Cuentos morales · Unidad 118 de 188
Unidad 118 · 262 LEOPOLDO ALAS
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262 LEOPOLDO ALAS
una cascara do naranja; al caer me apoyé en usted, y usted so fué al agua...
— ¿Y mi ropa? — preguntó tímidamente, poro sin vergüenza, don Ruperto.
—Descuide usted. Está puesta al fuego. Secará en seguida. La interior y la de color, toda. Siento no tener yo ahora en esta quinta ropa mía que pudiera servirle...
— ¡Oh, gracias, gracias!...
A poco se levantó Aguadet de la silla que ocupaba al lado del náufrago, y fué á la cocina á ver cómo estaba la ropa de su amigo.
Sobre una cuerda, cerca de una buena hoguera, estaban todas las prendas negras: levita, chaleco, pantalón, corbata; en otra cuerda toda la ropa blanca... camisola, camiseta, calzoncillos, calcetines. Don Braulio pasó otra vez revista á tales prendas, que ya tenía bien miradas.
¡Qué triunfo para la sinceridad de aquella virtud austera, sencilla y noble! Don Braulio, después de recoger en el agua, ayudado por los criados de la quinta, el cuerpo exánime de su amigo, había tenido buen cuidado de desnudarle y examinarle toda la piel, de arriba abajo, y toda la ropa sin dejar un hilo.
De aquella inspección, resultaba que aquel don Ruperto debía, en efecto, de bañarse todos los días en casa. Y en cuanto á la ropa interior, era todíi una ejecutoria de poilcritud.
— ¡Oh! — pensaba don Braulio— ¡ésta es la verdadera limpieza, conio es la virtud verdadera la que no está destinada á que el mundo sepa de ella! Este hombre no podía venir preparado. ¿Cómo podía él sospechar que yo, hoy precisamente, había de tirarlo al agua? ^o venía i) repara do. Y hoy es <ábado. Luego este hombre se muda todos los días. La tela es pobre, está muy gastada, llena de repajos, que son otra ejecutoria de la atenta laboriosidad de su mujer: pwo ¡qué limpieza! ¡Qué buen olor á manzanas maduras, ó no sé qué! ¡Oh, sí! Xo cabe duda: por dentro como por fuera. Los calcetines como el pensamiento, el corazón como la camisa elástica; ¡todo blanco! ¡Todo en orden! ¡Todo puro!»
Secó la ropa, y media hora después^ don Ruperto se vestía en presencia de don Braulio; á éste se figuraba un sacerdote del culto de la pobreza impia, sin jactancia ni vergüenza, que se revestía de las insignias de su honradez. Se veía claramenque se hubiera vestido con igual tranquilidad elante de un Concilio... á no vedarlo otros resetos.
Ni hacía alarde de su esmerada pulcritud, ni le causaban vergüenza aquellos zurcidos y sutilezas de la ropa blanca.
Cuando le víó otra vez empaquetado en su traje negro, don Braulio tendió la mano á don Ruperto, y le dijo: