Cuentos morales · Unidad 127 de 188

Unidad 127 · f.A TRAMPA 281

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rojos) el carricoche tumbado sobre las varas, á la puerta.

Volvió Falo jinete en una yegua. Era de buena ilzada, torda^ cabeza fina, de buen andar, airosa ;il sacudir los remos y nada espantadiza. No estaba flaca ni muy rellena. Xo tenía más sino que, en cuanto la dejaban sola, entregada á sí misma, se quedaba muy triste, se abría un poco de piernas, I largaba el cuello, y de tarde en tarde hacía un ruido así como si suspirara por dentro, con las entrañas, que le retemblaban.

Venía de Castilla, de la tierra llana; tal vez la abrumaban las montañas. ¿Edad? En la edad estaba el misterio. Como hnena. jamona, por la boca no confesaba los años; pero muy vieja no debía de ser. O tal vez sí; tal vez era una Niñón de Landos, cu su clase.

Falo no la había comprado en la feria. Déla ciud volvía con los pesos, casi satisfecho de no har topado con nada que conviniese. Todo era caro, ó malo, ó sospechoso. La verdad era que el licenciado de caballería no entendía mucho de la •iencia del chalán, y había cobrado miedo á los -Titanos que tantas gangas le ofrecían.

Donde* compró Falo fué al salir de la villa, ya cei'ca de su casa; compró á un vecino del mismo concejo, el Artillero, un gitano del Norte, más gitano que todos los que recorren el mundo. El Artillero le conoció á Falo, en cuanto le vio eontcm-

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piando la yegua que él montaba, que el de caballería se había enamorado de ella. Falo, mucho tiempo después, comprendió por qué le había hecho tanta gracia; se parecía á un caballo que á él le habían matado los carlistas en una célebre carga. Pero de esto no se dio cuenta el hijo de Manín de Chinta por de pronto. Le gustó la yegua, pensaba él, porque sí, porque tenía buena facha, buen color, andaba bien y no se espantaba.

Falo llegó á casa al oscurecer, y metió la yegua en la cuadra improvisada por Manín en un rincón del corral de las vacas. Comprendió el licenciado que la gente de casa no le agradecía la compra. Los viejos, pensando en el dinero, trescientas pesetas, que había quedado por allá, estaban así como arrepentidos de la resolución temeraria de arrastrar coche. Además, ¡una caballería mayor era cosa tan nueva, tan extraña á la vida mezclada que hacían allí personas y brutos! A la madre de Manín, muy vieja, impedida para todo menos para fumar, comer y mandar á gritos, dando órdenes que unas veces se cumplían y otras no, pero siempre se respetaban; á la ochentona Rosenda le parecía muy mal que el pollin (el burro), más antiguo, con muchos servicios, se acomodara en el cubil de la quintana, en buen amor y compaña de los vecinos de la vista baja, y que el intruso, es decir, la intrusa, necesitase medio corral para ella sola. ¿Y comer? ¡María Santísima! La hierba me-