Cuentos morales · Unidad 115 de 188

Unidad 115 · 256 LEOPOLDO ALAS

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256 LEOPOLDO ALAS

sería mucho más caro (por el tiempo invertido y por los zapatos íjastados), pero sí alimentándose como los antijj^uos romeros. No llevaban el aj^ua en una calabaza porque no era necesario, pero de agua y poco más vivían. El agua era su ídolo higiénico... Casi tenía razón el fllósofo jónico, «casi todo bien procedía del'agua...»

Un día, después de ser ya muy amigos y de haberlos llevado varias veces á su casa, le preguntó Aguadet al marido, don Ruperto, qué vocación tenía, para qué carrera mostraba él más aptitud y afición más decidida.

— Yo creo que he nacido para la enseñanza y la educación. Guiai* un alma y un (!uerpo,no echados á perder por el mundo y sus errores, es mi mayor deseo y mi vocación acaso.

Aguadet, que tal oyó, puso cada día mayor empeño en estudiar á fondo al matrimonio misterioso. No ocultaban su escasez de recursos, pero no hacían alarde de miseria, y temió que no le sería fácil, sin imprudencia, penetrar en el hogar, muy pobre de fijo, de aquellos universales düettanti. Pero, con gran sorpresa, á la primer insinuación vio colmado su deseo. Si antes don Ruperto no le había ofrecido su casa, había sido porque no creía que ver tan pobre mansión pudiera tener ningún interés ni causar complacencia.

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Don Braulio vio todo lo que quiso: la cocina, el comedor, la sala, el gabinete, todo á lo pobre, pero limpio; menos pobre por la sencillez lacónica, pudiera decirse, de las costumbres y necesidades de aquella gente. Una lógica singular guiaba sus hábitos, y por consecuencia sus necesidades; habían suprimido los pleonasmos de satisfacciones que la civilización acumula en nuestra vida. La falta de originalidad, la servil imitación de gustos y preocupaciones ajenas, según don Ruperto y consorte, nos hacen gastar inútilmente nuestro haber, con tanta dificultad, y tiempo perdido, alcanzado; y así, no nos quedan ni vagar para la contemplación de las bellezas gratuitas y no gratuitas del mundo, ni medios ecqfnómicos para conseguir estas últimas. Por cutirir gastos que no satisfacen gustos ni necesidades verdaderas, espontáneas, dejamos de disfrutar de muchas cosas nobles de la vida. Pasmaba pensar, según don Ruperto, lo mucho que come de sobra el más sobrio y menos amigo de los placeres de la mesa. Además, era ridículo escoger los manjares por razón de vanidad, de rutina, de deleite grosero del paladar, etc., etcétera, cuando un estudio un poco serio y atento de la higiene moderna, nos pone en situación de comer mejor, esto es, lo que de veras nos hace falta, y muy barato. De la ropa, no se diga. Los medios de conservarla, según los recursos de la industria contemporánea , eran muchos, y constituían un