Cuentos morales · Unidad 123 de 188

Unidad 123 · VtV.IE REDONDO 273

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

VtV.IE REDONDO 273

con más fuerza que en la edad de los estudios académicos, las teorías idealistas á poner en duda, á desvanecer entre sutilezas lógicas la realidad objetiva del mundo; y volvía también con más fuerza que nunca la peor de las angustias metafísicas, la inseguridad del criterio, la desconfianza de la razón, dintel acaso de la locura, ün doloroso poder de intuición demoledora y de análisis agudo, como una fiebre nerviosa , iba minando los tejidos más íntimos de la conciencia unitaria, consistente: todo se reducía á una especie de polvo moral, incoherente, que por lo deleznable producía vértigo, una agonía...

El pensamiento de la madre, en tanto, volaba á su manera por regiones muy diferentes, pero también siniestras, obscuras. El hijo se le perdía. e apartaba de ella, y se perdía. Muy lejos, ella lo entía, vivía blasfemando, olvidado del amor de Dios, enemigo de su gioria. Era como si estuviera loco; pero no lo estaba, porque Dios le pedia cuenta de sus actos. Era un malvado que no mataba, ni robaba, ni deshonr¿iba... no hacía mala nadie, y era un malvado para Dios. Y ella rezaba, rezaba, rezaba para sacarle de aquel abismo, para atraerle al regazo en que había aprendido á creer. Cosa rara; le veía en tierra, de rodillas, en un desierto, como un anacoreta, sin comer, sin beber,

274 LEOPOLDO ALAS

sin flores que admirar, sin amores que sentir, triste, solo, de hinojos siempre, las manos levantadas al cielo, los ojos fijos en el polvo, esperando sin esperanza; maldito y á su modo inocente, reprobo sin culpa, absurdo doloroso para las entrañas de la madre y de la cristiana.

«Más vale enterrarte», pensaba ella. «Que viva poco y de prisa, si ha de vivir así.» Y ella misma le iba haciendo la sepultura, arrojando nieve en derredor del cuerpo inmóvil del anacoreta condenado; en vez de tierra, nieve. Ya caía nieve sobre él, ya le llegaba á los hombros, ya le cubría la cabeza... ¡Señor, sálvale, sálvale, antes que desaparezca bajo la nÍQve en que le sepulto!

En una criáis del espíritu del hijo, las cosas empezaron á tener un doble fondor que antes no les conocía. Era un fondo así, como si se dijera, musical. Mientras hablaban los hombres de ellas, ellas callaban; pero el curioso de la realidad, el creyente del misterio, que, á solas, se acercaba á espiar el silencio del mundo, oía que las cosas mudas cantaban á su modo. Vibraban^ y esto era una música. Se quejaban de los nombres que tenían; cada nombre una calumnia. La duda de la realidad era un juego de la edad infantil del pensamiento humano; los hombres de otros días mejores apenas concebían aquellas sutilezas. Todo seiba aclarando al