Cuentos morales · Unidad 116 de 188

Unidad 116 · 258 LEOPOLDO ALAS

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arte serio y muy útil. En cuestión de muebles... en fín^ sobraban casi todos. Y en cambio^ era necesario viajar, leer, visitar museos, monumentos, oir música buena, etc., etc.

Don Braulio^ encantado por aquellas apariencias, empezó á insinuar á don Ruperto la idea de encargarle de la educación de los Aguadet menores. Don Ruperto, también con indirectas, dio á entender que aceptaría el cargo, y que le vendría muy bien para arreglar su situación económica, nada próspera, á pesar de tanta parsimonia en los gastos; pero también dejó comprender que ni él solicitaba favores ni daría en su vida un paso para inclinar el ánimo de su nuevo amigo en aquel sentido.

Aguadet entraba cada día en más ganas de conocer á fondo aquel espíritu, aquella vida, que tan poco se parecía á la de tantos y tantos pedagogos que él conocía.

De religión, de filosofía, de pedagogía_, de letras, de historia, de cuanto don BraulÍQ quiso, habló don Ruperto^ mostrando sin ambajes ni reservas sus opiniones, sus creencias, sus convicciones, simpatías y antipatías.

Lo principal era la moralidad; pero la ciencia de esta gran cosa era muy difícil. Porque^ según don Ruperto, «la moral era ciencia experimental, y su único laboratorio la virtud.» Y la virtud era la más ardua de las. empresas posibles.

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Así que la mayor parte de los moralistas no tenían laboratorio.

Todo esto, y muchas cosas más que Aguadet

averiguó, estaba bien y le inclinaba más cada vez

á entregar la educación de sus hijos al anacoreta

e«/éfí*co_, como él llamaba á don Ruperto... Pero...

V si era un sepulcro blanqueado como tantos otros?

Y miraba y retemiraba de soslayo, á hurtadillas, de mil maneras, á su nuevo amigo, como podría meter el estoque, si fuera empleado en casillas, para buscar matute en el fondo de un carro. — Quería leer en el alma de aquel hombre, á través de aquella ropa, negra siempre, tan limpia, tan rapada, tan sutil. — No acababa de ver completa pulcritud en aquella austera sencillez, en tan ab-

luta falta de refinamientos indumentarios, en la

Iisencia total de lajo y superfluidad. — Al verle, I repente, siempre le parecía un hombre sórdido, ció... y no había tal; desde el sombrero de copa, moda atrasada, pero reluciente y bien planchado, hasta las botas, de pacotilla, pero como soles, todo revelaba allí completa pulcritud, muchos jK-nsamientos y cuidados domésticos consagrados ;'i la ropa, en cuanto símbolo de dignidad humana. Cuando don Ruperto sacaba el pañuelo, don raulio lo miraba de reojo con atención suma; solía sorprender zurcidos muy bien hechos; maniiis, nunca.

Y sin embargo, no se rendía.— <' Esta virtud