Cuentos aragoneses · Unidad 44 de 57

Unidad 44 · 142 EUSEBIO BLASCO

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142 EUSEBIO BLASCO

— 1 Pior qii'eso !

El boticario.— Amos, hombre, dilo ya; no nos hagas penar.

—¡Que S'6 me han perdido los burros!

—¿Los dos?

—I Los dos, los dos; el blanco y ed negro!

—¡Pero, hombre, ni que fuas tonto rematao! ¿Cómo se piueden perder dos burros? ¡Ni (jue fuan dos sargantanas !

— Pues ahí tienen ustés lo (jue son las cosas; pague ustés vean. U los hi párdido, u me los han roban.

—Eso es otri.

—Claro que te lo habrán roban. ¿Ande estabas tú?

—No se piué dicir.

—¿Estabas en alguna parte mala?

—Señor, estaba... "estaba... excusao es dicilo, qfué moño!

—¡Ahí ¡Bueno

—Y los burros estaban a la puerta e mi casa, y nos íbamos a ir a la feria e Zuera; conque voy y salgo y no me los hallo. En la puerta no había naide; yo el tiempo que hi échao en la que üstés perdonen no ha pasau de tres menutos, porcjue pa unas malas judías que uno come...

—Bueno, bueno, bueno, siga!

—Pues los hi buscao po la drecha, po la izquierda, por toas partes... ;Ay, Dios mío, Virgen del Pilar de mi vida! Dos burros que no los hay como ellos en too el pueblo, mejorando lo presente.

— ¡ Gracias !

—Sí que lo puó dicir: que no les faltaba más que hablar, trebajadores, cutios, cúüos pa el trebajo... Por Dios, ¿quién ha visto mis burros? ¿x\lguno de vusotros los ha visto pasar po aqm'?

Ei herrero, dejando de golpear con el martillo «n el yunque:

CUENTOS ARAGONESES 143

-jOye!

—¿Qué quié usté, siñor Celipe?

—Ahí enfrente, en casa el alcalde, han entrao dos burros haee cosa e media hora.

— ¡Ay, qué alegría I ¡Dios s« lo pague a usté, siñor Celipe! No pueen ser otros que los míos; voy a búscalos.

Un vecino.— Miá que ©1 alcalde está comiendo y a estas horas no quié ver a naide.

—¿Qué no? ¡Ya verá usté! — llamando con el aldabón.—¡Siñor alcalde!

—¡Que no te respiondel

—¡Pues yo quió mis burros! — llamando. — Siñor alcalde !

El alcalde, asomando al balcón en mangas d*e camisa:

—¿Qué moño llama?

-¡Yo!

—¿Qué moño quieres?

—¡Mis burros!

—¡Qué burros ni qué ganas de afeitar al prójimo, ala, fuera d'hai!

—Que sí, siñor; que a mí se me han perdido dos burros, y dice el siñor Celipe, el herrero, que han entrao en su casa de usté.

—¡Ese lo habrá soñao! ¡Aquí no ha entrao naide más que Tais dos hijos!

El herrero (golpeando el yunque). ~-\'P\ie>B por eso lo hi dicho, siñor alcalde, y usté desemule I

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La tablíca

En una calle estrecha de un pueblo. Los vecinos miran a Tomás que está atando una tabla ai balcón, de modo que sobresaiga, y destinada a colocar algo sobre ella.

Un vecino. ~¿Pá qué es eso?

TOxMÁs.— ¿A tú qué t'importa?

Una vecina.— Será pa poner el mostillo al sei^- 110, ¿verdá, Tomás?

Tomás.— Tía Serapáa, yo no l'hi preguntao a usté pa qué ha clavao siete clavos en el balcón esta mañana.

La vecina.— ¡Pues, hombre, yo te lo diré; pa colgar los culeros del pequeño!

Tomás. —Bueno, pues yo me sé pa qué estoy atando la tabla, y poco ha de vivir el que no lo vea.

Otro vecino.— Pero me paioe a mí que tiene poca segunda.

Tomás.— Verdá es, porque la cnerda no es cuerda, que es liza. ¡Voy a buscar una cuerdecica más fuerte 1

Los vecinos.— ¿Qué moño ideará éste? Y lo que? es a tozudo no le gana nadie: él s'ha empieñao len