Cuentos morales · Unidad 145 de 188
Unidad 145 · 324 LEOPOLDO ALAS
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324 LEOPOLDO ALAS
transcendental; y era hasta cómico el contraste de sus posturas, gestos y demás artificios de expresión, con la ruin trivialidad de sus juicios, reflexiones, deseos, gustos y tendencias. Póngase algún ejemplo: afectaba naturalidad, sencillez, encantadora gracia para decir que... le gustaba más el género chico que el grande en el teatro, ó que prefería un artículo de Taboada á unos versos de Felipe Pérez, ó que no le resultaba la Cibeles donde la habían puesto.
La de Alzueta había visitado tierra extranjera, sí, y de ello estaba muy orgullosa, y por ello tenía no pocas máculas; pero de lo extranjero sólo conocía superficies, cosas de las guias y de .las ilustraciones, sección de grabados. Modas, fiestas, causas ruidosas, vida de ferrocarril y de exposición, preocupaciones de clase... esto era lo que Rosario podía ver y considerar fuera de su patria lo mismo que en ella. Por lo cual no podía ni siquiera imitar á esas mujeres, tal vez no más apreciables que ella, pero más amenas, que saben distinguirse por esos mundos, con aventuras ideales, con teosofías, empresas raras de caridad ó de socialismo, idolatrías de arte, fetichismos de adoración al genio, etc., etc., ó lo que es menos malo que todo eso, grandes exageraciones y extravagancias amorosas. De esta especie de gran mundo espiritual, falso y pernicioso, pero menos vulgar y pedestre, nada sabía Rosario.
Hablaba mucho, discutía mucho, era un ergotista invencible en las carreras de resistencia; nunca le faltaba un argumento baladí de esos que no tienen respuesta por su misma insustancialidad é incongruencia. Entendía de todo aproximadamente, como esos periodistas que hoy abundan, los cuales, según las estaciones y las circunstancias, son críticos de teatros, de pintura, de tribunales, de sport, de libros, de política ó de salones. Defendía á Wagner á gritos en el Real, sin oir, ni dejar oir á los demás lo mismo que estaba alabando. Era la musa de la vulgaridad del día, del sufragio universal de la tontería ambiente. Su estilo, hablando, era el de esos gacetilleros sosos que hoy tenemos, que por toda gracia usan algunas muletillas insignificantes, frases hechas y convencionalismos pasajeros. Daba pena oir de aquella boca tan hermosa, hecha para callar divinos misterios de la poesía, tantas sandeces envueltas en latas, infundios, y otros terminachos bajos y feos. Me resulta, no me resulta, decía á cada instante aquel juez con faldas, que olvidaba su hermosura por su ergotismo. Les veia ó no la punta á las cosas y las despreciaba si estaban mandadas recoger. Mareaba aquella hermosa hembra, que parecía un periódico de esos llenos de crónicas insulsas que suelen tener tantos compradores.
Como otras muchas de su clase, fundaba su patriotismo en hablar con cierta sequedad algo chu-