Cuentos escogidos · Unidad 4 de 19

Unidad 4 · EL ESCULTOR MARLIANI

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EL ESCULTOR MARLIANI

— Lo que digo a ustedes comprueba que si es cierto que ningún crimen queda sin castigo, no todos llegan a conocimiento de la justicia humana, sentó Mr. Cremieux con voz sombría.

— Pero lo que usted cuenta es tan singular que se hace difícil creerlo, objetó la Condesa de Lucy con un estremecimiento nervioso . . . jy consentir en esoF jy no sorprenderlo nadie í . . .

— Señora, todo depende de las circunstancias y del interés de los individuos.

— Vamos, Mr. Cremieux, cuéntenos usted ese acontecimiento con todos sus pormenores, exclamaron algunos tertulianos de la Condesa, rodando sus asientos hacia Mr. Cremieux.

— No hay dificultad, porque el protagonista ha muerto ya, aun no hace seis meses.

— Seis meses í exclamó la condesa pensativa como tratando de adivinar el nombre del individuo.

— Seis meses, señora Condesa, como que era mi compañero y amigo el célebre escultor Marliani.

— Marlianil aquel terrible corso que parecía haber tomado por modelo a Miguel Ángel?

— Sólo que nunca hizo versos; ahí verán ustedes.

— Cuente usted, cuente usted, Mr. Cremieux. — Es muy sencillo, señores; y la historia de

Marliani viene a dar testimonio de que una voluntad enérgica, una pasión avasalladora, como la venganza, puede reemplazar perfectamente la vocación artística.

Luis Lefranc era el verdadero nombre de Marliani, quien, por circunstancias que ustedes comprenderán al fin, cambió el apellido paterno por el materno, que ha hecho tan glorioso.

Por el año de 1850, Luis Lefranc era un simple pintor, discípulo de Eugenio Fromentin. Distinguíase únicamente por la perfección del dibujo y estaba aún dominado por la afición oriental del maestro.

No había por qué creer que llegase a alcanzar la inmortalidad, al menos en el arte a que se había dedicado; pero sus cuadros, que no carecían de mérito, le daban renta suficiente para vivir modestamente.

Por este tiempo Luis Lefranc se enamoró perdidamente de Berta de Vieuville.

— De Berta de Vieuville í exclamó involuntariamente la Condesa, déla Baronesa de Monetí

— Suplico a usted, señora Condesa, y supli-

co a todos que no me interrumpan a fin de no extraviarme en el relato. Decía, pues . . .

— Decía usted que Luis Lefranc se había enamorado perdidamente de Berta de Vieuville.

— Berta era hermosísima; sus grandes ojos negros y aterciopelados, su cabellera rubia, su blancura marmórea ligeramente sonrosada, y la esbeltez y la gracia que la realzaban, volvían loco al pobre Luis Lefranc. Berta no pudo resistir a aquella pasión de artista, y se casaron; pero Berta arrastraba tras sí los corazones, y a poco de estar casada encendió el de Pedro Monet, aquel diputado bonapartista que había de llegar a ser Barón y millonario, en premio de no se sabe qué servicios, o por el favor de Mr. Dupin.

Luis Lefranc no dejaba de comprender la honda impresión que la hermosura y la gracia de su mujer habían hecho en el corazón de Pedro Monet, pero ni Berta parecía prestar atención ninguna a Monet, ni éste le había dado motivo para ningún procedimiento, como que Monet conocía la extraordinaria habilidad de Lefranc en el manejo de las armas, y le temía.

Monet, cada vez más enamorado por efecto de los mismos obstáculos, esperaba, sin duda, ocasión oportuna para alcanzar sus deseos.

Cuando el golpe de Estado de Luis Bonaparte, en medio de tan honda conmoción y del asesinato en masa de grupos del pueblo, Luis Lefranc fué preso en su taller, acusado de promover la resistencia, y enviado a Cayena en una cuerda de criminales.

Luis Lefranc, inocente del crimen que se le imputaba, comprendió al momento cuál era la mano que le hería, y desde que llegó a Cayena se dio a imaginar el medio de vengarse con seguridad y sin ruido, porque él creía que aquella situación no podía durar mucho y pronto se vería en libertad.

El infeliz se engañaba: su martirio duró por largos años, hasta que, caído Napoleón, reclamó su libertad de la Comuna.

Durante aquellos largos años trató en vano de hacer llegar sus cartas a Berta, hasta que ocasionalmente supo que él pasaba por muerto en las barricadas provocadas por el golpe de Estado, y que Berta había casado con Pedro Monet.

Desde aquel día, después de una meditación profunda, Lefranc se aplicó incesantemente al estudio de la escultura, con una pasión que rayaba en delirio.

Una vez libre, pasó a Italia, donde tomó el nombre de Luis Marliani, luego a Alemania, y por último se trasladó a Francia.

Cuando llegó a París, su fama de escultor era europea. Realista cuanto es posible en la escultura, dejó atrás a Courbet y a sus discípulos, y rivalizó con Dubois Pigalle en la manera de aliar la poesía con la realidad.

Adorador del arte antiguo, sobresalía en el perfil griego y presentaba los contornos con rasgos sencillos que llevaban el sello de la grandiosidad.

Se había dedicado especialmente a los bustos, que embellecía con el estudio concienzudo