Cuadros de costumbres · Capítulo real 7 de 8
CAPITULO IV
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 2 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPITULO IV
Algunos meses después de la muerte de su marido, estaba la pobre María sentada en su solitaria sala. En su pálido y marchito rostro se veian unidas las huellas del sufrimiento perenne y del temor incesante,
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como se ven en un barco que naufraga á ímpetus de las olas del mar que lo asaltan y del huracán que lo zamarreados destrozos que unidos le causan ambos elementos. Verónica estaba á su lado, semejante á los ángeles de Dios, á quienes no ahuyenta, sino á quienes atrae el dolor para ejercer su misión de consuelo.
— ¿Tia, qué tiene V., le dijo con su suave y queda voz á María, que desde esta mañana no se le secan las lágrimas? Ya e han hecho á V. surcos en el rostro y acabarán por hacerla canales.
— Hija, contestó María, estoy que no puedo parar y
3ue no quepo en el mundo. Tu primo no ha entrado esde ayer de mañana que salió. — Señora, ¿no eslá V. hecha á que esto suceda? Habrá ido á los toros del Puerto.
— Aunque eso fuera, deberia haber vuelto ya: los toros fueron ayer.
En este momento entró azoraday precipitadamente la hermana de María, madre de Verónica, y le dijo con la abrupta franqueza del pueblo: ¡María, en la calle Larga hay una riña, y tu hijo es uno de los que se hallan en ella!
María se levantó desatentada, y aun sin tocarse su
Eañolon se arrojó á la calle, dirigiéndose despavorida acia el sitio indicado.
Su hermana y Verónica, á pesar de su espanto y de su terror, salieron á alcanzarla; porque el pueblo mira con harto mas respeto las relaciones de familia que la clase que se denomina culta, y atiende á las obligaciones que impone con harto maé cariño y respeto.
Cuando llegaron al sitio de la riña, vieron á María, esa mujer tan blanda de corazón, tan retenida por hábito, tan temerosa y encogida por carácter, arrojarse entre dos honbresj que lívidos los semblantes por la ira, y ardientes los ojos por el furor, terciada una manta en el brazo izquierdo y teniendo en la mano derecha una larga y ya ensangrentada navaja se pre* paraban á darse una embestida.
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— ¡Hijo, hijo!.... ¿Qué vas á hacer? gritó abalanzándose á uno de ellos.
La madre del otro combatiente habia acudido también con una hermana y lo sujetaban cada una por un brazo, pero sin qae gran esfuerzo fuese necesario, porque en este instante vaciló, sus ojos se cerraron, la navaja se escurrió de sus manos, y cayó sin sentido,
— ¡Le mató!.... murmuraron los que al ruido de la pendencia habian acudido.
— Quítate de en medio, Bernardo; dijo á éste uno de los conocidos, mira que han ido á avisar á los civiles.
Bernardo, que se desangraba por una ancha herida en el costado, se alejó apoyándose en su madre, cuyos vestidos empapaba con la caliente sangre que vertía, y cuyos castos y religiosos oidos heria con las obscenas blasfemias y palabras de venganza que le arrancaba al furor de sentirse mortalmente herido. A su otro lado iba sosteniéndolo Verónica, aterrada, pero atenta y silenciosa; y su tia le anudaba con fuerza su ceñidor para comprimir la hemorragia.
Así caminaban lentamente, solos y sin ausilio; porque los hombres todos habian huido, con ese temor profundo que hay en España á verse comprometido á figurar como testigo en una causa criminal.
Nadie hablaba. La debilidad y el cansancio habian hecho callar al herido; las demás callaban por no darle pábulo á volver á prorumpir en su horrible lenguaje, que sin freno ni represión vá cundiendo de un modo espantoso, y como no se oye en nación civilizada alguna, pero ni aun entre los salvajes. ¿Para qué pagan las gentes honradas las contribuciones y la poli* cía, si no ha de servirles para evitarse á sí, á sus mujeres é hijos este intolerable vejamen?
¡Qué grupo formaban esas hermanas de caridad (en llegando la ocasión todas las mujeres lo son,) alrededor de la cama en que fué acostado aquel hombre de espantoso aspecto, el que mas pálido por grados á
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medida que iba perdiendo su sangre, con los ojos cristalizados, la mirada estraviada y perdida, la boca entreabierta, y la respiración estridente, yacía inmóvil é insensible! ¡Con qué consagrado amor manchaban de sangre debida al delito, sus puras é inocentes manos, al aplicar á la herida paños, mientras no llegaba el cirujano! ¡Con qué caritativo celo secaba Verónica con su blanco pañuelo el sudor, con que bañaban la frente del herido las fatigas de muerte que la causaba la pérdida de la sangre! — ¡Señor, estos prodigios de santo y consagrado amor, de valerosa y
Í)aciente caridad te ofrece la humanidad, para que en avor de ellos no reniegues de la criatura que criaste y que olvida su elevado origen, su misión en este mundo y su destino en la eternidad!
El cirujano declaróla herida grave, pero no mortal. Después de la cura el herido acabó de perder del todo el conocimiento, y quedó sumido en un letargo semejante á la muerte.
Entonces María, exenta ya de la activa asistencia que reclamaba su hijo, cayó desplomada sobre una silla, y ocultando su rostro entre sus manos prorumpió en sollozos clamando con desconsuelo: ¡habia de tener mal fin; así lo predijo su padre!
— Tia, no se aflija V., ni piense lo peor, replicó Verónica: eso lo dijo mi tio en el supuesto de que no se enmendase. ¿Quién sabe si Dios se vale de este medio para preparar su enmienda? ¿No vemos en las vidas de ios Santos, á cuántos de ellos llamó Dios á sí por medio de enfermedades, naufragios y otras calamidades que han puesto á los hombres frente á frente con la eternidad? Bernardo sanará, tia, así lo ha asegurado el médico, y mediante Dios, sanará á un tiempo de cuerpo y de alma.
— ¡Verónica, hija mia, Dios te premiará el balsame que dan tus palabras de consolación á mi alma! ¡tú. no sabes, hija, lo que es una pena sin consuelo.
— No las hay, tia, repuso Verónica. Dios los tiene muy grandes y muy dulces para quien se los pide, y
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el mayor de todos es el que Su Magestad se digna recibir nuestras penas como ofrendas, cuando se las ofrecemos. ¿Quién, pues, por tal de tener una ofrenda que ofrecer al Señor, que le sea grata, no quisierar sufrir como lo ansiaba Santa Teresa?
—¡Madre mia, si decretada está la muerte del hijfr mió.... si la he de presenciar como presencié la de su padre.... conforme estoy, y cúmplase su voluntad! ¡Pero tú, Señora y afligida Madre, alcánzale á otra su último consuelo; y logra por tu intercesión bendita,, <{ue tenga el hijo, como la tuvo el padre, una muertecristiana.