Cuadros de costumbres · Capítulo real 4 de 8

CAPITULO II

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 22 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPITULO II.

Hacia tres meses que María Josefa,— que solia ir á ayudar á las matanzas en casa del pudiente D. José Sánchez, conocido por Don José I, — habia sido llamada por este señor á su despacho. Cerrado que hubo la

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puerta, le preguntó, en vista de que estaba recien parida, que si quería hacerse cargo de ía crianza de un niño, mediante la retribución de seis duros mensuales. María Josefa, que era robusta y también amiga de agenciar para su casa, admitió desde luego la pro^

f)Osicion; y pocos dias después, en una noche oscura^ legó un hombre á su puerta, y sin entrar, le entregó un niño, diciéndole que se llamaba Gabriel. Por tres meses le habia criado, recibiendo puntualmente su retribución; pero pocos dias antes, al ir á Aracena á cobrar el cuarto, D. José I se habia negado á satisfacerlo, alegando que los fondos que para el efecto le habian sido entregados, se habian concluido; que no habiéndole librado otros, levantaba la mano en la crianza de ese niño, y que le llevase á la Inclusa, 6 hiciese de él lo que le pareciese. Fácil es de figurarse la tempestad que levantaron estas palabras en el ánimo de María Josefa, que era viva y vehemente, y la lucha que originaron en ella su amor de nodriza a la infeliz desvalida criatura, y su carácter interesado^ porque no era solo el seguir por el momento la doble crianza, (mas penosa á medida que las criaturas fuesen creciendo) sino que concluida ésta, se veia con la carga de otro hijo mas, sin retribución alguna: esto era muy duro para pobres. Pero, por otro lado, ¿cómo abandonar al angelito que en sus faldas se sonreía? Esto no podiani aun imaginarlo, cuanto menoshacerlo, una mujer del pueblo y del campo. A este mismo tiempo fué cuando el hijo de su cuñada murió, y María Josefa formó el proyecto que la veremos poner en planta á los postres de la comida, en que dejamos reunidos á los que actúan en este relato.

—No atino, — dijo el tio Bastían á María Josefa, — por qué te subes asina á mayores contra D. José I; por-

3ue siendo tú muy pluma, y sabiendo sacar agua de onde no hay manantial, tienes las voces — con acha— 3ue del niñoque estás criando, — de tenerle sangrado e la mano derecha; de lo que todos se hacen cruces.

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— Eso es muchísima mentira, esclamó la interpelada. ¡Yaya, que la mentira anda barata! No me ha dado en su vida ese estreñido sino lo convenido. ¡Si ese falso testimonio debia de ahogar á quien lo levanta!...

— Vamos, vamos; ¿y qué mal habría en eso? Ello es que tu hacienda vá creciendo como el arroz.

— ¿Creciendo? ¡sí! así vá creciendo como rabo de mona. Lo que es, que me lo sé agenciar. Y sepa V., tio Bastían, que cuando me casé, me trajo mi marido una trampa de treinta duros, que fué lo que le costó la boda, y después tuve yo que ayunar la boda; pero al año no le debia yo sino el alma á Dios.

— Eso fué el milagro de Mahoma, que lo pusieron al sol, y se quedó á la sombra: porque en aquel entonces vivias y comías con tu madre, y ¿quién te hizo rico? ¿quién te mantuvo el pico?

—Para que vea V., — prosiguió María Josefa, — los muchos bienes que se me han entrado con el niño por las puertas, sepa V. que se lo quiero entregará Estefanía, porque yo ya no lo puedo criar, que lo padece mi niña y yo, puesto que van siendo grandes, y entre los dos nie van destuetanando (1). Le he dicho que es cosa de perjuicio quitarse la leche de sopetón (2); de eso murió Gertrudis la del molino. Esa conveniencia os halláis: ¿qué dices Juan?

— Por mí, repuso éste, que haga Estefanía lo que le

Elazca; solo quiero advertirle, que dice el refrán, «que rasa trae en el seno el que cria hijo ageno.» — ¡Vaya!— esclamó María Josefa, — ¿todavía te haces de pencas, cuando es un favor que os hago?

— Si se ahorcó el judío, cuenta le tuvo, murmuró entre dientes el tio Bastían. — Pero diga V., — preguntó á éste María Josefa, —

(1) Destuetanar, quitar el tuétano ó la sustancia.

(2V. del E.)

(2) De súbito, repentinamente.

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diga V, tio Bastían, V. que sabe mas que un soldado viejo, ¿no ha podido V. esclarecer de quién es ese niño?

— A tí te parece que sé mucho; pues hija, no te quedas tú en zagas, y asina

¿Qué quieres que te diga, María Josefa; qué quieres que te diga que tú no sepas?

— Pues no lo sé; ahí verá V. Mis chinitas le he echado á.D. José, como quien no quiere la cosa. Pero nada le he podido sacar á aquel marrullero, que tiene mas conchas que un galápago; y no era cosa de meterle los dedos y sacarle la raiz. Mas.... como V. parece que lloró en el vientre de su madre,— en vista de que lo que no sabe lo acierta, -estoy para mí que lo sabe, y no se quiere desabrochar.

- Pues no lo sé: ¡otra! Eso ni se sabe, ni se sabrá.

— Se engaña V., tio Bastían, porque la gracia de Dios (1) ha de salir siempre, mas que la quieran ocultar en los centros mas hondos de la tierra.

—Pues entonces, — repuso el arriero, — de nuevas no curédes, que hacerse han viejas, y saberlas hédes; y no escudriñes mas; que, ni ojo en casa, ni mano en arca. Pero tú que sabes mas que todas las culebras, — añadió el anciano con marcada intención, - inclusa la que de contrabando se coló en el Paraíso, te lleva la trampa por no poder averiguar lo que saber quieres y tienes sarna de curiosidad.

—V. se ha empeñado hoy en atufarme, tio Bastían, — dijo María Josefa;— pero se queda V. como el que quiere y no puede: ¿está V? Porque á mí no me quema mas que la candela y el agua ras.

— ¡iy! — esclamó de repente Estefanía, -que con mi pena me se había olvidado de llevarle la comida al lio Matías. María Josefa, dame esa cuchara.

(1) La verdad.

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— Esta fué á coger la cuchara de boj que le pedían, y se le cayó de las manos.

— ¡Yaya! esclamó, ¿quién me estará mentando?

— Mal cogido, contestó el tio Bastían. ¡Candela! — añadió viendo á Estefanía llenar el plato — ¡candela, y lo que sacas! Por lo visto, es el tio Limosna como el buey Limón: cortito de paso, y largo de esportón.

— Señor, —contestó la escelente mujer,— no todos los dias se guisa olla en mi casa... Deje V. que el pobrecito la disfrute y se harte.

Era el tio Matías, que por apodo tenia el de Limosna, un viejo delgado, andrajoso, y medio alelado, que Juan Martin y Estefanía habian recojido por caridad en su casa, en una ocasión en que estuvo enfermo, y de aquella no habia vuelto á salir. El pobre viejo, agradecido, no sabia cómo pagar esta caridad; y para demostrar siquiera su buen deseo, se apresuraba á prestar aquellos pocos servicios que podia. El principal de estos servicios era el barrer con una escoba de rama el suelo terrizo de la casa, para que estuviese siempre limpio; y lo hacia á la perfección, á pesar del dicho usual de que «hasta para barrer es necesario talento.» Creemos que la esperiencia nos vá enseñando todo lo contrario; y es que para nada se necesita.

— Tome V., tio Matías, le dijo Estefanía;— tome V. su plato; trae su carne y su morcilla

— Dios te lo pague, — contestó el tio Matías tuteando á su benéfica protectora, usando de la incontestada prerogativa, que tiene en el campo la ancianidad sobre la juventud: — ¡Dios te lo pague! que es buen pagador. Cuando des, contigo te llevas; que quien bien hace, para sí hace.

— Tio Matías, — dijo Estefanía echándose á llorar amargamente, — ¡como V. no ha querido arrimarse á la mesa! cuando vivia mi niño Juan, él era quien le le traia á V. la comida.

El pobre viejo, que tenia pasión por los niños en general, y por los de sus bienhechores en particular^

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cuando oyó estas palabras, se puso á llorar á lágrima viva, y esclamó:— Ellos se van, y yo me quedo por acá.

Estefanía comprendió todo el sentido que encerraban estas palabras, y contestó con estas no menos significativas:

— Tío Matías, ¡Dios sabe lo que se hace! Los duros golpes al corazón son llamadas: la larga vida es una carga que hemos de llevar con paciencia.

— ¡Válgame Dios! — decia entretanto el tio Bastían á los que habian quedado en la mesa, — ¡quién no conoció al tio Limosna en lempos üisf tan dichero, tan zumbón! ¡Qué apagado está! ¡Parece un montón de cenizas! Juan, has hecho una obra de caridad de las buenas con haberle recogido: sin tí, ¿qué habría sido de él?

— ¡Qué! tio Bastían,— repuso Juan,— sepultura y casa á nadie le falta.

—Era, prosiguió el arriero, y ha sido siempre la presulta (1) de la desdicha; así le pusieron por apodo Limosna. Su mujer se le murió de parto, recien llegado aquí licenciado, después de la guerra del francés de Napoleón. El pobre crió al niño á traguitos, llevándole de puerta en puerta de todas las que estaban criando, y con miles de trabajos. Cuando fué mayor, le llevaba consigo á pedir limosna, y andaba de cortijo en hacienda; y como era tan célebre y tan cuchufletero, tenia á los trabajadores y gañanes entretenidos. Así es, que cuando llegaba/le decían que se sentase á comer con ellos, y echase como el mas anciano la bendición; pero fué creciendo su hijo, que era mas malo que Briján, y se iba haciendo un costillon, que le huia al trabajo comoá la cruz el diablo. Entonces se ayuncaron todos, y le dijeron al padre, que él, como

(1) La presulta ó improsulta; lo que prepondera ó sobresale, el colmo. Es corrupción del latín Non plus ultra.

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anciano y lisiado que estaba desde la guerra del francés, hallaría siempre cuchara en su rancho; pero en cuanto á su hijo, que lo podia muy retebien ganar, mantenerle, era sostenerle la holgazanería; y que así, que se buscase su vida.

El padre se lo dijo al muchacho; pero éste no hizo caso. Bien dice el refrán que, «el amo respetuoso hace al criado reverencioso:» y lo propio los hijos con los padres, que en este indino mundo, al que se hace de miel se le comen las moscas; y el tio Matías había dejado criar alas á aquel mal pájaro, y cuando se las quiso cortar, ya no pudo. Llegaron un dia ambos ala puerta de un cortijo á la hora de comer, pero antes de presentarse, escondió el padre al hijo tras de un. pajar, y entró solo. — Venga V. con Dios, tio Limosna,— le gritaron cuando le vieron los gañanes; ea, á comer, y eche V. la bendición. Lo que hizo el chusco del viejo, diciendo al hacer la cruz: En nombre del Padre y del Espíritu-Santo. — ¿Qué es eso tio Limosna? le gritaron los gañanes. ¿Está V. chocheando? ¿Y el Hijo? ¿A. qué deja V. fuera al Hijo? — El tio Matías se puso entonces á gritar: «Hijo, hijo, entra; que estos caballeros te están echando de menos.» Con lo que todos se echaron á reir, y comió el hijo con ellos como de costumbre.

Pero empestillándose el padre en que trabajase su hijo, lo que hizo aquel Pan-perdido (1) fué huirse, sin que se haya vuelto á saber de él, ni hoja ni rama. Desde entonces el pobre tio Matías pegó la caida de una vez, como horno de carbón; porque el desdichado habia puesto sus ojos y todo su querer en aquel descastado mamantón de hijo, al que con tantos trabajos habia criado; y cuando éste podia retribuirlo, y le cumplia mantener á su padre, se echó las obligacio-

(1) Llámase Pan-perdido en Andalucía, al holgazán que no trabaja; como si dijera que es perdido el pan que come

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nes á las espaldas, y se traspuso, sin decir chuz ni muz, ni chaqué baraque. Del maldito ese se puede decir— como de Paquiro Montes se ha dicho, (jue le parió una vaca, — que á éste le parió una serpiente.

¿Señores!

¿Quién seria la madre Que parió á Judas? ¡Y qué hijos tan indinos Paren algunas! — Como que los que las madres paren, son hijos de los padres, observó María Josefa.

— Sí; respondió el tio Bastían, que nunca se quedaba sin recojer y devolver la pelota:

El demonio son los hombres, Dicen todas las mujeres; Y luego están deseando ¡Que el demonio se las lleve!

— Ea, añadió poniéndose de pié, — quédate con üios> Juan, que ya el monte prietea, y mi casa no está á la suelta. - Estefanía ¡salud! — dijo á ésta al encontrarse con ella cerca de la puerta; mira que soy perro viejo, y te digo que no tomes ese niño, que es un censo viialicio. No hay mas niño bueno que el Niño Dios. Y acuérdate que mas vale un por si acaso, que no un no pensé.

El jovial anciano montó en su mulo que le habia. traido el tio Limosna, y se alejó cantando: Tengo de morir cantando, Ya que llorando nací; Que las penas de este mundo No son todas para mí.

Entretanto María Josefa habia ido por el niño que criaba, y le habia puesto en los brazos de Estefanía. Esta escelente mujer le tomó sollozando, pues le recordíiba á su hijo, cuyos ojitos se habían cerrado para no abrirse mas; cuya boqúita no buscaba ya el pecho de su madre; cuya cuna estaba vacía, y cuya ropita

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yacia caida y fria sobre un sahumador de mimbre, sin que la mano" cuidadosa de su madre esparciese sobre la copula con brasas la inocente, la odorífica y popular alhucema, que habia de entibiar y perfumar las ropitas que tocaban sus tiernas carnes. ¡Todo yacía con el triste sello de lo innecesario, como melancólicos despertadores del recuerdo! Estefanía miró á su marido, que se inclinó sobre la lumbre para encender un cigarro, no queriendo influir en la determinación que tomase su mujer. Estefanía comprendió esto* estrechó al niño en sus brazos, y se lo puso al pecho. Desde aquel instante le adoptó por hijo.

— Tú no tienes madre; yo no tengo hijo; y ambos no podemos, ni estar sin hijo yo, — á quien dé la leche de mis pechos que me rebosa, y el amor de mi corazón que me ahoga,— ni tú vivir sin brazos que te lleven, sin pechos que te nutran, y sin amor que te ampare, velando de noche á tu cabecera, sosteniéndote despierto. — ¡Ven, pues, tú, á quien todos rechazan! por quien nadie... ni aun tú mismo... implora ausilio; — ¡Ven, ven, tú que morirías sin saber que morias5 como vives sin saber que has hallado el primer y mas dulce tesoro de la criatura, un corazón de madre! — ¡Ángel mío desamparado! ¡Si Dios Nuestro Señor nos hizo á todos tan desvalidos, fué porque no juzgó posible que os desamparase la mujer!

Todo esto lo sentia Estefanía, tal cual lo espresan estas palabras, y mucho mas, que las palabras frias é inertes que traza la pluma no pueden espresar; pero que se leia claro en su conmovido rostro, en sus lágrimas, en la vehemencia con que estrechaba al niño contra su pecho. Pero la buena y sencilla Estefanía no hubiera podido formular en frases su sentir. Por eso, bien ó mal, lo hace la pluma de quien os observó y estudió con amor y entusiasmo, á vosotras, mujeres del pueblo sencillo, católico, español, corazones selectos, minas de amores puros y santos, modelos de esposas y madres.

El tio Matías miró aquel grupo de amor y caridad^

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apoyado en su escoba de rama, y murmuró con su cascada voz:

— ¡Estefanía, bendita seas!— ¡Y lo serás, que quien bien hace, para sí hace!

CAPITULO III.

¿Quién ha podido fijar su mente y su vista sin enternecimiento, en un niño recien nacido durmiendo? Tipo desvalido de la debilidad, vida que empieza á respirar el aire de esta esfera con un suspiro, á sentir su existencia con un gemido, y á moverse con un sobresalto. El aira, la luz, el roce, el ruido, todo le lastima, todo le hiere. ¿Resistirá su frágil ser? — Sí, porque Dios le preparó un asilo, un amparo, un refugio en el regazo de la mujer.

Cuando el niño se siente estrechado en sus brazos, se tranquiliza, se consuela; y percibiendo aquellos suaves cantos que, como por inspiración, brotan de los labios de la que la ampara, —tan dulces y tan tristes á la vez, como todo lo que es profundo y°tierno, — ciérranse sus ojitos, y se duerme. Entonces aquel pequeño semblante, poco há descompuesto, se serena, y si se )e sigue observando, se ven dibujarse en él diversas sensaciones: ya alza sus cejitas como asustado; ya arruga el entrecejo como contraído; y ya tornándose tranquilo, muévese su pequeña boca, y dibújase una sonrisa, que de suave llega á ser alegre, y aun á romper en risa. ¿Qué vé en su mente, él, cuyos ojos aun nada han visto? ¿Qué sueño puede reflejarse en esa inteligencia, que aun no tiene conocimiento? ¿Qué

Sensamientos conmueven las sensaciones de él, que espierto, aun no sabe sent;r ni pensar? Confesamos que no podemos darnos cuenta de este problema, y que cuando así hemos observado á estas inocentes criaturas en nuestros brazos, nos hemos

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creído rodeados de ángeles ocultos á nuestra percepción, pero perceptibles á la suya. Con ellos comunican cosas de otro mundo mejor, que olvidarán en éste, á medida que huyan los ángeles con la inocencia, la dulzura y la pureza, de aquella alma, que desde temprano sentirá las malas influencias de la parte material á que está unida de por la vida. — ¡Adiós»

Í>obre alma desterrada en esa mísera cárcel— le dirán os ángeles; — y la cara del niño se angustia. — Nos vamos pero no nos olvides; — y el niño gime y se agita. — Sé fiel á nuestro Padre y Criador, y en breve nos reuniremos; — y el niño sé serena. —Y ante su trono cantaremos felices sus alabanzas; — y el niño se sonríe cual el ángel que le consuela.

Pero si no se puede mirar sin enternecimiento al niño desamparado, tampoco se puede mirar sin conmoverse á la mujer, que llena de amor, de abnegación, de paciencia y dulzura, le ampara en su regazo; le alimenta á sus pechos, le guarda con sus vigilias, y le sostiene con sus esmeros. ¡Y podráse concebir, que aquel ente desamparado y débil, que debe el no sucumbir arcada instante, á ese consagrado y vigilante amparo, se hará fuerte é independiente, y pueda llegar á menospreciar y hasta clavar un puñal en ese mismo seno, que le crió y le alimentó con tan sublime ternura! Ingratitud, esterminadora de santos deberes; pernicioso Simoun del corazón; madre é hija á un tiempo del egoísmo y de la soberbia, que cruel abofeteas todo cuanto debías acatar con respeto y cariño, ¡cuan vergonzosamente sueles herir ese noble y amante corazón de madre, del que con la sangre de sus heridas brota el perdón! Porque solo un corazón de madre pudo imitar sin esfuerzo el gran ejemplo dado en la Cruz.

Todo esto, aunque en embrión en su mente, distinto en su corazón, arrasaba de lágrimas los ojos del pobre tio Matías, al observar á Estefanía que, sentada en una silla baja cerca de la puerta, tenia en brazos á una criatura á la cual procuraba dormir. Era una niña

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que habia tenido Estefanía hacia poco tiempo; y no Gabriel que á la sazón contaba cuatro años.

Al lado de Estefanía, en el suelo, estaba una canastilla de costura, en la que se veia la que habia soltado para tomar á su niña. Enfrente de ella, del lado de afuera de la puerta, estaba el tio Matías entretenido en hacer una pitadera de alcacer á Gabriel. Este niño, que sin ser precisamente bonito, era agraciado y precoz, fijaba su inteligente mirada, sin pestañear, en el trabajo del anciano, el que solitario en -la vida, amaba á este niño con ternura, porque el entrañable amor de padre, arrancado por la ingratitud con tanta barbarie, habia dejado raices que retoñaban de por sí en aquel devastado corazón: ambos, abstraído por la faena, callaban.

La escena era doméstica y tranquila, como lo era la vida de los que allí estaban reunidos. Las gallinas, con el bienestar que les producía el calor del sol de Abril, y la reciente comida que les habia distribuido su buena ama, se entregaban al dulce f amiente, habiendo hecho con sus patas hoyos en la tierra, en los que se estiraban y solazaban como odaliscas en sus otomanas. Las que tenian pollos, los cobijaban debajo de sus alas, como debajo de un quitasol de plumas. El gallo, apuesto y grave, custodiaba su familia con ojo vigilante, como prudente, y con erguida cabeza, como guapo. El perro dormía á pierna suelta en el santo suelo, como un soldado en tiempo de paz: la gata se habia colocado sobre la camisa que estaba haciendo Estefanía, resguardando su fino calzado y traje limpio con la conocida pulcritud de su casta, y celebrando con una carrerita (1), señal de paz y bienestar, el que la causaba

(1) Llámase carrerita ó carretilla en Andalucía, al ruido sordo ó murmullo que hacen los gatos para acariciar, ó como signo de que se hallan bien y están contentos.

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la certeza de no ser molestada hasta el próximo Enero por murgas destempladas y trovadores desafinados. Hasta las golondrinas, — arquitectas, que como amigas de las casas pacíficas y felices, acudían allí en gran número — callaban su pico, por traerle ocupado con la mezcla. Así era que solo se oia el ruido que producia la olla al hervir en el hogar, y el que hacían los dientes de un mulo al tomar su pienso en el pesebre, cuando se alzó suave y clara la voz de Estefanía cantando la dulce y triste tonada de la Nana, que muchas personas, así cultas como no cultas, no pueden oir sin que involuntariamente se les llenen los ojos de lágrimas (1).

A los niños que duermen Dios los bendice; ¡Y á las madres que velan, Dios las asiste!

En los brazos te tengo, Y considero, ¡Qué será de tí, hijo, Si yo me muero!

A la ro, ro, le cantaba La Virgen á sus amores; ¡Dulce hijo de mi vida! Perdona á los pecadores.

A la puerta del cielo Venden zapatos.... Para los angelitos Que van descalzos.

(i) Bien sabemos que lo que vamos escribiendo es ridículo, ó cuando menos griego para la mayor parte de geníes; pero escribimos para las que entienden este griego. Por dicha nuestra no faltan.

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Mientras, había concluido el tio Matías la pitadera, y se la habia dado á Gabriel, el que lleno de júbilo corrió hacia su madre pitando, y solo dejando de pitar para repetir en una especie de recitado monótono, pero alegre:

¡Pita, pita, pitadera! Que tu madre está en la era; Cuando se ponga amarilla La matarán en gavilla, La pisarán en la trilla, Y se la comerá la borriquilla; Si no pitas te he de matar Con un cuchillo y una espáa!

— Calla, hijo, le dijo Estefanía. ¿No ves que vas á despertar á tu hermanita?

Efectivamente, la niña despertó, levantó con viveza su preciosa cara, y al ver á su hermano, se echó á reir alegremente.

—¡Qué sueño de avispa tiene este ángel de Dios! dijo su madre sentándola en sus faldas.

La niña estendia sus manecitas hacia Gabriel; éste se acercó, pasó sus brazos al rededor del cuello de la niña, y se puso á besarla.

— ¡Cómo se quieren! dijo el tio Matías contemplándolos con amor; ¡parecen hermanos!

- ¿Acaso no lo son? repuso Estefanía, que estaba casi persuadida de ello.

- Dios te guarde, Estefanía, dijo el tio Bastían al presentarse en la puerta. ¿No está ahí Juan?

— No; pero poco puede tardar, contestó Estefanía: siéntese V. y descanse; que descansar sienta bien, y sabe mejor.

— ¡Si vengo de prisa!.. . que ahí adelante van mis mulos bajo la custodia de Andrés, mi nieto, que tiene nueve años; ¡con que mira que sugeto!— Vaya, prosiguió mirando á los niños, tus muchachos medran que es un primor. ¡Preciosa es mi ahijada! ¡Dios la bendiga! tengo buena mano.

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— Verdad es; pero no rezó V. bien el credo cuando se bautizó, porque no he visto criatura que pegue mas repullos.

— ¡Qué escuajo! mujer; todos los chiquillos pegan repullos. Oye; y desde que tomaste al niño ¿no te ha dado nada D. José I?

— ¡Qué habia de dar! ¡Dar! los buenos dias ¡si

acaso!

— ¡Habráse miserable mas sin vergüenza.

— Nuestros trabajillos hemos pasado. Pero hoy por hoy, ¡bendito Dios! no lo necesitamos: ¡desde que neredamos de mi tio la haza de tierra aquí, y la casa en Aracena, estamos, bendito Dios, tan descansados!

— Eso no es cuenta de aquel mal patrón araña, que embarcaba la gente y se quedaba en tierra. Vaya, ahí viene Juan, me alegro de verle antes de irme. '

Después de haberse saludado, dijo el tio Bastían:

— Juan, ¡dichoso tú, que tienes tu haza realenga! No me sucede á mí así: que ahora tengo que rascarme el bolsillo, si no me he de quedar sin ella.

— ¿Cómo es eso, tio Bastían?

Previene mi haza de una dehesilla de mal terruño y se halla al pié del cerro de la villa, que pertenecía á los frailes y al marqués del Zabuco. En vista de la proximidad al pueblo, se la pidieron allá en tiempos remotos, los pobres, y se la concedieron, tanto el marqués como los fraiíes: fué pues repartida en suertes, y gravada cada cual con un tributillo corlo. Empezaron los pobres á desmontarla y á meterla en labor; y pasaron años y mas años, y en su vida de Dios pudieron pagar los pobres su tributo. Pero ni los marqueses ni los frailes los apremiaron nunca jamás, porque bien veian que los desdichados no podían pagar; y por aquel entonces, Juan, habia caridad en el munáo (1).

Mas cuando vino la nueva ley, á los pobres les qui-

(1) Histórico.

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taron sus bienes, y los vendieron poco menos que por nada. D. José I, ese maldito perro de presa, que no hay hueso en que no clave el diente, compró lo de los frailes; y como por esa nueva ley, que tampoco quiere mayorazgos, estos se reparten, tocóle el caudal de Aracena á un pan-perdido, con quien se habia casado una hija del marqués, el que ha hecho de la herencia trizas y gabanes, y D. José compró lo que aquí tenia, por un pedazo de pan. Ahora ese pirata, sin progimidad y sin conciencia, les pide á los infelices, no solo censos corrientes, sino los atrasados que tocaba pagar ásus padres y abuelos; porque dice ese retejudío que la posesión responde. Juan, parte el corazón de ver lo desesperados que están todos esos infelices, llorando por su cara abajo, por los padres y por el marqués. Casi todos han hecho renuncia dé la posesión; esa posesión en que ellos, sus padres y sus abuelos echaron toda su sangre y su calor en desmontar y beneficiar la tierra que nada valia. ¡Vamos, si eso clama al cielo! ¡Ahí se encuentra ese caribe, ese ladrón de D. José, con su mayorazgo esprimido de la sangre de los pobres! ¡Habrá picaro! ¡Si las maldiciones secaran, habia de estar mas seco que un esparto! — ¡Para eso que ha ido á Madrid, y ha vuelto!.., — ¿lo podrás creer, Juan?-- ¡ha vuelto con una cruz!...

— ¿Y cómo se ha merecido ese perdulario una venera? preguntó Juan Martin asombrado.

— ¡Toma! esa pregunta te la contestará Miguel Cañas, que ha servido, ha visto mundo, y es un coplero de los recios, que le ha sacado de su metro un trovo ala venera de I). José, muy bien enversado, que principia asina:

Cuando á oscuras andaban las naciones, Colgábanse á las cruces los ladrones; Desde que se encendieron tantas luces, A los ladrones cuélganse las cruces. (1)

(1) Todo es histórico y real, menos el nombre del pueblo.

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— Verdad es, repuso Juan riéndose, que á otros con menos motivo se les ha apretado la garganta. Pues ¿y los cuadros del convento que tiene en su casa? ¿Y las alhajas de la Virgen, que á la vista de todos se pone su mujer? Hay un refrán mas viejo que el mundo, que pega ahora á D. José como dos velas á un altar: «La cruz en el pecho, y el diablo en los hechos,» lio Bastían.

— MireV., prosiguió el arriero, ¡loque ha hecho ese sin-entrañas con la herencia de su suegro! Entre él y el escribano han cargado con todo, y al pobre del cunado, ese gilario simplón le dejaron como su madre le parió (1).

— ¿Pues qué, siendo su padre de los ricos del pueblo, nada le quedó al infeliz? preguntó compadecida Estefanía.

— Un peso diario, contestó el tio Bastían.

— Vaya, repuso Estefanía; pues con eso puede vivir descansado.

— ¡Si lo dice porque era jorobado!... dijo riéndose Juan Martin.

— Así sucedió, prosiguió el arriero, que estando ya en las últimas, mandó que le trajesen allí á su cuñado y al escribano, y cuando llegaron, los hizo sentar á cada uno á una de las cabeceras de su cama, y no les dijo nada. Viendo que seguía callado, le preguntó D. José, ¿que con qué fin les habia llamado y hecho sentar á cada lado de su cabecera?— Porque he querido morir como el Señor, entre dos ladrones, contestó el cuñado.

— ¡Juan, hasta mas ver; Estefanía, adiós; üo Ma—

(1) Hilar, ó mas bien gilar (que así se pronuncia aspirando la h) significa en Andalucía en lenguaje familiar,, hacer ó decir tonterías; y así se dice: «fulano está gilando,» y sus derivados <tes un gílon, es un gilario.»

(N. del £,) ¡8

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tías, salud!— Y el ágil anciano se alejó á pasos precipitados.

CAPITULO IV.

Muchos años pasaron. Los habitantes de la aldea de Yaldeflores no Jos contaban. Pero á nosotros nos precisa hacerlo: habian corrido ó volado suavemente diez y siete.

— Gabriel era á la sazón un hombre. Su figura no llamaba la atención, pero en la espresion de su rostro habia una fuerza serena, una decisión tranquila, y una dignidad bondadosa, que á un tiempo atraian el cariño y el interés, y paraban las demasías y la burla. Así era que, desde su primera juventud, habia acallado las chanzas impertinentes y humillantes que sobre su nacimiento se habian permitido sus compañeros de juegos, con esa inconcebible crueldad de la niñez, que probaria que ese instinto feroz, la crueldad, es natural al hombre, y por lo tanto debe ser tan necesario como obligatorio en los padres combatirlo, desde que asoma la razón en sus hijos.

El epiteto de cimero, que en su niñez habia oido Gabriel aplicarle, habia marchitado aquella alma elevada y noble naturaleza, que se habian desarrollado bajo el influjo de las severas é inflexibles leyes, que sobre la honra tiene el pueblo de España; leyes formadas de .mancomún por sus sentimientos religiosos é inspiraciones caballerescas. El influjo de estas leyes debia de ser tanto mas fuerte y marcado en Gabriel, cuanta que habia sido criado por Juan Martin, que era el mas perfecto tipo de los hombres honrados y altivos, que no saben transigir en tales materias.

Habíase por la tanto ingertado en el carácter de Gabriel un tinte de tristeza, que le habia hecho concentrado y reflexivo, Pero estas mismas reflexiones, uni-

MAS HONOR QUE HONORES. 115

das al temple delicado y vigoroso de su alma, habían hecho que se apagase con toda ella á la escelente familia, que por caridad y amor le daban, á manos y corazón llenos, lo que los padres que le habian engendrado le negaron. Era tal el respeto que sentia por el honrado Juan Martin; tal el cariño que profesaba á la angelical mujer que le habia criado á sus pechos, que habría querido levantar al uno un altar, y colocar á la otra en un relicario sobre su corazón. Solo un sentimiento habia en aquella alma, que pudiese competir en tierno y profundo, con los que por sus padres adoptivos sentia; y era su entrañable amor por Ana, la preciosa, la suave, la amante hija de Estefanía, que era en todo un traslado de su madre. Esta, por su parte, amaba á Gabriel con todo el abandono y ternura propias de su selecta naturaleza femenina. '

Juan Martin y Estefanía habian dado cima á las pruebas de amor que prodigaban á Gabriel, vendiendo la casa que habian heredado en el pueblo, para librarle de ser soldado. Ahora solo les quedábala haza, en la que trabajaba Gabriel con tal afán y constancia, cuai si desease pagar con el sudor de su frente los sacrificios de que era objeto.

Estefanía, cuya tranquila existencia y cuyo bondadoso carácter^ la sustraían á fuertes emociones y agitadas inquietudes, conservaba su belleza: la espresion plácida, dulce y candida de su rostro, reemplazaba con ventaja ía frescura de los primeros años. Juan Martin era de aquellos hombres sostenidos y formales, que entran temprano en la buena senda, adelantan en ella, y no la abandonan jamás. Al tío Matías no se le conocían mayormente los años que habían pasado, por causa de lo que se habian anticipado en estampar en él el sello de la vejez, sus pasados dolores y miserias.

El pobre perro es el que habia muerto de viejo, muy llorado por Gabriel y Ana, que le enterraron. Pero la gata vivía, conservando en su avanzada edad pretensiones de joven y de buena moza, autorizada á

116 BIBLIOTECA DE LA ILUSTRACIÓN POPULAR.

ello lá Sara-gata, por dar todos los años á luz un vastago de su perseguida raza.

Así se deslizaba tranquila y sin sentir la vida de aquellos entes buenos y felices. No obstante, había algunos dias en que la suave armonía y la apacible calma que reinaba en aquella morada, habia sido turbada en el ánimo de Estefanía. Era el caso, que su cuñada María Josefa, que pertenecía á la gran falange de los Métome en todo, á la no menos numerosa de los Yo me lo sé, y al gremio de consejeros intrusos, habia asegurado á Estefanía que Ana y Gabriel se querían; que el principio de ese noviaje se perdia de vista, y que su fin á la misma estaba.

— Y bien, — dijo la buena Estefanía, — ¿qué mal habría en eso?

María Josefa la miró asombrada, y repuso:

— Oye, Estefanía, ¿tú estás tonta, ó te estás burlando? ¿O será, mujer, que no tengas vergüenza en la cara? ¡Ya, ya, es bonito Juan Martin para dejar casar á su hija con un cunero! ¡Yamos! ¡Si tú te vas haciendo de las que echó Santa Ana del carro abajo!..

— Pero, María Josefa, repuso Estefanía; Gabriel que es tan bueno, que es un trabajador de los de punta, que mantuvo solo la casa cuando mi Juan tuvo el tabardillo, ¿le habíamos de repeler, ni hacer un feo? Eso seria una mala partida.

— Me voy por no oirte, esclamó impaciente María Josefa. Pues qué, ¿no habéis hecho bastante por él? Lo que hace él, no es mas que su obligación, Pero... ¡gracia fuera! Pero tú, Estefanía, eres como la tia Siníbrosa, que de puro buena no servia para maldita la cosa.

La pobre madre habia quedado tan triste y tan desazonada después de esta entrevista, que pasaba muchas noches sin dormir, y rogando á Dios con toda su alma trajese las cosas á buen fin; conociendo que ella por su parte no podia hacer otra cosa que esto. A su marido nada quiso decirle: su genio suave, tolerante y tímido, le hacia preferir el acaso á la iniciativa.

MAS HONOR QUE HONORES. 117

Era víspera de San Juan, cuando por la mañana entró el tio Bastían en casa de Estefanía que estaba sola.

— ¡Dios te bendiga hija! dijo al entrar.

— 1T á V. también tio Bastían. ¿Cómo le vá á V?

— He estado con un dolor en este brazo, primo hermano del que tuve antaño en esta pierna. Este reloj me ha quedado de cuando las cuartanas; correitos son de la cierta, pero venga cuando le dé gana, que yo no la temo con un padre á la cabecera. Mas en fin, á la presente, estoy tan crespo. ¿Y la niña?

— Ha ido con las demás muchachas de la aldea á cojer flores al campo.

En la sierra de Aracena van las jóvenes la víspera de San Juan a cojer flores al campo; las cuecen, y con ese cocimiento se lavan, no para estar bonitas, sino para estar sanas todo el año* Si en esta graciosa preocupación tradicional del pueblo, hay en buscar las muchachas la salud en las flores, menos gracia y coquetería que en buscar en ellas la hermosura, hay incontestablemente mas inocencia y buen sentido, que son muy preferibles.

— ¿Y Juan Martin? tornó á preguntar el arriero.

— En la haza con Gabriel.

— Lo que traigo que decir, dijo el tio Bastian, quería decirlo á los dos. Pero como me voy haciendo cada dia mas viejo, y no me sucede como al pan, — que mientras mas viejo mas duro, — no puedo andar tan á estricotecomo denantes. Así, como no quiero hacer dos veces la caminata, te lo diré á tí para que se lo digas a él. Mi venida ha sido solo?/ resolutamente, para pediros para mi nieto Andrés á vuestra hija Ana. Mi Andrés es un muchacho de los mejores; ya lo saieis. Está en su casa descansadito; no tiene qiie servirá amo, ni estar atenido á un jornal. Cuando yo estire las patas, — que ya se me van poniendo tiesas* — lo mió ha de ser para él. Con que es mi Andrés un novio pintiparado: y yo vengo á pedir su novia con mucho gusto mió, por ser

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hija tuya, Estefanía, que siempre se ha dicho: «Escoje la tela por la trama, y la hija por la madre.»

Al oir al tío Bastían, Estefanía se quedó sobresaltada, tal como el marino á quien el barómetro ha anunciado la tormenta, al verla surgir en el horizonte. Se aturrulló, y solo pudo contestar:

— Pero tio Bastían, ¿V. sabe si los muchachos se quieren?

— ¿Pues no te he dicho que si vengo, es porque Andrés mismo me lo h&indilgado?

— Pero.... ¿y Ana?

— Cuando el otro me pone en camino á pedirla, sabrá que puedo hacerlo sin miedo de un nó.

— ¡ Ay, tio Bastían! me temo que lo lleve.

— ¡Píies qué! ¿Está Ana enamorada?

— Sospecho que sea así; no tengo fijeza; pero tengo unas vísperas (1\ que mas de cuatro noches me han puesto tranquillas en los ojos.

— Pero,... ¿de quién?

— Me creo que sea de Gabriel.

— ¡María Santísima! ¿de un cunero?

— Si le quiere, tio Bastían, ¿qué le importa que lo sea? ¿Acaso no habria yo querido á mi Juan si lo hubiese sido?

— Y tu padre no te hubiera dejado casar, para que no tuvieses hijo sin abuelo, y lo mismo hará Juan Martin, ¿estás?

— ¡Esa es mi pena! esclamó la buena y cariñosa madre de ambos.

— ¡Tu pena!.... dijo con impaciencia el tio Bastían»

— Pero.... señor ¿quiere V. que vea llorar á mis hijos, y no llore con ellos? ¡Un muchacho como Gabriel, que no le hay en el mundo!

—En cuanto á eso, no hay que decir, repuso el ar-

(1) Tener vísperas, es como estar abispado, tener anuncios ¿ sospechas de alguna cosa.

MAS HONOR QUE HONORES. 119

xiero, Gabriel no es ningún Viva la Virgen (1); es uit muchacho sentado y cabal y bien guiado por Juan. Tiene esas voces (2). Así, para todo será bueno menos para marido de tu hija, mujer; que en tratándose de emparentar, lo que se mira es la sangre, y la sangre no basta que sea buena, es preciso que sea limpia. Eso ya te lo dirá Juan que tiene punto.

Pero VV. las mujeres, ¡por vida del demonio malo! no tienen el punto sino en las calcetas. Mire V. que apadrinar esos amores.... eso no lo hace sino tú, que «res capaz de dejar que te coman el trigo, por no decirle ¡ose! á las gallinas.

— Tio Bastían, yo no he apadrinado nada....

Estefanía calló, porque en este instante apareció en la puerta Ana, recogido con una mano el delantal que lleno de flores traia. Nada mas lindo podia verse. La naturaleza habia derramado á manos llenas sus perfecciones sobre aquella sencilla aldeana; y no se sabia qué admirar mas, si su elegante talle, si sus finas y

Serfectas perfecciones, ó si la gracia infantil y moesta, que acompañaba á cada uno de sus movimientos.

La incomodidad del tio Bastian se disipó al ver aquella linda aparición, como la niebla al aparecer el sol.

—¡Hola! dijo al acercarse Ana; ¡vaya que no es Paterna mal lugarejo! ¡Canario! que si como tengo tres duros y medio (3) tuviese uno, no se habia de llevar este esportón de rosas, sino el hijo de mi padre. Tienes aire de Princesa, Cintura de catalana,

(1 ) Ser un Yiva-la-Yírgen es un hombre amigo de <Ü~- vertirse, al que no se le dá cuidado de nada.

(2) Esa fama.

(3) Setenta años. Sabido es que así los cuenta, porlat moneda, la gente del pueblo.

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El andar de aragonesa.... Y la cara de serrana.

—¡Vaya! ¿se está V. burlando de esta pobre aldeana? dijo sonriéndose Ana.

— ¡Sí, aldeana! aldeana es la gallina y la come ei de Sevilla. Y sábete, que no soy yo el solo á quien no

Sarece esa persanita costal de paja; pues que ne venio á pedirte: y el que me envia es un buen novio; de los pocos, completo. Es un hombre como son los hombres; fornido como un canto, alto como una torre, con fuerzas para dar y que le quede. Lo que es bonito de cara no es, pero.... ¿qué le hace? ¡El buey y el hombre.... que asombre!

La pobre Ana al oir aquellas palabras, habia perdido los bellos colores, en gue al entrar competía su rostro con las rosas que traia. La dulce sonrisa habia huido de sus labios, como habían huido las mariposas de las flores; y sus hermosos ojos miraban con angustia á su madre.

— Tío Bastían, dijo ésta: lo que V. está haciendo, no está en uso, ni es regular. A las mocitas no se les sacan los colores á la cara tratando de boda con ellas: «so se hace con los padres no mas. ¿No vé V. que la está mortificando?

— ¡Oiga! ¿Con que se les mortifica á las mocitas cuando se les brinda un novio? Vaya, Estefanía, que vas para vieja, y te se han olvidado tus quince. Con que.... vamos al caso, Ana, — prosiguió el anciano sin dejarse intimidar, — ¿tú quieres á mi Andrés, que es de buena procedencia y de buen tronco; que te na de dar mas estimación que una encomienda, y que te ha de tener en tu casa mas descansada que Santa en nicho?

Ana bajó sus ojos, que se iban llenando de lágrimas.

— Tio Bastían, ¿á qué la tiene V. como á San Lorenzo, sobre brazas? ¿No está V. viendo claro que na quiere? dijo la buena madre acudiendo al socorro de: su hija*

MAS HONOR QUE HONORES. 121

— Mujer, repuso el arriero, ¿quieres dejar á cada cual que maneje sus negocios como Dios le dé á entender? Antes de decirle á mi nieto: Perdona por Bios% quiero procurar el poder decirle: Tome V., hermano. — Ana, ¿qué me dices?

Ana permaneció callada, inerte, sin resistencia ni

3ueja, como las suaves y frescas hijas de Abril en su elantal.

— No pensara — dijo entonces el arriero con la aspereza masculina, y con el coraje que, como abuelo de Andrés y amigo de Juan Martin, se apoderó de él, — que una hija de buenos padres, criada con punto y recato, diera á sus padres, bien nacidos, la pesadumbre de verla despreciar á uno de los muchachos principalitos del pueblo, y la afrenta de quererse casar con un cunero. Esto es, casquivana, no tener vergüenza en cara.

Al oir estas acerbas y duras razones, Ana, — gue habiendo sido siempre una criatura suave, dócil y bien inclinada, y que teniendo una madre (jue era una malva, y un padre bondadoso, no habia oído nunca una palabra áspera ni una reconvención, -se sintió tan cruelmente herida y avergonzada, que soltó el delantal para taparse con ambas manos la cara, y cayó sollozando sobre una silla, rodeada de las flores, que cayeron también, como heridas por el misma dolor de ella.

— ¡Tío Bastían! ¡tio Bastían! — esclamó Estefanía corriendo hacia su hija, cuya cabeza rodeó de sus bra^ zos—¿qué derecho tiene V. para reconvenir ala hija de mis entrañas y partirle el corazón? ¿Es eso razón? ¿es eso partida de amigo? ¡Decir al alma mia que na tiene vergüenza! ¡Y eso.... porque no se quiere casar con su nieto de V!.... ¡Menos vergüenza y menos conciencia habría en casarse con él, porque tiene un pasar, sin quererle; dejando á otro á quien quiere, por- ?[ue es un infeliz! ¡Ana, mi vida, mi corazón, na lores.... no llores, no!

La buena Estefanía mezclaba sus lágrimas coa las

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de su hija, que había escondido la cabeza en el seno * de su madre.

El tio Bastían que tenia un hermoso corazón, y quería con estremo á la madre y á la hija, se quedó cortado, pesaroso, contrito al ver el efecto que habia causado su ruda y brusca salida en la delicada índole femenina; y así se apresuró á decir confuso y arrepentido:

— ¡Vaya, no llores niña! ¡Por mor (1) de María Santísima, no llores! lo que dije fué un decir. Esto es, que está á cargo de la lengua y no de la voluntad: así no me lo tomes á censo. Haz' Ao que te dé gana, y hazte los cargos que no he dicho náa. Así como así, mujer, no puedo negar que mi Andrés es bastante montuno; que tiene mas cabeza que un apóstol, y en ella falta de meollo. Y á la vista está; porque si ese bárbaro no estaba convenido contigo, ¿á qué me manda á mí por lana, para volver trasquilado? Así... haces bien en decirle al rudo ese, que pase de largo. ¡No llores, ea! Ya esto se acabó. ¿Qué mas quieres que haga? ¿quieres que le hable á tu padre para que te deje casar con Gabriel, que es un muchacho de punta? ¡Eso no hay que decir, donde él llegue, llegarán otros: mas allá, ninguno!

Pues mira; por estas que me afeito, — prosiguió ei arriero tocándose la barba,— que quien le vá á hablar á tu padre para que os caséis, soy yo, con esta boca, á quien Dios quitó las herramientas, pero á la que le ha quedado la predicadora espedita. Ea, ea; Ana, Estefanía, hagamos las paces; y vayase el demonio al infierno. Vamos, ahijada, levanta ese palmito, que en buenas manos queda tu negocio; pues si el tio Bastían no hace entrar á tu padre por el aro, no lo logra ni el Preste Juan de las Indias. Quien lo pagará todo es ese retrebuto de Andrés; además de las calabazas,

<i) Por mor, por amor, por causa de....

MAS HONOR QUE HONORES. 12 3

esa verde España, para que se refresque, ha de llevar para el pelo (1), para que se acuerde.

CAPITULO V,

El tio Bastían, con el celo de los arrepentidos, apenas vio llegar á Juan Martin, se preparó á cumplir lo prometido. Estefanía se habia llevado á su acongojada hija al dormitorio; Gabriel fué á cuidar de ías muías. Así Juan Martin y el arriero quedaron solos, entablándose desde luego entre ellos el siguiente coloquio:

— Juan, ¿no te parece que harías bien en casar á tus muchachos?

—¿Qué está V. diciendo, tio Bastian?

— Lo dicho.

— Si de sobra sabe V. que no puede ser, ¿á que me viene V. con esa salida de pié de banco?

—Pero.... ¿por qué no quieres? Las cosas.... claras como la luz del dia. ¿Tú tienes otra cosa que oponer á Gabriel, que es una prenda, sino que es inclusero?

— ¡Como quien no dice nada!

— Por lo visto.... como tú eres un usía muy considerable.... buscas un yerno que tenga la sangre muy calificada; quieres un Don Don. Pues mira, hijo, en los tiempos que corren, en teniendo uno camisa limpia y viente reales en la faltriquera, se tiene un Don como una casa: traslado á D. José I. Hoy por hoy andan los diferios (2) tirados y puestos en rifa. Una Excelencia

(1) Llevar para el pelo, significa un sosquín en la nuca? por llevar antiguamente los hombres el pelo largo, hecho trenza y recogido con una cinta en forma de coleta.

(2) Diferios, dicterios. Está usado por dictados, ó trata-*:, mientos.

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vale dos cuartos; un Usía dos maravedises. No hay mas diterio legitimo que el de Tio, porque ese ni se otorga ni se compra, sino que lo dan las canas.

— Tio Bastian, no se ande V. por las ramas, á la raiz. De sobra sabe V. que Juan Martin no es un necio, y que está en que zapato de vaca no gasta listón. Pero también sabe V. que ha heredado buena sangre, y que no quiere chacalacas en ella, ni tilde en su estirpe. ¥ por mas que se eche V. fuera de la derechura, no me ha de negar en mis barbas que tengo razón.

— ¡Toma! razón la tiene todo el mundo: es lo mas cuotidiano que hay, y anda tirada por el suelo. Pero lo que te digo, Juan, es que Gabriel es completo; y que otro yerno mas aparente no has de hallar.

— Tio Bastian, para emparentar no se mira solo á la rama; se mira al tronco.

— Vamos, hombre, déjate de troncos; que los muchachos están encariñados, ¿y eso ya quién lo remedia?

— ¿Está Y. soñando despierto? ;qué habían de estar?

— Te digo que sí, y ya yes que lo que vas á hacer si te empestillas en no dejarlos casar, es hacerlos á ellos desdichaoSy ó empujarlos á que te desobedezcan.

— ¿Usted sabe lo que está diciendo, tio Bastian? NI Gabriel ni Ana dejarán nunca de acatar la patria potestad, ni saldrán de su crianza, que es «que á Dios en el cielo, al Rey en la tierra y al padre en su casa, todos los acatan.»

— Hombre, eso es un puro ispotismo, que no está en uso en el siglo civilizado, dijo el viejo marrullero»

— Déjeme V. de razones curruscantes, tio Bastian, repuso Juan Martin. A D. José I con eso, que entiende esa parla.

— Hombre, Juan.... mira que si te aferras en no querer, como que Gabriel es tan bien quisto, te lo van á motejar; y has de estar como el conejo, al que todos le tiran.

MAS HONOR QUE HONORES. 125

— Tio Bastían, al que ara derecho, nadie le echa el arado atrás; y con mis huesos no ha andado nunca nadie, ni andará, sino el sepulturero después de muerto yo. ¿Está V?

— ¡Cascaritas! ¡Juan! que estás con tu limpieza de sangre y con tu fama mas remontado que los castillejos (1). ¿Quién ha de saber andando el tiempo si conoció ó nó á su padre el abuelo de tus biznietos?

— Papeles cantan. — Sin fé de bautismo, ¿qué es un hombre? ¿me querrá V. decir?— De peor condición que los animales de buena casta, que llevan en el hierro su procedencia.

— Con qué.... hombre de Dios ¿te encalabrinas en hacer desgraciados á esos dos muchachos? Mira, Juan, que el que quiere caballo sin tacha, ese anda á pata.

— He dicho á V. que no quiero calañas ni manchas en la sangre, que limpia me dieron mis padres; ni quiero ponerle rótulo.

— ¿Con qué no he dicho nada? ¿y eres tú como mi montera, que mientra mas paño le echaba, mas chica era? Tú no sueles tener esas terriblezas, Juan. Anda, hombre, avente al gusto de todos y á la razón, y di que sí.

— Tio Bastían, — dijo en voz grave y decidida Juan, — ni Jesús pasó de la cruz, ni yo de aquí.

— Pues con Dios, Juan. Vaya, — dijo levantándose con impaciencia el arriero, -que estás con mas fueros que un Grande, y con mas prosopopeya que un Marqués. Me dejais ir con las orejas hechas tejas; tienes palabra de Rey, y te crees que no puede marrar, como el Santo Padre,' y no eres ni Rey ni Papa, sino un testarudo, cortado por la misma tijera que mi mulo Zancarrón.

El arriero se fué en seguida en busca de Estefanía, ala que dijo:

— Ni en París de Francia que le mandase á hacer f

(1) Las estrellas.

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sacaban un padrino de casamiento mas aparente ni mas lucido que yo. Me voy con las alforjas llenas de nóes. Ana, tu padre estarnas retumbante que un tiro, y mas sin apelación que un consejo de guerra. Y eso que ni Daoiz y Velarde armaron mas baterías que yo; pero Juan Martin en diciendo una cosa, echa raices. Y.... si al fin y la postre lleva razón.... ¿qué haces? Agachar las orejas, y santas pascuas! Por mí.... me voy como se fué Barrido, desairado y deslucido.

Ana se echó á llorar.

—¡Cómo ha de ser, hija! le dijo el tio Bastían. Nunca vienen las cosas como á nosotros nos parece que deberían venir: las cosas están en este mundo coma cuernos en un costal; todos de punta.

Bien notó Gabriel que Ana había llorado.

Era esto un acontecimiento tan nuevo y estraño en la tranquila y pacífica existencia de aquella familia, que sintió su corazón oprimirse por un angustioso presentimiento. No obstante, cuando recojida la casa, se deslizó silencioso y sin ser sentido, para hablar por la ventana con su querida, ésta, con la delicadeza del amor,— que siente mas los golpes que recibe el corazón de la persona á quien am>«, que los que recibe el suyo propio,— nada de lo ocurrido respecto á él le dijo; y encubrió sus lágrimas y abatimiento con la petición que habia hecho el tio Bastían, la que debiendo ser de gusto de sus padres, no podría menos de traerle sinsabores.

— Tus padres querrán que tú te cases con Andrés, — dijo Gabriel.

— Y yo no querré; y ellos lo sentirán. Hé ahí mi pena, contestó ella.

— ¡Y conmigo no te han de dejar casar!

— Caso que eso fuese, aguardaríamos.

—¿Y qué conseguiríamos con eso? dijo desconsolado Gabriel.

— No separarnos, respondió Ana.

— ¿Y he de ser yo la cruz en que enclaves tu vida, y padezcas?

MAS HONOR QUE HONORES. 127

—Padecer por amor no es padecer, Gabriel.

— ¡Pobre Ana mia!

— No es pobre la flor, si no se la aparta del sol que le dá vida.

— Ana, y si hacen por alejarte de este pobre, forastero y estraño en todas partes, ¿lo conseguirán al fin 6 me serás constante?

— Lo seré mientras lo seas tú; y cuando tú no lo seas, seguiré yo siéndolo. El quererte es mi corriente^ ¿y no has visto á los arroyos seguir la suya, ó entre la hojarasca, ó á la faz del sol? ¿rotroceden nunca? — Y tú, Gabriel.... ¿será firme tu querer?

— Ana, la mar tiene sus mareas; la luna sus menguantes; el viento sus mudanzas. Pero bien sabes que el amor mió es profundo como el mar, pero sin sus mareas; triste y alto como la luna, pero sin sus menguantes; puro y perseverante como el viento, pero sin sus mudanzas.

Lo ocurrido desazonó hondamente á Gabriel, y le hizo reflexionar sobre su posición, circustancias y deberes. Nunca en sus amores con Ana, — amores que habian precedido en ambos á la reflexión, — se le había presentado la aterradora idea de que un pobre cunero ni podia ni debia ofrecerse por yerno á los padres de Ana. Un agudo remordimiento penetró en su alma al considerar cuan imprudentemente habia unido la suerte de Ana á la suya, con ese amor retenido, pero profundo y esclusivo, que llena toda la juventud de la gente de campo: existencias que son en esta bella época de la vida, harto mas sentidas, poéticas y llenas, — aunque á veces se entreteja en ellas la miseria,— que lo son las existencias de la juventud en los cultos y corrompidos centros de población y en una esfera superior. En estos suele el joven empezar por constituir el amor en vicio, ahuyentando así ese estético y dulce sentimiento de su corazón. Por lo cual se burla de él después si es puro, y acaba por convertirle en una especulación, segregando del matrimonio al amor, hermoso Cirineo que concedió la Providencia á

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la pesada cruz del renovador de las generaciones. Así, pues, cuando le usurpan en el corazón del hombre su puesto el degradante vicio, el miserable escepticismo y la espantosa codicia, huye el amor si es que noquera preso y aislado en el corazón de alguna infeliz víctima de los antedichos vicios.

El resultado de las penosas reflexiones de Gabriel, fué el deseo de averiguar su origen, y sabiendo que solo D. José Sánchez era el que podia ilustrarle en este asunto, determinó ir á hablarle personalmente para ver si él, siendo el interesado, podria inspirar mas interés y merecer mas confianza á aquel duro é indiferente arbitro de su suerte, que los que lo habian intentado anteriormente.

Al domingo siguiente, pues, se vistió su mejor ropa, y marchó á Aracena.

Pero antes de introducir á Gabriel con la persona que tan ansioso iba á buscar, es preciso dar alguna idea de ella. Personas ó entes por su estilo abundan tanto hoy en España, que nada diremos que no sepa el lector. ¿Pero qué hay de nuevo en el mundo? En el mundo material la aplicación del vapor; en lo moral, ¿no vemos acaso siempre y en todas cosas los mismos frailes con otros hábitos, y que todo gira siempre en el mismo círculo vicioso?

Don José Sánchez, — cuya poco interesante biografía nos ha contado el tio Bastian, — era un hombre vulgar, física y moralmente. Pertenecía á la abundante clase que llamaremos murciélagos, esto es, unos seres feísimos, que no son pájaros porque no tienen plumas, ni cuadrúpedos porque desdeñan pisar la santa tierra — en que se eraron ratones, — porque se han agenciado unas alas con las que no saben elevarse. Así es que vuelan torpemente entre el dia y la noche, entre dos esferas, la aérea y la terrestre. Pertenecen á la conocida especie de aquellos mamíferos, que según afirman los que han visitado ciertos distritos de la América, absorben la sangre á los infelices á quienes hallan dormidos, mientras los abanican suavemente

MAS HONOR QUE HONORES. 129

con sus alas, para que no despierten hasta que ellos coucluyan de saciarse. Lo único en que se diferencian estas dos castas de murciélagos, la humana y la animal, es que la última, mas advertida, conociendo que no sabe cantar, no lo intenta; mientras la otra lo ensaya con la mas estrepitosa osadía. Sus discordantes graznidos se oyen desde los mas elevados y públicos parajes, hasta los mas bajos y oscuros. No faltan alguno que otro ganso, pato ó pavo que se estasiaa al oírlos; pero los pájaros huyen de ellos á altas esferas.

Don José Sánchez era el mas ramatado tipo de la especie. Su estructura era cuadrada y tosca; tenia los pies y las espaldas tan anchos, que hacían aparecer á su dueño apto y preparado para recibir un fardo, coma lo está un pedestal para recibir una estatua. Tenia ia cara ancha, basta, morena y sin sonrisas, como esculpida de piedra tosca y sin pulir. Su pelo espeso y cortado muy corto, era entrecano y se mantenía derecho como las crines de un cepillo de limpia botas. Tenia las cejas tan largas y pobladas, que parecían cejas postizas de Carnaval,'' y escondidos detrás de eílas unos ojos sin brillo ni espresion, que no lanzaban por cierto las famosas miradas penetrantes tomo dardos, de que nosotros los novelistas tenemos un gran repuesta para obsequiar con ellas á nuestros héroes, lo mismo á Agamenón el grande que á Agamenón el chiquitito. Las miradas de D. José eran duras, cuando las queria hacer arrogantes; escudriñadoras, cuando las queria hacer penetrantes, y con sus superiores eran tímidas, cuando las queria hacer amables.

Don José,— que no tenia siquiera el nervio que necesita el orgullo para ostentarse,— lucia el suyo en groserías espotáneas y en durezas premeditadas'. Conociendo cuanto le faltaba para estar á la altura de otras notabilidades murciélagos mas civilizadas, que sabían cojer la cuchara y el tenedor, y dejar pasar en su casa las visitas primero al entrar en una habita— «ion, era delante de éstas humilde, y envolvíase este Júpiter en las nubes de la modestia, y casi tomaba el

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aire, la voz, la mirada y la aptitud de un pordiosero* Pero se desquitaba de este eclipse de su preponderancia, y de esta sordina puesta á su hablar recio y decidido con sus inferiores, á los que trataba con una altanería tan irritante, y con un menosprecio tan cruel, como jamás los ha conocido el pueblo en España hasta la era presente; por lo cual repite llorando: ¡no hay peor cuña que la de la misma madera!

CAPITULO VL

Pon José estaba en su despacho, al que encaminaron á Gabriel que preguntó por el amo. Cuando entró, vio cerca de la puerta aun infeliz hortolano viejo, que estaba diciendo al Nabab lugareño:

— Señor Alcalde, yo y los demás que tenemos las huertas al rededor de aquel cielo de agua de Vallellano, nos vemos perdidos.

— ¿Qué embeleco es ese? ¿Y qué, puedo yo remediarlo? respondió el Bondo Caní.

— Señor, como lindan las huertas con la dehesa de Propios, que antes era bien común, y que ahora ha dispuesto su mercé que se arriende, y la tiene tomada su hijo de V., y los demás señoritos del pueblo para cazar la han acotado, y ni aportan por allá, ni dejan á alma viviente tirar en ella un tiro, se ha encastado de tal suerte de conejos, que se comen cuanto sembramos, lo que nos tiene á todos perdidos y desesperados.

— Acabe Y. pronto: ¿qué es lo que quiere? Al grano.

—Señor, ¿es regular que después de echar en la tierra nuestro trabajo, nuestro sudor, nuestra sangre, no sirva mas que para engordarles los conejos á los señoritos? ¿Es razón que perezcan tantos infelices con mujer é hijos, para que se diviertan los que han arrendado esos bienes de Propios, que son de todos lo»

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vecinos? Disponga su mercé, por María Santísima, señor Alcalde, que los señoritos cacen ó dejen cazar.

— ¡Pues eso faltaba! contestó con altivez D. José. Si os incomodan los conejos, añadió volviendo las espaldas al infeliz, ponerles bozales.

El pobre hortolano salió desesperado y esclamando:

— Cuando esa dehesa era baldía, era una bendición para el pueblo; ahora que la han acotado, es su perdición.

D. José, que acababa de arrendar el ramo de aguardiente, estaba muy embebido en sus cálculos, y se habia vuelto á sentar en su mesa de escribir, hábia cogido la pluma, y hacia cuentas sin notar la presencia de Gaí>riel.

— Señor D. José, dijo éste.

—¡Otra te pego! esclamó sin levantar la cabeza la digna autoridad. ¡Lijero!... que no tengo tiempo que perder. Pero para que no lo pierdas tú, te advierto, por si no lo sabes, que no presto y que no recibo, ni nago empeños. Ahora, al caso.

Gabriel tenia esa índole e-pañola fuerte y digna, á la cual no intimida la impertinencia, y ese mismo entendimiento indígena, claro y perspicaz, que no perturban ni embrollan razones, y menos sinrazones.

— Señor, contestó con calma; cuanto antes me despachéis, tanto antes dejaré de molestaros. Hace poeo mas de viente y dos años que entregasteis á María Josofa Moreno un niño para que le criase.

— ¿Y bien, vienes á decirme que se ha muerto? Poco se pierde.

Gabriel sintió un movimiento de ira y de indignación que sofocó, y contestó en su mismo tono anterior:

— No señor, no ha muerto, puesto que aquel niño se ha hecho un hombre y está en vuestra presencia.

Don José, que hasta entonces habia tenido la escalda casi vuelia ásu interlocutor, se volvió hacia él, latiendo fuerza con la mano del lado opuesto en el orazo del sillón para mantenerse en esa postura, y le

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fijó por algunos momentos sin desplegar los labios, sin darle alguna señal de interés. Luego, volviendo á tomar su posición anterior, cogió la pluma para escribir, y dijo con la mayor indiferencia:

-¿Ybien?

—Vengo, repuso Gabriel, á que me digáis quiénes son mis padres.

— No lo sé, contestó sin detenerse D. José; movido á ello por su primor y natural impulso hostil á decir lo que podia humillar ó herir.

El siglo diez y nueve ha producido con las luces, — quizás serán sus pavesas, — una gran falange de agresivos, que lo son unos por naturaleza, otros por cálculo, otros por costumbre, otros por entrar en la falange, que ciertamente tiene la enorme ventaja, la inmensa prerogativa, la gran distinción de estar á la derniere, y todo el chic moderno.

La sociedad de la Paz, — á la que de todo corazón y alma perteneceríamos, si no se nos hubiese venido, cada vez que lo hemos intentado, ¡noportimísimamente á la memoria, la fábula del lobo que coronado de oliva, persuadió al can á que se quitase la carlan- €a, — esa sociedad, tan rica en discursos, pero ¡ay! tan pobre en resultado! debería ofrecer un premio allá en el pais de los inventos, al que inventase una magnesia no efervecente, buena para combatir la bilis moral que engendra el humor agresivo; y administrase ella misma una buena toma.. Como D. José no había combatido con nada esa su propensión, dijo al cabo de un rato al ver que él dolorosamente sorprendido Gabriel callaba.

— Ya te he dicho que no lo sé: ¿qué mas quieres?

—¿Qué no lo sabéis? preguntó con desconsuelo Gabriel.

— Que no lo sé, tornó á afirmar el rico, duro y cruel, que lo sabia, pero que se mantuvo ahora por reflexión £n la criminal mentira que habia salido espontáneamente de sus labios.

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—-¡Si no se puede esto creer! murmuró abatido Gabriel, y añadió en voz recia:

— ¿Ño habéis pagado los primeros meses de mi crianza? Algún interés teníais, pues, por mí.

—Maldito el que tenia, repuso el puerco espin. Te echaron á mi puerta; te recogí; pagué por compasión cuatro meses de tu crianza: me parece que bastante he hecho. Si hallases muchos que te mantuviesen cuatro meses, te podias pasar buena vida. Por mi, no pienso hacer mas.

— Yo no vengo, repuso Gabriel con altivez, á pediros que me mantengáis. Tengo brazos, señor; y al que Dios le dá brazos, le dispensa del sonrojo de la limosna. Vengo á pediros lo que poco os cuesta, y lo que en conciencia debéis darme; lo que por las llagas de Cristo os suplico que me deis, algún norte sobre mi procedencia.

— Nadie puede dar lo que no tiene, — repuso con impaciencia D. José;— ¡y basta! Ahora, déjame en paz; que no soy lino para que me machaquen. Y tomando aire magistral y tono sentencioso, añadió moral y filosóficamente:

—Sé hombre probo y moral, celoso defensor de los sagrados derechos del' pueblo y de la libertad de la patria, y serás hijo de tus obras, que es la procedencia que honra. Por lo demás, que seas hijo del verdugo ó de un duque, de un mulato ó de un grande, del amor ó del matrimonio, ¡psss! ¿qué mas dá?

Gabriel, al oir aquello, que le pareció una burla cruel, se salió sin saludar, despidiendo la puerta con tal violencia, que se cerró con estrépito.

— ¡El demonio del irreverente patán! dijo D. José I, cambiando su tono declamatorio en un grotesco gruñido.

Gabriel se volvió desesperado á su casa. Miles de proyectos é ideas atravesaron su mente.

— ¡No! se decia; no seré yo la serpiente, que á los bienhechores generosos que en su seno la abrigaron, les dé mal pago. Me iré; sentaré plaza de soldado,

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pues en esa carrera tiene el hombre valiente dos perspectivas; la una, que no le arredra; la otra que le anima.

Mas estas resoluciones caian deshechas ante el agudo dolor de Ana, cuando se las participaba.

— ¡Gabriel! esclamaba: ¡mira lo que haces, porque tu ida abre mi sepultura! Quieres irte, ¡y dirás que me quieres! No ama mucho quien lo dice, sino quien mucho padece.

— Ana, respondía Gabriel, una cosa tiene el hombre mas imperiosa y mas fuerte que el amor, y es su deber.

— Tu deber es mirar por mí, respondía Ana.

En esta lucha terrible pasó Gabriel algunos dias, disculpando siempre á su padre cuando Ana se quejaba de su rigor, hasta caer en el mas profundo abatimiento, viéndose en aquel amargo piélago, sin esperanzas en ninguno de sus horizontes.

No hay duda en que las pasiones de ánimo se ven con mucha mas frecuencia entre las gentes incultas que entre Lis cultas. Sea porque su sentir, aunque menos alambicado, es mas profundo, ó sea porque carecen de la gran panacea que brinda á las cultas el mundo con sus distracciones: ello es, que los estragos de ese mal se ven mas á menudo patentes en el pueblo. ¡Se le murió el corazón! esta frase usual profetiza ó esplica muchas veces el final de un individuo herido por un gran dolor. La penetrante vista del amor de madre hacia que siguiese Estefanía con angustia los progresos, cada día mayores, del cáncer que devoraba el corazón de su hijo Gabriel.

Un dia festivo estaba la familia reunida á la mesa: Gabriel no había comido, Estefanía fijaba sus ojos llenos de lágrimas, en el pálido semblante de su hijo, cuando repentina y precipitadamente se apareció el Sr. D. José Sánchez, con un fiero ¡>erro de avanzada, y un humilde alguacil de retaguardia.

— ¿Su mercé por acá? dijo con serenidad Juan Martin saliéndole al encuentro.

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— ¿Dónde está?... dónde está ese niño que yo di á criar? — repuso resoplando D. José; — ¿dónde está ese hijo de mi mejor amigo?

Juan Martin se hizo á un lado, para que D. José pudiese ver á Gabriel, que apoyado en uno de los

Sostes que sostenían el techo, miraba con resentido esdén al afanoso señor. Babia una dignidad tan fría en el noble á la par que modesto talante de Gabriel, que abatió en gran parte la petulancia del amigo de su padre.

— ¡Hijo! esclamó, —empezando por echar de parlamentaria á la disculpa, — el secreto que requerían las circunstancias me ha obligado á estrañar me de tí para desvanecer toda sospecha. Pero cree que nunca te he perdido de vista. He sentido siempre por tí el mas vivo interés, que he debido disimular....

— ¡Y lo habéis conseguido! — dijo interrumpiéndole y con amarga sonrisa Gabriel. — Mas.... decid, decid presto, ¿quién es mi padre? ¿quién es mi madre?

— Tu padre es, —repuso D. José, — el general Labrador, que acaba de anunciarme su reciente llegada á Madrid.

— ¿Y mi madre, dónde está?

— La pobre murió al darte á luz. Tu padre, que se vio comprometido en una causa política, tuvo que huir de Sevilla; su mujer, que era una esposa cumplida, no quiso separarse de su marido. Al pasar por aquí en su huida á Portugal, les di albergue en una hacienda, en la que naciste tú, y murió tu madre. No pudiendo llevarte consigo, te dejó tu padre en mi poder, y me dijo velase sobre tí, lo que he hecho con el debido disimulo. No he vuelto ha saber de él, y le creía muerto, cuando su carta ha venido á llenarme de júbilo, y me permite ya levantar el velo que corria la prudencia. Me encarga en su carta que te envié inmediatamente á su lado. Parte, pues, para que vea he cumplido con su encargo, y que, gracias á mí puede gloriarse de tener un hijo 'bien medrado.

Difícil seria analizar el efecto que causó, y las sea—

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saciones que produjo la revelación precedente en las personas allí reunidas. Era una mezcla de contento y de dolor, ambos vehementes y profundos.

— ¡Se irá! ¡le pierdo! pero.... ¡anda con Dios! ¡El será feliz!... Esto pensaba el hombre honrado, el buen padre Juan Martin, sin cuidarse en lo mas mínimo del mérito que en la crianza de Gabriel le usurpaba el que tan vil le habia abandonado cuando le tuvo por huérfano.

— ¡Se irá! ¡se irá! ¡hijo de mi alma! Y á la pobre hijamia.... ¡la olvidará! — ¿A qué, Dios mió, tanta grandeza? Estas ideas pasaban como negras sombras después del primer alborozo, ante los ojos llenos de lágrimas de Estefanía.

El tio Matías cayó sobre un escaño gimiendo: ¡también se vá!

En cuanto á Ana, se habia retirado á su dormitorio. Solo una cosa habia comprendido y definido bien aquel amante corazón, y le habia partido como un cuchillo: ¡era esta la ausencia! Habíase dejado caer sobre su lecho, y repetía entre sollozos, ¡se vá! ¡se vá!

Únicamente Gabriel, aunque contenido y digno, era completamente feliz.

— Gabriel, hijo,— prosiguió D. José,— todo está arreglado y listo para que salgas mañana. Dirás á tu Eadre que he puesto á tu disposición mis propias estias y mis propios criados. Ya ves que no cabe mas celó y puntualidad en cumplir sus órdenes. ¿Noes así?

Gabriel hizo con la cabeza una señal de asentimiento.

Un rato después, viendo que todos se hallaban demasiado conmovidos para poderse ocupar debidamente de su importante persona, D. José tocó retirada, precedido de su feroz perro, y seguido de su humilde alguacil.

Era efectivamente el padre de Gabriel, antiguo

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amigo de T). José. Databa esta amistad de fechorías cometidas de mancomún en su primera juventud.

Cuando el primero, comprometido en Sevilla en un alzamiento contra la autoridad, tuvo que huir á Portugal, se refugió á una hacienda de D. José, como ya se ha referido, en la que nació su hijo y murió su mujer. El fugitivo dejó el niño en poder y' encargado á su amigo, con una pequeña suma de que pudo desprenderse, y prosiguió precipitadamente su fuga. Consumido él depósito que había quedado en manos del rico avaro, éste, como hemos visto, abandonó completamente al hijo de su amigo, el que como es-

§ osito desconocido, fué amparado por la infinita cariad del pobre y cristiano pueblo» Mas de veinte años habian pasado; y en el corazón de D. José, — hecho fósil por su codicia, — no quedaba ni aun recuerdo de aquel amigo de su juventud, cuando recibió una carta suya fechada en Madrid, á donde acababa de llegar sin ser llamado. Este amigo, que se preciaba de orador, pero no de pendolista, no se detenia en hacer su monografía; y lo que únicamente le participaba era que, habiéndose distinguido en uno de los puntos de la desconcertada América, hija de esta pobre España, — ¡tan mal afortunada en cuanto á hijos, como en cuanto á padres!— volvia de aquel campo de asilo y tierra de promisión de aventureros, con una faja de Genera], — que era problemática, — y un capitaüto en los Bancos,— que era positivo. — Anadia que esperaba que hubiese cuidado de la educación de su hijo, en el que esperaba hallar un buen patriota, y acababa por encargarle que se lo enviase inmediatamente.

Ya hemos visto como D. José I cumplió su cometido con celo y puntualidad, teniendo muy presente que su amistad con un General que estaha en la corte, podria serle ventajosa, y era de hecho un quilate mas á su fachenda. D. José entrevio en los rosados horizontes de sus esperanzas, una placa. Hay demasiadas cruces, pensaba: el Gobierno las distribuye con demasiada generosidad. La placa no es tan. común, sen-

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tara bien sobre mi gabán, que ha hecho el mismo sastre que hizo los suyos á Z***Senador, Z*** título, Z*** millonario. ¡Placa, placa! suena bien, y sabe mejor.

Con estos alegres pensamientos divertía el señor Sánchez su viaje de vuelta, mientas se habia hecho tarde, y que sin él notarlo, habia salido la luna, tan enemig { del ruido que aturde, y del brillo que deslumhra; y se deslizaba en un cielo sereno cual ella, alumbrando cuanto alcanzaba su luz, tan suave y melancólicamente como lo hace el recuerdo con lo pasado.

La puerta de la casa de Juan Martin se abrió, y Gabriel se deslizó por ella, y vino á llamar quedamente á la ventana de Ana. La ventana fué abierta sin ruido; pero antes que pudiera distinguir Gabriel el rostro de la que amaba, anunciáronle unos profundos sollozos su presencia.

—No llores Aña, le dijo, que me partes el alma.

—¡No he de llorar, si te vas! respondió ella.

—¿Y no me habría ido si hubiese sido soldado?

— Sí; ¡pero hubieses vuelto!

— ¿Y puedes creer que no vuelva Ana?

— Me lo temo.

—¿Y por qué, di, por qué?

— Porque tu padre no ha de querer dejarte volver,

— ¿Por qué piensas eso?

— Porque es un señor muy encopetado.

— Si eso fuese, — que no lo creo, — aguardaríamos.

-—No me pesa; con tal que vuelvas.

— Volveré.

—¿Cuándo?

— Si no fuese antes, cuando sea mayor de edad.

Ana meneó su linda cabeza, y dijo' con renovado llanto:

— ¡De aquí á alíame habrás olvidado!

— ¿Lo dices de veras? preguntó asombrado Gabriel-

: — Sí, porque dice la copla:

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— ¿Te quieres poner coamigo? Le dijo el Tiempo al Querer, —Esa soberbia que tienes.... ¡Yo te la castigaré!

— Pues, si en la firmeza de mi amor no crees, — dijo sentido Gabriel, — ¿creerás en mi palabra, Ana?

— Pues.... ¡júrame que no me olvidarás!

— ¿No te basta mi palabra honrada?

—No; quiero á Dios por fiador, y á los ángeles por testigos.

— Te juro, pues,— dijo Gabriel con voz conmovida, — no amar ni tener otra mujer que tú. Te lo juro polos pechos que á ambos nos criaron.... por la &aogre c[ue por nosotros vertió Jesús. Y si no cumpliere lo jurado, puede el Ángel de mi guarda, que me escucha, volverme la espalda, y alejarse de mi para siempre. — ¿Y en tu amor, Ana, puedo confiar?

— ¡Que si puedes!... como en la fé que ha de sal — varte, Gabriel! Y si te olvidara, pueda la Virgen de los Dolores, cuando yo la llame Madre, decirme «no te conozco.»