Cuentos aragoneses · Unidad 38 de 57

Unidad 38 · CUENTOS ARAGONESES 117

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CUENTOS ARAGONESES 117

El ingeniero.— ¿Do imodo que ustedes lo han alargado?

—¡Pues claro es! ¿No lo ve usté? ¡A la vista está!

—Pero y ustedes... ¿no ven que antes se sentaron con las capas puestas y ahora sin ollas ? | Cómo ¿va a tener nadie fuerza piara estirar la piedra! ' El alcalde.— ¿ Que no tenemos juerza?

El secretario.— i Ah! ¿no tenemos juerza? jAl río vas a ir!

— jEh! lAlto!

Todos.— I Al río! lAl río I ¡Enemigo o Dios I

(El ingeniero, huytendo a todo correr).

—Ustedes perdonen... ¡hasta nunca! Todos.— j¡A tu tierra, judío!!

^mm^^mm^^mBi^^aima^^mBmi^ ^warn^^tam-^^^Mm^^mami

El diputado y la perra

— Chico, qué semana himos plasao ©n el pueblo con la venida del depiutao,

—Ya ya me l'han dicho.

—¿Cómo es que no has venido?

—¿Yo? ¿Pa osequiar a intrusos? ¡Palcís tontos!

— ¿ Por qué ?

—Un hombre que ni es de 'esta tienda ni se sabe de ande es.

—Icen qu'es de la Mancha.

—Pues que se vaya a manchar a su lugar. En este Aragón, en viniendo un Torastero y empezando a pedricar por los pueblos y pagar alqueoes de vino, ya paice que ha venido la Santísima Trenidá. jYa veris, ya, que bien nos lo pagal ¿A que jio nos haoe el cementerio?

—Ice que nos va a hacer tino cola siete plises de nichos y una sucursal al lao pía las judías.

— ¿También vais a enterrar las judías?

—Sí, hombre; las dos hermanas del ingeniero francés, ^que icen que son judías.

De sin hilo serán. A— ésas las enterraría yo en ^1 pajar y luego le pegaría fuego. El tal deputao os

120 EUSEBIO BLASCO /^

va a golver del revés. Todo os lo creís en ese pueblo.

—Como que 'es un hombre que sabe más que el tocino rancio:

—¿Y qué 1 'habéis hecho? Habrías fechau la casa por la ventana.

— L'himos dao una comida de treinta y seis cubiertos que nos ha costao' dos duros a cada uno y al alcalde diez.

— ¿Con los dineros de los contrebuyentes, verdá?

—Nos himos comido una ternera con bisaltos y seis docenas d© chorlas. Y nos himos bebido cuatro botas 'de vino.

— Todo pa osequiar al bordo ese.

— Hombre, borde uo se ice que &ea.

—Pues yo lo digo.

—Tú lo que tiemes es envidia.

—Haz favor de mirar lo que ices o sales de aquí a tozoladas.

— Tamién l'himos dao una función de fuegos arteficiales. Unos cuetes han traído de Zaragoza que los llaman de glárimas, que da gozo velos.

—¿Y qué más?

—Una corrida de novillos en la plaza del pueblo. El alcalde ha matao uno.

—A él sí que debían de banderillalo, que tiene una mujer una miaja culiparda.

—No tengas ínala lengua.

—¿Y que Inás?

—Y luego lo himos llevao en tmnfo a la estación.

—¿En los hombros, verdá?

—En los hombros; como que iba a carramancihones encima e el boticario.

— ¡Paioe mentira!

—¿Pero por qué?

—¿Y vusotros os llamáis hombres? Vusotros lo qu6 sois es arduladores y bajos y vendidos.