Cuentos escogidos · Unidad 6 de 19

Unidad 6 · HOJAS DE MIRTO

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

HOJAS DE MIRTO

Al general Rafael Vicente Valdés.

Un día viste en mi aposento algunas hojas secas de mirto, dentro de una relojera curiosamente trabajada con ópalos y caracoles, y me preguntaste lo que ello significaba.

Te respondí que la relojera, hecha en Maracaibo, no tenía relación ninguna con las hojas de mirto y me había sido regalada por uno de mis amigos de la infancia; pero que las hojas de mirto encerraban una historia muy triste que con toda su sencillez te narraría más tarde.

Te cumplo hoy la promesa que te hice aquel día.

Escucha, pues, la historia de las hojas de mirto.

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Años pasados tenía yo la costumbre de dirigirme a las seis de la mañana hacia las vertientes del Anauco, buscando, más que placer y solaz para el espíritu, alivio a mi salud quebrantada.

Entre las esquinas del Cerrito del Diablo y del Platanal, casi aislada, triste, silenciosa, elevábase una pequeña casa de dos pisos, cuyas ventanas y puerta estaban siempre herméticamente cerradas.

Sea por esta última circunstancia o porque la soledad de la calle fuese más propia para despertar las facultades del espíritu que la simple curiosidad del observador, es lo cierto que aquella casa jamás me hubiera llamado la atención sin un incidente demasiado pueril para cualquiera que no tenga la costumbre de buscar la causa de los más pequeños acontecimientos.

Una de esas mañanas, silenciosas y melancólicas, en que parece que la naturaleza duerme, en que no se oye ningún ruido que turbe su augusta majestad, ni el rumor de las hojas que caen secas en el verano, ni el suspiro del viento que a las veces las agita blandamente, tomé, como lo tenía de costumbre, el camino de Anauco.

Al pasar por debajo de la casa de dos pisos, sentí que algo caía sobre mi sombrero de fieltro, y alcé la cabeza sorprendido.

En uno de los balcones, cuyas hojas esta-

ban entreabiertas, había una maceta de mucho gusto, con una mata de mirto cubierta de bellísimas flores como de copos de nieve. Pero en aquel balcón no se veía ni la sombra de un ser humano.

Quitéme entonces el sombrero y hallé sobre sus alas algunos pétalos de flor de mirto, hermosos y frescos, coronados de gotas de agua como perlas de rocío.

Aquellas gotas de agua indicaban que los pétalos habían caído al ser regadas las flores por alguna persona . . .

Era evidente, pues, que la casa estaba habitada.

Pero, ¿había sido casual o intencional la caída de aquellos pétalos de mirto? ¿Quién habitaba aquella casa, siempre cerrada, con ventanas cubiertas de polvo, en calle tan solitaria y tan triste? ¿Cómo, en tanto tiempo, no había podido observar yo que aquella casa estaba habitada? ¿Eran nuevos los inquilinos, o vivían en ella de tiempo atrás, en absoluto retiro?

El polvo inalterable que cubría las hojas de las ventanas parecía revelar esto último, y la maceta de mirto, de esa flor bellísima que la poesía ha regalado al amor, que los que la habitaban vivían felices en el cielo de las ilusiones.

Pero esperé en vano algún tiempo; y convencido al fin de que aquel día no lograría ver más, seguí mi ruta, guardando por un sentimiento extraño, que inútilmente trataría de explicar, aquellos pálidos pétalos de mirto que habían despertado mi curiosidad.

A los pocos días, cansado de observar y de no ver más que la mata florida, la puerta cerrada y las ventanas cubiertas de polvo; impaciente, curioso, me resolví a llamar con el respeto que imponen siempre al hombre las situaciones excepcionales:

El primer golpe que di en la puerta resonó seco y triste, dilatándose en el profundo silencio de aquella soledad; pero ninguna voz humana, ningún ruido me contestó.

Llamé segunda vez: y preparábame a llamar de nuevo, cuando escuché pasos cansados en el interior del zaguán, la cerradura rechinó desapaciblemente, abrióse la puerta, y apareció luego a mi vista, en vez de una púdica doncella o de un adusto guardián, una anciana de cabellos blancos y amable semblante:

— Perdóneme usted, le dije, ¿no sería indiscreto preguntarle quién vive en esta casa?

— Por qué?, me contestó; en ella vive un joven que padece una grave enfermedad, y al cual acompaño y asisto hace mucho tiempo.

— Entonces tenga usted la bondad de decirle que un caballero suplica verle.

— Ahí desea usted verle? Acaso es usted médico, pero su enfermedad no es de las que se pueden curar.

— No, no soy médico, pero bien pudiera darle algún alivio.

— Pobre joven! hace tanto tiempo que vive aquí, sin que nadie venga a verle I

— jEs posible! le interrumpí; ¿y no tendrá él inconveniente en recibirme?

— Quién sabeí Permítame usted un instante.

Yo había hecho todo aquello maquinalmente, sin premeditación, impulsado por el pecado de la curiosidad; así fué que cuando la anciana regresó invitándome a entrar, y cuando ya subía los últimos tramos de la escalera, me encontraba algo perplejo sin saber cómo justificar mi visita, qué decirle a aquel joven, y sobre todo, cómo arrancarle el secreto de su dolor y de su aislamiento, cómo conocer el significado de aquella mata de mirto que parecía representar algún papel importante en la historia de sus padecimientos.

Cuando entré a la sala dirigí una rápida mirada a mi alrededor.

Los muebles eran modestos: y al lado de un lecho, en un sillón, con los pies colocados en una silla, pálido, flaco, triste, se veía a un joven de dulce semblante, envuelto en una capa de paño, con chinelas de estambre y gorro bordado en oro.

Sus ojos y su semblante manifestaban el asombro que mi visita le causaba; y, sin embargo, me saludó con ademán lleno de nobleza y me invitó a sentarme a su lado.

— ¿A quien tengo la honra de recibir? me preguntó con dulzura.

Le di mi nombre, devolviéndole sus atenciones.

— Dispénseme usted; me dijo después de un momento de reflexión; pero yo no recuerdo haberlo conocido nunca.

Había tan caballerosa franqueza, tanta calma y finura en las maneras y el acento de aquel joven que, lejos de ofenderme, me sentí arrastrado por la simpatía e indeciso respecto a lo que debía contestarle.

— Así es la verdad, le respondí al fin; pero usted debe perdonarme mi visita en gracia del sentimiento que me ha impulsado a conocerle.

— ¿Y a qué debo la bondad de verle a mi lado, caballero?

— Seré franco, le contesté; la mentira me repugna, porque es el crimen de la palabra.

— Hable usted con toda confianza.

Y mi interlocutor tosió débilmente, tratando con suma dificultad de incorporarse en el sillón.

Yo le narré sucintamente todo lo que me había pasado, mis impresiones y mi disculpable curiosidad.

Me escuchó con calma, y luego me tendió la mano y estrechó la mía con cariño.

— jSon tan raros, me dijo, los hombres de corazón! Imperan de tal modo en el mundo la falsedad, el engaño y el vil interés, que el alma se siente aliviada de un grave peso cuando por fortuna tropieza con algún corazón generoso.

Le di las gracias conmovido porque en aquellas sencillas frases y tras de aquella dulzura gla-

cial de quien juzgaba a los hombres como si no tuviera ya nada de común con ellos, comprendí un dolor inmenso y una resignación sublime.

— Usted debe haber sufrido mucho, le dije, si he de juzgar por sus palabras.

— Algo, me contestó; pero después de la tempestad viene la calma; y ya usted ve, aunque me siento morir lentamente, vivo tranquilo, sin otro amor ni otro cuidado que esas flores de mirto que no son capaces de hacerle mal a nadie.

— Y que sin duda tienen parte en la historia de sus sufrimientos, ¿no es verdad?

— No se engaña usted, amigo mío; pero, ¿a qué narrarle a usted esa historia? Son cosas que pasan todos los días. Es la obra de la naturaleza, la obra de la lucha del mal y del bien. Cuando el mal tiene más poder para sobreponerse, el bien sucumbe. ¿Qué quiere usted? Así está hecho el mundo.

— Pero detrás de todo eso, repuse, está Dios, que premia o castiga: está la santa obra de la Justicia Divina.

— Es verdad; mas con todo, jduda uno tantas veces! Mire usted, yo lo tenía todo para la felicidad: bienestar, posición social, todo lo que se puede tener en nuestro país; y ninguno ha podido ser más desgraciado, porque todo eso lo hizo inútil la fatalidad; y ya usted me vé, aislado, triste, presa de una enfermedad inexorable que me va consumiendo paso a paso.

— Pero la causa de todo eso . . .

— Se la diré a usted en dos palabras, me interrumpió con un suspiro; yo nací fatalmente

predestinado, con un carácter soñador, con un corazón ardiente, con una voluntad tenaz e imperiosa; desde muy temprano me enamoré, y me enamoré como únicamente pudiera haberlo hecho, con pasión, con locura, y tanto más cuanto la que así me había impresionado era hermosísima, dulce, llena de virtudes y de abnegación.

Se detuvo breve instante para tomar aliento, y yo permanecí silencioso, observando que aquellos recuerdos le mortificaban.

— i Qué lucha í exclamó de improviso pasándose la mano por la frente, jqué horrible lucha durante seis años! jY cuánto no debió sufrir la desdichada! Su padre era un hombre imperioso e intransigente, de inteligencia escasa, de corazón duro: aunque yo era más rico que él, mi riqueza no le satisfacía; y la divergencia de opiniones políticas era a sus ojos un crimen imperdonable. La calumnia con todo lo malo que se puede inventar, llovía sobre mí, y la vida de la infeliz era un martirio. Creí conveniente alejarme de Caracas, únicamente por ella, y lo llevé a efecto. Pero, mientras tanto, cayó gravemente enferma, lo supe, y volé aun sin saber a qué, pero cuando llegué ya era tarde . . . había muerto. No sé qué fué de mí durante mucho tiempo; recuerdo sólo que un día me entregaron ese mirto y un papel que no contenía más que dos líneas: me decía adiós y me mandaba esas flores, en las que, según decía ella, viviría su espíritu para acompañarme; y luego, me suplicaba que no la olvidase, como si eso fuera posible.

Revelaba un gran dolor el semblante, cada vez más pálido, de aquel joven; la voz le temblaba y los ojos le brillaban con fuego concentrado, calenturiento.

Yo le escuchaba sin proferir palabra, porque hay dolores tan grandes, que imponen imperiosamente el silencio y el respeto.

— Desde entonces, prosiguió luego algo repuesto de la honda impresión que había experimentado con aquel recuerdo, desde entonces yo me siento morir lentamente, sin pena, porque sufro en mi alma un gran disgusto por la vida. Por las noches, cuando duermo, es cuando me siento vivir, porque la veo que viene hacia mí, envuelta en un manto vaporoso de luz y me sonríe, y me habla al oído, y estrecha mi mano, y me dá el beso de amor en la frente. De día contemplo esas flores pálidas y las riego, y las cuido y tengo mi vida en ellas como si ellas guardasen su alma. Cuando yo muera morirán también, porque su espíritu se habrá reunido con el mío.

Había tanta gravedad en sus palabras, tanta fé en aquella creencia, que comprendí que el amor, el dolor, la soledad y la desgracia habían concedido a aquel infeliz las compensaciones de una superstición consoladora.

Cambié aún algunas palabras con él, le di las gracias por su atención, le ofrecí sinceramente mi amistad, y le prometí ir con frecuencia a visitarle.

Luego me alejé con una tristeza profunda; y aquel día y los siguientes estuve de malísimo

humor, sin resolverme a volver, por un sentimiento inexplicable de pena y de simpatía, como si creyese haber cometido un crimen arrancándole los secretos de su alma.

Cuando algún tiempo después volví, la casa estaba solitaria, abierta de par en par.

Era evidente que el joven había muerto, porque la maceta de mirto estaba allí, en un rincón, y las flores y las hojas, marchitas, secas, enteramente secas, como si hubiese ya muchos días que no recibían el calor del sol ni el riego de aquella mano cariñosa.

Pero, ¿cuándo había muerto? ¿Por qué extraño capricho no había pensado yo más antes en ir? Probablemente el infeliz creyó que yo no había vuelto a acordarme de él.

En la pared cerca del lugar en que yo lo había visto, leí estas palabras escritas con lápiz:

''Los cielos se abren para recibirnos."

Tomé algunas hojas de aquel mirto marchito, y me alejé fuertemente impresionado.

Tú, que eres hombre de corazón, comprenderás ahora por qué guardo con tanto cariño aquellas hojas secas de mirto.

1873.