Cuentos aragoneses · Unidad 46 de 57
Unidad 46 · 150 EUSEBIO BLASCO
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150 EUSEBIO BLASCO
poríjae hay quien las oye. Miá ese hombre que vende tiestos, que nos está mirando: a ver, tío bueno, ¿cfué quié usté, saber lo qu© icimos?
(El tío, dando un gran berrido preliminar):
— lOeeeeeeh! ¡Los ties... tos de claveles dobles 1
— ]Ay, q;ué Dios! ¡Paice que va a cantar misa mayor!
—Conque, ¿en qué quedamos? ¿Se bebe un trago u qué?
— Aspiera, q;ue voy a lámele las espaldas al Rey.
—¿Qué ices?
—Que tengo que ponéles sellos a las cartas. ¿Lo entiendes ahuja?
(Entran en el festanco y pegan los sellas que han comprado, sacando unas lenguas enormes).
— jAh, sí, yo tamién!
—Ala, echa tus cartas y vamos a la taberna.
—¿Qué quiés beber, cerveza u vino?
— Vino, moño, eso no se pregunta. Una vez que bebí cerv^eza, se me enconó la lengua, y a po^t» me la cuertan.
—Como que aquí no hay vino, es una melecina. Yo creo que los taberneros meten en un cuenco de agua hirviendo el refajo de la criada, pa dale color. ¿No te paice?
—Y dime, dime, ese capitán que no pega! ¿qué tal es?
— Jovencico es, pero templao. Tiene una novia que paice a la reina mora aquella que sale po el Pilar pa las fiestas. jA la criada la tione morada a pizcos en salva la parte!
—Pues 'etl mío tiene un geniecico, que el otro día,
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porque la patrona 1© puso congrio, le metió la cabeza en la tenaja.
■ - ¡ Te digo que con estos hombres hay que estar
siempíTO aguzando, pa no quedase uno al ventestate!
—Ala, bebamos, que )es la hora del correo y si no echo estas cartas que ma dao pía Cádiz me revienta.
—Pues amos a ©chalas antes.
-I Ala!
(Se acercan a los buzonjes, y uno de ellos echa las cartas para Cádiz, de que hablaba antes. El otro, dando una patada^n «1 suelo).
—I Te has amolao !
—¿Por qué?
—¡Melón, más qu© melón!
—¿Pero qué ha pasao?
— ¿Pa qué no te haces cargo? ¿Ande has ido a ochar las cartas?
-—Pues ahí.
—¿Y qué dice ahí?
■—Provincias.
—¿Y pa onde eran las cartas?
— Pa Cádiz.
—Pues no llegarán. Las provincias, desde que hay mundo, son San Sebastián, Bilbao, Vitoria... ¡Molón, más que melón, buena la has hecho !
—¿Y pa qué no me l'has dicho? ¡Ya m'has dau un desgusto, y ya m'hi ganao dos patadas! Adiós, ya no bebo 1
Derecho al cielo
—Buenos días, señor cura.
—Hola, Lamberto, ¿ qué te trae por acá ?
—Pues que quisiá confesame.
—Bien, hombre,, éso está bien, ya era hora, porque lo que es tú...
—Ya sé lo que me va usté a ícir; pero unos años por estar malo, otros porque me da vergüenza, estoy quedando mal con Dios y con usté.
—Bueno, pues mañana a las siete, antes de que te vayas a trabajar, ven a la iglesia y te confesaré.
—Está muy bien; ¿cuánto tengo que dale a usté?
— ¡Nada, hombre, nada! Eso no se paga.
—Pos será la j)rimer cosa del mundo que no se pague. Entre contrebuciones, consumos, y qué me sé yo, se le va a uno too lo que gana.
—La gracia de Dios no cuesta dinero.
—Bien, bien; hasta mañana.
(A la mañana siguiente, a las siete, acude Lamberto a la Iglesia, acompañado de su mujer y d)e su suegra. Confiesan y comulgan todos. Las do» mujeres ¡están encantadas).