Cuentos morales · Unidad 117 de 188

Unidad 117 · 260 LEOPOLDO ALAS

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tendrá m¿\cula, pensaba; aquí habrá hipocresía^ comedia, bastidores y telones para que los vea el mundo.»

— ¡Ah! — so dijo uft día Aguadet — ¡ya di con ello!... — La prueba, la última, la definitiva. Prueba de ordalías, como si dijéramos: nada de fuego, pero el agua, ¿por qué no?

— ¿Sabe usted nadar, don Ruperto? — preguntó una vez don Braulio, así como al descuido.

Don Ruperto se puso un poco encamado, y dijo por fin:

— No_, señor; por esa parte mi educación está incompleta. Nunca me he decidido. De niño, mis hermanos y otros chicos mayores que yo me arrojaron al mar muchas veces para enseñarme tan útil habilidad con violencia, por sorpresa; y sólo consiguieron que tomara horror al agua... en cuanto elomento para la locomoción, se entiende; yo me baño en casa; pero en el mar ó en el río no me atrevo.

— ¡Malo! ¡malo! — pensó don Braulio. —Este hombre que tanto habla del agua y sus excelencias... le tiene asco al agua. ¡Malo! Sepídcro blanqueado por fuera probablemente.

Una tarde invitó don Braulio á don Ruperto á visitar cierta quinta de recreo de Aguadet, en me-

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dio de la cual había un estanque de aguas profundas, puras, cuyo fondo se veía como detrás del cristal más diáfano. Paseaban juntos, ñlosofando, á la orilla del agua. Don Ruperto, á ratos, perdía el hilo de la conversación por mirar el terreno que pisaba; porque don Braulio tenía la mala costumbre, por lo visto, de torcers,e á la derecha al andar é impedir á su pareja seguir el camino recto-, ello era que le iba echando hacia el agua^ y había que pensar en no caerse al estanque, sin perjuicio de mantener la interesante conversación.

Mas hubo un momento en que don Ruperto olvidó aquel cuidado material; se le fué el santo al cielo, y cuando más metido estaba en cierto laberinto de ideas metafísicas... sintió que le faltaba tierra, que don Braulio, apoyándose en él, resba-

ba sobre el suelo, mientras su propio individuo a de calveza al estanque. Y no sintió más, porTfue con el susto y la impresión del agua, casi helada, perdió el conocimiento; y cuando volvió en

, se encontró en una alcoba de la casa de campo, metido en una cama, entre cobertores, y tan desnudo como le pariera su madre.

A su lado don Braulio sonreía, radiante de satisfacción.

— No ha sido nada— le dijo. — ¡ün susto, nada más que un susto! No ha bebido usted ni dos cuartillos de agua. Además, es potable. Ello fué^ que yo, distraído con la argumentación, resbalé sobre