Cuentos aragoneses · Unidad 43 de 57
Unidad 43 · 138 EUSEBIO BLASCO
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138 EUSEBIO BLASCO
— Pregúntajielo a tu cuñada.
— I Insolente !
—¿No me preguntáis pa qu.^ conteste? Pues contesto.
— Tenditá usté que confesarse de esa calumnia.
—No pienso confesar más.
—¿Por (fué?
— Porq;ue la última vez me dijo el cura que rezara tres Padres Nuestros, y yo no sé más que uno.
—Diga usté, tío Cerilo. jEs verdá que la dau usté un disgusto a la tía Coneja, la de Cuarte, que -a poco se muere?
—Se iO habrá dau el Gobierno, qtie yo no.
—¿Pues qué la pasao?
—Pues que su hijo estaba en capilla y me dijo q;ue le escribía una carta pa su madre, porque él no sabe. Como su madre está en Madrid y las cartas tardan dos días, y al chico lo agarrotaban tal como al día siguiente', pues yo puse :— «Querida madre: Ayer me dieron garrote».
— ¡ Qué barbaridad 1
— Y como lo indultaron, ahora ice su madre que la himos engañao. jY tié razón!
—Tío Cerilo, ¿qué le pasó a usté ayer tarde en el café, que a poco va usté a la cái'cel ?
—Que son unos trapaceros que engañan a la gente.
—A vert, a ver.
—El cartel dice «Café y billar», y yo pedí una copica e billar y s'echaron a rir. Conque fui y le di un jetazo al mozo que a poco lo estozuelo.
—Bien, tío Cerilo ; ¿ y qué sabe usté del nuevo matadero ?
— Que aunqfue lo hagan, no servirá pa nada, porque mientras no maten las reses como es menester, como si no tuviáis matadero.
—¿Y cómo se matan?
—Cogiéndolas bien, como las cog^ en Zaragoza.
CUENTOS ARAGONESES 139
¿A (jue no sabís cómo cog'ein allí a los carneros pa mátalos ?
—Yo no lo sé.
—A ver, tú, Julián, lo sabes?
—Yo, no siñor.
—Estoy seguro; con tanto que habéis ido a la capital y no os habéis fijao en tal cosa. A ver, llamaj al veterinario.
—¡Don SabasI
—¿Qué hay?
—Una preguntica que quié hacéle a usté el tío Genio.
—¿Qué dice Cirilo?
— I Digo que a que no sabe usté como cogen en Zaragoza a los carneros pa mátalos!
—Hombre... supongo que será como aquí, por los cuernos.
—No, señor.
—Como no sea con lazo...
—¡Que nol
—Pues no lo sé.
— Que llamen al alcalde, a ver si alcalde y todo, lo sabe.
(Viene tel alcalde).
— ¿ Qué ocurre ?
— ¡A(juí tenemos un desamen de matar carneros! Ice el tío Ceiilo que a que no sabe usté cómo cogen a los carneros en Zaragoza pa mátalos.
—La verdá es que hí estao muchas veces en el matadero a^uel y no me acuerdo.
El tío Cerilo.— ¿De modo que denguno de ustedes sabe cómo se cogen los carneros pa mátalos ?
—No, tío Cerilo, no lo sabemos.
—¡Pues tieínen qi;e cógelos... vivos 1
Los dos burros
— ¡Pa esto no hay paciencia! j Maldita sea la hora en que nací! ¡Más me calia que mi padre ra'huhiá escachao de una patada pa que n'hubiá Uegao a ser hombre en mi porretera vida! ¡Ay, Dios mío, qué esgracia tan grande I
(Salen todos lo<; vecinos de la call« a las puertas; el pii«blo •stá en conmoción).
—¿Qué pasa? '
—¿Quién se queja?
— jSi es el Arguellao!
—Yo soy, yo, que me voy a tirar de cocota «I río, porque pa estos casos s'han hecho los ríos y las acequias, y los demonios que me lleven 1
Una vieja.— ¿Pero qué te pasa, Arguellao? ¿Qué es lo que te duele?
Un vecino.— ¿Se te ha muerto la mujer?
El Arguellao.— ¡Pior qu'eso!
—¿Alguno de tus pequeños?
— i Pior qu'eso!
—¿La que está criando tu mUjer?