Cuentos morales · Unidad 120 de 188
Unidad 120 · VIAJE REDONDO "267
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VIAJE REDONDO "267
lebrar una fiesta; la brisa, que entraba por una puerta lateral abierta, movía aquellas hojas marchitas, largas, como espadas rendidas ante la fe; un gorrión se asomaba de vez en cuando por aquella puerta lateral, llegaba hasta el medio de la nave, como si viniera á convertirse, y al punto, pensándolo mejor, salía como una flecha, al aire libre, al bosque, á su paganismo de ave sin conciencia, pero con alegre vida.
En el presbiterio, á la derecha, sentado en un banco, el cura, anciano, meditaba plácidamente leyendo su breviario. NO había más almas vivientes en la iglesia. El gorrión y el cura.
Entraron la madre y el hijo, santiguándose, húmedas las yemas de los dedos con el agua bendita tomada á la puerta.
A los pocos pasos se arrodillaron con modestia, temerosos de ser importunos, de interrumpir al buen sacerdote, que se creía solo en la casa del Señor.
En medio de la nave se arrodillaron. La madre volvió la cabeza hacia el hijo, con un signo familiar; quería decir que empezaba el rezo; era por el alma del padre, del esposo perdido. Ella rezaba delante, el hijo representaba el coro y respondía con palabras que nada tenían que ver con las de la madre; era aquel diálogo místico algo semejan-
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te á los cuadros de ciertos pintores cristianos de Italia, de los primitivos, en los que los santos, las figuras asisten á una escena sin saber unos de otros, sin mirarse, todos juntos y todos á solas con Dios. Así estaba el cura, sin saber del gorrión, que entraba y salía, ni de la madre y el hijo que oraban allí cerca.
Entonces comenzó el milagro .
Llegó el rezo á la meditación. Cada cual meditaba aparte. La madre^ por el dolor de su viudez, llegaba á Dios en seguida, á su fe pura, suave, fácil, firme, graciosa.
El hijo... tenia veinte años. Venía del mundo, de las disputas de los hombres. La muerte de su padre le había herido en lo más hondo de las entrañas, en el núcleo de las energías que nos ayudan á resistir, á esperar, á venerar el misterio dudoso. A veces le irritaba la resignación de su madre ante la común desgracia; sentía en sí algo de la hiél de Hámlet; veía en el fervor religioso de su madre el rival feliz de su padre muerto.
Era estudiante, era poeta, era soñador. Su alma no se había separado de la fe de su madre en arranque brusco, ni por desidia y concupiscencia; como el gorrión en la iglesia aldeana, su espíritu entraba y salía en la piedad ortodoxa... Leía, estudiaba, oía á maestros de todas las escuelas; su