Cuentos morales · Unidad 105 de 188
Unidad 105 · EL QUIN 229
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EL QUIN 229
Sí; los hombres, como los perros, hacían del valle poético, en la noche del sábado, campo de batalla, disputándose en la soledad la presa del amor. La diferencia estaba en que las aventuras perrunas llegaban siempre al matrimonio consumado, aunque deleznable y en una repugnante poligamia, mientras los deslices graves eran menos frecuentes entre mozos y mozas.
Al amanecer, jadeante, despeado, con unacuarta de lengua fuera, la lana mancillada por el lodo de cien charcos, el Quin llegó á la puerta de la granja en que descansaba su amo, arrepentido de delitos que no había cometido, con la repugnancia y el dejo amargo de placeres furtivos que no había gustado. Traía la vergüenza de la bacanal y la orgía, sin la delicia material de sus voluptuosidades. La perra dichosa, tan disputada por ochenta mastines aquella noche, había repartido sus favores á diestro y siniestro; pero la timidez, la frialdad del Quin, no habían sido elementos á propósito para fijar un momento la atención de aquella Mesalina de caza; porque era de caza.
En fin, nuestro héroe volvió á la puerta de su amo sin haber conocido perra aquella noche, y en cambio humillado por las patadas y someros mordiscos de otros perros, que le habían creído rival y le habían maltratado.
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Pero faltaba lo peor. Sindulfo, el dueño, más querido que todas las perras del mundo, había desaparecido. Se habla ido de pesca antes de amanecer. El Quin no sabía adonde. Esperó todo el día á la puerta de la granja, y el amo no pareció. Ni de noche vino. Al día siguiente supo el Quin que un recado urgente' de la ciudad le había hecho abandonar su proyectada estancia en el campo y volverse al almacén^ donde era indispensable su presencia. Más supo el perro: el casero de Sindulfo, el aldeano que llevaba en arriendo sus cuatro terrones, se había enamorado del buen carácter del animal, y había suplicado á Sindulfo que se lo dejara en la granja, ya que él no tenía perro por entonces. Y el Quin, en calidad de comodato, estaba en poder de aquellos campesinos.
Toda la extensión del ancho valle le pareció un calabozo^ una insoportable esclavitud.
El era humilde , obediente^ resignado ; pero aquella ingratitud del amo no podía sufrirla, ¡Cómo! ¡El destino enemigo le castigaba tan rudamente al primer desliz? ¡Sólo por una tentativa, casi involuntaria, de crápula pasajera, le caía encima»el tremendo azote de quedarse sin el amparo del único real cariño que tenía en el mundo! No pensaba el Quin que esta forma toman los más exquisitos favores de la gracia; que los deslices de los llamados á no tenerlos tienen pronta y aguda pena, para que el justo no se habitúe al extravío.
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Tomó vientos, y con la nariz abierta al fresco Nordeste, como hubiera hecho Ariadna, á ser podenco, el Quin, huyendo de la alquería á buen trote, buscó el camino de la ciudad y llegó á su casa de las afueras en pocas horas.
No le recibió de buen talante Sindulfo, aunque orgulloso del apego del perro á su persona y de la hazaña del viaje; pero el Quin tuvo que volver á la aldea, porque la palabra es palabra, y el préstamo del perro habia de cumplirse. No se rebeló el humilde animal. Ante un mandato directo y terminante, ya no se atrevió cá invocar los fueros de su libertad.
El cariño le ataba á la obediencia. Aquel amo lo había escogido él entre todos. Era el amo absoluto. Lloró á su modo la ingratitud, y la pagó con la lealtad, viviendo entre aquellos groseros campesinos, que le trataban como á un villano mastín de los que daba la tierra.
Al principio la vida de la aldea, con su prosa vil de corral, le repugnaba; pero poco á poco empezó á sentir, como nueva cadena, la fuerza de la costumbre. Empezó á despreciarse á sí mismo al verse sumirse, sin gran repugnancia ya, en aquella existencia de vegetal semoviente.
Y ¡horror de los horrores! empezó á perder la memoria de la vida pasada, y con ella su ideal: el cariño al amo. No fué que dejara de quererle, dejó de acordarse de él, de verle, de sentir lo que