Cuentos aragoneses · Unidad 35 de 57

Unidad 35 · CUENTOS ARAGONESES 107

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CUENTOS ARAGONESES 107

— ¿Ah, sí?

—Sí, señor, y yo no entiendo de eso. Salimos del jnieblo esta madrugada, y ya on medio de un prado, lo digo a Juan: mira, Juan, no tei canses, yo no sé tirar a la navaja, y mejor será. q;uie cojamos dos lescop'Ctas y nos cacemos como conejos.

—¿No sabes tirar? — me dijo él. — ¡No! — Pues te doy partido I

—¿Te dio píartido?

—Sí, señor, mo dijo : Te doy dos navajazos de ventaja, y abriéndose la camisa pio el pecho, gritó: — I Hala, tira !

—¿Y tiraste?

—Del pi'imer viaje cfue le tiré no dijo ni Jesús; ahí queda con los ojos en blanco mirando al cielo... I Y ustés con deteneme y pregúntame, me l^ají perdido!

—¿Por qué?

—¿Ve usté aquello que viene corriendo por allá lejos? Es la Guardia civil.

—Tiene razón, lo hemos casi entregado.

— ¿Entrcgao? ¡Sube, sube a ese caballo, yo me cpiedo aquí, tú guíalo a la frontera! ¡Corred! ¡Pronto, pronto 1

—Que Dios le dé a usté salud.

—¡Y a tí te perdone!

—¡A la frontera!

—¡A la frontera!

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¡No lo querrá Dios!

El piueblo está alborotado. No se habla en él más que de un dentista que ha venido exptresamente de Madrid para hacerle una operación a don Balbhio, el cacique, el ricachón de la comarca.

Aprovechando la presencia del doctor Jhonson (porque el dentista es americano y célebre), varios vecinos piudientes se han hecho arrancar muelas, empastar y orificar dientes.

Y la conversación en el casino y en la plaza, y en las tabernas, gira sobre el suceso del día.

En un corro, debajo de un árbol, sentados comiendo magras y melocotones en vino, discíülen varios honrados ciudadanos.

—Te digo que es un hombre... que no hay otro! A la suegra del alcalde le ha saoao. toas las muelas y se las va a poner nuevas.

—¿Y sabís cuánto le ha costao?

— ¿Ouánto?

—Cuarenta duros.

— ¡Rediéz, qué ladrón! Con ctiarmta duros me compro yo mi pedazo ^ viña, aunque rabí^ de la boca!

lio EUSEBIO BLASCO

—Vaya, tío Casiano, q^iie si le dolieran a usbed mucho las muelas...

— ¡Pues hombre, ahí está él barbero, que me ha sacao ya tres y no m'ha costau más que seis ríales! Y lo que os más fuerza que el barbero no tendrá el franchute ose; me acuerdo que la última vez me dio cuatro tirones, y viendo que no salía m-e llevó a rastra por la habitación.

— Lo dolería a ustod mucho.

— ¡Lo que piué dolor por seis ríales!

—Pues lo que os oste señor no hace mal ni nada. Al registrador do la propiedad le ha sacao un raigón como una almendra.

—¿Y cuánto le ha llovao?

—Quince duros.

El tío Casiano.— Eso lo que os un enredador que viene aquí a sácanos los cuartos, y había que échalo a la cequia.

— Tamtién le ha arreglao la boca a la señora del teniente de la Guardia cevil. ¡Veinticinco duros 1

—¡Eso no pué ser I ¡So va a encarecer el pan si el tío eso pasa aquí una semana!

—¡Ahí También lo ha anoglao las varillas al juez^ y le ha costao cincuenta pesetas.

—¡Mi a que os dinero!

—¿Qué ico usté, tío Casiano?

— i Que pá mi qu'eso es comer con los dientes do los demás! ¡Vaya un saca-ineros que nos ha caidol

(Llega un criado de la casa de D. Balbino y dice);

— ¡ Que de piarte de don Balbino, que esta noche hay vino pá todos en su casa, pá obsequiar al dentista y pá dalo oso gusto po lo descansao que so ha quedao do la boca! ¡Codl que ya lo sabís, «abugos» !

Y por la noche, don Balbino reúno a todo el pu^e-