Cuentos morales · Unidad 124 de 188

Unidad 124 · VIAJE REDONDO 575

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VIAJE REDONDO 575

confundirse; se borraban los letreros en aquel jardín botánico del mundo, y aparecía la evidencia de la verdad sin nombre. Ya no se sabía cómo se llamaba en í^riego el árbol de la ciencia, que ahora no servía de otra cosa que de fresco albergue, de sombra para dormir una dulce siesta, confiada, de idilio. Volvía, de otra manera, la fe; los símbolos seguían siendo venerables sin ser ídolos; había una dulce reconciliación sin escritura ni estipulaciones; era un tratado de paz en que las firmas estaban puestas debajo de lo inefable.

Lo que no volvía era el entusiasmo ardiente, la inocencia graciosa en el creer; había un hogar para el alma, pero el ambiente, en torno, era de invierno. Los años no se arrepentían.

La madre sintió que el alma se le aliviaba de

un peso horrendo. Cesó la pesadilla. La brisa le

trajo hasta el rostro aromas del bosque vecino; en

cuanto gozó aquella dulzura pensó en el hijo, no

• gún le veía en sus ensueños: en el hijo que me-

litaba á su lado. Volvió hacia él suavemente la

ibeza. El hijo también miró á la madre... Apenas

; conocieron. El hijo era un anciano de cabeza

_r¡s; la madre un fantasma decrépito, una momia

viva, muy pálida. El hijo se puso en pie con difi-

iiltad, encorvado; tendió la mano á la madre y la

yudo á levantarse con gran trabajo; la pobre oc-

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togenaria no podía andar sin el báculo del hijo querido, viejo también, si no decrépito.

Le besó en la frente. Se santiguó con mano trémula frente al altar mayor: comprendía y agradecía el milagro. El hijo volvía á creer, había hecho el viaje redolido de la vida del pensamiento; no había más sino que en aquella lucha se había gastado la existencia; él ya era un anciano, y ella, por otro portento de gracia, vivía en la extrema decrepitud, próxima al último aliento, pero feliz, porque había durado hasta ver al hijo otra vez en el regazo de la fe materna. Sí, creía otra vez; no sabía ella cómo ni por qué, pero creía otra vez. Se acercaron á la puerta de columnas labradas con extraños dibujos; tomó la madre agua bendita de la pila y la ofreció al hijo, que humedeció la frente arrugada y cubierta de nieve.

En el pórtico se detuvieron. La madre no podía andar, abrumada por el cansancio. Sonrió, tendiendo la mano hacia el ataúd de los pobres, una caja de pino, sucia, manchada de lodo y cera, colgada en el muro blanco.

Y con voz apagada, al perder el sentido, la anciana feliz exclamó:

— ¡En ésa , mañana en ésa!...