica. Sus pilastras y cclumnas de mármol, su pavimentación y artesonado y la sobriedad de sus altares, dan la sensación acahada de que se está ante una flamante basílica romana. 1 altar mayor, todo de mármol, muestra aleunos trozos de piedras duras, que Su Santidad el Papa Pío IX envió de obsequio y como un recuerdo, tal vez, del hospedaje recibido en este convento, cuando a principios del siglo pasado llegó ¡a Santiago, acompañando al delesado mienseñor Muzzi-

Entre los cuadros, todos modernos, y cuyas firmas no al. cancé a leer, que embellecen los altares, se distinguen una Flavellación del Señor, de excelente factura, buen colorido: y gran relieve y perspectiva y una Resurrección, en la que el angel tiene uma expresión de sobrenaturalismo :«admirablemente encantadora.

En la rica biblioteca del ¡convento que cuenta alrededor de 30.000 volúmenes, guárdase una verdadera joya pictórica, un San Antonio, primer ermitaño, de medio cuerpo, en actitud de orar, atribuído al pincel de Rivera. Si no es del inmortal Españoleto, merece serlo, por la valentía del trazado y lo jugoso y cálido del empaste, no menos que por las características rugosidades de la reseca piel que tan all vivo solía traducir el gran artista.

La Catedral es, ciertamente, diena de la yran capital chilena. Toda de piedra, de tres naves bien decoradas, enormemente larga y desproporcionada acaso para su anchura, fué

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levantada por los españoles en aquellos benditos tiempos de fe dle la colonia que hizo surgir tantos monumentos, que hoy son la admiración de los contemporáneos: ¡ Lo que puede la fe! Un puñado de homhres fundaba una ciudad, y luego, tras el primero provisional oratorio que llenara siquiera las más imprescindibles necesidades del culto, y sin que el caserío alcanzara a velees los honores de una mediana aldea, echaban sin más los exmientos de un enorme, eranmdioso temiplo. Y, nada, salfan con la suya; la Catedral surgía como por encanto. Tratábase de la casa de Dios, y :esos hombres extraordinarios, esos cristianos de una pieza, no miraban atrás.

Iniciada y emplazada ésta de Santiago en 1750, por el obispo González Melearejo, en «el mismo. solar de la primitiva lelesia de madera, fué terminada a principios del siglo XIX.

La mayor parte de las pocas obras de arte que posee, pertenecieron a la antigua Compañía de Jesús, antes que los sa buesos de Carlos III cometieran el gran desaguisado. Así la rica custodia de plata dorada, alta 1:25 cent. aproximadamienbe, cuyo sol cuajado de piedras preciosas vése sostenido por la estatua de un angel que le sirve de pie; así un artístico cáliz de oro, prodigiosamente cincelado y cuyos detalles y minueias de cincel cegaron al hermano lego alemán que lo hizo. A los jesuitas perteneció también la hermosa estatua yacente de San Francisco Javier, tallada en un tronco de peral, la lámpara y frontal de plata del altar del Santísimo, artíslbicamente elaborados, el vestuario de los canónigos, de buena obra de mano, un reloj euriosísimo que, con haber sido hecho a mediados del siglo XVIII, presta aún sus servicios en la sacristía y marcha eccmo un reloj, y, por fin, un terno valiosísimo, compuesto de una capa mana, cuatro dalmáticas y once casullas, La duodécima se cree fué traída a la Argentina. Tenoro si también a ellos perteneció un magnífico lienzo apaisado, de la Cena, de unos cuatro o cinco metros por dos y medio a tres de ancho, aproximadamente, y que Se guarda en la sacristía. Lleva la fecha de 1652, sim que se haya podido encontrar la firma. Mas

sea de quien fuesa, su autor hizo obra artíst y de mérito real.

Entre las obras generalmente modernas que hay en el templo, llama la atención un erupo escultórico, bastante recomendable, copia de la bellívima Pietá de Montanti, que se admira en San Juan de Letrán de Roma, en la cripta de la capilla

Corsini,

El típico y tradicional manto de las damas chilenas para asistir al templo, tan celebrado ecmo sencillo, modesto, donai roso y característico, deseraciadamente, tiende a desaparecer. Hoy mismo en Santiago, donde el ritualismo de su uso era más severo y sacramental, em ciertas misas de hora fija, frecuentadas por el elemento más aristocrático, son contadas las que lo llevan, según informes recogidos. Y no es que la mujer chilena que se ha distineuido siempre por su afabilidad y maneras distineuidas, atrayentes y cultas tanto como por su sencillez,

religiosidad y piedad sólida y acendrada, comienee a ser otra de lo que fué. Mas la pícara moda, la implacable tirana del bello sexo, importada por muchas que van y retornan ya modernizadas de Europa, lanza también en esto sus decretos absolutos y comienza a tener súbditas obsecuentes. De continuar así, lo que sería una pena, y no haber una reacción enérgica y favorable, no ha de transcurrir largo tiempo, sin que pase a la historia la prenda más genuinamente nacional del sexo femenino, que le daba tan propio y singular carácter-

El sentimiento religioso en Chile es hondo y arraigado, no sólo en la mujer, sino también en el hombre. Este muéstrase más valiente que en otras partes, para practicar sin respetos mundanos su religión y defender dondequiera sus convieciones. Es el truto de la sólida formación en el hogar, dle las virtudes eristianas de las madres y (del celo y trabajo constante de un clero preparado y vixtuoso, que lleva al ministerio el rico caudal de virtudes y de ciencia, que adquirió en sus bien organizados Seminarios. Contribuye también poderosamente el

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carácter varonil, tenaz y enéreileo que le distingue. En el chileno se ha operado la fusión del alma latina con la sajonia, aunque velada un tanto y atenuada por los atavismos retardatarios de la raza. Trabajador incansable, tenaz más que perseverante, no se distingue por su imaginación, más bien escasa, pero, sí por su sentido práctico, por su talento flexible y por un eran

poder de asimilación, que unido a su energía, dedisión y virilidad lo habilita para salir airoso y hacer triunfar sus ideales en cualquier estudio o empresa que acometa: De un nacionalismo definido y caracterizado, 'es tan viva e ¡imtemsamente patriota, que con facilidad, tal vez, esta su excelente nota característica lo traciona, a veces, haciéndole incurrir en exageraciones manifiestas y exelusivismos perjudiciales. He admirado más de una vez este espíritu de (proselitismo y de propaganda para todo lo suyo, para elogiar y enalltecer sus cosas, eobierno, mstituciones, crudades, productos, empresas, etcétera y me he dicho para mi coleto, si nosotros los areentinos hiciéramos valer con ¡eual entusiasmo lo poco que poseemos, y tuviéramos la mitad siquiera de ese espíritu de propaeanda, que aunque de abultados relieves en aleunas cosas, a fuer de sincero y franco y tenazmente nacionalista, se torna a la ¡postre acepitable y simpático, otra ¡cosa seríamos. Mas la verdad es que a nosotros no nos asi:

ten idénticas razones.

En el hogar el chileno, aunque sabe de ordinario imponer con firmeza su patria potestad, es afectuoso y icon cariño y solicitud cuida del bienestar de los.suyos, sin escatimar sacrificios. En la vida social afable y hospitalario, em la amistad desprendido y generoso: Si pagara menos tributo al alcohol y la división de clases sociales mo fuese tan pronunciada, no habría más que pedir de esta eran nación, bien organizada y de instituciones ya asentadas y maduras.

Chile es un pueblo exquisitamente cortés, pero serio y grave. Militarmente está a eran altura; ama su ejército y sus glorias, y tiene conciencia de su fuerza. Políticamente, aunque el pueblo no es allí el que gobierna, sino la aristocracia, y, precisamente, por eso Ilal vez, se distineue por su cordura, sereni-

dad, prudencia y honestidad. Y eso que el sistema parlamentario que tiene adolece de todas las desventajas del sistema, sin la única, acaso, que lo pudieran recomendar, cual sería el de poder el Ejecutivo disolver las Cámaras en casos dados.

Este sistema se implantó, como es sabido, después de la presidencia de Balmaceda, y no deja de ser curioso que el plartido conservador, tradicional adversario de los liberales, que tanto contribuyó para su implantación, se vea ahora obligado, en fuerza de aquel sistema, a pactar alianzas con ellos y mendigar por ende, en aleún sentido, de sus ememigos, las concesiones que ha menester- Hoy, generalmente, se reconoce el error, y hasta el concepto público acerca del presidente Balmaceda ha cambiado per completo. Tiénesele por un hombre de valer y diz, que hubiera ceñido nuevamente la faja presidencial, si no le hubiese ofuscado la idea del suicidio.

Desde el punto de vista eristiano y no obritante la oreanización política respetada y fuerte que se llama Plartido Conservador, la Unión Católica fundada por el Episcopado el 23 de abril de 1916, el periodismo católico representado prinicipalmente por “La Unión?” Concepción y Punta Arenas, la Universidad Católica, ete., de

, que se edita en Santiaeo, Valparaíso, las cuales obras fuera lareo enumerar sus méritos y sus triunfos, y a pesar de la acción tesonena y eficiente del clero y laicato católico chileno, tanto en el terreno electoral como en el educacional y social-económico, el horizonte no es elaro, ni mucho menos halagador.

El partido radical trabaja sin descanso; y el radicalismo en Chile no es sólo partido político, sino eminentemente doctrinario, como los más avanzados de Europa, peor aun que el socialista. Y si bien hoy corresponde la mayoría a la alianza transitoria de los partidos conservador, liberal y demócrata-socialista este último, en el fondo, no obstante su etiqueta—el día que por una u otra causa subiera al poder el radicalismo, ese día habría sonado la hora de la separación de la Lelesia y del Estado, y, lo que es mil veces peor, la persecución religiosa de carácter jacobino, que pendría a los católicos al margen de

ley- Los radicales que ya son fuertes y poderosos y extienden y vigorizan cada día más sus filas, no se pararán en nadia, estan- | do dispuesitos a proceder a la francesa y levar la persecución | | viclenta, hasta el espolio de los bienes eclesiásticos y disolución | de las congregaciones religiosas. Esto explica y cohonesta la participación directa que tiene allí el clero en la política, lo que, ecimo es claro, está muy lejos: de ser el desideratum, pero cuando las líneas están tendidas y perfectamente definidas y es cuestión de vida o muerte, se estima que no queda otro re- | curso más que jugarse por entero en pro de los intereses bien entendidos de la religión y de la patria.

Por otra parte, la iglesia chilena es relativamente rica; esto lo saben sus adversarios y están «al acecho. En las eleceiones presidenciales pasadas, halagados con la esperanza del triunfo, tenían ya confeccionado el elenco, según se me ha aseguraIN do, de todas las propiedades de la iglesia, y preparado el esÑ tudio jurídico para incautarse de todos los bienes de la iglexl sia y de las comunidades religiosas, que las ereen más ricas to-

davía de lo que son- Gran areumento para estimular el apetito y afilar las uñas del cernícalo que odia tan sincera e intensamente a la iglesia, como nosotros no tenemos por acá una idea, El triunfo, pues, del radicalismo en Chile será una verdadera des- | gracia para los intereses católicos de nuestros hermanos de allende los Andes.

La instrucción pública es allí otro ¡problema azás complel jo, no obstante su cariz favorable. Lia ley de enseñanza de 1879, !l autoriza al sacerdote para dirigir e inspeccionar la instrucción il religiosa, —cuyos textos han de ser aprobados por el Arzobispo, | —en todos los colegios del Estado. Y de hecho el clero chileno ' ejerce en la mejor forma que le es posible este derecho que la ley le acuerda. De haber, empero, cualquier inspector avieso y | sectario podría, con distingos e interpretaciones bizantinas, impedir la enseñanza del sacerdote y reducirle ¡al innocuo y mortiÚ ficante oficio de ir a presenciar e inspeccionar cómo se da la | instrucción religiosa, por los maestros laicos:

Sin embargo, no sería esto lo peor, pues siempre quedaría el recurso al Superior y vendrían los reclamos y protestas, y

no así nomás se dejaría burlar la lelesia y arrebatar un derecho que legalmente le corresponde y en cuya posesión tranquila ha vivido desde aquella remota fecha,

Lo que puede obstaculizar y esterilizar encrmemente la efcacia de la enseñanza religiosa, —y los hechos en más de un caso lo abonan,—es la dirección y el profesorado de los colegios y liceos del Estado, hoy por hoy, casi todos si no todos en manos no de conservadores, por cierto. ¿La causa? El Consejo de Estado para la Instrucción Pública en Chile, verdadero factotum que hace y deshace en materia educacional, sin que haya nadie que por la ley pueda reveer o vetar sus resoluciones, ni poner cortapizas a su autoridad omnímoda.

Este Consejo formado de 13 miembroy: el Reator y Secretario de la Universidad, los cinco Decanos de las Facultades de Letras, Matemáticas, Derecho, Medicina y Teología (la dan todavía como existente... al fin no les perjudica), tres miembros que nombra el Presidente de la República, dos nombrados por el claustro universitario en pleno, y el señor Ministro de Instrucción Pública que lo preside, corre con todo lo concerniente a la instrucción pública, forma las termas para los car gos de director y profesor de liceos y colegios oficiales y las presenta al Presidente de la República para que elija el agraciado, que es siempre el primero de las mismos. Y, como la 1nmensa mayoría del Consejo está formado por el elemento no católico, que bien se cuidará, por cierto, de no abrir en adelante

el castillo blindado y cerrado a cuatro llaves para los conser-

radores, puede colegirse de fácil cuáles sean las ideas y el eri-

terio predominantes de los directores y profesores de los liceos del Estado.

Debido a este irritante monopolio educacional que de hecho ejerce en el orden ideológico el Supremo Consejo de Instrucción Pública, no faltan quienes juzgan, entre el elemento intelectual católico de mayor sienificación, que fué, tal vez, un error la creación de la Universidad Católica de Santiago que lleva absorbidos y continúa absorbiendo millones de pesos y sacrificios de todo género sin que hasta hoy los títulos que extiende sean reconocidos por el gobierno, ni haya esperanzas

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fundadas de que lo sean en el futuro: ¿No hubiera sido más práctico y eficiente para la causa, en vez de dejarle al adversario libre el campo en la Universidad del Estado, penetrar y conquistarlo poquito a poco, con el trabajo silencioso pero tesnnero, de alumnos y profesionales católicos, que a la larea hubieran podido llegar, con su prestigio y positivo valer, a ser muyoría en el Consejo de Estado?

En cambio, hoy en día la mayor parte de la juventud eristiana frecuenta la Universidad Católica, donde actúan también los mejores intelectuales de la causa. No habiendo de consiguiente punto mayor de contacto ene ESNTOS y aquellos un lversitarios, no se vislumbra tampoco ni la

más remota es-

Universidad Católica

peranza de un cambio fundamental en los miembros del Consejo de” Estado

quienes, salvo un milaero que no es dable esperar, continua- 'án siendo lo que son y renovándose en el mismo ambiente ideológico reinante.

Por lo demás y salvo casos aislados de alumnos que, terminados los estudios liceales, desean seguir una carrera liberal, no existe propiamente en Chile la coeducación de sexos, 0 sea, las escuelas mixtas, lo que no deja de ser una eran ventaja. El gobierno no impone programas oficiales taxativos y deja librado al criterio de los directores de colegios particulares el seguir o el método antiguo o el concéntrico, que es el adoptado en los colegios del Estado. Para aquéllos la mesa examinadora la forman dos profesores del gobierno y el respectivo en la materia «lel colegio particular.