Cuentos morales · Unidad 129 de 188
Unidad 129 · LA TRAMPA 285
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LA TRAMPA 285
nada de coces ni relinchos: silencio, paciencia, resignación; pero ni un paso. Llovían palos; cerraba la torda los ojos, temblorosas las tristes membranas que los cubrían; ¡á sufrir, á aguantar, á soñar n Castilla I Hubo (|u<* volver á casa como se udo.
Al día siguiente, al amanecer, Falo vio con error que la pierna estaba mucho más inflamada; herida seguía sangrando y además... en el lomo y en el pecho las correas habían labrado la carne y brillaban, destilando humor entre gotas rojas, grandes mataduras. Hubo que enterar á Manín de Chinta de lo que pasaba: el aldeano cogía el cielo con las manos; las mujeres salieron á la quintana á dar gritos, á lamentarse, como las plañideras en un entierro. Allí se vociferó la biografía del Artillero á lo Aristófanes.
Si aquel hombre era tan tramposo con los Chintas, gritaban, merecía volver al presidio, donde ya había estado.
La Chula iba de mal'en peor; bajaba como en la Bolsa el papel cuando hay pánico. Cada vez le asediaban más moscas, como para repartírsela. Falo veía con espanto la próxima trasformación de aquella figura animada, que él había empezado á querer sin saber por qué, en masa inerte, repugnante, putrefacta; previa el sálvese el que pueda terrible de la materia que huye de un organismo abandonado por el soplo misterioso de la vida.
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Además, como Falo no creía en la inmortalidad del alma de las yeguas, aquella podredumbre en que iba á deshacerse su nueva amiga le parecía más horrorosa, y él, por lo mismo^ sentíanlas lástima.
Se puso á curar y cuidar á la Chula con todo el ahinco y entusiasmo de su energía de aldeano joven y testarudo; quer.'a que sanara.
En tanto Manín se apresuró á dar pasos para deshacer el trato. «Por fortuna, no. la había comprado en la feria.» «El Artillero tendría que devolverle su dinero y llevarse la ira ?wpa, pues le había engañado miserablemente.» No sabía si tenía derecho o no á la rescisión ó lo que fuere; pero sabía algo más positivo: que era cuestión de mandones, de caciques; que el juez le haría al Artillero cargar con la yegua si el señorito se empeñaba.
El señorito era el mandón de la villa, el cacique de cuyo bando era Manín, que tenía dinero suyo á réditos y en arrendamiento cierta tierruca de hombre tan poderoso. El Artillero también tenía mandón que le protegiera: fué lucha de caciques. El juez, oficiosamente, hizo que la cosa se pusiera en manos que lo resolvieran sin llegar aun juicio, dando á entender que él, llegado el caso, daría una solución igual; quería servir al más poderoso dilatando ó conjurando el compromiso. El ma7idón más fuerte, el señorito, el de Manín, salió con la suya. El Artillero tuvo miedo y se dio por ven-