Cuentos morales · Unidad 143 de 188

Unidad 143 · 318 LÉOt-OLDO ALAS

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318 LÉOt-OLDO ALAS

Gozaba cuando le venían á pedir un pensamiento para un álbum dedicado á una eminencia, ó una firma para otro homenaje cualquiera, ó una interview respecto de algún asunto de actualidad ; gozaba negándose rotundamente á echar

una rúbrica ni decir palabra. ¡Su opinión! El no tenía opinión sobre aquellas fruslerías. Que todo estaba perdido, que le dejasen en paz; ésa era su opinión.

Prohibía que su nombre sonase para nada en ninguna parte. Lo único que hubiera visto con buenos ojos, hubiera sido que la Gaceta publicase todos los días, junto al parte oficial de la salud de los reyes, esta noticia: «El señor Isla se acostó anoche á las ocho y cuarto; de modo que cuando se levantaba el telón en los teatros, ya estaba él durmiendo.»

En una ocasión un periódico, en la lista de los literatos que habían acompañado al cementerio el cadáver de cierto escritor insigne, puso el nombre del señor Isla.

¡Qué indignación la suya! Estuvo á punto de publicar un comunicado protestando; pero lo dejó por no exhibirse.

No se enteraba jamás de los ministerios que subían y bajaban, ni de las catástrofes nacionales, ni de los grandes triunfos del arte. Leía libros extranjeros y siempre antiguos. A él que no le hablasen de la actualidad.

EL SEÑOR ISLA

Aspiraba á una especie de nirvana en que se

desvanecía todo menos el señor Isla^ con su

gran panza actual, sus recuerdos, sus memorias que estaba escribiendo, su teatro satírico- sociológico en tres actos y en verso.

Creía vivir en plena vida natural, sencilla. Plantaba, en un huerto de prosperidad imposible,

árboles frutales, flores, legumbres y después

no volvía á pensar en ellos, y se olvidaba del sitio n que los había enterrado.

— ¡Oh, la naturaleza! ¡la naturaleza!— exclamaba mirando á los solares tristes, pardos, con ojos cargados de aburrimiento y de bilis.

Y la cabeza se le cubría de canas, y el alma de escamas y de espinas.

Creía ser un filósofo práctico; un San Pablo del desierto

Y todo ello era que no sabía envejecer.

Que no sabía ir dejando el puesto; ir marchándose. Quería parar el tiempo y llenar todo el espacio.

Se empeñaba en ser isla para tomarse, á solas, por continente.

SNOB

Rosario Alzueta comenzaba á cansarse del gran éxito que su hermosura estaba consiguiendo en Palmera, floreciente puerto de mar del Norte, Era lo de siempre: primero la pública admiración, después el homenaje de cien adoradores, tras esto el tributo de la envidia, la forma menos halagüeña, pero la más elocuente de la impresión que produce 1 mérito; y al cabo, el hastío del amor propio safecho, y las punzadas de la vanidad herida por rivalidades que la aprensión hace temibles. Ade- , más, el natural gasto de la emoción era de doble ifecto; en la admirada y en los admiradores producía resultados de atenuación que estaban en razón directa; cuanto más se la admiraba menos placer sentía Rosario, acostumbrada á este tributo^ y el público, que ya se la sabía de memoria, al fin alababa su belleza, por rutina, pero sin sentir lo que antes, pues la frecuencia de aquella contemplación le había ido mermando el efecto placentero.