Cuentos morales · Unidad 139 de 188

Unidad 139 · EL SUSTITUTO 309

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EL SUSTITUTO 309

guardia, y con una... que llamaban desintería que no se podía tener, se había separado un poco de su puesto, así, como... por decencia por no apestarse á sí mismo después, y allí, acurrucado, en un rayo de luna... ¡zas! un morito le había visto, al parecer, y, lo dicho ¡zas!... había hecho blanco. Pero en blando. Total nada: aquello nada. Pero el frío, la fatiga, los sustos, la tristeza, ¡aquello sí!... y la fiebre, la reina de sus males, le mataba sin remedio.

Y murió Ramón Pendones en brazos del señorito, muy agradecido y recomendándole á su madre y á su novia.

Y el señorito, más poeta, más creador de lo que él mismo pensaba, pero poe'-.i épico, oujetivo, salió de Málaga, pasó el charco y se fué derecho al capitán de Ramón, un bravo de talento, y buen corazón y fantasía, y le dijo:

— Vengo de Málaga; allí ha muerto en el hospital Ramón Pendones, soldado de esta compañía. *He pasado el mar para ocupar el puesto del difunto. Hágase usted cuenta que Pendones ha sanado y que yo soy Pendones. El era mi sustituto, ocupaba mi puesto en las filas y yo quiero ocupar el suyo. Que la madre y la novia de mi pobre sustituto no sepan todavía que ha muerto; que no sepan jamás que ha muerto en un hospital, oscuramente, de tristeza y de fiebre...

El capit in comprendió á Miranda.

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—Corriente— le dijo— por ahora usted será Pendones; pero después, en acabándose la guerra... ya ve usted...

— Oh, eso queda de mi cuenta — replicó Eleuterio.

Y desde aquel día Pendones, dado de alta, respondió siempre otra vez á la lista. Los compañeros que notaron el cambio celebraron la idea del señoi'ito, y el secreto del sustituto fué el secreto de la compañía.

Antes de morir, Ramón había dicho á Eleuterio cómo se comunicaba con su madre y su novia. El mismo cabo que solía escribirle las cartas, escribía ahora las que le dictaba Miranda, que también las firmaba con una cruz; pues no quería escribir él por si reconocían la letra en el pueblo.

— Pero todo eso — preguntaba el cabo amanuense— ¿para qué les sirve á la madre y á la novia si al fin han de saber....

— Deja, deja— respondía Eleuterio ensimismado.—Siempre es un respiro... Después... Dios dirá'.

La idea de Eleuterio era muy sencilla, y el modo de ponerla en práctica lo fué mucho más. Quería pagar á Ramón la vida que había dado en su lugar,- quería ser sustituto del sustituto y dejar á los seres queridos de Ramón una buena herencia de fama, de gloria y algo de provecho.

Y, en efecto, estuvo acechando la ocasión de portarse como un héroe, pero como un héroe de