Cuentos morales · Unidad 144 de 188
Unidad 144 · 322 LEOPOLDO ALAS
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322 LEOPOLDO ALAS
I^n la playa, en los balnearios, en los conciertos matutinos, en los paseos del muelle y de los parques, en el pabellón del Casino, baile perpetuo en el real de la feria, en las giras de la pretendida Jiig Ufe palmerina y forastera, en todas partes la de Alzueta era la primera; para quien la veía por primera vez, la única. 'A los teatros no iba nunca; despreciaba los de Palmera; decía que se asfixiaba en ellos; prefería dejarse contemplar^ sentada, á la luz eléctrica, bajo un castaño de Indias del paseo de noche.
La llamaban la Africana: era muy morena y hacía alarde 4e ello; nada de polvos de arroz ni de pintura. Era un bronce, pero del mejor maestro. Afectaba naturalidad. Era un jardín á la inglesa de un parvenú continental; de esos jardines en que se quiere imitar á la naturaleza á fuerza de extravagancias y falta de plan y comodidades.
Rosario, que era por el alma un puro artificio, pretendía poseer la sencillez, el sincero candor, como si tan altos dones fueran cosa fácil de adquirir para una muchachuela como ella, en resumidas cuentas mal educada. Segura de su belleza plástica, creía que por añadidura se le debía el encanto de la gracia inocente. Esplendorosa planta de estufa, quería que se la tomase por violeta escondida y humilde. Al montón de los admiradores les engañaban tales apariencias; los más adoraban en ella, con más entusiasmo que su eviden-
te belleza de hembra y de estatua, aquella naturalidad contrahecha, con la misma fe estúpida con que veían idilios en los episodios del galanteo en una fiesta de un jardín amañada por un Tecrito con faldas, ayudado por algún Mosco ó Bion, revistero de salones.
Si Rosario hubiera sido &as bleue, una literata, siquiera una romántica rezagada, hubiera podido tener cierto fondo, aunque repugnante, para las formas de falsa naturalidad, de sencillez prístina y de paraíso. Pero su espíritu sólo estaba ocupado por vanidades de sociedad y por inclinaciones sensuales, egoístas y prosaicas: era lo que habían hecho de él la vida frivola, sin ideas, de instinto y rutina, de sensualidad rastrera y trivial en que desde el nacer se la había tenido metida como en una pajarera.
Era aquella alma de multitud , un poco de rui- ;do de muchedumbre metido en un cuerpo de diosa de museo. Se creía distinguida , ser aparte, excepcional, musa de la soledad y el silencio^ y era algo así como número del programa de unas fiestas.
No había alcanzado los tiempos en que ciertos ensueños literarios eran populares, aun en nuestro país, y no podía imitar á heroínas de poemas, ni fingir efectos de luna en las aguas muertas de su espíritu, charca triste, sin fondo misterioso ni poesía en la orilla. No sabía nada de cuanto imaginó el mundo para figurarse la vida interesante,