Cuentos morales · Unidad 131 de 188
Unidad 131 · LA TRAMPA 289
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LA TRAMPA 289
labios. Manín_, detrás de la Chula, rodeado de las mujeres, tenía un pie sobre el bolsillo que el Artillero había arrojado al suelo, y revolvía dentro de su cerebro estrecho grandes pensamientos.
De tal modo maltrataba el Artillero á la yegua, que no podía moverse, que la indignación estaba pronta á estallar en todos los del grupo. La familia contemplaba en silencio el trato cruel. La vieja, la ochentona, la varonil Eosenda, fué la primera que gritó:
— Cacho de bruto, ¿no ves que no quiere? ¿No tienes entrañas? Deja la torda ó por las piernas te cojo y vas á tierra...
— Y si no lo hace la abuela, lo hago yo — dijo Falo, dando un paso adelante.
— La yegua es mía; pa eso ganasteis el pleito en ca el señorito. ¡Puñales! ¡Y que á esto lo llamen justicia!...
— Tuj'-a es la yegua— contestó Manín de China, más sereno que Falo; — pero como el animal le tiene ley á la casa, por lo visto... y como no se quié dir... por mí, que se quede. Conque apéate; toma tu dinero, que ahí está donde lo dejaste, y la Chilla vuelva al pesebre.
Y Manín separó el pie que pisaba el bolsillo y puso una mano sobre la grupa de la yegua.
Después de pensarlo, el Artillero^ dejando de maltratar al animal, dijo con tono conciliador, pero no sin cierta sorna:
290 LEOPOLDO ALAS
— Bien está lo que dices; pero has de pagar las costas.
— ¿Qué costas, si todo se arregló entre amigos?
— Amigos, ¿eh? ¡del demonio! Las costas son la sangre que me habéis quemao y retepodrido, y lo que he gastao en zapatos en viajes á la villa... Con cinco pesos encima tuya es la yegua.
Y después de dimes y diretes, dudas, vacilaciones y embozados insultos, se hizo el trato; volvió la Chula á la cuadra. Falo á cuidarla, y el Artillero se fué con sus trescientas pesetas y veinticinco que no había traído.
La Chula, después de algunas semanas, pudo volver á tirar del carricoche. Cumplía con su oficio medianamente; como un veterano que ya merece el retiro. El carretón no se cargaba demasiado. Al llegar á las cuestas grandes, la gente atierra; la Chula subía poco á poco; no se la apuraba. Separaba á veces y se hacía la vista gorda. Ella procuraba cumplir lo mejor que podía; la familia le toleraba sus flaquezas naturales, su horror á lo empinado.
Así se vivía, soportándose unos á otros; como se sufría á la vieja, que ya no trabajaba y gruñía; como todos tenían algo que tolerarse, algo que perdonarse mutuamente. Así es la vida entre los que se quieren y atraviesan este valle de lágrimas juntos, unidas la manos para que no los disperse el viento del infortunio.