Cuentos aragoneses · Unidad 16 de 57
Unidad 16 · 4f) EUSEBIO BLASCO
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4f) EUSEBIO BLASCO
— Vaya, tío Juan, no diga usté tonterías. ¿Se ct^ue.^- ta usté 'dos onzas (jentonce-s corrían las onzas!) a que no hace usté una suerte cualquiera con un toro de Carriquirri?
. — ¡Lo mesmo que ellos! En teniendo «serenidá;>, no hay ouidao.
¡—¿Apjuesta usted o no?
• — Anque queráis cuatro mil ízales. Lo que haga otro hombre... «sereno», lo hago yo.
— Pues, oiga usted : dentro de quince días es la fiesta de la villa, y van a lidiar Cuchares y el Tato toros de cinco años. ¿Qué suerte quiere usted hacer?
— jLa que sus dé la gana!
—Vaya, que no hace usted la del Gordito: plantarse, sentao, en una silla delante del toril, con dos banderillas, y ponérselas al toro a la primera embestida.
— Haré lo mesmo que el «Gordico» y que cualquier flaquico, y te costará dos pelucones. j Pidíle el premiso al alcalde, y veris!
No se habló de otra cosa en el pueblo durante catorce días. Se cruzaron cientos de apuestas; vinieron espectadores de todos los pueblos, de la capital, de todas partes !
La suerte hai)ía de hacerla el «Tío Juan» en el primer toro.
Se sentó tan tranquilo en la silla, en medio de la plaza, puso una pierna sobre la otra, y con una banderilla en cada mano y las manos en alto, esperó la señal del presidente, y sonaron los clarines...
Abrióse la píuerta del toril, salió un torazo enorme, que se dirigió como el rayo al improvisado torero, y de la primera arremetida envió al tío Juan, con silla y todo, a seis metros de altura; y así que cayó le recogió y le dio yo no sé cuántas cornadas. ¡ Le dejó desnudo !
Echaron los toreros de veras, capiotes al toro, le alejaron del centro, y los monos sabios recogieron al
CUENTOS ARAGONESES 47
I ío Juan medio muerto,~y fué un verdadero milagro que la fiera le dejase con vida.
Le llevaron a su casa, y estuvo el pobre en cama tres me&es; y por -especial favor de la Divina Majestad piudo contarlo.
Y siempire q;ue alguien iba, a verlie y le preguntaba:
— Pero, tío Juan, ¿cfué ha sido ¡dso?
El enfermo respondía :
— Pues nada, q;ue al verme el toro encima perdí la sere:nidad. ¡Serenidá... la tuve hasta q;ue me cogió! Pero, amigo, llega un momento^en que se pierde siempre: ¡cuando va de veras!
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Examen
Entra el examinando. Un chicarrón muy colorado y muy sordo. El profesor le contempla un rato. Los estudiantes qiie están sentados detrás de él le dicen en voz baja:
! — No te aptores; ya se te apuntará. . '
Pero como es sordo, no oye más que la mitad de las palabras (jue diqen.
¡Pobre Tomás I
No ha dormido en toda la noche, pensando en qué le preguntarán. Sus padres han venido a Zaragoza desde Cuarte «a ver cómo sale».
— Como salgas mal, te mato a pfizcos— le ha dicho su padre. '
I — Como le des un disgusto a tu piadre, te mato a tozoladas — le dijo su madre. '
Y el chico está aturdido, medio mUerto.
El profesor quiere sacarle adelante, porque le ha escrito una carta de recomendación muy fuerte el coronel de la Guardia civil, que está de huésped en casa de los píadres del chico y es además primo camal del profesor supradicho.
El muchacho está muy sofocado, ti^ne las orejas coloradas como pímiejiitos.