Cuadros de costumbres · Capítulo real 6 de 8

CAPITULO III

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 4 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPITULO III.

Diez años después se habian realizado en parte los vaticinios del anciano. Bernardo habia perseverado en su mala senda, y en varias ocasiones, sus locuras y temeridades le habian espuesto á un fin desastroso. Las lágrimas que sus angustias y sus penas arrancaban sin cesar á la buena madre, habian acortado en tales términos su vista, que no conseguía, por mas que lo intentaba, ocultar los progresos de su mal. En cuanto al padre de este mal hijo, yacía en el lecho del que no hafeia ya de levantarse.

—¿Con que tampoco esta noche ha entrado Bernardo? preguntó el enfermo á su mujer.

La interrogada no contestó.

—María, prosiguió su marido, estoy afrentado y la afrenta es una pesada cruz con la que no puedo yo» Años há que tenso muerto el corazón, y ei cuerpo \k detrás: ¡ese mal hijo me entierral

EL ÚLTIMO CONSUELO. 175

— Hombre, contestó su mujer ocultando las lágrimas que la ahogaban, no es tan fiero el león como le pintan. El se enmendará; cobra buen ánimo. Considera que dice el refrán: «carrera que no dá el potro, en el cuerpo se le queda»: déjalo que desbrave; está en la fuerza de la calentura de la mocedad.... ¡ella jasará: según son los penitentes, es menester absolverlos!

— ¡Por tanto absolverlo está como está, María! Y así es que parte de esta perdición cae sobre nosotros, que no le pusimos freno desde un principio. Si no hubiese encubridores no habría ladrones; y tú no has hecho otra cosa que encubrir sus desmanes, y darle dinero para mantenerle sus vicios.

— ¿Qué dineros le habia de dar? esclamó María.... ¡si tiene el pobre siempre los bolsillos que pueden correr por ellos ratones!

— Porque cuando viene á vestirse trae la moneda gastada. No falta guien diga que triene parte en eí robo gue se hizo dias atrás; y aunque no sea cierto, ha caido en descrédito; y si él tiene cara para arrostrar esas voces y se hecha el alma á la espalda como un perdido, no así yo.... que toda mi vida he tenido vergüenza, y he andado con el sombrero echado hacia atrás, y no hacia la cara.

— Bien sabes, repuso su mujer, que nada tuvo que ver mi pobre hijo con el robo, pues que aquella noche durmió en casa. Ya ves, hombre, cuántas cosas parecen lo que no son.

— Durmió en casa, gracias á una borrachera deque no se podia tener, repuso su marido, porque de las veinticuatro horas, veinticinco está bebido; pero como no se pa«ea mas que con gentes sospechosas y de mal vivir, las sospechas que sobre aquellos caen, calan hasta él. La sangría que ha dado á mi casa no ha sido floja, y dará con ella en tierra, después de dar conmigo en la huesa, en la que, según me ha puesto de consumido ese mal hijo, poco dará mi cuerpo á los gusanos. Así es que la pena que llevo conmigo ai hoyo, es dejarte á tí sin mas amparo que el de Dios^

T76 BIBLIOTECA DE LA ILUSTRACIÓN POPULAR.

-con una pena siempre viva, con ese hijo sin entrañas^ rel que por remate, — como muchas veces te lo he predicho, — ha de tener mal fin.

— ¡Madre mi a de la Misericordia! rogó sollozando la pobre madre, que lo tenga cristiano!

Poco tiempo después de la precedente escena murió el honrado Antonio Parra en los brazos de su desconsolada compañera, con todos los consuelos divinos que hacen santa á la muerte, y con todos los consuelos humanos que la hacen suave, pero sin que su hijo,

3ue estaba en una de sus correrías, ayudase á su mare en la santa y sublime obra de asistir á su padre. Verónica fué la (jue sin desviarse un instante del lado de su tia, partió con ella sus cuidados, y después que faltó su tio, la acompañó y consoló en su triste soledad como una buena hija.

Era Verónica á la sazón una linda joven, muy tímida, muy retenida, muy devota y muy recogida. Vestia con mucha sencillez y recato, pero con sumo aseo y pulcritud. Su rostro, un poco parado y de buenas y regulares facciones, tenia la serena, grave y fria belleza de las imágenes. Su habitual ademan era el de bajar los ojos, ademan que usurpa á veces la hipocresía á la austera virtud, lo que sirve de pretesto á la franca disolución para burlarse y censurarlo amargamente, aun cuando sea la sincera espresion de una persona humilde y morigerada. Guarda el espíritu antireligioso sus inagotables tesoros de indulgencia y tolerancia para mejor ocasión, esto es, para los fobrecitos judíos, para los filantrópicos misioneros protestantes que quieren ilustrarnos, como los otros enriquecernos; pero.... llevarlos ojos bajos y el continente morigerado, tales desmanes y semejantes perjudiciales ejemplos, deben en bien del pais y proTecho de los adelantos del siglo, reprimirse, menospreciarse y entregarse al escarnio.

En Bernardo la muerte de su padre no habia causado gran sensación^ ó al menos no habia sido de especie tal que bastase á mejorar sus costumbres. Pasa-

BL ÚLTIMO CONSUELO. 177

da la primera impresión, la falta de su padre mas bien habia servido á romper el último freno que lo retenia. Este freno era el respeto, que aunque no fuese sino en su preseacia, le infundian las venerables canas que cenian como una corona de plata la frente del hombre honrado; que ese hombre honrado era su padre y esas canas que se habían anticipado á la vejez, eran cada cual hija de un pesar causado por él. la vergüenza, que es la conciencia profana, hacia doblegarse á aquella indómita cabeza ante su padre; porque aquel hombre, aunque malo y viciado, habia aprendido á hablar en las faldas de su madre, con estas palabras: amar á dios sobre todo, honrar padre

Y MADRE.

Así fué que en los primeros instantes admiró y casi envidió la conducta observada en aquella ocasión por su prima y mas adelante al verla consecuente á sí misma en todas las circunstancias de su vida, serena siempre como el espejo que refleja el sol de Mayo, llegó á adquirir la suave Verónica para con aquel hombre inquieto y efervescente, el dulce atractivo que tiene una tranquila y plácida bahía para el marino que en altas mares lucha entre las corrientes que lo arrastran, y los huracanes que lo empujan.

Pero las osadas é incisivas miradas que clavaba Bernardo en su prima, habían retraído á la modesta y encogida inocente de fijar en él las suyas, que eran tan candidas, tan puras, tan confiadas y tan serenas. Tiempo habia, ó mejor diremos, siempre habia sucedido, que el lenguaje brusco, burlón y poco respetuoso de su primo, habia originado en ella hacia él un alejamiento temeroso y repulsivo; evitaba con cuidado las ocasiones de encontrarse con aquel, y al efecto elogia para acompañar á su tia aquellas horas en que sabia que estaba él ausente.

En vista de lo referido hacíanse difíciles los nataTales preliminares, que son al amor lo que sus albores al sol, entre dos seres tan opuestos, entre un hombre que una vez definido su objeto, camina á él sin am—

178 BIBLIOTECA DE LA ILUSTRACIÓN POPULAR.

lajes, y una joven que nunca ha pensado, ni comprendido, ni deseado, ni oido palabras de amor.

No se le ocultaba á Bernardo el desvío de su prima. Pero era él justamente de aquellos hombres á quienes empeña una contradicción, y enardece un obstáculo: era de esos fatales idólatras de su voluntad, llamados tercos, y la terquedad es la mas estúpida fusión de la tontería y del orgullo; es vicio de niños, vicio de necios, vicio de pesados, vicio de los que gustan hacer alarde de todo.

Como la naturaleza poco elevada de Bernardo le hacia incomprensible que hubiese quien renunciase voluntariamente al mundo y al amor; como por otro lado no creyó posible que lo dejase de querer una mujer sin un motivo, y este motivo á su entender no podia ser sino el querer á otro, se puso á acechar á su prima á todas horas. Pero nada oculto pudo descubrir en aquella existencia, que se deslizaba santa y silenciosamente al pié del altar y en el encierro de su casa.

No hallando las sospechas de Bernardo sobre quién recaer, se fijó en este dilema: ó Verónica no tiene amores, ó en ese caso me corresponderá, cuando la diga que la quiero; ó no me corresponderá, y esa será porque quiere á otro, y este otro no puede ser sino Juan de Silva, que es su vecino, y puede hablarle sin que nadie lo llegue á entender.

Decidido, pues, á salir de dudas, Bernardo aguarda una noche á su prima, apostado detrás de una esquina; de manera que al volverla Verónica, se halla frente á frente con él.

— Te aguardaba, Verónica, le dijo Bernardo.

— ¿Y para qué? contestó ella instintivamente alarmada.

—Para decirte que te quiero, replicó él.

Quizás aquel que no comprenda el íntimo sentir de una criatura como Verónica, imagine que ponderamos al decir, que el efecto de pavor y de tedio que le causó esta abrupta declaración fué aterrador; que

EL ULTIMO CONSUELO. 179

aquel instante las ardientes miradas de su primo la horripilaron cual si hubiesen sido víboras, y que sus palabras ¡a inspiraron la repulsa que la hubiesen causado culebras que se acercasen á enroscarla. Fué tal su turbación que no halló su labio un sonido, ni su razón una palabra para contestar, y permaneció muda.

—¿No me respondes, mujer? prosiguió Bernardo en un tono suave, desconocido en él.

— ¡A mí no....ámí no! contestó Verónica entre aturrullada y asustada.

— ¡A tí, prima, á tí, que te has puesto tan hermosa que paras al sol; á tí es á quien quiero!

— ¡A mí no.... quiere á otra! tornó á decir Verónica.

— ¿Y por qué habia de querer á otra y á tí no?

— Porque otra podrá corresponderte.

—¿Y tú no?

— Yo no.

— ¿Y por qué? preguntó volviendo á su natural tono brusco Bernardo.

— Porque eso de amores no es para mí, contestó Verónica; yo no quiero amores.

—¿Pues qué quieres?

— Yo no quiero nada.

— No lo creo.

— Pues qué ¿no se puede vivir sin desear algo?

— No; no se puede vivir sin desear algo, y después de desearlo, no se puede vivir sin lograr lo que se desea. Tú á alguno has de querer; si no es á mí será á otro, eso no puede marrar; y lo que yo deseo es que sea á mí; ¿estás?

— Bernardo, dijo fatigada Verónica, por Dios no me detengas con palabras inútiles, ni con chicoleos que son buenos para las casquivanas.

Dio un paso para irse, pero Bernardo la detuvo agarrándola por un brazo de una manera tan brutal^

3ue la pobre niña lanzó un débil ¡ay! debido tanto al olor como al sobresalto.

180 BIBLIOTECA DK LA ILUSTRACIÓN POPULAR.

— ¿Me haces violencia, Bernardo? esclamó, ¿y con qué derecho?

— ¿Y con qué derecho me das tú con la puerta en el rostro sin escuchar siquiera mis razones? repuso Bernardo: un grillo es y se le escucha.

— He oido tus razones, Bernardo, te las he contestado y me voy, porque no está bien que se pare una mocita á hablar con un hombre en la calle, aunque éste sea su primo.

— Pues acude á la reja.

—Nunca.

—Dame una esperanza siquiera, esquiva, una siquiera y te dejo ir.

— Con que, ¿quieres que te engañe?

— No quiero que me engañes: lo que quiero es, ya que otra cosa no pueda ser, que antes de darme un no tan pelado y tan duro como los chinos que estamos pisando, lo pienses mas despacio.

— Lo tengo pensado, Bernardo, y no he de variar; te lo digo porque me gustan las cosas claras y sin vuelta de guia.

— Es que todo no lo tienes pensado, repuso con comprimido despecho Bernardo; quédate que pensar que si me desprecias, en Juan Silva me tengo que vengar.

Bernardo se alejó dejando á la pobre Verónica mas atónica aun de oír nombrar á Juan de Silva, con el que no tenia ninguna clase de relaciones, aunque era su vecino, que asustada de la amenaza.