Cuentos morales · Unidad 141 de 188
Unidad 141 · 314 LEOPOLDO Af.AS
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media, que era un hombre que estaba desesperado y tragaba mucha hiél; que era un Proudhon próximo á tirarse de cabeza en el estanque grande del Retiro^ ó en el Manzanares, á la primera avenida; pero ¡quiá! por aquellos días, sobre todo después que le aplaudieron las redondillas incendiarias, estaba Isla muy satisfecho, amaba todo, creía en la justicia social, de que no encontraban trazas los personajes de la comedia.
Había que verle sonriente, repartiendo apretones de manos entre cómicos, diputados, periodistas, músicos y danzantes; y más era de admirar y envidiar por su alegría, cuando pisaba las tablas entre damas y galanes para recibir los aplausos de aquella sociedad, de quien decía poco antes uno de los personajes:
Sociedad, en lucha fiera contra mí desde el nacer,
nada te quiero deber
ni el ser; ¡déjame que muera!
No era pesimista y demagogo más que en tres actos y en verso, porque vestía bien aquello de venir al teatro á combatir las preocupaciones reinantes y reivindicar derechos no sabía él á punto fijo de quién^ pero vamos, de alguien que debía de padecer hambre y sed de justicia. Y allí estaba él, Isla, para aplacar la sed y el hambre de aquellos desgraciados, que no conocía, con escenas de
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relumbrón, golpes de efecto, monólogos filosóficos y de vnlenque en la última quintilla.
Sí, conciencia, en vano lucho en esta fiera batalla; tú eres necia, el mundo ducho... me vencerá la canalla si te escucho... ¡no te escucho!
^^^P Y cobraba los derechos de autor de reparaciones sociales, salvaba los fueros de la justicia, recibía parabienes y vivía feliz.
Estaba en todas partes, todo le interesaba; el suceso del día, fuera religioso, económico, cientííico, político, artístico... ó de toros y loterías, le impresionaba tanto, que siempre parecía que iba con él la cosa.
Había quien juraba haberle visto en una boda el mismo día y á la misma hora en que otros le habían hablado en un entierro.
Pero, amigo; poco á poco la gente empezó á cansarse de tanto ver, oír, oler y palpar al señor Isla. Los periódicos y las revistas le traspapelaban los artículos. Los editores buscaban disculpas para no admitirle los libros. En círculos literarios y políticos, en tertulias y cafés^ iba siendo uno de tantos, de los que son coro por mucho que alboroten y aunque se lag echen de originales... ¡Malo, malo,