Cuentos morales · Unidad 122 de 188

Unidad 122 · VIAJE REDONDO 271

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VIAJE REDONDO 271

sentimental de los recuerdos amados, de la tradición sagrada, llegó á parecerle un deber, una austera ley del pensamiento mismo. Como el soldado en la guerrilla se queda solo ante el peligro, acompañado de las balas enemigas, ya sin la patria, que no le ve en aquella agonía^ sin música animadora, sin arengas, sólo con la guerra austera, ,como la pinta Coriolano. el de Shakespeare, así quel pensador sincero se quedaba solo en el desierto de sus dudas,' donde era ridículo pedir amparo á una madre, á la infancia pura, como lo hubiera sido en un duelo, en una batalla. Buena ó mala, próspera ó contraria, no había allí más ley que la ley del pensar. Lo que fuera verdadero, aunque fuera horroroso, eso había que creer. Como el valiente, que lo es de veras, no cree tener un amuleto que le libra de las balas, sino que se mete por ellas seguro de que pueden pasar por su cuerpo como pasan por el aire; así pensaba, con valor; pero la juventud se marchitaba en la prueba: el corazón se arrugaba, encogiéndose. Dudando así, escapaba la vida. Las ilusiones sensuales perdían el atractivo de su valor incondicional; al hacerse relativas, precarias, se convertían en una comedia alegre por su argumento, triste por la fatal brevedad y vanidad de sus escenas. No se podía gozar mucho de nada. La ilusión del amor puro, de la mujer idealizada, se desvanecía también; sólo quedaban de ella jirones de ensueño tiotando dispersos,

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desmadejados á ras de tierra, como el humo de la locomotora, el que huye por los campos con patas de araña gigante, disipándose un poco más á cada brinco sobre los prados y entre los setos...

La lógica lo quería; si la gran Idea era problema, ensueño tal vez, la mujer ensueño era fenómeno pueril, vulgaridad fortuita en el juego sin sentido y sin gracia de las fuerzas naturales...

Quedaba la naturaleza. Y el pensador, que ya no esperaba nada del amor, del cielo vaporoso, fantástico, se puso á amar el terruño y su producto con la cabeza inclinada al suelo. Fué geólogo, fué botánico, fué fisiólogo... El mundo natural sin la belleza de sus formas aparentes todavía puede mostrarse grande, poético, pero triste^ á veces.horroroso, en su destino, como un Edipo; la naturaleza llegó á figurársela como una infinita orfandad; el universo sin padre, daba espanto por lo azaroso de su suerte. La lucha ciega de las cosas con las cosas; el afán sin conciencia de la vida^ á costa de esta vida; el combate de las llamadas especies y de los individuos por vencer, por quedar encima un instante , matando mucho para vivir muy poco , le producía escalofríos de terror; eterna tragedia clásica, con su belleza sublime, misteriosa, sí, pero terrible.

Pasaba la vida, y como en una miopía racional, el espíritu iba sintiéndose separado por nieblas, por velos del mundo exterior, plástico; volvían.