Cincuenta cuentos anecdóticos · Unidad 12 de 142

Unidad 12 · CUENTOS ANECDÓTICOS Sj

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CUENTOS ANECDÓTICOS Sj

ba las dudas que se ofrecían a los jóvenes estudiosos. Así, verbigracia, si había de observarse un eclipse de sol, algunos de los que estudiaban Geografía platicaban acerca de él con el padre Morillo. Y se dio el caso de que al ocurrir tal fenómeno astronómico, el más torpe de sus oyentes supiese de esto mucho más que el profesor que explicaba la asignatura; bien que el bueno de don Manuel Rodríguez, médico romancista a secas, solía hacerse un lío con la esfera armilar, acabadita de adquirir para su clase, y prefería explicar sus tres ochavos de Geografía astronómica apretando y mostrando los puños, y diciendo del uno : ''Ésta es la Tierra", y del otro, "Ésta es la Luna", y encomendando el papel de Sol, ya que no tenía tres puños, al conventual y enorme tintero de jaspe encarnado que sobre la mesa estaba, quieto e inmoble como el Sol mismo.

Solo como un hongo dije que habitaba el padre Morillo, y no dije bien, porque, a la verdad, vivía muy acompañado. A vueltas de tres animales que había llevado a su morada, conviene a saber: un gran gato romano, un canario belga y un corpulento gallo cochinchino, tenía en ella, ciertamente muy contra su gusto, hasta un centenar de ratas ; tantas, que todos los venenos y artilugios del mundo no bastaban a dar fin de ellas ; y tan feroces, que el gatazo, con ser más valiente que Roldan, había cogido miedo a sus enemigas, y con frecuencia escurría el bulto hacia los tejados, por quitarse de riesgos.

38 RODRÍGUEZ MARÍN

Pronto tuve yo ocasión de trabar conocimiento y amistad con el padre Morillo, que era (me parece que le estoy viendo) alto de estatura, muy enjuto de carnes, de cara aguileña, con ojoá negros, pequeños y muy vivos, cetrino de color, y de hasta cincuenta años ; y aun le caí en gracia, por ser yo el más joven y el menos medrado de cuantos alumnos subían al estudio. Más todavía : alguna vez me permitió entrar en su casa, franqueza que usaba con muy pocos, y me prestó tal cual de los muchos y buenos libros de que era dueño y que custodiaba en su rara librería, tan singular, que no habrá habido en el mundo otra como ella ; porque es de advertir que nuestro don Miguel, para preservar sus libros de las rateras mandíbulas, los tenía depositados en cinco grandes tinajas de bodega, empotradas en el suelo, y a cuyo interior bajaba por escalera de listones y con candil cortijero, en busca de los libros que había menester, sacados los cuales. Dios sabe con cuánta dificultad, volvía a cubrir sus tinajas con grandes y pesadas tapaderas de encina. Para entenderse y toj)ar en cada caso con el libro que buscaba había formado su catálogo por autores. Yo lo vi alguna vez, y recuerdo, me parece que a la letra, uno de sus asientos, que decía así: "El doctor Laguna. Traducción y comento del Dioscórides. Tinaja 5.', junto a los tomos de Moreri.''

Pero estoy echando de ver, lector benévolo, que he ido alargando mucho mi relato y que a estas horas, si hablé del padre Morillo, aquel loco