Cuentos morales · Unidad 130 de 188
Unidad 130 · LA TRAMPA 287
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
LA TRAMPA 287
cido, antes de serlo en el mal afamado foro de la villa.
Pero toda esta guerra pseudo-juridica de influencias, intrigas, rencores y vanidades duró semanas y semanas, y en tanto la yegua ni curaba ni se moría. Poco á poco, alrededor de Falo, que la cuidaba, fueron acudiendo algunos vecinos inteligentes, por amor al arte de la veterinaria. Rosenda y la Chinta también empezaron á interesarse por el animal y sus lacerías. Manín fué el último, pero acudió también, y acabó por ser el más solícito, el que más se esmeraba en aliviar los males de la trampa.
La Chula, iba siendo cosa familiar, como la carretera. Hasta las vacas paraban mientes en ella. No se diga las gallinas, que le andaban todo el día entre las patas.
La idea de que era «un animal de Dios» esparció por el corral un ambiente de asilo caritativo. Falo triunfaba, radiante.
La yegua, al cabo, empezó á mejorar algo, muy poco; la familia le tomaba ley. Hasta el cura de la parroquia vino un día á verla. Era el cura, como la Chula, castellano, grave, noble, triste, ( ortés; también echaba de menos la ancha llanura. Declaró el párroco, dándole palmadas en el vientre, que era la yegua una buena pieza, que
288 LEOPOLDO ALAS
sanaría tal vez,, que no tenía más que el peso de los años y ciertos vicios de la sang^re. Apuntó ]<i id»a de que era^ relativamente, caso de conciencia el cuidar del pobre animal , que parecía agradecer los remedios y el halago.
Una mañana se presentó el Artillero blasfemando, con un bolsillo de cuero en una mano y una cabezada en la otra. Venía por la yegua. «Le habían hecho una charranada; pero ya la pagarían en las próximas elecciones. Habría tiros.» Arrojó el dinero á los pies de Manín, entró en el corral y se puso á desatar del pesebre á, la Chula, como quien toma lo suyo. Salió con ella á la quintana, le puso la cabezada, montó, á pelo, de un brinco y, sin despedirse, apretó los ijares de la bestia para emprender la marcha... Pero la Chula no se movía.
Sin fijarse en este detalle impoitante^ dando patadas feroces en el vientre de la torda, el Artillero, gritaba: «¡Esto es contra ley! ¡Esto clama al cielo! Si no fueran arriba y abajo todos unos pillos, yo acudiría al juez y á la Audencia por mis trescientas pesetas; pero el pobre en todas partes se escachifolla y se repudre... y se ¡Anda borrica!» Y ¡zas, zas! ¡qué patadas y qué ramalazos!
Falo^ enfrente del Artillero, como para cortarle el paso, le contemplaba; piilido, mordiendo los