Cuentos morales · Unidad 140 de 188

Unidad 140 · EL SUSTITUTO 311

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EL SUSTITUTO 311

veras. Mnrió matando nna porción de moros, salvando una bandera, suspendiendo una retirada y convirtiéndola, con su glorioso ejemplo, en una victoria e^lendorosa.

No en vano era, además de valiente, poeta, y más poeta épico de lo que él pensaba: sus recuerdos de la Iliada del Ramayana, de la Eneida, de Los Lusiadas, de la Araucana, del Bernardo, etcétera, etc., llenaron su fantasía para inspirarle un hell morir. Hasta para ser héroe, artista, dramático, se necesita imaginación. Murió, no como hubiera muerto el pobre Ramón en su caso, sino con distinción, con elegancia; su muerte fué sonada; no pudo ser un héroe anónimo; y, aunque simple soldado, su hazaña y glorioso fin llamaron la atención y excitaron el entusiasmo de todo el ejército; el general en jefe le consagró públicos y solemnes elogios; se le ascendió después de muerto; su nombre .figuró en letras grandes en todos los periódicos, diciendo: «ün héroe: Ramón Pendones;» y para su madre hubo el producto de una cruz postuma, pensionada, que la ayudó, de por vida á pagar la renta á don Pedro Miranda, cuyo único hijo^ por cierto, había muerto también, probablemente en la guerra, según barruntaban los del pueblo, pero sin que se supiera cómo ni dónde.

Cuando el capitán, años después, en secreto

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siempre, refería á sus íntimos la historia, solían muchos decir:

«La abnegación de Eleuterio fué exagerada. No estaba obligado á tanto. Al fin, el otro era sustituto; pagado estaba y voluntariamente había hecho el trato.»

Era verdad. Eleuterio fué exagerado. Pero no hay que olvidar que era poeta; y si la mayor parte de los señoritos que pagan soldado, un soldado que muera en la guerra, no hacen lo que Miranda, es porque poetas hay pocos, y la mayor parte de los señoritos son prosistas.

EL SEÑOR ISLA

¡Quién lo vio y quién lo ve! En otro tiempo creía en Dios, en el prójimo, en las leyes de la Historia providencialmente regida, en el arte; creía en la ciencia, en la eficacia de la actividad, en los resultados milagrosos del espíritu de asociación...

Estaba delgado, la grasa se la consumía el ir y venir, el estar en todo.

Era de la comisión de esto y de lo otro, bullía

el salón de sesiones del Congreso, en las cervecerías donde se hace y se deshace literatura, en los saloncillos de los teatros, en las librerías; escribía en varios periódicos y revistas, publicaba libros... y por fin, hasta estrenó una comedia sociológica en que ponía la organización actual del mundo civil y económico de oro y azul en preciosas redondillas, que Dios y él sabían el trabajo que le costaban. El que no conociese al Isla de entonces, podía creer, á juzgar por las redondillas de su co-