Cuentos morales · Unidad 119 de 188
Unidad 119 · 264 LEOPOLDO ALAS
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264 LEOPOLDO ALAS
— De modo, querido amigo, que quedamos en eso; quedamos en que desde mañana empezará usted á desasnarme los chicos...
VIAJE REDONDO
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PIDO
La madre y el hijo entraron en la iglesia. Era en el campo, á media ladera de una verde colina, desde cuya meseta^ coronada de encinas y pinares, se veía el Cantábrico cercano. El templo ocupaba un vericueto, como una atalaya, oculto entre grandes castaños; el campanario vetusto, de tres huecos— para sendas campanas obscuras, venerables n la pátina del óxido místico de su vejez de muñís ó estilitas, siempre al aire libre, sujetas á su destino— se vislumbraba entre los penachos blancos del fruto venidero y los verdores de las hojas lustrosas y gárrulas, movidas por la brisa, bayadoras encantadas en incesante baile de ritmo santo, solemne. Del templo rústico, noble y venerable en su patriarcal sencillez, parecía salir, como un perfume, una santidad ambiente que convertía las cercanías en bosque sagrado. Reinaba un silencio de naturaleza religiosa, consagrada. Allí vivía Dios.
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A la iglesia parroquial de Lorezana se entraba por un pórtico, escuela de niños y antesala del cementerio. En una pared, como adorno majestuoso, estaba el ataúd de los pobres, colgado de cuatro palos. Debajo dos calaveras relucientes como bajo-relieve del muro, y unas palabras de Job.
La puerta principal, enfrente del altar, bajo el coro, era, según el párroco, bizantina; de arco de medio punto^ baja, con tres ó cuatro columnas por cada lado, con fustes muy labrados, con capiteles que representaban malamente animales fantásticos. Aquellas piedras venerables parecían pergaminos que hablaban del noble abolengo de la piedad de aquella tierra.
El templo era pobre, pequeño, limpio, claro; de una sencillez aldeana^ mezclada de antigüedad augusta, que encantaba. En la nave, el silencio parecía reforzado por una oración mental de los espíritus del aire. Fuera, silencio; dentro^ más silencio todavía; porque fuera las hojas de los castaños, al chocar bailando, susurraban un poco.
Dos lámparas de aceite, estrellas de día^ ardían delante de altares favoritos. A la Virgen del altar mayor la iluminaba un rayo de sol que atravesaba una ventana estrecha de vidrios blancos y azules.
Sobre el pavimento, de losas desiguales y mal unidas, quedaban restos del tapiz de grandes espadañas por allí esparcidas pocos días antes al ce-