Cuentos escogidos · Unidad 5 de 19
Unidad 5 · M JULIO CALCAÑO
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
M JULIO CALCAÑO
de la plástica, al extremo de dar vida a los ojos cincelando el arco de las cejas y los pómulos y las mejillas con magistral finura. Ustedes lo saben tanto como yo, Marliani es una de las glorias del arte.
Cuando Berta leyó su nombre en los periódicos, conmovióse y palideció intensamente.
Hacía tiempo que sospechaba que Luis Lefranc no había muerto.
De sus tres hijos, el mayor, Pedro, que estudió la pintura en Roma, había aparecido muerto de una estocada en una calle, con un papel que decía: ''Número uno, muerto en duelo;" el segundo, Luis, que viajaba por Alemania, había sido encontrado cadáver en un bosque de Hamburgo, con una herida de bala en el pecho, y un papel que decía: ''Número dos, muerto en duelo."
El nombre y el apellido del escultor y aquellas dos terribles venganzas, junto con la habilidad de Lefranc en el manejo de las armas, dieron a Berta el convencimiento de que su primer marido vivía, y se sintió como enloquecida, temblando por la vida de su tercer hijo, que estaba próximo a llegar de la India.
Guardóse naturalmente de comunicar sus sospechas al Barón Monet, y resolvió ir de incógnito a implorar la piedad de Marliani, para lo cual averiguó la hora más propia.
Pálida y cerrada de negro, marchita ya su hermosura, y quebrantada la faz por el insomnio y el dolor, Berta se dirigió al taller de Marliani, y llamó resueltamente.
Marliani abrió. El desarrollo natural de la edad, las grandes arrugas que el dolor había impreso en su faz, y la larga barba entrecana que bajaba hasta cubrirle el pecho, le habían desfigurado de tal modo, que Berta retrocedió en el primer momento creyendo haberse equivocado.
Marliani la reconoció al punto y palideció profundamente.
— Puede usted entrar, señora Baronesa, dijo con voz trémula y llena de ironía.
Berta no dudó ya, y entró y cayó de rodillas:
— Perdón, murmuró, yo no soy culpable!
— Perdón, señora? y de qué? no es esta la primera vez que nos vemos?
— No, no, Luisí Perdón para mi último hijo, que tampoco es responsable de las faltas de su padre ... yo lo he comprendido todo.
— Ah f lo comprende usted todo ... y sin saber de mí, sin tener noticias mías, casó usted con mi enemigo . . .
— Cruel . . . cruel ... yo te esperé años, yo tuve que creer en mi desgracia en aquellas circunstancias, y estaba sin amparo.
— Hoy tiene usted dos maridos, y supongo que sabrá que las leyes castigan cruelmente al bigamo.
— Ohí calla . . . calla . . . ten piedad de mí . . . ten piedad de mi hijoí
— Y bien, señora; yo dejaré a usted su hijo; pero habrá de prestarse usted a lo que le voy a exigir.
— Todo, todo por la vida de mi hijo; manda, ¿qué quieres? tú, sólo tú tienes derecho sobre mí.
— Y biení yo sé que usted guardará silencio, porque tengo en mi poder nuestra partida de matrimonio ... no lo olvide í
— Dios mío ... ¿y qué es lo que quieres?
— Quiero que haga usted que el Barón Monet me llame para hacerle su busto. Ya sabe usted que no hay hoy quien no anhele tener un busto cincelado por mí.
— No, un crimen, y yo cómplice de un crimen . . . no . . . no.
— ¿Por ventura, señora, no es un crimen la bigamia?
— Ohf me insultas . . . murmuró la pobre mujer retorciéndose los brazos; yo no merezco que me trates asíf
— Y usted no me supone capaz de un crimen?
— Y qué quieres, pues?
— Quiero humillarlo y quiero tener su busto para maldecirlo hasta mi última horaí
— Dios míof
— Garantizo a usted más: no llevaré puñal, ni revólver, ni arma ninguna, sino los utensilios de mi profesión.
Berta miró fijamente a aquel hombre terrible que la trataba como un extraño, y luego exclamó :
— Y mi hijo, mi pobre hijoí
— El hijo de usted vivirá, señora; es cuanto puedo hacer por usted.
Al día siguiente el Barón Monet mandó a llamar a Marliani para que le hiciese el busto.
Marliani acudió con todo lo necesario para la primera obra.
Al ver al Barón brilló en sus ojos un relámpago de ira.
El Barón estaba ya bastante gastado, flaco y cargado de espaldas.
— Vamos, señor escultor, dijo con aire de indiferencia; mi mujer quiere que haga usted mi busto.
— Y he traído todo lo que puede necesitarse en la principal tarea; pero le advierto, señor Barón, que debe permanecer sin hacer el menor movimiento, porque de otro modo no quedaría él bien y n\i reputación sufriría.
— Ese es asunto de usted, contestó el Barón, sentándose en un sillón; ¿le parece que estoy bien así?
— Si el señor Barón lo permite, lo más conveniente es practicar la manera romana.
— ¿Y cuál es ella?
— Atarle al sillón de modo que no haga usted el menor movimiento.
— ¿Y qué dificultad hay en eso? Puede usted hacerlo.
— Bien, señor, tampoco debe abrir los ojos para que no se le dañen, pues practico un procedimiento sólo mío, del cual proviene la maravillosa exactitud de mis bustos.
— Convenido.
Marliani ató al Barón al sillón; y una vez atado, contemplóle atentamente con mirada en
que relampagueaba el odio, tomó la pasta de yeso, y le dijo:
— ¿Nunca ha tenido usted noticias de Luis Lefranc, el marido de su mujer?
El infeliz Barón, lleno de espanto y sin poder pronunciar palabra, fijó la vista en Marliani, y se estremeció con angustia considerándose ya en la agonía.
Marliani comenzó a aplicarle al rostro la ca« pa de yeso que debía tomar sus formas y que se iba secando a medida que el escultor la hacía más espesa y la apretaba; y en vano el Barón se debatía ahogándose.
— Piense, le decía Marliani, en su crimen y en los horrendos sufrimientos de su víctima. Duraron largos años, duran aún, y no un momento como la agonía de usted.
Pronto el Barón Monet quedó inmóvil: había muerto.
Marliani tomó la mascarilla, quitó las cuerdas al cadáver, y se introdujo en la alcoba de Berta:
— Señora, le dijo, ya sabe usted que el Barón Monet ha muerto de repente, y que usted me ha llamado para sacar su mascarilla. Tómela í
Berta lanzó un grito, pálida de terror, y cayó sobre una silla.
Días después Marliani dejaba a París y se establecía en Roma.
— Mr. Cremieux, exclamó la Condesa de Lucy, esa historia es verdaderamente horrible!
— Pero auténtica, señora Condesa.
Los demás tertulianos miraron con extrañeza a Mr. Cremieux, como si sospechasen que él y no Marliani había sido el protagonista del drama.