Cuentos morales · Unidad 104 de 188
Unidad 104 · EL QUÍN 227
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
EL QUÍN 227
inercia del mal, de la herencia de mil generaciones de perros lascivos.
Desembocaron en los prados anchos, iluminados por la luna, cubiertos por una neblina, recuerdo del diluvio según Chateaubriand, la cual, como una laguna de plata, inundaba el valle. Era sábado. Los mozos de todas la parroquias del valle cortejaban en las misteriosas obscuridades poéticas (le las dos colinas que al Norte y al Sur limitaban «•1 horizonte, junto á las alquerías escondidas en la espesura de castaños y robledales.
El ixuxú prehistórico del aldeano celta resonaba en las entrañas de las laderas y bajo las bóvelas de los bosques, mezclándose con el canto del arillo, la wagneriana exclamación estridentede la ¡garra y el ladrido de los perros lejanos. Jamás es la prosa del vicio grosero tan aborrecible como cuando tiene por escenario la poesía de la naturaleza.
En aquel valle, de silencio solemne, que hacían resaltar los lamentos de los animales en vela , aquellos gritos como perdidos en la inmensa soledad callada de la tierra y el aire; en aquella extensión alumbrada con luz elegiaca por la eterna romanea del cielo, ¡cuánto hubiera deseado el Quin aluna pasión casta, un amor puro!... Pronto se enrodé lo que ocurría. Se trataba de una ^erra nueva que había llegado á una de aquellas parro- 'Itiias rurales por aquel!'»- '''••< L;» escasez de pe-
228 LEOPOLDO Ar.AS
rras en la aldea es uno de los males que más afligen á la raza canina del campo; por una selección interesada, en las alquerías se proscribe el sexo débil para la guarda de los ganados y de las casas; y al perro más valiente le cuesta una guerra de Troya el más pequeño favor amoroso, por la competencia segura dd cien rivales.
Pero aquellos mastines hicieron comprender al Quin aquella noche, con datos de observación, que menos racionalmente obraban los hombres. Al fin, los perros se atacaban, se mordían para conquistar una hembra, ó por lo menos alcanzar la prioridad de sus favores; pero los mozos de la aldea, que gritaban ¡ixuxú! y, como los perros, atravesaban los prados á la luz de la luna, y se escondían en las cañadas sombrías, y daban asaltos á los hórreos y paneras en mitad de la noche, ¿por qué se molían á palos y se daban de puñaladas con navajas barberas y disparaban ad vultum tuum cachorrillos y revólveres? Por el amor de la guerra; porque^ pacificamente, hubieran podido .repartirse las zagalas casaderas, que abundaban más que los zagales y no eran tan recatadas que no echaran la persona (galanteo redicho, conceptuoso, á lo galán de Moreto), con diez ó doce en una sola noche, á la puerta de casa, á la luz de las estrellas, como Margarita la de Fausto, menos poéticas^ pero más provistas de armas defensivas de la virginidad putativa, gracias á los buenos puño.'-