Cuentos aragoneses · Unidad 42 de 57
Unidad 42 · 134 EUSEBIO BLASCO
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134 EUSEBIO BLASCO
—Pues yo, si tuviá estanco, lo tendría pa fumar de balde.
—Anda, amos, no me vendas a mí con tontadas: ¿se va al Hospital u no se va?
—Echa a andar, porcjue vas a saber una cosa que no sabes.
—¿Y cfué es eso?
—¿Ande dirás que le han hecho una herida a Santiago?
—¡Qué mi si yo!
—No te lo pfues fegurar. Yo voy a velo por eso. Ahí viene el tranvía epilético. |Sooooó!
(Suben. Llegan al Hospital clie la Princesa, y logran llegar ^ la cama donde está iel herido todo entrapajado).
--¡Santiago!
—¡Hola, ]\Ianuel! ¡Hola, Casiano! ¿Cómo habís venido?
—En el epilético.
—Pero, ¿cómo habís sabido que estaba ya aquí?
—Por los papeles.
—¡Anda moño! ¿También hablan de mí? ¡Pues ni que yo fuá Weyler!
—¿Ande está el médico?
—Ahora viene, miálo, ahí viene.
—Bueno, quió que me explique ande tienes la heaida.
(Llega el médico die la sala).
—Pues en loo el cuerpo. Por que no sé si lo dirán los papeles, pero el caso es qu,e me vino con indirectas otro albañil madrileño qUje trebajaba a mi lao, y como yo soy de mi tierra y no tengo por qué aguántale incomejiiencias a nadie, en siguida que me amenazó le di dos puntillazos, y va y me saca Una navaja y miá cómo estoy, en toas partes tengo bo-
CUENTOS ARAGONESES 135
letevs. jAquí en la tripla tengo un redoncho como
la pteseta !
—¿Bueno, piero en las carboneras cfue t'hizo?
—¿Y eso qué es?
— Siñor médico, ¿ en (jué parte el cuerpo están las carboneras ?
El médico.— No sé qué quiere usted decir.
—Que éste tiene la herida arrimada a las cai'boneras. ¡ Qué entraña es ésa !
—¡Hombre, déjeme usted curarlo y no diga usted sandeces t
—Y ¿ qué son sandieces ?
—¡Me caso en sandiéz, a mí no me va usté a enseñar a leer! ¿Tienes o no tienes heridas en esa arte?
—Yaya, vaya, dí'^jcnos usted en paz y por la puer- ■ i se va a la calle.
— Seño!\, yo vengo aqiii a ilustrarme. Aquí está El Liberal. Miúste .lo qu'ice.
—A ver, lea usted.
—«El albañil Santiago Aluvias ha ingresado en el Hospital de la Princesa, a consecuencia de las heridas que recibió ayer junto a las Carboneras». •
El herido.— ¡Allí juél
—Ya lo oye usté, yo no digo nunca una cosa por otra.
El médico.— i Pero hombre de Dios, si las Carboneras es un convento de monjas que hay en la plaza del Conde de Miranda.
-1 Ay, qué moño I Pues que se expliquen y no engañen al público. ¡Yo creía que era en algún entestino nuevo!
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El tío Cerilo
—Tío Cerilo, ¿vé usté esas niibecicas?
—Sí, 8Í, ya las reo.
—Pues mañana hará un tiempo u otro.
—¡No lo premita Dios!
—Tío Cerilo, icen que el día del eclist no l'hizo usté caso. !
— Denguno.
—Y mientras toos miraban al cieJo usté t» bebió un jarro e vino.
—¡Es verdá!
—¿Pues qué idea tenía usté del oclise? ¿Quó cid» usté que es un eclise?
—¡Pues qué ha e ser! ¡saca ineros!
—¿Tío Cerilo, estuvo usté anoche en «1 teatro?
—Dos ríales m© costó.
—¿Y que vio usté?
—No lo piuó decir.
—¿Por qué?
—Porque asi está mandao.
—Amos, dijganoslo usté.
— ¡Q-ue no se puede! Que en el caxtel está puesto: —¡Lo que no puede decirse! ¡Andar al empresario qu« sus lo diga!
—Oiga usté, tío Cerilo, cada vez tiene usté el pelo más colorao. ¿Tiene usté así todo el cuerpo?