Cuentos morales · Unidad 121 de 188
Unidad 121 · VIAJE REDONDO 269
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VIAJE REDONDO 269
absoluta sinceridad de pensamiento le obligaba á vacilar, á no afirmar nada con la fuerza que él hubiera sabido consagrar al objeto digno de una adhesión amorosa definitiva, inquebrantable. Padecía en tal estado, consumía en luchas internas la ¡energía de una juventud generosa; pero por lo pronto sólo amaba el amor, sólo creía en la fe, sin saber en cuál; tenía la religión de querer tenerla. Y en tanto, seguía á la madre al templo, donde sabía que estaba cumpliendo una obra de caridad sólo al complacer A la que tanto quería. Además, su alma de poeta seguía siendo cristiana; los olores del templo aldeano, su frescura, su sencillez, el silencio místico, aquella atmósfera de reminiscencias voluptuosas de la niñez creyente y soñadora le embriagaban suavemente; y, sin hipocresía, se humillaba, oraba, sentía á Jesús, y repasaba con la idea las grandezas de diecinueve siglos de victorias cristianas. El era carne de aquella carne, descendiente de aquellos mártires y de aquellos guerreros de la cruz. No, no era un profano en la iglesia de su aldea, á pesar de sus inconstantes filosofías.
La madre, del pensamiento del padre muerto pasaba al pensamiento del hijo..., acaso amenazado de muerte más terrible, de muerte espiritual, de impiedad ciega y funesta. Recordaba las lágrimas de Santa Mónica; pedía á Dios que iluminase aquel cerebro en donde habían entrado tan-
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tas cosas que ella no había transmitido con su sangre, que no eran de sus entrañas. En sus dolorosas incertidumbres respecto de la suerte moral de su hijo, su imaginación se detenía al llegar á la idea déla posible condenación. Aquel infinito terror , sublime por la inmensidad del tormento, no llegaba á dominarla, porque no concebía tanta pena. ¡El infierno para su hijo! ¡Oh, no, imposible! Dios tomaría sus medidas para evitar aquello. Las almas eran libres, sí; podían escoger el mal, la perdición...; pero Dios tenía su Providencia, su Bondad infinita. El hijo se le salvaría. ¡A la oración! ¡á la oración para lograrlo!
Los dos, absortos, llegaron á olvidarse del tiempo, á salir de la sombra del péndulo que va y viene, en la cárcel del segundo que mide, eterno presidiario. Aquél fué el milagro. La previsión^ el temor que imagina vicisitudes futuras, se cuajaron en realidad; se les anticipó la vida en aquellos instantes de meditación suprema.
Para el hijo, el argumento poético do la fe se iba alejando como una música guerrera que pasa, que habla, cuando está cerca, de entusiasmo patriótico, de abnegación feliz, y después al desvanecerse en el silencio lejano deja el puesto á la idea de la muerte solitaria. El no pensar en los grandes problemas de la realidad con c\ acompañamiento