Cuentos morales · Unidad 147 de 188

Unidad 147 · 3í30 LEOPOLDO ALAS

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3í30 LEOPOLDO ALAS

de vergüenza; un presentimiento la decía que snob era la manera de decir cursi en inglés.

Aquella noche no durmió, dándole vueltas en el cerebro á la dichosa cuestión filológica.

Al día siguiente, en la playa, preguntó á un amigo, catedrático de retórica en un instituto, qué significaba snob. El catedrático se extendió en consideraciones... Según el diccionario que él tenía, significaba hombre vulgar, de pretensiones; Thackeray, en su famosa novela Vanity fair, (\[i feria de la vanidad), usaba el vocablo en el sentido de necio, estúpido, majadero ó cosa por el estilo... y por ahí adelante. Rosario dejó al erudito con la palabra en la boca. Bryant no la había llamado á ella necia^ ni vulgar, ni presuntuosa... no, no era eso... ¡Snob! ¡snob! Cuando aquella misma tarde encontró al inglés, siempre sonriente, en la garden party de la marquesa de X**, Rosario le leyó en los ojos en seguida la traducción de la dichosa palabreja...

¡Ay! Sí; en los diccionarios el significado no sería exacto; pero en aquella mirada, la dulce malicia de los ojos azules, al gritar: — ¡Snob! ¡snob! — estaba gritando: — ¡Cursi! ¡cursi!

FLIRTATION' LEGITIMA

Este señor don Diego Paredes estaba constantemente en ridículo y en candelero; siempre en berlina y siempre empleado. Todos los ministros se reían de él y todos le dejaban en su dirección ó en su puesto de consejero; en fin, cobrando muy buenos cuartos. Y don Diego era feliz; porque la Vcinidad le hacía no comprender las burlas de que era objeto; y en cambio el sueldo era cosa tan positiva y al alcance de la mano que no podía menos de fijarse en 61. Atribuía la buena suerte de estar siempre en su sitio á su gran mérito. Creía sinceramente que ningún partido podía prescindir de sus luces y que por eso no quedaba nunca cesante. Tenía de todo: era economista y escribía largo y tendido acerca de nuestros ferrocarriles y de nuestros carbones, y de nuestros corchos, y en fin, de todo lo nuestro que no era suyo; pero en sus ratos

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de ocio, como él decía, colgaba la péñola de hacer país, haciendo riqueza pública, y descolgaba la lira y escribía versos, imitando á Quintana ó A Cánovas del Castillo, que, para él, allá se iban. Dadme que pueda... Dadme que cante... decían las odas de Paredes. Siempre estaba pidiendo algo, como si no le chupara ya bastante al Estado. También era orador político y privado; hablaba en familia y hablaba en el Congreso, porque era diputado cunero casi siempre. Sus discursos eran de resistencia. Iba á su escaño como preparado para un viaje al polo; llevaba cien mil documentos fehacientes y soporíferos, cinco vasos de agua, dos ó tres cajas de pastillas, y hay quien dice que las zapatillas y algunos fiambres. Ello era que á las tres (!) ó cuatro (!!) horas de estar don Diego entendiendo {entiendo yo, decía), ó teniendo para sí, el orador parecí a_, por lo descompuesto del traje, por el aspecto de cansancio, por sus maniobras entre papeles, cajas y vasos de agua, uno de esos amigos que se quedan á velar á un enfermo y se rodean de comodidades para pasar la noche al lado del moribundo. Don Diego velaba (los demás dormían) el sueño de la Soberanía nacional; y era hombre que á las dos de la madrugada (en las sesiones permanentes, que eran su encanto), desatado el nudo de la corbata, sueltos algunos botones del chaleco, y á veces enseñando un poco de la faja de seda encarnada, estaba dándole vueltas á