Cuentos morales · Unidad 146 de 188
Unidad 146 · 326 LEOPOLDO ALAS
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lesea, en huir del eufemismo y la perífrasis, aun para tratar materias que reelamau la litote por bien del decoro. Pocas cosas más repugnantes que esas formas crudas que cierta parte de nuestras damas aristocráticas, y sus imitadores, afectan como sello de nacionalidad. El contraste de esos malos modos, de ese rompe y rasga inoportuno con las demás formas especiales de la vida elegante, delicada y ceremoniosa, es, de puro chillón, escandaloso. Eosario, imitando á ciertas damas de alto copete, era de las que más exageraban ese vicio, que en ella resaltaba con desgraciada originalidad, por su prurito de ser natural y sencilla con redomado artificio.
Esta mujer, que era así, por triste sarcasmo de la realidad, bellísima de cuerpo, ridicula en espíritu, aunque esto último lo notaban pocos; esta mujer se aburría ya en Palmera, en medio de sus triunfos; porque, en resumidas cuentas^ ninguno de sus flamantes adoradores le parecía digno de que ella fijase en él la atención ni por un día.
Pero una tarde, paseando por la playa, vio llegar por el mar, del Norte lejano, en un yafe muy elegante, de grandes velas triangulares, tersas, largo, estrecho, sutil, como un espíritu de las ondas, vio llegar el Lohengrín de sus ensueños.
Era un joven inglés, Aleck Bryant, hijo de
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opulentísimo landlord de Pembroke. El rubicundo Alejandro venía, por un capricho, desde Milford, á la ventura, mar adelante; y llegaba á Palmera nada más que por seguir cierta línea recta... Pero á los pocos días procuraba aclimatarse; le gustaba aquella España del Norte, que no se parecía á la de sus lecturas, y sí más bien á la verde Erin que él dejaba al Noroeste. Lo más escogido de la colonia elegante que veraneaba en Palmera acogió con los brazos abiertos al noble inglés, como era natural; se disputaban su amistad y compañía los .spoí-í-mcji de más tono... y, desde luego, las muchachas más seductoras de la alia sociedad le convirtieron en una especie de premio extraordinario en aquella constante exposición de coquetería.
Bryant era guapo, robusto, riquísimo, instruído, elegante, gran viajero, hombre de mundo y de sport, tenía sprit^ en fin^ todos los dones del catecismo de los barbarismos de la distinción y de la crema.
Rosario Alzueta pronto vio en él buena presa. Era digno de su orgullo. Se le presentaron, y ella, para seducirle, sacó todos los chismes de matar corazones, el fondo del baúl de su naturalidad de jardín inglés falsificado. Además, echó mano de su caudal de gracias y habilidades exóticas. Poco tardó Aleck Bryant en saber que la de Alzueta había corrido en velocípedo nada menos que sobre la arena de Battersea Park. Hablaba, como si fue-
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ran amigas suyas, de la famosa Mrs. Humfrey y de las ilustres velocipedistas duquesa de Portland, condesa de Dudley, marquesa de Hastings, y hasta indicaba haber tenido ciertas relaciones con la princesa Maud de Gales, la duquesa de York y la mismísima reina de Italia.
Supo Bryant, á la fuerza, que en la famosa disputa de las damas biciclistas acerca del traje propio para tal ejercicio, Rosario Alzueta se adhería al partido aristocrático, que estaba por la falda (skirt).
El noble inglés escuchaba á la hermosa Africana sonriente, en silencio, devorándola con los ojos azules, dulces entre malicia; apenas se enteraba de lo que le decía en un francés que parecía mal castellano. Era, sin duda, la mujer más hermosa de los baños; y mientras no siguiera su viaje, Alejandro no tenía por qué separarse de ella; y no se separaba, á no ser cuando lo exigían las muchas correrías del valiente excursionista por aquel pintoresco país.
Rosario ya no dudaba de la preferencia. ¡Qué victoria!
Pero una noche, en el paseo que amenizaba la música de un regimiento, sentada Rosario en su trono de deidad del bosque municipal, si no bajo
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la copa de una encina, cabe las ramas de un castaño de Indias... oyó, allí muy cerca, algunas sillas más atrás, una conversación en francés que entendió vagamente, y que la interesaba mucho. L'n caballero extranjero, amigo nuevo de Bryant, procedente de Biarritz, hablaba con el inglés, de ella, de Rosario; estaba segura. No podía coger todos los pormenores del diálogo; pero la sustancia sí. Ello era que el extranjero, sin sospechar que ella los oía, preguntaba A Bryant si era cierto que le interesaba aquella hermosísima española morena. Cuando llegó lo más importante de la respuesta del inglés, disimuladamente Rosario volvió un poco la cabeza y pudo observar la fisonomía, el gesto del que juzgaba su adorador más rendido... ¡Cosa extraña 1 En el francés del viajero británico la de Alzueta quiso oír alabanzas de su belleza, de que ella jamás había dudado; pero algo ás debía de decir el mozo, porque el tono de su oz, el gesto que acompañaba á sus palabras, no Bignificaban entusiasmo, sino cierta desdeñosa lástima sincera, algo mezclado de tenue y discreta burla... En fin, pudo oír perfectamente que Alejandro Biyant decía de ella, de Rosario, qug era... snob.
«¡Snob!» La de Alzueta conocía la palabreja, pero no sabía á punto fijo lo que significaba... Temía que no fuese nada bueno.
I'na terrible corazonada la hizo ponerse roja