Aromas de América · Capítulo real 19 de 24
CAPÍTULO XXXI
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 2 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPÍTULO XXXI
Constitución, su situación y aspecto edilicio. — Principales paseos. — Balneario y sanatorio al arre libre. — Los tadeístas y su arreo. — Una silueta interesante. — Páginas íntimas. — Talca y Yumbel. — El santuario de San Sedbastián. — Su imagen, según la historia y la tradición. — Profanación sacrílega. — Extraordinaria afluencia de peregrinos a las fiestas del Santo. — Datos conso'adores. —
Una excursión al Salto del Laja.
Sobre la orilla meridional del Maule, en su desembocadura al Pacífico y al pie del Morro Mutrún de 90 metros de altura, que le sirve de atalaya y comunica por medio de un semáforo el estado de la barra a los buques que entran al río, está situada la pintoresca ciudad de Constitución, fundada en 1794 por don Ambrosio O'Higgins. Bordeaba de suaves y onduladas colinas, presenta un trazado regular de calles rectas y sin empiedre, buenas aceras, edificación modesta, casas en gran parte enchapadas con tablas de madera superpuestas, al que por allí llaman tinglado reboque sui generis y harto común en aleunos pueblos de Chile, cómodo fondeadero, tranvía a tracción de sanere a un solo caballo y no pocos astilleros de aspecto primitivo diseminados a la vera del río, para lanchas y buques pequeños hasta de 100 toneladas. Como playa de mar, se distineue por las formaciones geológicas de sus rocas, algunas de ellas muy caprichosas y que forman el encanto de los veraneantes y turistas. Entre ellas sobresalen la Roca de los Lobos y de las Gaviotas, las Piedras de las Ventanas, enormes peñascos con grandes agujeros que los atraviesan a manera
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de ventanas, Calabocillos, Las Termópilas, el Arco de los enamorados y la Piedra de la Iglesia, vasto peñón aislado en forma de antiguo templo que, en la baja marea, deja una cavidad a manera de nave, todas ellas batidas de contínuo por la furia
de las olas. Constitución con 8.000 habitantes, unida ya por ferrocarril a Talca y
sx | Cauquenes, a más de su posición topográfica envildiable, su clima suave, si bien un tanto ventoso por las tardes y los caprichosos pe-
Nascos y grutas de su costa que
le dan un sello y
atractivo sineu-
20cas de los Calabocillos, Constitución
lar entre los otros balnearios chilenos, tiene hoy día un marco típico que le da carácter y fisonomía propia. Me refiero al modo de presentarse en público una buena parte de veraneantes y nativos. Sanos unos, pero que quieren endurecer el cuerpo, enfermos otros y sometidos a estricto régimen médico, se les ve deambular por calles, plazas, colinas y playa, bien trajeados, pero calzando
«sandalias y sin medias y empuñando de ordinario, en sus pa-
seos y excursiones un lareuísimo rústico bastón. Se les llama tadeístas, porque siguen el método hidroterápico de un médico tudesco, de nombre Tadeo, ya célebre en todo Chile, discípulo que fué del afamado padre Kneipp, que ha perfeccionado y ampliado la hidroterapia del maestro y... capuchino por más señas. Al final se acostumbra uno al novedoso y original espectáculo, que no poco choca al principio, máxime cuando se ve a distinguidos caballeros y sobre todo aristocráticas señoras y jóvenes transitar, con sus cortos trajes de moda y sin medias,
tan ufanas y tan hechas a la nueva costumbre o moda que, por ser tal ya no incomoda, antes bien resultarles, según dicen, tan saludable y oportuna que muchas al volver a Santiago u otras ciudades, no pudiendo continuarla en público, la siguen indefectiblemente dentro de los muros del hogar.
Bien merece una silueta este viejo misionero que con igual destreza y abnegación ha repartido bienes espirituales y materiales, curando innúme- “as lacras del cuerpo y del espíritu. Tuvo primero su campo de acción al Sur de Chile en Río Bueno, a donde afluían, a pesar de la distancia y las incomodidades verdaderas romerías de ricos y de pobres, de aristócratas y plebeyos; hoy ha convertido Constitución en un Sanatorio su generis y al aire li-
bre, con puntas y lejanas reminiscencias de la vida pasto-
ril de Arcadia, si no fuera más bien un trasunto en pe- Las Termópilas. Constitución queño de aquella humilde aldea donde, al gesto imperativo de Kneipp, veíanse hasta príncipes de sanere real, descalzos, Oprimiendo en paseos matutinos la húmeda eramilla, cual si fuera mullida alfombra de Bruselas.
De mediana estatura, más bien enjuto de carnes, ojos ielaros, barba poco poblada, recoge apenas, con su mal ceñido cordón, el pobre hábito franciscano, cuya orla arrastra, a veces, en su andar desaliñado; serio, adusto y grave, de poquísimas palabras y menos amigos... al parecer, no gasta eumplimientos con nadie, pero atiende a todos con caridad, entre un si es no es a desgano. Bávaro de nacimiento, lleva en toda su persona el sello inconfundible de la raza. Ni los sesenta y tantos
años vividos, ni las virtudes de ejemplar religioso que le adornan, ni los muchos años en suelo americano, han logrado suavizar del todo y desbrozar enteramente aquella naturaleza un tanto agreste, independiente y bravía. Mas a través de esa recia y áspera «corteza, de ese temperamento tenaz e irreductible y hasta refractario a las primorosas modalidades latinas, se trasluce un corazón de oro, una alma caritativa, ingenua y bella, como la de un niño.
A su consultorio acude todo linaje de personas y a todas ordinariamente tutea con cierto abandono y superioridad, entre familiar y despótica, de viejo patriarca, que impone sus prescripciones, secas, terminantes e irrevocables, en español germanizado, de construcciones vizcaínas sin dar explicaciones a nadie, ni preocuparse del efecto que pudieran hacer sus úkases y sí sólo de ganar tiempo y volver a la brega diaria de las ocupaciones propias de su estado. Como acrece enormemente su clientela en los meses veraniegos, vése obligado a imponer y exigir, en las horas de consulta, la consabida tarjeta, siendo no pocos los que han de esperar su turno para el día siguiente. ¿Y los médicos chilenos, se preguntará, qué hacen y qué dicen a todo esto? No pocos dejan correr las cosas, mirando con despreciativo desdén y murmurando por lo bajo y por lo alto cuando la ocasión se presenta, otros le reconocen competencia y hasta, en casos dados, le envían aleunos clientes... deshauciados, sin que haya faltado aleún galeno que aporreado por la suerte, la enfermedad y sus colegas, a lo Nicodemo, de incósnito y entre dos luces, llegara también a golpear las puertas de
su clínica.
Por lo demás el padre Tadeo de San Vicente, no cobra un centavo a nadie. En varias ciudades de Chile hay instalaciones de baños, según el método tadeísta, no faltando familias de viso que los tienen en sus propias casas, encariñadas con el sistema que les volviera a la vida a aleún miembro de familia va deshauciado por la ciencia. En Chile, pues, el nombre del padre Tadeo es tan conocido como la ruda o los porotos, que es mucho decir y nadie, ni autoridades, ni pueblo, ni profe-
sionales, ni profanos se atrevería a ponerle cortapizas y prohibirle el ejercicio de su profesión, o quererle tocar un cabello de
su cabeza a este “dios chico”? de la vecina república. Sometido yo también por aleún tiempo al régimen tadeísta, menos en lo de renunciar a las medias y al cigarro y acosado a todas horas por pistones, em p aquetaduras, baños frios y de vapor, abluciones, sábanas es-*' trujadas, envo!-
torios y refajos, buchadas, ecamil- Piedra de la Iglesia, Constitución natas y qué sé yo, a penas si me bastaba el tiempo para echar, a hurtadillas de mi querido viejo y respetado médico, cortas y sabrosas humeaditas, las que, a su turno me abrían el seso y despabilaban para garabatear cuartillas.
Fruto de esas traseresiones al método son, entre otras, las dos siguientes páeinas íntimas que, por dar la sensación de
aquellos hermosos parajes y plácidos « allí vividos, las arranco de mi diario para ponerlas aquí.
Vine a Constitución por tres días y me he dejado estar muy cerca de dos meses; y aun me marcho a deszano. La cosa no es para menos. Sita sobre el Pacífico a la desembocadura del caudaloso Maule, un collar de montículos y lomadas suaves, tapizadas de eramilla y de pastizales amarillentos, con no pocos bosques de eucaliptus la abrazan y la ciñen. El mar, el río y la montaña le prestan, pues, sus encantos, la embellecen y la miman. Vista desde las cimas de sus pintorescos atalayas,
semeja una palomita blanca, echadita en su nido de esmeralda,
estirando su piquito hacia el mar y mojando su alita derecha,
en el río.
Su clima es envidiable, casi diría ideal; todo el mundo se M0 siente contento, alegre, satisfecho. pi Desde las doce del día hasta el atardecer, sopla un ligero Ú vientecillo que tempera el ambiente y lo refresca. Si algunas l veces no arreciara demasiado, no habría más que pedir. Aun en los días más fuertes de verano, puede uno pasearse al sol Úl de una a tres de la tarde, sin experimentar molestias mayores. Colígese de aquí, lo que serán sus mañanas y sus tardes y sus | noches. Aleo tan extraordinario y agradable que es sólo para sentido. Por esto, después de Viña de Mar, es el balneario preferido y a mi juicio le superara, si reuniera las comodidades y el conforte de aquél y venteara un poco menos. l Particularidad sineularísima de este cachito de cielo, es Ñ conservar casi uniforme su temperatura durante la noche que IM se la podría pasar muy divinamente, meciéndose en una hamaUN ca. Un airecillo fresco y tonificante acaricia con mesura el rosÑ tro, vigoriza retemplando la epidermis, esparce con suavidad el pelo y menea blandamente las copas de los árboles. Las estrellas dejan caer sus hilos de plata temblorosos y por ellos ascienden y descienden espíritus invisibles que llevan y traen recados de otros mundos, mientras el oleaje rumoroso del mar, en el silencio solemne, sagrado de la noche, arrulla el sueño de los unos, o eleva a otros en éxtasis de amor. ¡Qué no ha sentido mi alma en esas peregrinas, divinas noches, cuando paséabame por el ¿ardín-hortaliza del convento, mirando la bóveda estrelí llada del cielo y aspirando esas auras sedantes y perfumadas! 1 ¡ Y en esas mañanas, tiernas, frescas y puras, como cogollitos tl de azucena, a la hora del crepúsculo, cuando la balbuciente alborada a penas quiere entreabrir sus párpados, para regalar a los humanos con las tenues, erisáceas primicias de la luz, absorto en la contemplación de la divinidad, recorría a paso lento y silencioso los senderos de aquel humilde vergel, haciendo armas espirituales para la lucha de la jornada diaria!... A las 5.30, o mejor dicho a las 4.30, sesún el reloj chileno, adelantado en una hora, celebrada la santa misa y emprendía luego mis excursiones matutinas, acompañado de otro
niño, de cincuenta y tantos como yo, pero de barba ya plateada, retorcida y cabruna, de poner celos al mismo Aarón en persona, un capuchino de verdad, sencillo, alegre y bueno como un De: dazo de pan y caminador y andariego, como un gamo montañés. Por las tardes repetíamos invariablemente la excursión. ¡Y qué excursiones, Dios mío! No dejábamos ladera o cuesta que no trepásemos, ni perdonábamos morro o cima que no domináramos, ni playa que no la recorriéramos, ni bosque, cueva o quiebra que no registráramos, como guarda-bosques de oficio,
Cuántas veces recostados sobre la eramilla a la sombra de un enorme boldo, contempábamos allá bajo el espectáculo erandioso de las olas. ¡Qué gama de sonidos, qué riqueza de matices y de tonos, qué variedad infinita de formas, de coloraciones y murmurios ! ¡Sobre cada burbuja, oscilaba el iris, sobre cada espuma se quejaba una trova o languidecía un suspiro, sobre cada onda iba adormecido un poema!
Y cuántas otras, en pernetas corríamos por la playa solitaria y jugábamos con las olas que, perseguidas y acosadas volvían de pronto sobre los traviesos chicuelos, haciéndoles prorrumpir en ayes y en gritos, o en risas francas y nerviosas. O bien de pie, sobre la enhiesta ennegrecida roca, mirando de frente el inmenso piélago, escuchábamos absortos el chasquido furioso del oleaje que estallaba, como turbión de caireles, como cascadas de vidrios rotos, salpicándonos con el polvo acuoso de sus perlas, mientras los fríos rayos de un sol en agonía, tornasolaba en oro muerto aquellos lienzos, tan bellos y soberbiamente transparentes de poner celos y avergonzar al mismo divino Sanzio. ¡Oh las fuertes intensas emociones que en esos momentos de suprema dicha embargaban mi espíritu !
Perdidos, a veces, por el oculto, tortuoso sendero de alimañas, repechábamos la cuesta, 0 intrépidos entreabriendo boldos, arbustos y helechos nos hundíamos pendiente abajo, hasta topar con el arroyito humilde que eemía entre guijas y gramillas y yerbas aromáticas. Alí nos sentábamos a departir y descansar un rato. Los instantes huían veloces. Pero ¿quién resistía, antes de dejar aquel sitio de ventura, de pispar y €s-
— 322 cudriñar la causa de un débil cadencioso murmurio de un tin. teneo platino que se oía, ahí muy cerca, entre aquel manto de verdura, como de un ser recién nacido? Era un hilito de plata limpia que al nacer de la peña y sin dejarse ver, volvía a morir en un huequedillo oculto tras aterciopelado pab ellón de yerba buena. Cogíamos algunos gajos, arreglábamos el consabido mano-
Arco de los enamorados, Constitución
jito y aspirando su perfume, volvíamos a trepar la sombreada cuesta, detenión.
donos aquí, descansando más allá y desechando parajes y sitios
que a porfía nos salían al encuentro ofrendándonos su follaje,
hasta dar con el de nuestro gusto y predilección. Solía ser
siempre el más oculto y solitario, donde no pénetr
aba el sol, estrecho y fresco y rústico sí, per
O que nos mostrara el horizonte, que descorriera, por entre la fronda, los pintorescos variados paisajes de que es rica aquella región. Y desde allí,
como desde una glorieta de rústico cortinaje, contemplábamos
toda la belleza panorámica de los montes, de la ciudad, del mar y de los bosques.
El océano, de un lado, como una inmensa sábana de plomo,
reverberando a los rayos del sol y besando los bordes velados
del cielo; del otro, allá lejos, serranías de azul elaro cortando
el horizonte, más acá, la cinta ondulosa del Maule, vallardean-
do como un penacho su islote de eucaliptus, de esta parte
morros de calvicie amarillenta, pero de flancos verdinegros y
a plomo, de la otra, lomas de redondeadas cimas y
tes suaves, peladas unas, pastosas otr ]
de pendien-
as, zurcadas de caminos,
as más y mostrando todas airosos bosquecillos artificiales y
convidando al descanso con el fresco follaje de sus ondonadas y quiebras; y precisamente en la parte baja de esta concha, en el centro de este marco variado y caprichoso, asentada la ciudad, la palomita blanca, salpicada con los verdes manchones de su huertos.
Me fuí hoy a la playa a recrear el espíritu y el cuerpo con la fresca brisa de una tarde soñadora. Hay en el balneario de Constitución (Chile) un grupo saliente de enormes peñas eraníticas, muy bellas, caprichosas y raras. Se las conoce econ el nombre de Piedra de las Gaviotas, Piedra de los Lobos Y] Roca de las Ventanas y son el encanto y el paseo favorito de veraneantes y turistas. Liaas dos primeras rodeadas ya del mar, solitarias y escuetas, como dos centinelas marinos, o pétreas plantas acuáticas, sienten sus flancos azotados sin tregua por el formidable estruendoso oleaje y acariciadas sus crestas por arrebolados tules de espumas, o ligero roce de olas. La otra, colosal e imponente peñón de ochenta metros de alto, sesenta de ancho y doscientos de lareo aproximadamente, oradado caprichosamente por la naturaleza con varios túneles o aberturas, se asienta, frente a aquéllas, en el arenal de la playa y hunde sus pies en el mar, permitiendo, eso sí, al turista, rodearla ¡con alguna dificultad, o atravesarla, si más le place, por sus ¡rústicos boquerones y ver el mar por ambos lados.
La belleza y majestad de es-
tos seculares fa-
rellones, son 1nd escriptibles, y
Playas de las Ventanas, Constitución
hay que contentarse con sentirlas. Llegué allí y quedé como alelado. Me sucede esto, cuantas veces siento intensas emociones.
dd ae
Me sobreviene una como parálisis de todo y no soy apto más que para sentir en conjunto, sin poder articular palabra, ni preeisar conceptos, ni erabar imágenes. Todo me zumba y atontece y avasalla en desordenada embriaguez de gratas sensaciones.
Bordeé el áspero sendero que la ciñe, trepé sus riscos abruptos, haciendo peldaños de sus huecos y cortes, penetré absorto por sus grandiosas e irregulares galerías, observé las entrañas abiertas del coloso, contemplé hasta el último escondrijo de las formaciones gSeolósicas de estas erutas extravagantes y salvajes, aspirando a pulmón henchido todo el fresco y poético ambiente en que se bañan y luego, como fatigado por la grandeza soberbia del paisaje, fuíme a sentar sobre un picacho de sus faldas mirando al océano y dando rienda suelta a la imaginación ya herida y borracha.
Un nuevo espectáculo, empero, vino a sacudirme con más fuerza, si cabe, el de las olas, que ya perezosas y lánguidas, va encrespadas y bravías, iban a morir murmurando «unas tras otras, a los pies ennegrecidos «le aquellos tres monstruos de eranito.
¡Qué cuadro más poético y movido! ¡ Cuánta riqueza y variedad en la misma monotonía «lel vaivén sempiterno, del flujo y reflujo que agita al inmenso piélago! ¡Qué apacible serenidad en unas, qué sublime erandiosidad en otras! Esta, apenas nacida, da un suspiro y muere, otra quilere asomar y caritativa se aplana para dar paso a su hermanita más gaya y feliz, que rueda tranquilamente, cantando sus viejas trovas de amor, y, coquetona, con flexibilidad de sierpe, balancea su cabellera ligeramente rizada, y va a besar la cinta arenosa de la costa, para volver luego atrás, tareleando en secreto su vieja, cristalina can: ción. Aquélla, entumecida y brava se hiergue, se estira y precipita y ruge y clamorea, al son de vitreos triturados cascabeles de crepitantes porcelanas, de sedas rumorosas, y empenachadia de espumas se hincha de soberbia y de coraje, hasta que, en chasquido estruendoso y formidable estalla contra la inmoble roca, que sin más avienta al cielo sus tesoros. Y es de ver en-
tonces el magnífico chisporrotear de perlas que brotan de su seno abierto, la acuosa polvareda de diamantes que se esparce y fulgura por los aires, la lluvia de pupilas que se encienden, las retorcidas conchas de nácar, los níveos relucientes penachos que se engendran y entrelazan con rubias polícrones divinas cabelleras de gotas de rocío, enhebradas en impalpables temblorosos hilos de luz. ¡Y qué lástima! ¡toda esa divina pedrería, todo ese conjunto celestial de formas de colores y de luz, de hechizos y de encantos, toda esa humareda de rocío que se enciende y fulgura, tan digno de guardarse, así, intacto, en un fanal, en un abrir y cerrar de ojos se derrumba, se desploma, se desvanece, muere!
¡Tal es la vida!
¡Oh la vida del hombre sobre la tierra! ¡Cómo no amarla ! ¡Cómo no despreciarla !
Desde Constitución y después de visitar ho más dieno da conocerse en la progresista ciudad de Talea, encuadrada en el marco común de sus similares de 45.000 habitantes y sólo descollante por sus fuertes calores de verano, me fuí (me arranqué, diría un chileno) al venerado santuario de San Sebastián de Yumbel, que, con el de la Virgen de Andacollo, comparte la gloria de toda la tradición ceristiano-religiosa de la nación chilena. Allí me esperaba ya mi antiemo¡condiscípulo y amado hermano el Iltmo. y Rvmo. Señor Obispo de Concepción, doctor D. Gilberto Fuenzalida, para jasistir a las solemnes fiestas que en honor del Santo se realizan todos los años el 20 de ensro. Era una feliz coyuntura para observar la psicología y relisiosidad de las clases populares en Chile.
Yumbel es una pequeña población de 3.000 almas, distante una legua de la estación del mismo nombre, sobre la vía ferroviaria que desde Santiago va a Concepción. Se venera allí la célebre efigie, en madera, de San Sebastián, traída por los conquistadores de Chile, probablemente por Valdivia, y que recibía culto en Chillán.
Atacada esta ciudad por los araucanos, durante la sublevación general del año 1655, fué abandonada por los españoles, pero salvada la venerada efigie, a erupa de caballo, para no dejarla expuesta a la profanación de los bárbaros, y escondida, —que el enemigo ureía y el camino era lareo,—en un lugar pantanoso, cerca de la plaza fuerte de Yumbel. Así lo narra el historiador jesuita P. Miewel de Olivares en su Historia civil y religiosa de Chile.
Añade la tradición que al ser encontrada después lla imagen por los yumbelinos y reclamada por los chillanejos, falló a favor de los últimos el juez eclesiástico, ante quien fuera llevada la causa; pero no pudiéndola mover éstos, ni con yuntas de bueyes, y sí fácilmente los de Yumbel, el juez hubo de reformar su fallo y adjudicársela a los tan visiblemente favorecidos por el cielo.
En la noche del 2 de enero de 1878 un masón extranjero azuzó a otros dos jóvenes libertinos, para que robasen la imagen y la quemaran. Realizado el hurto) sacrílego, el pueblo entero se esparció por los lugares vecimos en busca de su querida imagen- Esta, bañada de parafina, desfigurada y ennegrecida por las llamas, pero intacta, fué encontrada, felizmente, el 4 del mismo mies, enterrada en un arenal cercano. A su lado, como para dar fe de lo ocurrido, vease uma botella, con restos del inflamable, varias cajas de fósforos vacías, naipes quemados y un montón de cardos, también quemados. Toda la noche, al parecer, habían trabajado inútilmente aquellos deseraciados, — cuyo fin desastroso no se dejó esperar,—sin loerar su intento de prender fuego a la reseca imagen, que contaba ya tres sielos de existencia, verificándose lo que dice un piadoso escritor, que “cuando Dios quiere construir un nuevo edificio espiritual, es decir, popularizar un dogma o inspirar una eran devoción, comisiona al diablo para que abra los cimientos y construya a la eloria divina””.
Tal sucedió con la profanación de la saerada imasen. La devoción a San Sebastián que antes sólo abarcaba un radio relativamente corto, se extendió a todo el país, comunicándose a
otras naciones vecinas, multiplicándose y centuplicándose el número de peregrinos que llegan al santuario. Yo mismo tuve oportunidad de conversar con varics argentinos, que de las regiones del Sur y a pesar de la distancia y de la crisis, llegaran 4 pagar religiosamente sus promesas:
El ilustrísimo señor Salas, obispo entonces de Concepción. que hizo retocar” y decorar nuevamente la estatua, ordenó que se dejaran las quemaduras en el tobillo de uno de los pies, y se colocara a un lado una placa de plata, que dice: Restos de lu profanación ejecutada sobre esta santa imagen el 3 de febrer de 1878.
Fuera excusado añadir que la villa de Yumbel presenta en las fiestas del santo un espectáculo por demás animado, pintoreseo y original, muy parecido al que ofrecen,—lo que me evita describirlo, —nuestros santuarios de San Nicolás de La Rioja y de la Virgen del Valle en Catamarca, por lo que a los ¡pereerinos criollos respecta. Estos, en Yumbel, alcanzan a 25 y 30 mil, contando con los mineros, que, por razón del pago efectuado a principios de mes, llegan rezagados, pero llegan indefectiblemente. Oscila entre 300 a 500 el múmero de carretas atestadas de rotos, que entre chirríos desapacibles y grandes pol varedas bajan a las fiestas, siendo innumerables los que lo hacen en tren, caballo, coche o a pie. Parece aquello un colosai campamento, en que todo hombre, mujeres y miños, carricoches y perros y caballos, vendedores ambulantes, cocineros al aire libre, timadores y baratijeros se revuelven, entremezclan y barajan, engendrando una mareante alearabía, ocasionada a toda clase de ddesórdenes. Y lo era, en efecto, en épocas pasadas- Hoy, felizmente, las autoridades civiles, de acuerdo con la eclesiástica, no toleran escándalos ni bolinas, ecadyuvan con eficacia a la acción de 25 o 30 sacerdotes que atienden a los romeros, prohiben terminantemente «el expendio de licores, y un piquete de soldados apostados en la Estación, retiene a los sospechosos y secuestra toda clase de armas que pudieran llevar los demás. las aue sólo a su reereso les son devueltas.
Por estos y otros medios se ha loerado cambiar enteramen-
te el cariz de aquellas fiestas. Son innumerables los que hoy se acercan a la confesión y comunión, sin que casi den abasto los muchos sacerdotes que desde el alba hasta altas horas de la noche confiesan a los hombres, con la particularidad que comulean más hcmbres que mujeres. Y, salvo aleunos que, de regreso y que no confiesan, por cierto, se les ve premiarse li abstinencia y andar entre Chillán y Yumbel, no se presencia en las fiestas el espectáculo bochornoso de la embriaguez, a que tan pronto se muestra el roto chileno.
Las instalaciones del Santuario para hospedar a los pereerinos, son amplias y espaciosas. A todo el que desea se le da almuerzo y comida eratis, durante tres días, repartiéndose a! efecto alrededor de seis mil boletos, lo que prueba que sólo
aprovechan los más pobres o gente sencilla, que se substrae asi a la explotación de los vividores, que no faltan. Las limosnas
que se reciben cubren éstas y otras erogaciones, destinándose el
remanente al sostenimiento del eran Seminario de Concepción.
En compañía de monseñor Fuenzalida y otros sacerdotes nos resultaron cortas las siete leguas que recorrimos en coche desde Yumbel, en excursión de solaz hasta la mejor cascada que posee Chile, el Saltio del Laja. Tras el mareo de las fiestas, venía bien esparcir el espíritu en tan deleitoso paseo, que guarda no pocas sorpresas.
No es la menor, por cierto, que en una llanura perfectamente uniforme, sin sierras, ni alturas, ni visibles desniveles, se vuelque de improviso un río de más de cien metros de ancho y precipite 'estruendosamente sus aguas en la petrea sima de un abismo, formando la espléndida cascada y poniendo sobre la belleza genuina del fenómeno una nota típicamente original e inesperada.
El Laja al desatar 'al aire su maenífica cabellera, se bifurca en dos estupendas caídas para luego, como asustado de sí mismo, reunir todo su caudal y oprimirlo, en corriente enfureci-
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da y vertiginosa, en un cajón de piedra de cuatro a cineo metros de ancho por veinte de profundidad aproximada: Pone miedo en el alma y escalofríos en el cuerpo la sola vista de este gigantesco serpentón, de lomo onduloso e inestable, que brama y se estremece iracundo, como poseído de vesanía, ante las pétreas barreras que lo ciñen.
Vista desde este sitio la cascada principal en forma de media luna, de unos sesenta metros de extensión que en tensa arcada se despeña a pique, desde treinta metros de altura, es un espectáculo seneillamente su: blime e indeseriptible. El estrépito en-
sordegeedor
que piroduce,
Salto del Laja
a lara ce erandes copos de espuma que se esparcen aventados por manos invisibles, los celajes y fantásticas luces espectrales que se ensendran, los violentos torbellinos que al chocar contra las piedras del fondo se pulverizan y se eneumbran en mágicos penachos y volutas, en gigantesca humareda visible a gran distancia, todo esto marea y aturde los sentidos, subyuga y embelesa el espíritu en contemplación estática.
No conozco nuestras erandiosas cataratas del Yguazú, las reinas soberanas de América, superiores a la del Niágara, pero en pequeño, es dable apreciar aquí también toda la poética belleza y magia arrebatadora de estos fulgentes anfiteatros de agua, esparcidos de barato por la mano de Dios en el creado: para deleite y solaz de sus hijos.