Cuadros de costumbres · Capítulo real 5 de 8

CAPÍTULO Vil

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 18 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPÍTULO Vil.

Al dia siguiente partió Gabriel .

— Adiós, hijo, le dijo Juan Martin al despedirle. No lie podido enseñarte como se hace en las poblaciones mayores, donde hay libros y maestros a mantas, y estudios hondos y finos. Pero te he dado la crianza cristiana que me dio mi padre, y esto basta para hacerle á uno hombre de bien, que es lo que hay que ser en este mundo: que estos pueden llevar siempre el sombrero echado hacia detrás, y no hacia la cara. No vayas á creer, hijo, lo que dicen hoy mas de cuatro desalmados — que han aprendido sus doctrinas del inglés y del francés, — que son viejas las cosas de

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Dios. Nunca lo son; que Dios nace á cada hora; no come ni bebe, pero juzga lo que vé. Además, siem-

f>re se ha dicho que la mentira no gana por niña, ni a verdad pierde por vieja. De tejas abajo, hijo, síryate de norte, que cuando la honra y el provecho no quepan en un saco, te atengas á la honra, pues provecho sin honra es para villanos, y dos cosas ha de tener el hombre para ser cabal, la honra sin tilde, y la conciencia sin gusanos. En cuanto á las de tejas arriba, no necesitas mas para tenerlas siempre presentes, que el recordar que

Desde el dia que nacemos A la muerte caminamos; No hay cosa que mas se olvide, Ni que mas cierta tengamos (1).

Esta es mi enseñanza, Gabriel. No te se olvide, que aunque sencilla, es hija de los mandamientos de Dios? y quizás mas legítima que las enseñanzas remontadas de los doctores. Porque los doctores condenaron al Justo, mientras que los sencillos pastores fueron los primeros en aclamarle: y rústicos pescadores fueron sus primeros discípulos, que no fué sobre ningún soberbio. Yo me lo sé sobre quien fundó el Señor su Santa Iglesia, sino sobre un pecador arrepentido, que adquirió esta dicha, no por su saber, sino por su amor y sus lágrimas.

— Padre, — contestó Gabriel, — dos cosas están en mi corazón con la vida, y solo con ella se me arrancarrán; la enseñanza, que con palabras y hechos me habéis inculcado, y el amor y agradecimiento que os tengo. Y ahora, padre, que tengo nombre y procedencia, puedo peairos otro favor, que pondrá el colmo á los demás, y es que me otorguéis á Ana por mujer.

-—Hijo, respondió Juan Martin, no lo quisiera" ni

(1) ¡Qué sentencias! — Y todas al pié de la letra, sori^ «idas y copiadas de la gente del pueblo.

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consiento en que quedéis ligados. Vas á entrar en una vida nueva, y dentro de poco todas las cosas te aparecerán de otra manera que te aparecen ahora.

— Y porque algunas cosas mudan, ¿sospecháis, padre, que puedo mudar yo?

— No digo eso; sino que puedes, sin mudar tu sentir, mudar tu pensar; y conocerás entonces que Ana seria forastera por esas alturas, y yo no quiero que á mi hija se la mire en parte ninguna por cima del hombro, cuando puede estar en su casa donde se la mira como una princesa. Porque, hijo mió, el pájaro solo vive y canta á gusto en el valle en que tiene su nido.

— Eso pienso yo, — esclamó con alma y corazón Gabriel, —y el pájaro soy yo, y mi valle Valdeflores; por eso volveré. ¡Así Dios me dé vida, y á V. salud!

— Pongamos lo venidero en manos de Dios, Gabriel,/ repuso Juan Martin. El tiempo lo hace todo sin ayuda de nadie; y vuelvas ó no, acompañárate siempre la bendición de tu padre del campo.

Gabriel llegó á Madrid. La entrevista de! padre y del hijo no fué ni podia ser cordial; y dejó — como es de suponer — muy poco satisfechos al uno del otro. Gabriel espuso á su padre respetuosamente sus deseos de volver al campo, en el que se habia criado, y al t[ue estaba tan apegado. Su padre se echó á reir, é insistiendo Gabriel, el general le mandó callar con toda la autoridad de padre y el despotismo mas acerbo. Porque.... ¡aun hay despotismo! esa gran espada de Damócles, la echaron por tierra, la rompieron, y han hecho con ella un sin número de puñales que se han repartido.

— ¡Lo que vá de mi padre Juan Martin á este señor!

Este pensamiento que surgió después de esta entrevista, en su mente Gabriel intentó — pero en vano — desecharlo. A cada nueva entrevista se volvia á presentar mas claro y mas fundado.

— ¡Qué estúpido, que incivilizado é ignorante zopenco! pensaba el padre con mal humor, — ¡qué

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crianza le ha dado ese necio lugareño de Sánchez! Es necesario acepillar á este alcornoque.

De resultas de estas reflexiones, el General puso á su hijo maestros y le hizo seguir con asiduidad sus cursos de enseñanza, los que le aprovecharon admirablemente á Gabriel, que siendo poco espansivo, muy amigo del retiro y fiel al recuerdo, y teniendo además entendimiento despejado, buena memoria y un carácter reflexivo, se entregó con tanto placer como provecho al estudio.

Agregábase á esto que Gabriel halló poco cariño en su padre; poco atractivo y menos seducción en el círculo masculino en el que le introdujo el General; poco arrastre en los placeres de bulla y ruido. Gabriel, en fin,— que se hallaba contrapuesto en ideas, en gustos, en costumbres y en maneras á cuanto le rodeaba, — se concentró y concretó á sus estudios, que ocupaban su actividad, halagaban su gusto y llenaban su vida. Y esto era una suerte; porque la ociosidad en el círculo estraño y repulsivo en que se hallaba, le hubiese hecho su posición intolerable. De todo esto resultó el que viviese Gabriel en un sistema de aislamiento y retención que dejaron al hijo y al padre completamente estraño el uno al otro.

— Es un cena á oscuras, — decía el General á sus compinches, hablando de su hijo,— es apocado; no tiene nervio. Sus maestros dicen que tiene una gran inteligencia, mucha memoria, fácil comprensión y deseos de instruirse. Pero.... lleva este amor al saber hasta el punto de haberle vuelto metido en sí y en sus libros; y así se ha hecho apático, que es lo peor que puede ser un hijo del siglo XIX. Pierdo ¡as esperanzas de que nunca llegue á ser un miembro lucido, exaltado y entusiasta de nuestra regeneración política, moral, social, nacional, religiosa, doctrinal, legislativa, vocal é industrial. Mas espero que será un miembro útil á demoler, — esta, si no difícil, útilísima ciencia del dia, — y que ayudará con la pluma— que es el gran ariete detesta empresa — á derribar el vetusto, el

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podrido, el caduco edificio social, que levantaron la barbarie y la ignorancia con sus hijos la superstición y el despotismo, que no ha producido mas fruto que ía Inquisición que nos perdió, y las órdenes religiosas que nos fastidiaron.... Este speech (esta perorata) fué muy aplaudida. — ¡Qué conocimientos históricos! decia un banderillero de fama....

—¡Qué brillante ilustración! decia un pretendiente á la dirección de un nuevo periódico, que con el programa de el pueblo es Dios, y nosotras su profeta, iba á fundar el General.

Este solia gratificar á su hijo con otros discursos semejantes, en los que una porción de palabras huecas y retumbantes, hadan brillantísimo papel. El General creia con eso corroborar y abundar en las mismas ideas que los libros; pues hijo de Belona, que no había tenido ninguna clase de educación, —y bien podia haberse quemado la piel con pólvora enemiga en los campos de batalla y sobre las brechas; pero sobre los libros no se habia nunca ni chamuscado las pestañas, — creia que todos los libros impresos decian lo mismo que aquellos que servían de texto á sus correligionarios. La candidez (jue se creia perdida, no lo está; ha mudado de domicilio. No se halla ya en los corazones, pero se encuentra todavía en muchas inteligencias! ¡Qué lástima! ¡antes estaba mejor alojada!

De esta suerte habían pasado cerca de tres años. Al cabo de los cuales dijo una mañana el General á su hijo:

— Espero que no pensarás prolongar esa tu ociosa vida de filósofo huraño y de sabio mudo. Ni creas que consentiré en que sigas Vejetando,— como has hecho hasta ahora, — á mis espensas.

Gabriel, que como hemos dicho ya, tenia por rasgo distintivo de su carácter, la serenidad, contestó á su padre:

— Señor, justamente habia pensado hablaros sobre ese mismo asunto. Acabo de cumplir veinte y cinco

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años, y creo que puedo ya pensar por mí mismo en mi futura suerte.

— ¡Pensar por tí mismo! — esclamó asombrado el antagonista del despotismo, por cuya boca se diseñó una sonrisa fria y despreciativa: — vamos á ver, vamos á ver, lo que lia pensado su señoría en las elevadas cumbres de su intelecto abstraído.

— Recordareis, contestó con calma Gabriel, que cuando liegué aquí os dije, que no queria salir de mi crianza, palabra que significa mucho, y muchas cosas, allí donde se usa. Os dije que deseaba mantenerme en aquella tranquila esfera en que me crié, puesto que ni pensaba entonces— que nada sabia;— ni pienso ahora— que algo sé, — que desmerezca el hombre por pobre, ni la existencia por oscura.

No quisisteis otorgarme mi deseo; quisisteis que cultivase mi entendimiento y adquiriese algún saber, creyendo que esto cambiaría mis ideas, y trocaría mis ¡Refinaciones. Os obedecí como á padre y señor. Mas después de instruirme por los libros, y después de conocer por la práctica este mundo bullicioso, activo, lleno de malas pasiones, devorado por la ambición, os repita con toda la calma de la reflexión aquellas mismas palabras que al llegar os dije, puesto que cuando he visto aquí me es antipático; y porque estoy persuadido de que los hombres que actúan en esta esfera, que llamáis culta, valen menos que los que he visto no salir de su oscuro y pacífico círculo de acción. Y esto lo confirma un poeta pensador alemán, que dice que los hombres vulgares necesitan hacerse valer por lo que hacen, mientras á los superiores les basta para eso lo que son (1).

El General permaneció tan sorprendido al oir á su hijo, que no atinó á contestarle; y Gabriel, viendo que su padre callaba, prosiguió:

(1) Schiller.

MAS HONOR QUE HONORES. 115

— Pero, señor, yo no quisiera disgustaros: ¿acaso teníais otras intenciones sobre mí?

— ¡Pues no las habia de tener, y suponértelas á ti! esclamó sofocado el General. ¿Había de pensar que siguieses en tus bajas inclinaciones y ruines miras, después de tenerte cerca de tres años á mi lado, poniéndote al nivel de los de tu clase y de tu posición social, procurando realzar tus vulgares tendencias é ilustrar tu entendimiento? ¡Y ahora te veo tan menguado, tan rústico y tan oscuro, como el dia que llegaste! ¿De qué, pues, te han servido tus libros y tus estudios?

— De mucho, señor, de mucho. Me han servido para confirmar, para robustecer y para afirmar la instintiva persuasión que tenia, de que las bases y fuentes de una vida buena y feliz son una alma honrada, una crianza cristiana y una existencia natural y sencilla: que la reunión de estas tres cosas son la práctica de las elocuentes frases morales y de las aspiraciones estéticas de los poetas, que en vuestro mundo solo son teorías,, Lo que he aprendido me ha probado además que la mas alta cultura enseña lo que nosotros aprendemos desde que nos enseñan el catecismo, y es: que hay mas verdadera altura y grandeza en cumplir un deber, aun en el caso de que este sea modesto y humilde, que no en esa filosofía de lacayos, que consiste en negar

?[ menospreciar todo cuanto realza realmente la natura— eza humana (1).

— Pero ... ¿qué estás ahí hablando de deberes? esclamó su padre. ¿Cuáles son para tí esos deberes?

— Señor, sabéis que hay una mujer que crió á sus pechos con cariño de madre al huérfano abandonado; sabéis que hay un hombre que amparó, enseñó, é hizo hombre al desvalido cunero, y que vendió la mitad de su corta hacienda para libertarle de ser soldado. Pero lo que no sabéis es, que tienen una hija única,

0) Julio Sandcau.

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que es la dulce hermana de mi desamparada infancia* —¿Y la has seducido? dijo sonriendo el General. — Solo vos, padre, puede suponerme infame, sin

Íue acalle yo como me compete, semejante injuria. .. a amo, y le he dado palabra de casamiento. — ¡Palabra de chiquillo, que lleva el viento! Si no la has seducido, no veo en cuanto has dicho nada que se roce, ni de cerca ni de lejos, con la campanada voz

BEBERES.

— Pues yo os diré, señor, lo que por deberes entiendo yo; yo, que soy criado y enseñado por el pueblo, no el pueblo ilustrado por vosotros, sino por el honrado y noble pueblo campesino, el que, como el marino entre la agitada mar y el cielo, vive únicamente entre éste y la florida tierra que nos lleva, nos nutre, nos alegra, y que finados, nos oculta de profanaciones en su seno. Soy parte de ese pueblo pacífico, que atraviesa la vida sin mas piloto que su cura, sin mas enseñanza que la ley de Dios, y sin mas interpretaciones filosóficas, materialistas, ni epicureistas de nuestro tránsito por este mundo, que la sencilla y cristiana definición de su objeto: tiyir para trabajar; morir para descansar.

— Basta, basta de música celestial, dijo el General.

— ¡Bien habéis definido lo que diciendo estaba! re-

Ímso Gabriel. Las santas creencias de nuestros abueos han llegado á serlo para sus nietos. Pero era preciso traer estos antecedentes para deciros que estas bases cristianas, y con su espíritu caballeresco ha formado el pueblo español un código de honor, cuyas leyes son para mí imprescindibles deberes.

— ¿Y cómo se espresa ese código, amalgama de conciencia y honor de esos caballeros de la mesa redonda, al que con tono magistral te refieres para encanallarte? preguntó con amargo escarnio el General». — Señor, respondió Gabriel con voz firme, ese código hace que al que es ingrato, se le llame mal nacido.

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—El General alzó los hombros.

— Ese código, — prosiguió en el mismo tono Gabriel,— al que jura, y falta á lo jurado, le imprime con un hierro candente en la frente la palabra ¡infame!

—El General hizo un gesto de impaciencia.

— Hace, señor,— continuó Gabriel;— que al que engaña á una mujer, y la deja después de darle palabra de casamiento, se le señale con el dedo, y se le nombre ¡villano!

El General quiso hablar; pero Gabriel continuó interrumpiéndole.

—Y allá, señor, ese código de honor y conciencia castiga á aquellos que abandonan en su ancianidad al padre y la madre que los criaron, y los castiga haciendo que se les escupa á la cara.

Al decir estas últimas palabras, el General se puso encendido cual si le oprimiese un dogal la garganta; en seguida palideció, y fijó una terrible é investigadora mirada en su hijo. Así permanecieron ambos algunos instantes; el General, trémulo, azorado como la culpa; Gabriel sereno y tranquilo como la inocencia.

Mas al ver la modesta calma de Gabriel, el General fué refrenando su agitación, y murmuró entre dientes: — ¡no, no lo sabe! ¿quién habría podido decírselo?— Levantándose en seguida, dijo con arrogancia y altivez á su hijo:

— Ante todo, ¿tú has considerado á lo que te espones, si te declaras en abierta rebelión conmigo?

— Acometa quien cjuiera; que el fuerte espera, respondió Gabriel á la inmotivada amenaza de su padre.

— ¿Tú te crees fuerte, pobre loco?

— Sí señor, contestó Gabriel; que dice un poeta inglés (1), que una buena conciencia vale por

(1) Shakespeare.

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mil espadas. — Pero, señor: — añadió con no desmentida moderación;— ¿por qué me amenazáis? ¿En qué puedo haberos ofendido? ¿No me habéis enseñado que el hombre es libre? ¿No me habéis repetido mil veces que á nada debe someterse ni doblegarse, sin esceptuar las obligaciones religiosas, que llamáis supersticiones; ni las civiles, que llamáis despotismo; ni las de la sociedad, que llamáis trabas y antiguallas? ¿Y solo para poder yo, á mi mayor edad, disponer modestamente de mi suerte, y para cumplir con lo que miro como dulces deberes de conciencia y de corazón, no la tendría, yo, señor? ¿Por qué?

— Porque no quiero que desciendas de la elevada clase á que perteneces.

— ¿No decís que todos somos iguales?

— Es que aunque iguales, su mérito puede encumbrar al que lo tiene.

— Para esto es preciso dos cosas, señor; el mérito de que carezco, y la voluntad que no tengo, pues á esas ásperas alturas en que se pelea con toda clase de armas, prefiero la pacífica amenidad de mi valle.

— ¡Vuelta áesas poéticas chocheces, á esos desbarros románticos! — dijo el General golpeando el suelo con el pié; — hablemos en razón. Tengo tratado tu casamiento con la hija de Sánchez, que no solo le dará un buen dote, si se le puede lograr una placa por la que ansia, sino que proporcionará á su yerno la mayoría de los votos de su distrito en X para diputado.

—¡Diputado, señor! ¿Os burláis?

—¿Por qué no lo serías? Fray Modesto está esclaustrado.

— ¡Pues qué! ¿tengo yo la posición, el caudal, el saber, la esperiencia, la popularidad, la suposición necesarias paja representar al pais en un congreso, y dar á éste la respetabilidad y prestigio que debe tener?

— Déjate de teorías y retumbancias; sé hombre positivo, y si no, se han de burlar de tí. En siendo di-

MAS HONOR QUE HONORES. 149

putado, ya será fácil grangearte un buen destino. Oposición sin tregua hasta que logres: esta es la táctica. O logras, ó tienes con eso tu hoja de servicios para una mudanza de ministerio. Espero que te sonreirá ese brillante porvenir.

—No señor, dijo con voz firme y serena Gabriel.

— ¡Cómo, menguado! ¿Todo esto rechazarías? ¿Y p or qué?

—Ya que mis anteriores razones parece que no os hacen fuerza, os diré un mote que en tiempos remotos adoptó una ilustre casa francesa (1), y del que yo, aunque humilde, he constituido el regulador de mi vida, por lo cual cumpliré tan decididamente lo que conceptuó mis deberes, como resueltamente rehuso cuanto me habéis propuesto. Esta regla es mas honor que honores.

— ¡Sal de mi presencia, y que en la vida vuelva k verte! gritó el General soltando los diques á su comprimida ira.

— ¿Me concederéis al menos, antes de separarnos, vuestro beneplácito, sin el que nada quisiera llevar á cabo? dijo respetuosamente Gabriel.

— Te prometo, respondió saliendo del cuarto el General, mi mas entero olvido, mi mas completo desden, y el cuidar de que ni un cuarto de cuanto poseo llegue nunca á tus indignas manos.

Gabriel hizo desde luego los preparativos de su

Sartida, vendió los dijes de lujo que le habían sido inispensables para alternar en el círculo de la moda, así como toda su ropa, armas y cuanto poseía. Y su producto, unido con lo que le habia suministrado su padre para las llamadas necesidades de la juventud elegante y exigencias de buen tono, (esto es, cigarros habanos, perfumes, objetos de tocador y otros accesorios de la vida frivola) que habia ahorrado, le produjo una cantidad crecida, que le dejó sorprendido. Algu-

(1) D« Grignan

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lias reflexiones despertó esta crecida suma en su mente.

Cierto es, pensó, que el lujo, si no lo hubiese creado la vanidad, lo hubiera creado la humanidad. EUu hubiese abierto esa gran salida á las arcas de los ricos y de los poderosos, para derramar su contenido sobre las artes, la industria, el comercio y la clase artesana. ¡Pero que á este lujo, prerogativa de los opulentos, pretendan todos! ¡Que se quiera hacer de él una ventaja común, logrando que sea una máscara que oculte la pobreza, la insignificancia, la nulidad, la-ordinariez! ¡Que para lograr vestir este disfraz, sacrifique á veces un hombre su probidad, una mujer su honra! ¡Y que entonces encubra este vano oropel el esqueleto de la miseria del alma y los reptiles de la conciencia! ¡Esto es atroz! El lujo es una librea de la vanidad, indigna de un hombre noblemente independiente, impropia del hombre digno, que es de mediana clase, ó tiene poca fortuna adquirida.

Diciendo esto Gabriel tiró con hastío la elegantebata de cachimir que tenia puesta, y le habia traído su padre poco antes de París; sacó con íntimo placer de un armario el lindo traje de serrano con el que habia llegado á casa de su padre, se ' lo puso, y cuando le hubo vestido, respiró con descanso y placer, y aclamo:

— ¡Libre! ¡Libre! Libre soy contigo! ¡libre como Dios quiere al hombre! ¡Libre de ambición, libre de cargos, libre de cuidados, libre de malas pasiones libre de ocios y rivalidades, libre de compromisos, libre de remordimientos! Libre cual la nube que vuela; libre como el pájaro que canta; libre como el corazón sano, que desprendido cual aquellas, cantando cual éste, se eleva á Dios! ¡Vistan los que quieran esa túnica de Deyanira, que yo prefiero la sencilla y suave túnica de amianto de* la modestia, el silencio á la bulla, la paz á la pelea, la oscuridad al resplandor de las hogueras que encienden las malas pasiones.

MAR HONOR QUE HONORES. 181

CAPITULO VIH.

La tarde caia. La naturaleza y los elementos estaban tan sosegados, cual si fuesen pasando sin notarlo de la calma al sueño, como pasa el justo de la vida á la muerte. Las hojas de los árboles, — esas comadres intranquilas, y afectas á murmurar, — se estaban inmóviles y silenciosas, cual si una maliciosa Sílfide las hubiese magnetizado. Era el silencio tan absoluto, que se hubiese podido creer que compacta y cristalizada la atmósfera, nada recibía ni trasmitía, á no ser porque de cuando en cuando traia la fragancia de la jara como un recuerdo de sus amigas del campo, á Ana, que estaba sentada en su casa cerca de la siempre abierta puerta de la calle, apoyando en esta su cabeza; tenia fijados sus ojos en la luna, que estaba aun tan pálida por la luz del dia, como lo estaba ella por el dolor de la ausencia, y cantaba con dulce y llorosa voz, en lenta y triste tonada (1):

Mi amante con la luna Me manda cartas; Y yo con el lucero.... ¡Penas á mantas!

Mejor quiero esperarlo Mas y mas años, Qe no beber las hieles Del desengaño.

(t) Siempre que nos es dado, preferimos dejaral pueblo ««presar él mismo lo que siente. ¿Cómo encerrar, cual él, tanto sentimiento, tanta poesía con tanta naturalidad, en tan. pocas palabras?

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El sol se vá poniendo, Dicen l?s flores, Ya se vá quien nos daba Bellos colores.

Yo quisiera morirme, Y oir mi doble, Por ver quien me decia ¡Dios te perdone!

Entonces reparó Ana en el tio Matías, que sentado al lado de afuera de la puerta, doblaba el cuerpo en dirección á ella, para prestar mejor oido á sus cantares. El pobre viejo, que contaba ya mas de noventa años, se mantenia sano y despejado, como si la caridad que le mantenia, hubiese conservado la ocasión para prolongar la buena obra: porque si el principio contrario al bien, esto es, el enemigo de lo santo y de lo bueno, pone sin cesar en la senda del hombre ocasiones para que obre mal, nuestros buenos ángeles,, —aunque tantas veces desatendidos, — no se cansan de ofrecernos á miles, ocasiones para que obremos bien(l).

Ana, que sabia cuánto amaba el tio Matias á Gabriel, al encontrar la triste y simpática mirada del anciano, se sonrió, no con la sonrisa de alegría, pero con la de la dulzura, esa sonrisa que embellece y entristece á la vez el rostro, como el sauce á un paisaje; y dijo, como para poner en contacto mas directo los cariños que ambos profesaban al ausente:

—¿Volverá?

El interrogado, que recordó cuánto habia querido, esto es, á su mujer que habia muerto, y á su hijo, , que para siempre le habia dejado, contestó meneando su cana cabeza:

(1) Así es, que en un buen examen de un Devocionario, se halla este recuerdo á la conciencia: ¿¡ios resistido á la grma?

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— ¡Ay hija! ¡los que se mueren, no resucitan! ¡los que se van.... no vuelven!

Entonces las lágrimas, que caian sosegadas, como hijas de la melancolía, por las mejillas de Ana, corrieron presurosas y en tropel como hijas del dolor.

— ¿Que no volverá? esclamó: ¿y es V. quien lo dice? Entonces veo que no hay fé ni esperanza sino en el amor. ¡Volverá, sí! ¡volverá! tio Matías, que en mi pecho tengo un profeta mas certero que V.

Estefanía, que habia estado ocupada en las faenas de su casa, volvia en este momento, y oyó las últimas palabras de Ana.

— Hija de mis entrañas, le dijo, ¿á qué confias en un despropósito, ni aguardas un imposible? ¡Pues que! ¿Te se figura que Gabriel, — que es hijo de un Gobierno de los mas estirazados, que tendrá á su hijo por esas cumbres, — habia de volver entre estos rústicos aldeanos? Eso es querer cegarse, hija de mi alma: razón es que ya te quites de la cabeza esos vanos pensamientos. Gabriel, que está entre tanta grandeza; y allí donde está la reina; ¿crees tú, inocente, que se habia de acordar de tí?

— Usted no conoce á Gabriel, madre.

— ¿Con que no le conozco y le parí?.... — no, no le parí, pero le crié á mis pechos. — Pero, Ana, hija, aunque sea, como lo es, mas bueno que el pan, mas noble que el oro, y mas cabal que la paga de Dios, no ha de volver el mundo patas arriba amasando en una misma artesa pan de rey y pan de cortijo. ¡Cómo ha de ser! ¡Dios ha querido quitarnos á nosotros el hijo, á tí el novio! No hay sino conformarse, y miemtras mayor sea tu pesar, ten presente lo qué dice la ley cristiana:

Sufre con ánimo igual, Alma, lo que mas lastima; Que la mas áspera lima Limplia mejor el metal*

Diciendo estas palabras, la buena Estefanía, que habia sacado fuerzas de flaqueza para guiar á su hija,

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calló porque las lágrimas de su corazón ahogaron las sensatas palabras de su razón.

A este tiempo entró Juan Martin que venía del

Ímeblo. — ¿Has visto á D. José? ¿has sabido del él?— e preguntó ansiosa su mujer.

*-~Le w'cfe, — contestó el marido, — vide á ese don José, con mas ínfulas que una grímpola, y mas asperezas que un rico. Iba á montar á caballo, y á ponerse en camino para la Higuera, donde ha ido á perder áolro pobre infeliz, tomando posesión de un castañar que le tenia hipotecado por unos dineros, que no le ha podido pagar al cumplimiento del plazo. — Le preguntó por el.— Está bueno, está bueno, me dijo. ¿Pero á YY~ qué les importa? ¿YV. se han figurado que yo soy el parte sanitario de la Gaceta, para estar á cada paso queriendo que les dé razón de cómo está la gente? Todas las cosas tienen término. Ya VV. han cumplido con Gabriel. Si acaso lo que quieren YV. es que le pida yo á su padre premio por la crianza, á otra puerta; porque eso de que le pidan, á nadie le hace maldita la gracia; así, esa diligencia hacerla en propia persona, que yo en mi vida he hecho empeños sino para mí: y con eso.... adiós. — No vuelvas mas con tu cansera, y que tampoco venga tu mujer; que las mujeres, en queriendo, son como las garrapatas, no hay quien las desprenda.

— ¡jesús! — esclamó Estefanía, — ¿eso dijo?

— Si, y yo le escuché sin chistar, — respondió Juan Martin ; -'-porque á quien asina discurre, ¿qué se le dice, que no sea lavar los pies á un burro? Pero todavía me dijo otra cosa, añadió disimulando su emoción el padre de Ana. Ya montado, y antes de echar á andar me gritó: — Juan Martin, se me olvidaba decirte que el Sr. D. Gabriel Labrador se casa.

Al oir estas palabras, Estefanía dio un grito, Ana un débil gemido, Juan Martin suspiró con dolor mirando á su hija, y el tio Matías murmuró con su cascada voz; ¡los que se van.... no vuelven!

— No lo creo,— esclamó con angustia Estefanía,

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tanto porque á pesar de lo que le lnbia dicho á su hija conservaba en su fuero interno esperanzas de que volviese Gabriel, —¡esperanzas ocultas aun á si misma!— como para animar á la infeliz Ana, á quien la sorpresa paralizaba como el hielo á uu arroyo, y el dolor hacia palidecer, como la muerte á uq cadáver. — No lo creo, — repitió Estefanía con vehemencia, — Gabriel volverá: ¡si no puede ser que no vuelva!

— Estefanía, — dijo Juan que conoció que la intención de la madre era la de consolar á su hija;— no te empeñes en curar con paños calientes lo que cura no tiene. Para sanar, cortar por lo sano. Gabriel no rolrerá. ¥ esto, que se sepa, y que se diga. Lo demás no es otra cosa que tapujar rendijas, para que no sea de dia. ¿Os figuráis vos, inocentes, que mas que él quisiera, sus gentes le habían de dejar volver? ¿No veis que eso está fuera de lo cuotidiano?

Juan calló; y solo se oyeron los sollozos de Ana, y los besos que la madre imprimió sobre la frente de su hija, al estrecharla en sus brazos .

Habia un momento que el tio Matías, que estaba, como hemos dicho, del lado de afuera de la puerta, fijaba su vista en dos ginetes, que salieron de entre los árboles por entre los que subia el camino déla Higuera, los que con paso apresurado se dirigían á casa de Juan Martin.

— Estefanía, — dijo éste con profundo sentimiento á su mujer, - tenemos un hijo mas en el cementerio. Ana, hija, tus amores no tienen suerte: olvídalos.

— ¡Y qué! — repuso con simpatía de madre y de mujer Estefanía. — ¿Está el olvido de venta, para que se pueda comprar cuando se necesita?

— Sí, sí, Estefanía, contestó Juan; se compra y se puede adquirir. Dios lo espende; el comprador es la iirme voluntad; la moneda es la oración.

—Juan.... ¡qué fácil se dice eso!

— Y se hace aunque cueste mas trabajo que el decirlo. ¿Acaso te parece mas en razón y mas cristiano

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desesperarse y desvivirse esperando imposibles? Pues Tin imposible es que vuelva Gabriel.

— Ahí está.... ¡él es! gritó de repente el tio Matías con un arranque y una energía sobrenaturales en su ancianidad y decrepitud.

Mas antes de que ninguno de los que estaban en la casa tuviese tiempo de hacer un movimiento,, ni de decir una palabra, un joven se habia precipitado por la puerta, y estrechaba con pasión y entusiasmo á Juan Martin entre sus brazos. Estefanía tenia entre los suyos á su hija, que desfallecía bajo las sacudidas de tari fuertes y diversas amociones; el tio Matías, que se habia puesto de pié, habia vuelto á caer sobre el poyo, levantando al cielo sus cruzadas y trémulas manos y sus apagados ojos.

Solo D. José Sánchez, que habia entrado en pos de Gabriel, se mantenia completamente indiferente é impasible en aquella conmoviente escena.

— ¡Y yo que nada sobre esta venida sabia! se decia é sí mismo, en vista de que nadie atendía á su señoría.

— Por lo visto, han querido sorprenderme. Venia yo de la Higuera, tan ageno de nada, cuando ahí á la entrada del pueblo me alcanza un ginete que venia á la carrera (seria para emparejar conmigo), le mi.ro.... ¡y era él! Nada me ha escrito mi amigo de esta venida; pero en fin, entre propios los cumplimientos son escusados. Al pasar por aquí habrá querido ver á Estefanía, pues partió como un rehilete. ¡Ya, como le crió, y dicen que á las amas se quiere bien!.... Y siná traslado á lo que hace S. M. la reina. Pero no nos podemos detener: Gabriel, añadió levantando la voz, que se hace tarde, y aunque haya luna, á mí no me gusta caminar de noche.

Gabriel, que durante el monólogo de D. José se había echado al cuello de su madre, cuyos brazes retenían al hijo amado sobre su pecho, sé volvió ahora & D. José y le dijo:

— Partid cuando gustéis: yo no os detengo.

MAS HONOR QUE HONORES. 157

•—¡Pues qué! repuso atónico D. José, ¿no te Tienes conmigo ámi casa?

— No señor, contestó Gabriel, que me quedo acruí.

— ¡Aquí!— esclamó cada vez mas asombrado el ricacho.— Esto no puede ser, seria indecoroso, teniendo en el pueblo la casa de tu futura familia.

— La casa de mi familia, pasada, presente y futura, es esta, dijo Gabriel.

— Hombre, repuso impaciente el señorón improvisado, ¿tú me quieres volver tarumba? Vamos de una vez: ¿tú no vienes para casarte?

— Sí señor.

— Bien. ¿No vá á ser mi hija tu mujer?

— No señor; que quien vá á ser mi mujer es esta, respondió Gabriel presentándole á la enagenada y avergonzada Ana, cuyas sonrojadas megillas cubiertas de lágrimas, parecían rocas abiertas por el sol y bañadas aun por las lágrimas de la aurora.

Nunca produjeron el asombro, la ira y la humillación, mas efecto en una mala alma, que el qué causaron estas palabras en el finchado y soberbio Sr. Sánchez. Sus ojos lanzaron chispas; su barba tembló; su pecho, — aquel mar de hielo para toda emoción tierna, noble, ó generosa, — se agitó, y su respiración se hizo ruidosa como la de un acosado cuadrúpedo.

—¿Tú desdeñas á mi hija? preguntó al cabo de un rato con forzada y altiva sonrisa, formando sus palabras el seco y bronco castañeteo de una matraca.

— No señor, contestó Gabriel, no desdeño á vuestra hija; pero cumplo con lo que la consecuencia me impone, la gratitud me prescribe, y lo que mi corazón me inspira.

— ¿lú desprecias mi caudal? — prosiguió D. José.

— ¡Eso sí!— contestó con desdén Gabriel.

— ¿Y menosprecias mi alianza? — tornó á preguntar con marcada ironía y recalcada sorna el noble montañés, la cruzada notabilidad.

—De esa, — respondió Gabriel,— me cuido tan poco

158 BIBLIOTECA DE LA ILUSTRACIÓN POPULAR.

como vos os cuidasteis del pobre huérfano abandonado que amparó Juan Martin.

— Pues para bajarte esos humos que traes de la Corte, en donde parece que es tu padre hoy di a un gran señor, — dijo D. José con pausa y sorna, y con toda la vil satisfacción que produce la venganza en eí hombre malo que la ejerce, — para abajarte esos insolentes humos, y para que antemí bajes confundido esa erguida cabeza, sabrás lo que habia jurado á tu padre callar para siempre. ¿Ves ese viejo decrépito y miserable, mantenido de la caridad; ves á ese ruin mendigo, á ese tio Limosna? Pues ese es el noble y lucido tronco de vuestra ilustre raza, ese es tu abueío. Y tu padre.... el pillastre del hijo que huyó de su lado.

— ¡Abuelo! ¡abuelo mió! gritó Gabriel precipitándose hacia el trémulo anciano á quien estrechó en sus brazos. ¡Oh padre mió, ya comprendo porqué desde chico me arrastraba hacia vos con tanto cariño mi corazón! D. José, ¡cuan cruel habéis sido en no haberlo dicho antes! Y volviéndose de repente y cayendo á los pies de Juan Martin cuyas rodillas abrazó, reventaron en sollozos las fuertes emociones que le agitaban, diciendo en entrecortadas palabras:

— ¡Padre! ¡padre! no basta mi corazón para contener toda la gratitud que os debo! Yos amparasteis al huérfano desvalido, vos recogisteis al anciano abandonado!... ¡y erais pobre! Y algún dia os quedasteis con hambre, para que á la infancia y á la ancianidad desamparadas no les faltase el sustento! ¡Y lo hicisteis sin esperar una recompensa, sin contar con una compensación, sin soñar en un lauro: solo, solo, solo por caridad cristiana! ¡Oh, cuál palidece i& estrella de la filantropía ante el sol de la caridad! ¡Anatema sobre las falsas deidades y las erradas doctrinas! ¡Desterradas sean del pais que perturban, y de las inteligencias que embrollan ó pervierten! y reine inatacada aquella que vos y mi madre me enseñaron con palabras y ejemplos desde la cuna, y á Ja que des-

MÁS HONOR QUE HOWORIS. 139

pues de ilustrar mi entendimiento, acato con mas en* tusiasmo cjue antes!

— Gabriel, — dijo Juan alzando á su hijo del suelo, — no me saques los colores á la cara; las celebración nes, si son merecidas, fatigan; si no lo son, avergüenzan. Nada vá conmigo: si quieres agradecer, que sea á aquella bendita que te crió á sus pecbos.

— A esa nada digo, padre: no hay para qué, las madres y el ángel de nuestra guarda nos comprende» aun antes de que hablemos.

A D. José le ahogaba la ira, al rer que no lograba su objeto, que era el humillar á Gabriel como éste le habia humillado á él. Así fué que dirigiéndose con altanería al pobre tio Matías, le dijo:

— Tio Limosna, ¿cuál es su apellido de V., si tiene otro?

— Señor, respondió el anciano, dejad que me llamen Limosna los que me la han dado; yo me llamo Matías Vega.

— Pues su hijo de V.,— prosiguió el encarnizado agresor, — su hijo de V. dejó el nombre de su padre —sea porque fuese por conocido en la policía, ó fuese por ocultar su ruin procedencia, — y se apellida con un fraude Labrador.

—Como se llama Isidro.... dijo el pobre padre, buscaudo aun disculpa al hijo ingrato.

— ¡Toma! repuso el grosero y resentido ricacho, por esa regla su nieto de V. mañana si se le antoja se apellidará Arcángel. Yo, antes me dejaba cortarla que tengo sobre los hombros, que hacer semejante felonía. Yo, yo soy.... yo soy D.José Sánchez por la tierra y por la mar.

Don José Sánchez por la tierra y por la mar salió bufando.

—No te alteres ni te incomodes, dijo en tono de súplica Estefanía á Gabriel.

—¿Que no me altere ni me incomode? contestó éste. —Madre, ¿creéis que un hombre tan necio y despreciable tenga el poder de alterarme, cuando no tiene,

160 BIBLIOTECA DE LA ILUSTRACIÓN POPUU.R.

por bajo y ruin, ni aun el de hacerme reir? Pero, añadió Gabriel mirando á Ana y dirigiéndose á su madre: — ¿cuándo es la boda?

Estefanía se quedó cortada, y miró á su marido.

- — Gabriel, dijo éste, que comprendió el apuro de su mujer, ya sabes que aquí no hay sobras, que no hay nada dispuesto para vuestro ajuar, ni para costear la boda: así lo primero que hay que hacer, es agenciarlo.

— Eso lo traigo yo previsto, padre, repuso Gabriel; y desabrochándose su chaleco, sacó un cincho en el que traia en onzas las cantidades que antes de salir habia realizado y reunido.

Juan Martin y' Estefanía se quedaron asombrados.

—¿Esto te há dado tu padre? preguntó el primero.

— Si señor, á él se lo debo, contestó Gabriel poniendo el cincho en manos de Ana, seguo la costumbre del pueblo, entre el que es la mujer la depositaría del dinero.

Ana se acercó al tio Matías, y le dijo:

— El primer uso que se vá á'hacer de estos caudales, es mercarle á V. una vestida completa, para que la estrene en la boda de su nieto. Y eso, -añadió la suave niña, á la que la felicidad restituía su gracia y su lozanía, — ¡y eso que debia yo estar enojada con V. y no acordarme del santo de su nombre!

—¿Y por qué? preguntó Gabriel.

— Porque muchas veces me ha partido el alma, diciéndome: «los que se van.... no vuelven.»

— ¡Buen abuelo y mal profeta! esclamó su nieto pasando su brazo por la encorvada espalda del pobre viejo, la que golpeó con la mano cariñosamente.

— Pues otras veces he acertado en mis predicciones, repuso el anciano. Y si no que lo diga Estefanía.

— ¿Y cuáiido fué eso? preguntó Gabriel.

— El dia, contestó el anciano, en que, abandonado y rechazado de todos, te puso á sus pechos, y la dije, bendiciéndola: — Estefanía, qiienbien hace..'., para sí

HACE.

CUADRO OE COSTUMBRES

POR

fEMAN CABALLERO

CAPITULO I.

Yotre indulgence á vous, ne se lasse jamáis, Méres! vous n' avez point d' enfer pourles mauvais,. Et rien ne peut tarir ees sources éternelles: V amour dans votre coeur, le lait dan vos mamelles!

Charles Raynaud.

Nunca ¡oh madre! se agota vuestra indulgencia, é infierno no tenéis para los malos hijos. Nada logra secar las dos perene? fuentes, que para ellos manan en vosotras, la de savia vida en vuestros pechos, la de bálsamo de amor en vuestros corazones.

En la curva que abre el continente para formarle á Cádiz su espaciosa bahía, entre el Puerto de Santa María y la ciudad de San Fernando, generalmente denominada la Isla, se halla situado Puerto Real, el mas modesto de los vecinos de Cádiz, á pesar de su nobilísima procedencia, puesto que la fundaron los Reyes Católicos, como lo atestiguan y blasonan sus armas y su bello y sonoro nombre.

Este pueblo, como los otros, ó acaso mas que los otros, debe su buen caserío, su elegancia, la riqueza

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de sus iglesias y ex-conventos á aquellos poderosos y espléndidos moradores de la rica y activa hija de Mercurio, que se trasladaban á eilos para gozar las auras del campo, y variar los goces y pasatiempos de que en el pasado' siglo disfrutaban sus felices contemporáneos con ánimo alegre y espíritu tranquilo. Así es que el caserío del mencionado pueblo, aunque no tan elevado, no desmerece del de una capital, aventajándole en sus jardines, en los que si bien han enterrado los gaditanos muchas talegas, han recolectado abundante cosecha de hermosas flores, trueque que han visto las gaditanas con tanto placer como si fuesen hijas de Flora, en lugar de serlo del cisne del Océano. Puerto Real está separado del mar por terrenos pantanosos, cortados por caños que llena y vacía el mar en su magno é incesante bamboleo. A la izquierda, y en los terrenos que hemos mencionado, ha creado la industria las vastas salinas tan renombradas por la bondad y abundancia de sus sales. La vista que ofrecen es triste y monótona, no cubriendo estos terrenos salitrosos sino una vejetacion pobre y mustia, entre la que predomina una especie de brezo llamado armajos, unos juncos llamados sapina y una planta llamada salada, de verde ceniciento y menudas flores, las que florecen como avergonzadas y de malagana; ellas, madres de la dulce miel, á orillas del amargo mar c[ue las desdeña, y entre la incisiva sal que las marchita. Asemejándose en su destino estas pobres flores á la poesía en nuestra época, que presenta sus flores sola y triste, á orillas del amargo piélago de la política que las desdeña, y entre el incisivo y descreído sarcasmo que las marchita (1).

3S(1) Como para probar la exactitud cumplida de esta comparación, existe y canta entre estas salinas una Rosa, cuyos dulces y sonoros cantos, que contienen siempre una idea, por lo regular elevada, bella y santa, la que espresan con caridad y elegancia, no alcanzan á pesar de eso, y de

EL ULTIMO CONSUELO. ,65

No alegran por cierto á estos parajes anfibios los «normes montes de sal, que de trecho en trecho se alzan como pirámides monumentales, muy saladas en la materia de que se compone, pero muy sosas en su desfusion. Bien mirado podria simbolizar un famosa mote y generalizado axioma^ vigente y puesto en práctica cuando la guerra de la Independencia, pero que desde entonces acá ha desaparecido con los héroes que la sostuvieron. Es este mote, que hoy dia solo á las pirámides cuadra, En la unión está la fuerza, en vista de que estas moles se amontonan, porque así reunida resiste la sal á los temporales y aguas del invierno, criando su superficie con las primeras sales derretidas por las lluvias una costra, sobre la cual resbalan las aguas sucesivas.

A estas pirámides que llaman sencillamente montones, y que suelen reunir hasta doce mil fanegas de sal, se les hace cimientos á manera que á las casas de Amsterdam, primer puerto de la pantanosa Holanda, hundiendo en la tierra movediza enormes estacas, bastante largas para encontrar terreno sólido en que apoyarse. Esto ha dado lugar á que se diga de aquella ciudad, «que si se volviese lo de abajo arriba, aparecería como un espeso bosque.)) Llaman á estos terrenos albinas, y á los que no se les halla fondos rabizas.

A la derecha de Puerto Real, aunque separado por iguales terrenos, está el famoso Trocadero, de cuya nombre se apoderó la Fama, y que hasta llenó de moños esa lijera y mudable francesita que se llama la

los merecidos elogios que de ellos hizo en el Heraldo uno de de nuestros primeros y mas autorizados críticos, D. Manuel Cañete, todo el lauro á que son acreedores. Ya que en la prosaica era en que vivimos, la fama no cultiva ni riega las flores de la poesía, reciba al menos esta Rosa en su cáliz, como una gota de rocío, nuestro pobre tributo de elogio y Ja espresion de nuestra sincera simpatía.

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Moda (1), mientras que su individuo permanecía en el mas completo silencio, soledad y abandono. Labrado dicho fuerte en el espacio mas saliente de la costa, como lo ha sido Puntales en la orilla opuesta, parecen ambos venir mancomunadamente al encuentro uno del otro, como dos valientes y alertas centinelas que guardasen uno de los tres arsenales, joyas de la Península, y vigilasen el interior de la bahía, que como salón de descanso y como hospital, brinda Cádiz á los peregrinos del mar.

El Trocadero, antes de vestir la armadura y empuñar la lanza, era un pacífico y benévolo calafate, ai que con motivo de volver los buques para carenarlos, denominaron el Trocadero, nombre que ha conservado, porque los nombres son lo mas adherente que se conoce, por mas que el furor de cambiarlo todo, no los esceptúe hoy de su universal quita y pon.

El Trocadero guarece á Puerto Real de las poderosas embestidas de la mar, á las que no resisten ni aun las potentes murallas de Cádiz; así pues abrigado por el fuerte, y parapetado con sus pantanos, duerme tranquilo ese lindo pueblo entre sus flores, bajóla custodia de su patrono San Roque.

Pero si carece del contacto de su terrible vecino el mar, no por eso carece de su vista, y el que por la tarde pasee por su bonita alameda dé carretones, que abriga con sus álamos al camino real, y desde donde el espacio se ostenta en toda su anchura, podrá divisar á su derecha el gran coto qqe se prolonga hasta las primeras alturas, las que siempre creciendo y elevándose, constituyen la Sierra de Ronda. Al frente puede ver al Puerto de Santa María mirándose en las aguas de su rio Guadalete; á la izquierda á Cádiz con sus rocas por cimiento, sus murallas por pedestal, sus torres por corona, su faro por antorcha, y sobre su

(1) En el año de 1823 se hicieron en París sombreros, y frabricaron telas llamadas Trocaderos.

EL ULTIMO CONSUELO. 167

blanco pecho su iglesia del Carmen por santo escapulario. Y por último, puede admirar entre el Puerta de Santa María y Cádiz la inmensidad del mar, y al rey de la luz apagarla con despacio entre las olas, dejando mientras descansa, su misión de luz en el cielo á las estrellas, y en la tierra al faro, el mas santo de los monumentos que erige el hombre, después del templo del Señor.

CAPITULO IL

No admiraba ni la mar ni la puesta del sol un hombre que montado en su burra se encaminaba á esta hora por el camino de las canteras al pueblo. Aunque solo contaba cincuenta años, sus cabellos habian encanecido, y las arrugas que surcaban su inclinada frente atestiguaban que las penas aventajan á los años en la triste misión de destruir al hombre.

El que se dirigía en su burra al pueblo, era uno de sus honrados vecinos, que estaba casado con una mujer de aquellas que reconcilian á Dios con la humanidad, de esas mujeres en que todo es corazón y todo lágrimas, que ponen en práctica el divino y ascético lema amor no dice basta, aplicándolo así al amor á Dios y á las cosas divinas, cuanto al amor de familia y al amor del prógimo, hasta hacerlo estensivo al enemigo; amor sublime que bajó de la cruz, y se ha ido debilitando de manera, que cuando la generalidad lo vé en seres privilegiados, apenas puede darle crédito.

Este matrimonio, bien acomodado en su clase, que gozaba de buena salud y de gran consideración en el vecindario, hubiera podido ser feliz, si fuese la felicidad cumplida (por mas que digan los filósofos) cosa concedida al hombre, que por la culpa degradó su pro-

ore, q yeíd.

pío primitivo ser y el de su estirpe. Los trabajos en el

168 BIBLIOTECA DE LA ILUSTRACIÓN POPULAR.

iombre, los dolores en la mujer.... ¿quién levantará -ese anatema de Dios que pesa sobre la humanidad?

Amarga habia sido la parte de sufrimiento que á* este buen matrimonio habia caido. Padres amantes ,- lloraban aquel dia como el primero, la muerte que en la guerra civil hallaron dos hijos que habían sido su gloria, y la de una hija que habia sido su encanto, y que les arrebató el mal que desde el Ganges viene á\ buscar sus víctimas. Únicamente les quedaba el mas pequeño de sus hijos, que habia acertado á ser, como Jo calificaba la vecindad, el Judas de aquella honrada familia.

Bernardo, tal era su nombre, que á la sazón contaba doce años, tenia todas las malas cualidades^

3ue suelen nacer unas de otras. La pereza habia traio la ociosidad, y esta las viciosas inclinaciones. Na* habia dejado de contribuir á tan peligroso desarrolla el estremado cariño de sus padres, en particular de su madre, que les impedia gastar con él el rigor necesario para domarlo. Así es que su hijo había acabado por unir á sus demás malas cualidades, el fatal espíritu de independencia, padre del desenfreno y Terdugo del respeto, hermoso sauce del vergel de las • virtudes; y cuando en almas díscolas y groseras falta el temor que le suple, pierde el bien en este mundo, después de su ángel custodio, su salvaguardia.

Mientras Antonio Parra montado en su burra eaminaba cabizbajo hacia el pueblo, estaba María, su? mujer, sentada en la sala de su casa, teniendo á su lado una niña de seis años, á la que enseñaba la costura y la doctrina. La madre de esta niña, hermana de María, era una pobre viuda que ganaba su vida lavando en las casas pudientes, la que ni podia costear á su hija la amiga, ni tampoco podia tenerla á su lado, por lo cual su buena tia la tenia por el dia en su casa.

— Verónica, hija mia, le preguntó la buena mujer, ¿sabes ya de corrido la relación que te ha enseñada^ tu Tecina la santera?

EL ULTIMO CONSUELO. 169

— Sí, señora tia, contestó la niña sin dejar de trabajar en su dechado, lo que hacia con sumo placer,, y. en seguida relató la siguiente relación,

En la gran Jerusalen Caminaba hacia el Calvario ; Una afligida mujer Yestida de azul y blanco. — ¿Ha visto V. por aquí Al hijo de mis entrañas? — Por aquí pasó, Señora, Antes que el gallo cantara, Con una cruz en sus hombros De madera muy pesada, ¥ una corona de espinas Que el cerebro le traspasa. Como el madero le abruma^ Tres veces ha arrodillado; ¡Tres veces tocó la tierra Con sus santísimos labios! Allí salió una mujer, Que Verónica la llaman, Con un paño que traia Limpia aquella hermosa cara* Tres dobleces tiene el paño, Tres caras allí estampadas. La primera está en Jaén,. La segunda en Roma estaba Y la tercera en la mar Para consagrar las aguas.

~ Tia, añadió en seguida la niña, aquella cruz, que* tanto abrumaba al Señor que le hizo caer tres veces>3 ¿de qué era que pesaba tanto?

—Pesaba tanto el divino madero por su gran tama-, ño; el tronco era de ciprés, de palma el palo que lo atravesaba, aquel en que asentaron sus divinos pies* de cedro, y la tablilla de las cuatro letras de olivo* que todo tiene gran misterio, contestó á la niña m

170 BIBLIOTECA DB LA ILUSTRACIÓN POPULAR.

lia. Pero, ahora, prosiguió, ya puedes dejar tu tarea y ponerte á jugar, hija mia.

La niña dobló con mucho primor su techado, que guardó con la seda y el dedal en una faltriquera que, formada de la misma tela, tenia anexa la almohadilla; en seguida se levantó, y arrodillándose ante una imá- .gen de bulto de la Señora, que estaba colocada sobre una mesa, cruzó sus manitas y dijo:

Virgen Santísima, Vuestra esclava soy; Con vuestra licencia, A jugar me voy. Con vuestra mano bendita, Madre de mi corazón, Aunque soy pecadorcita.... Dadme vuestra bendición.

En seguida se puso á vestir un niño de barro, que después de cuidadosamente envuelto en uno délos recortes que le habia dado su tia, acostó en sus brazos, meciéndolo y cantándole suavemente la tonada ?[ue para dormir a los niños tienen sus madres, inantilmente denominada la nana, con la siguiente copla:

Todo lo chiquitito Me hace gracia, Hasta los pucheritos De media cuarta.

—¿No quieres dormir? añadió, sentando a su niño ^n la falda, pues entonces, te voy á enseñar á r&tar. Por las mañanas, lo pri mérito que se dice es:

¡Bendita sea la luz del dia, Y el Señor que nos la envia! Tenga V. muy buenos dias. — Y para acostarse, prosiguió la niña, se dice:

Me acuesto con mi Señor, Que no hay otro mejor,

EL ÚLTIMO CONSUELO. 171

Ni lo ha habido, ni lo habrá, Ni nació, ni nacerá.

¡Señor, Sime duermo, despertadme; Si me muero, perdonadme (1)!

—¿Dónde habrá ido ese niño! dijo al cabo de un rato la buena madre; ya es cerca de oraciones, su padre vá á venir, y si no lo encuentra en casa se vá á incomodar.

— Estará jugando al toro con los otros muchachos, contestó la niña, que era todo lo dócil y bien inclinada que no era su primo. ¡No sé qué gusto encuentran en semejantes gritos, carreras y embestidas!

— Lo que gusta á los muchachos, no puede, ni debe gustar á las niñas, repuso su tia, que instintivamente disculpaba siempre á su hijo, aun en aquellas cosas que mas la mortificaban. El sentará, hija mia, él sentará.

—¡Ya se vé! cuando sea viejo, contestó sin malicia la niña.

Oyéronse carreras y desentonados gritos, de esos con que los muchachos soeces lastiman sin compasión ni miramientos los tímpanos ágenos; y el niño de quien se hablaba entró estrepitosamente en la sala.

— ¡Válgame Dios, hijo, cuál vienes! esclamó su madre al notar su chaqueta y pantalones desgarrados. ¿€on qué te has hecho la ropa girones?

—¿Qué mas le dá á V. que sea con un clavo ó con un gancho? respondió el muchacho. Si no quiere usted que me desgarre no me haga V. los vestidos con esta tela de tiritaña.

(1) ¡Qué fé, qué ternura, qué encantadora sencillez hay en todas estas oraciones infantiles!! Solo podemos compararlas con las alas que ponia Murillo á las cabecitas de ángeles, que eonfiados y sonrientes se ciernen en las glorias que pintó en sus cuadros.

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— ¡Qué habian de ser de tiritaña, hijo! Son nuevos y de pan de pobre.

— Pues hágamelas V. de pan de rico, repuso con decoro el muchacho. Verónica, prosiguió dirigiéndose á la niña; en el pretil de tu azotea estaba tu gato, le tiré un guijarro; no lo maté, otra vez será.

— ¿Y qué te ha hecho mi pobre gatito para que lo.

fiersigas? repuso la niña prorrumpiendo en un amargo , lanto.

— ¡Ay que guaza!.... ¡llorar por un gato! esclamó el muchacho echándose á reir. ¿Pues no era menester,.. Doña Suponcios, enjugarte esas lágrimas con un manojo de hortigas?

—Capaz eres de hacerlo, Herodes, dijo la niña yendo precipitadamente á guarecerse al lado de su tiá.

Oyéronse entonces una campanada, y después otra, y otra, como si muchas veces repitiese la santa voz; de la Iglesia la palabra ((¡Orad, orad! que acaba el dia en que no habéis muerto, y empieza la noche en que prrleis morir.» La tia y su sobrina, que atendían y: coiiipredian ese lenguaje católico, se pusieron instantáneamente en pié, y la primera dijo á su hijo.

— Vamos, Bernardo, á saludar á la Virgen y á rezar, que esta mañana no tuviste gana.

— Es que ahora tampoco la tengo, contestó éste sacando de su faltriquera piñones, que se puso á partir y á comer.

Su buena y mansa madre, que conoció que nada conseguiría con insistir, dijo suspirando:

— Pues yo rezaré dos veces, una por tí y otra por mí: y en seguida empezó la salutación á la Virgen,, respondiendo con su voz infantil Verónica, concluyendo ambas la devoción de esta suerte: Recibid, Virgen María,

Estas tres Ave-Marías

Que tu esclava te envia.

La primera, por los que están en agonía,

La segunda, por los que están en pecado mortal,

la tercera, por los que andan en las aguas del mar

EL ÚLTIMO CONSUELO. 173

Y peligros de la tierra;

Las pongo en las manos vuestras,

Para que sean perdonados

Nuestras culpas y pecados.

— «Y que estén al punto asados Los piñones que he mercado,» añadió Bernardo, con esa facilidad que tienen en España hasta los niños para sacar consonantes.

— Calla, Bernardo, dijo su madre apurada, que lo que dices es un desacato.

— Isí me pagaran cada uno á dos cuartos, que los habia de enristrar como sartas de pimientos, repuso el muchacho.

En este instante llegó el padre.

— ¿Tú no sabes, esclamó al entrar dirigiéndose á su mujer entre indignado y sentido, lo que ha hecho ese mal alma? y señaló á su hijo.

— La pobre madre se puso á temblar, y antes de saber el motivo de su dolor, asomaron á sus ojos Jas lágrimas que le arrancaba.

— De una pedrada ha abierto la cabeza al hijo de Juan de Silva, prosiguió su marido.

— El me tiró primero, dijo con desparpajo Bernardo; quien debe y paga, cuenta saldada.

— Es mentira, repuso su padre, que (juien presenció el hecho, me lo ha referido; pero si el diablo no hubiese inventado la mentira, la hubieras inventado tú. El muchacho ni te habia visto cuando recibió la

Í>edrada. Otro mas provocativo que tú en el pueblo no e hay. ¡Y estás tan fresco como si nada hubieses hecho! Ni sentimiento muestras por estar desconsolada una familia por tu culpa, malvado; ni vergüenza, por haber mentido, villano!

— No he mentido, contestó Bernardo; me la tiró el otro dia, y se la tenia guardada. — ¡Perverso! esclamó su padre, ¡á tan tierna edad

fuardar rencores, mal nacido y mal medrado! ¡quién iría que te parió esa bendita y que por tus venas corre la honrada sangre de los Parras!

174 BIBLIOTECA DE LA ILUSTRACIÓN POPULAR.

— ¡Quién me la hace.... me la paga! murmuró entre dientes el indómito muchacho.

El padre se dejó caer sobre una silla, y tiró con indignación su sombrero sobre otra.

— ¿No sabes, hijo, esclamó con dolor su madre, no sabes que manda la ley de Dios no vuelvas mal por mal ni con palabras, ni con obras, ni con deseos de venganza, que Dios la tomará por tí? ¿y que dice San Juan, que el que odia á su hermano es un homicida?

— María, le dijo su marido, te lo ha dicho ya, este mal hijo me vá á llevar al hoyo; por su causa te se van á secar á ti los ojos de llorar, y por remate ha de tener mal fin.

— ¡Madre mia, Virgen de Misericordia! que lo tenga cristiano, esclamó cruzando las manos la ferviente cristiana.