Cuentos escogidos · Unidad 3 de 19

Unidad de lectura 3

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Antonio Garriga/ '^

Letty releyó la carta, se ruborizó y palideció alternativamente, ahogó un sollozo, y luego, pensativa y densamente pálida, permaneció gran rato en silencio, meditando si guardaría o rompería aquel papel. Al fin volvió otra vez a leerlo, y lo plegó y lo guardó en su seno. Las manos le temblaban como si hubiese cometido un crimen.

Desde aquel día su tristeza y su dolor se acrecentaron, a juzgar por su silencio y los estragos que se veían en su naturaleza; no obstante, se aplicó santamente a asistir de día y de noche a Gabriel Corbera, y aun parecía que su cariño por él se había acrecentado, tal era el cuidado y dulzura con que le atendía y ayudaba a su salvación, como si en el fondo del alma de la pobre mujer mordiese el pesar de al-

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gún mal pensamiento y procurase hacérselo perdonar y combatirlo.

Dolly observaba el triste estado de su hija, y viendo el afecto y la constancia con que asistía y acompañaba a Corbera, pasando las noches en vela, atribuíalo al pesar por la muerte de Noli y a la contrariedad de aquella desgracia, y trataba de darle consuelo, y luchaba en vano con ella para que fuese a reposar y la dejase en vela a ella, que era más fuerte y tenía más experiencia y práctica en el modo de asistir enfermos.

Letty contestaba que no tenía nada, que ya se repondría, y continuaba aquella vida que iba minando su constitución.

Veinte días después, ya Corbera estaba en pié, sano de su herida, aunque algo pálido y decaído de fuerzas; mas como los revolucionarios habían alcanzado nuevas victorias y se temía que de un momento a otro ganasen la plaza, y él no olvidaba la amenaza mortal del llanero, sobre que en el estado en que se encontraba le convendría un viaje, resolvió pasar a Curazao, dejando a Letty al cuidado de su madre.

Letty tuvo al principio tenaz empeño en acompañarle, pero Dolly insistió en que se quedase con ella que estaba sola y que no podría así atender a tantos intereses con la tempestad que se les venía encima; y Corbera partió solo.

Aquella contrariedad hizo derramar abundantes lágrimas a Letty, que no se atrevía a desahogar su corazón en el seno de su madre,

aunque mucho lo había meditado, y en tal oca*^ sión lo había juzgado necesario.

Tres o cuatro días después, el estado de Letty, que tosía, respiraba con dificultad y tenía accesos de fiebre, alarmó a Dolly, que a pesar de la oposición de Letty llamó al médico de la casa.

El facultativo, que era un anciano de Caracas, hábil y práctico, conoció inmediatamente la gravedad del mal, y aun le indicó a Dolly que parecía originado por una afección moral profunda, lo que dejó a la pobre madre toda confusa y alarmada, sin saber cómo explicarse tanta desventura, ni cómo averiguar la causa para cumplir las prescripciones del médico, una vez que Letty negaba todo padecimiento moral.

¿Era por la muerte de su padre? A juzgar por su propio dolor, no lo creía. Era por la ausencia de Corbera? No era posible, y Dolly se dio a meditar en la vida de su hija, en su retraimiento y tristeza, y en su empeño de abandonar el pueblo; pero, por más que meditó y la interrogó, nada pudo poner en claro.

El Coronel Larrea sorprendió una noche la guarnición del pueblo, ya reducida y débil, y ocupó la plaza, casi sin derramamiento de sangre.

Su conducta fué tan humana y liberal que le granjeó el afecto y el respeto de todos los

habitantes^ los cuales, de suyo pacíficos y laboriosos, no aspiraban sino a obtener garantías para dedicarse a sus labores.

Garriga sabía ya lo cierto respecto de la ausencia de Gabriel Corbera, y supo con sorpresa que Letty Somers estaba en el lecho gravemente enferma y sin esperanzas ya de salvación.

El amor y la admiración que le había inspirado Letty Somers eran sin duda muy sinceros cuando ni en medio de la larga y azarosa campaña había podido olvidarla un momento.

La noticia de su grave enfermedad lo conmovió profundamente y le arrebató todas las alegrías del triunfo; y, preocupado y triste, ya no pensó sino en volverla a ver.

Imaginaos, amigos míos, cuál no sería la sorpresa de Dolly cuando Antonio Garriga fué á visitarla, y con aquella delicada finura que conocisteis en él le suplicó le dejase saludar a Letty, de quien era antiguo amigo.

Dolly vaciló al principio e intentó excusarse con la gravedad de su hija; pero la insistencia fina y respetuosa de Garriga, su posición, y la circunstancia, que ella no ignoraba, de haber sido el salvador de Corbera, y sobre todo, la picara curiosidad de madre y de mujer, la resolvieron a introducir a Garriga.

Letty lanzó un grito al verle. Garriga se acercó cariñosa y respetuosamente.

— Letty, querida Letty, le dijo, soy yo, su amigo Garriga, que he deseado verla para saludarla.

Letty suspiró, y ahogando un sollozo, le tendió la mano, ardiente por la fiebre.

— Gracias por su bondad, señor Garriga, contestó Letty, ¿qué placer puede haber en saludar a los n\oribundos?

Garriga no pudo contenerse, y a la dulce voz de Letty, comprendiéndolo todo, se arrodilló al pié del lecho y dejó correr sus lágrimas.

Dolly estaba llena de asombro; y conmovida a su vez lloró también, penetrando la grandeza del sacrificio de su hija.

— Señor Garriga, dijo Letty, perdóneme usted el mal que haya podido hacerle. El mío no ha sido menos grande.

— ^ Perdonarla? respondió Garriga, ¿perdonar tanta virtud y grandeza? ¿Acaso yo no he comprendido el corazón de usted? Desgraciado de mí que perdí tan gran tesoro í

— Señor Garriga, dijo Dolly, perdóneme usted. Ya la ha visto usted. Su estado es grave y necesita reposo.

— Tiene usted razón, señora; sé que abuso de su bondad.

Y sin poder pronunciar palabra, aquel gran corazón estrechó la mano de Letty, besóla con respeto, y volviendo el rostro como herido por la mirada calenturienta de la enferma, dio la mano a Dolly y se alejó triste y pausadamente.

— Hija mía, hija de mi alma, exclamó Dolly, ¿por qué no me abriste tu corazón? . . .

— Madre mía, ¿usted cree que obtendré el perdón de Dios, que Dios no me castigará?

— ¿Castigarte, hija? ¿y por qué?

— Porque yo he pecado, madre mía; porque mi pensamiento no se ha apartado de ese amor fatal; y aun en el altar, cuando juraba mi fe, la imagen de Garriga no se apartaba de mi pensamiento; siempre a mi vista, siempre ahogándome el corazón, y siempre con mayor fuerza, mientras más imposible me era consagrarle mi amor. ¿Me perdonará Dios, madre mía? Yo he combatido tanto í

— Letty, hija mía, ¿por qué no has de vivir para tu madre? Dios te ama y te perdona como yol Tú no has sido sino una pobre mártir del deber.

Y aquellas dos mujeres permanecieron largo tiempo abrazadas y confundiendo sus lágrimas.

Tan fuertes emociones agravaron el mal de la pobre joven, y por la noche recibía los auxilios espirituales.

Dos días después, Antonio oraba y lloraba sobre la tumba de Letty Somers.