Cuentos morales · Unidad 148 de 188
Unidad 148 · FLIRTATION" LEGÍTIMA 333
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la elocuencia de los números y llenándose la boca con toneladas y caballos de vapor, y aplastando al preopinante (que estaría en la cama) bajo el pe-
10 de millones de kilos de comed beef, alias tasajo, [ne venían de los Estados Unidos cargados de ameiazas, como nuevas hordas de Hunnos en forma ie carne salada. En vano se le dormían los de la comisión, y los ministros de guardia, y los maceros..., él se creía el Cicerón de los datos concluyentes y el Demóstenes del arancel y de los certificados de origen. Era feliz, pero en el cielo de su dicha había una nube: la prensa. De las burlas de diputados y ministros no hacía caso: ¡todo envidia! Pero las cuchufletas en papel impreso le desconcertaban, le aturdían. En cuanto á un periódico se le ocurría reírse de él, ya creía don Diego que España entera se apresuraba á comprar el diario de la mañana para tener el gusto y el mal corazón de morirle de risa á costa del ílustrisimo señor don Diego Paredes. Cada gacetilla burlona le parecía una sentencia definí va; creía que la opinión la formalian aquellos papeles, y que el mundo entero estaba obligado á creer que él era un mamarracho, si los periódicos daban en emplear el látigo de la sátira contra su talento, su oratoria, sus números, -US versos.
El ridículo don Diego no fué muy popular, en su aspecto cómico, hasta que dio con él el de-
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rnonio de Masito Caces, Tomás Caces, un escritor de gran crédito , adquirido con una sátira tan chusca como descarada. Masito escribió por casualidad en su periódico, muy popular, un articulejo pintando á don Diego en la tribuna, en noche de velar las armas junto á la pila del presupuesto. La descripción, en caricatura, hizo mucha gracia; Caces volvió á poco sobre el asunto, y otra vez con buen éxito: vio en don Diego un gran filón; lo estudió á fondo y encontró en él un modelo que ni á peso de oro. La fama de Masito creció en un tercio y quinto gracias á la poesía, á la oratoria, á la estadística de don Diego Paredes. Caces llegó íi poseer tan bien á su personaje, que en las aventuras, gestos^ palabras, y versos, y discursos enteros que le atribuía, el público adivinaba que asi dehia ser el famoso personaje.
Lo que no sabía Caces era que don Diego, admirador en general de los escritores satíricos, á él, á Masito, le había consagrado un culto verdadero de entusiasmo literario, de mucho tiempo atrás, desde la época en que Caces no se acordaba para nada del ilustre procer. ¡Cuál sería el terror de Paredes al verse flagelado tan sin piedad y á la continua por aquel látigo, que, á su juicio, era capaz de derribar un trono de un trallazo! Don Diego no dormía, don Diego lloraba en secreto, se aprendía de memoria los palos de su admirado enemigo, y hubiera dado un ojo de la cara por