Cuentos aragoneses · Unidad 8 de 57

Unidad 8 · 24 EUSEBIO BLASCO

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24 EUSEBIO BLASCO

1— ¿Y qué es lo que haoes? f

.—En cuanto que abro los ojos po la mañana y antes de que mi mujer diga nada, le doy dos o tres bofetadas, y se queda arreglada pía tó el día.

—¡Hola I . '

—En seguida viene mi cuñada a ver cómo hi piasao la hocbjei, y le doy cuatro o cinco patadas buenas. Acude la suegra a ver qué pasa, y a ésa, con el mango de la eiscoba, le arrimó su buena media ooena e palos. Y con este ten con ten, está mi casa corno una balsa e acieite.

—¡Pues desde maña^na empezaré yo con el ten con ten esel ,— ¡No hay cosa más a propósito pa vivir tranquilo!

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El cazador y el testigo

— ]\Iira Juan, ya van dos o tres nocliies que en la botica ponen en. duda lo que yo digo.

. — ¡Como que miente usté más que habla!

—Haz favor de hablarme coa más respeto, porque si no te vas a servir a otro amo.

— ¡Pero D. Simón, si no hay piacieiíicia pa oir las cazatas que cuenta ustél

I — ¡ Como que me tengo por el primer cazador del pueblo !

— Pero pa eso no es menester ofenjder a Dios ! ¡ Bueno que a todos se nos vaya un poco la leingua. cuan,- do hablamos de eso, pero no tanto I

I — A ti no te importa, y desde esta noche vas a venir a la tertulia de la botica, y cuando^ yo te pregunte si es verdad lo que digo, respondes que sí. ¿Qué te cuesta?

> — Me cuesta; piorque yo uq soy hombre de dicir una cosa por otra. i

— Te doy por cada respuesta dos pesetas.

1 — Tanto me dirá 'usté...

— Ahí ti'Cines ocho, y dame la razóa esta nqche, porque a mí no mo ha, de pode^r ei bqííca^Q..

26 EUSEBIO BLASCO

i — Bueno, vengan. Tiene üaté unas cosas... 1 — Hasta la noche.

4c ¡Ü.

(En la botica. El juez, el registrador, el barbero, el boticario, D. Simón y Juan, sentado a la puerta, pero oyendo la conversación).

El boticario.— i Aíjuel año sí que hubo caza! Entre el barbero y .yo matamos en dos tardes veintidós conejos.

D. Simón.— En un,a sola tarde maté yo sesenta y seis.

El boticario. —j No puede ser I

D. Simón. — Ahí está mi criado (Jue puede dar fe. Juan, ¿es verdad o no?

Juan. — ¡Es verdal Sesenta y seis fueron.

El registe adoe. — Pues no lo entiendo. Verdad es que aquí- cuando se da caza, se da de veras. Andando, andando, llegué yo el año 98 de siglo pasado hasta lo alto de un monte, y me salió un ciervo.

El juez. — ¿Ciervos en esta tierra?

D. Simón.— Sí, señor. Yo maté tres hace dos años tilla arriba.

El boticario.— j Por Dios, D. Simón!...

D. Simón. — Juan, ¿los maté o no los mató?

Juan. — Tres ciervos matemos.

El juez. — Señores, basta q;ue lo oerüfique Juan que es hombre muy honrado, incapaz de mentir.

D. Simón. — ¡Ya lo creo! Y cqn mi pjalabra bastaba. Tampoco querrán ustedes creer que en el invierno del año 99 yendo a Zaragoza, a caballo, nos salió im lobo, y no tuve tíempio más que de echarme la escopeta a la cara... y, jpuín! j patas arriba! ¿Verdad, J^UiftEL?